viernes, marzo 06, 2015

Caídos por la división del guindo

Parcela, Mula, Campos y Herrero son cuatro amigos que lo han dado todo por pisar la tierra que ni plantan en firme. Darlo todo para ellos significa tirarse al vacío desde el guindo. Un guindo que plantó -y planteó- el tío de Parcela en algún lugar centrado en el extremo de sí mismo. Durante la adolescencia se columpiaban cada día y se lo pasaban todo por el forro de las raíces. Antes, en la infancia buscaron un punto de conexión entre los deseos de venganza y el rechazo propio. Hoy, tras entregarse al suelo, desde la altura del mundo adulto, los cuatro amigos están cimentando sendas vidas (más la común) con pasta rellena de carne de suicidio superado. 

El mismo mes antes del suceso Campos tuvo un accidente, Mula vio un túnel con dobles sentidos, Herrero giró los ojos hacia el lado oscuro del párpado y Mula imaginó un mundo sin comas. Entonces llevaban dos años sin verse. Los contextos les llevaron a un espacio común: el aula/bar Poso sin forma. Se bebieron las partituras de un sueño que perseguían desde las ramas del guindo; es decir, desde que se conocieron en aquel colegio sin clases. Comentaron las cosas ocurridas desde lo personal. Intercambiaron procedencias y destinos sin final. Retomaron los vínculos.  Después accedieron a las reflexiones de los hechos por vivir. Hoy lo pueden contar. 

Hace una hora he recordado una palabra que ya no recuerdo. Y en mitad del recuerdo se ha reactivado la sensación de una experiencia que compartí en su día con Mula después de hablarme de lo mucho que echaba de menos a sus amigos. Todos esos momentos no se perderán. Ningún momento se pierde... Otra cosa es que en la caída libre desde lo alto del guindo uno pierda parte de la conciencia que decidió despertar. Pero eso no significa que desaparezca, sino que se camufla o readapta a nuevas situaciones, a otros momentos. Y no lo digo yo. Los cuatro amigos lo comentan en sus ratos libres mientras se toman unos vinos en tierra firme; firmada por un cuento... escrito.    

lunes, febrero 02, 2015

No tienes ni puta idea...

...Pero ni puta ida! La conversación había decidido hacer una media maratón por su cuenta, de recorrido incierto y meta a lo lejos, pero a la vista. Lo del medio siempre quedaba en un maldito imposible. Como el eterno nudo que precede al desenlace. El resto eran sufrimientos en paradero desconocido y orígenes comunes. Ni puta idea teníamos cuando nos conocimos en aquel rascacielos, donde un diálogo llevó al otro y de ahí a 1044 razones de maneras de enlazar motivos. Sin medir las consecuencias y sin patinar sin patines por el camino de la dulce amargura. Sin redes ni chalecos salvavidas. Matar o morir

Sobre la mesa, sobre las sábanas, sobre los planes que escribimos y nunca hicimos, sobre la lluvia que no cala, sobre el asfalto de lona circense, sobre un mar que casi no probamos y sobre la idea de probarlo, sobre el sobre que contiene esa carta que nos enviamos sobre el asunto de fondo... Sobre todo, no tienes ni puta idea... Pero lo sabes de sobra.  

Anoche encontré un archivo adjunto que contenía el silencio que siempre queda cuando te vas. Después soñé que te quedabas conmigo para siempre. Más tarde me caí de la cama y el suelo era una esfera de arena, sin leones, pero con payasos sin gracia. Y yo, un equilibrista con miedo a las alturas superficiales. Al día siguiente escribí la canción que mañana estreno en el concierto de invierno. En dos semanas grabaré la película debajo de la primera capa de mi piel. La sinopsis ya te la sabes. La escribimos un viernes sin red. 

Nota: Es la primera parte de un texto que me encontré esta mañana enrollado y tirado al pie de mi portal. Es reciente, la tinta estaba templada. Las emociones tienen relieve. La segunda parte está cosida a una tercera que ata cabos y que requiere un trabajo de asociaciones que me va a llevar unos días realizar.

viernes, enero 23, 2015

La sandalia y el paradigma

Quería investigar en un nuevo estado de ánimo, pero no encontraba ni el qué ni el cómo, aunque sabía dónde podría surgir. La noche anterior le dio una pista. Un sueño ajeno que se coló en el suyo. Unas palabras en paradero conocido entraron en el almacén de ausentes perdidos para gritar en tono de susurro: "Ya está, ha ocurrido". Era la misma voz que pisaba tierra firme con sandalias fabricadas con un mapa de color malva y rosa, y vino blanco. Sólo tenía que dar los pasos adecuados para llegar a la ribera que une la emoción con el fondo de las cosas que tienen que pasar. En otras palabras, tenía que empezar, de una vez, por el principio. Nada de finales terminados por un nudo condicionado por las sombras de otras vidas.
En ese mismo momento voló hacia el Oeste para recuperar el Norte. No es que lo hubiese perdido; digamos que lo había dejado en depósito, como tantas listas de temas pendientes (del hilo rojo y leal). En la travesía fue abriéndose paso por distintos sentidos. En una dirección se encontró lo contrario, en otra, lo opuesto, y en todas direcciones decidió circular con lo puesto y las contrariedades que hicieran falta. Ese peso, que no carga, iba a enriquecer la fórmula que llevaría hasta el, tan deseado, nuevo estado de ánimo. No le faltaba mucho; como a Tim Robbins en Cadena perpetua (The Shawshank Redemption. , 1994), desafiando a la ansiedad para cavar el canal (de comunicación) que le llevaría hasta la libertad de sentir lo propio. No era cuestión de tiempo, sino de saber leer la marca de los pasos dados. Todos. 

Hizo una parada, sin alto en el camino, para preguntarse si quería pelea. Hizo un camino en lo alto de su intención para hacer el ejercicio de separarse parcialmente la piel de los huesos y agruparse en el nuevo borrador. Ya podía sentir el trazo final. Bebió un trago de sueño destilado y brindó con (y por) el recuerdo de aquella tarde/noche absoluta en la que saltó al vacío sin forma.  

Continuó la marcha. Siguió firme. Peleó. Se separó la piel de los huesos. Escupió el agua del grifo mientras se reía en la cara de la pena. Rompió los moldes. Cantó la canción de la flota de los zorros. Volvió al escenario circular. Se hizo el listo para hacer la lista que faltaba. Paró. Reanudó. Aceleró. Frenó. Pensó. Asentó. Gritó. Generalizó en particular. Se ajustó a los parámetros que iban llegando... Estaba cerca. Muy cerca. Y por fin, llegó. 

Se bajó del calzado que le había llevado hasta allí. Cerró los ojos para dejarse seducir por la brisa que él mismo había cavado. Torció el gesto y se estiró del todo. "Ya está, ha ocurrido", le volvió a decir la voz, su propia voz. Acababa de concluir la investigación con éxito. Acababa de construir un nuevo Estado para su ánimo. Una preciosa patente con estructura culinaria. No era alegría, no era tristeza, no era euforia ni apatía... Era una sandalia y el paradigma de su entramado. Como suena. Una sandalia individual fabricada con un mapa color malva, una rosa, un vino blando y la foto de un beso al viento con la luz especial de la textura del momento.