miércoles, mayo 01, 2013

Suelo

Está solo frente a un cuarto vacío. Solo frente a un baño que asoma a tres metros. Nadie va a llegar. La pared le mira, no le juzga, pero tampoco le quita ojo. El contraplano, es decir, el muro de carga sobre el que él se apoya, susurra ideas propias de hormigón. Pero al estar desarmado, no las capta. Está tranquilo, observando y dejándose llevar simplemente por la ausencia. Imagina cómo serán las próximas horas... Y como mucho, tirando de proyección propia, llega a visualizar el día de mañana y poco más.








A lo Steve McQueen en La gran evasión (John Sturges, 1963), lanza una y otra vez una pelota imaginaria que vuelve a él, eso sí, con reticencias. Acepta esa especie de reticencia ajena, que en comandita con la propia, sienten los elementos (internos e iva incluídos) a tratar con él. Es una cuarentena sin fecha de caducidad, piensa. Un silencio que tiene que escuchar con auriculares para no perder detalle de lo que nunca escuchó. Sabe que tiene que hacerlo -escuchar al milímetro- porque los restos de lo ignorado (consciente o inconscientemente) pasan la minuta a final de mes... o de los años, con consecuencias corrosivas.

No quiere distracciones (o al menos las justas). La pelota, una voz en off, alguna palmadita condescendiente, una taza de te, un partido de fútbol perdido, una cita con cinturón de seguridad, una D.O que tinte el momento de necesaria soledad... Compañeros de viaje que hacen la vista gorda cuando uno se está quedando flaco (por aquello de aislar lo esencial). Y Una historia del Bronx (Robert De Niro, 1993) para no desanimarse.

La espera da para mucho. Y sobre todo da una perspectiva horizontal en la que actúan -compartiendo protagonismo y escenario- dos sentimientos incompatibles a priori. Querer y no querer. Ver y no mirar. Es lo más difícil de entender. Pero ahora tiene tiempo (y una pared sin prejuicios) por delante para comprenderlo e incorporar sus propias gafas que le permitan otear esa perspectiva llena de dimensiones sin catalogar. Las reticencias de los elementos son amigas y la lógica de él ya no es ilógica; es sencillamente la suya. Ahora sólo faltan los muebles, mientras tanto el suelo vacío le sirve de observatorio.

jueves, abril 18, 2013

La nota del autor

...En el capítulo 108 entra Alguien por la puerta. No se sabe muy bien quién es, pero tiene alguna relación con el autor. El autor se pierde de vista y se reencuentra un rato después consigo mismo y con ese alguien frente a un espejo sin reflejo. Se miran, se examinan, no se reconocen, pero se conocen de siempre. Miden sus palabras, que no usan para hablar, sino para callar. Alguien le da las llaves al autor. El autor hace una copia fotográfica de cada detalle, de cada engranaje que accede a los interiores, de cada dentellada, y decide quedarse con ella y guardar la llave maestra que todo lo abre y en la que siempre se apoyó para entrar. Él le explica lo de Ella; le cuenta que ha entrado por la puerta (sin cierre) del capítulo 108.

Es un misterio, dice Alguien. A continuación se sientan en una taberna secreta e íntima a la que Ella solía llevar -de cabeza- al autor, y antes de seguir con el 108, se adentran (con un pie dentro y otro fuera) en las rarezas del capítulo 109. El autor, extrañado (extraviado también) por la circunstancia no puede ni quiere evitar dejarse llevar por este sendero entre lo real, lo irreal y lo probable; incluso por la posibilidad de que todo sea fruto de un tumor o una neurosis severa. Alguien, que empieza a adquirir forma femenina a medida que caminan entre episodios, actúa con mucha complicidad. Y aunque no es Ella, algo recuerda. El autor pide dos vinos de lo más alto del Moncayo. Sí ese, le sugiere al barman.

La novela sigue. Con la segunda botella entienden que hay capítulos imposibles. Imposibles de cerrar en un sentido editorial o convencional. O imposibles de concluir... De la misma forma que hay historias que no debería empezar, otras que nunca deberían terminar, algunas que siguen y otras tantas que están ahí, cuyos protagonistas no saben no contestan a las posibilidades de guionizarlas/vivirlas. O quizá todas son la misma o parte de ésta. O puede que sea el punto de vista del autor el que tenga una trama (perceptible únicamente desde un subconsciente más visible de lo habitual) entre la calle y el párpado. Y en este capítulo, puente entre el 107 y 'el seguir', todo pasa mientras no pasa; pero donde en definitiva todo ocurre. Y ahí nos movemos, dice Alguien. Brindan y entonces Ella aparece...

...Entra en escena, discreta, sincera, con calma, convencida de lo que hace, extrañada de hacer eso que hace; y haciendo lo que puede. Única, cansada del periplo fuera de los márgenes del capítulo 107. Impresionada por haber palpado lo tangible (no teórico). Sedienta de permanecer; hambrienta de existir; satisfecha por estar. Alguien, el autor y Ella se saludan con un toque solemne que se explotará con la siguiente copa de vino. Todo ocurre desde el azimut, desde ese punto en el que las cosas cuadran partiendo de un horizonte que se jacta de dominar el espacio de lo visible y lo intocable. Y en efecto eso todo crece en identidad cuando el vino hace su trabajo y ELLOS el suyo: lo que pueden.

Ella se explica, pero ni el autor ni Alguien se lo piden. A continuación cada uno escenifica su propia explicación. Luego se echan a reír y juegan con ellas (las explicaciones). Las intercambian y deciden vivir el momento. Poco después entran con certeza en otro capítulo; uno que no figura en las leyes narrativas. Y es ahí cuando el autor rompe moldes y lo incluye en un interlineado invisible pero cierto. Y en ese terreno rodeado de sentido, y sentidos, empieza a empezar la novela que nunca empieza. Ella le coge la mano y el autor se sujeta la cabeza, Alguien retoma la risotada y la primera página pasa definitivamente de todo para pasar por alto (habiéndolo situado) todo aquello que fluyó por lo bajo. El autor finalmente... Se nota.

lunes, marzo 25, 2013

Capítulo 107

Estaba escribiendo el capítulo 107 cuando Ella, la protagonista de mi novela desapareció. No dejó ni rastro. El teclado dejó de responder a su nombre y el disco duro se cerró en banda. La soledad de aquella habitación improvisada me cayó encima, de golpe, y me hizo una brecha estanca. Mi rabia rebotaba contra el insoportable eco de la pared, la noche llegaba a su fin y el día prometía tortura... Venganza. Ella se me escapó de las manos y mi vida empezó a desparramarse detrás... por el alcantarillado.

Retomé el futuro, busqué en el presente y pasé del pasado. Miraba mis manos, empañaba el espejo con la esperanza de encontrar pistas al vapor, buscaba entre los manojos de mensajes acumulados en el teléfono, caminaba por las brasas que en su día asaron los cimientos del cuento en el que me metí por escrito (hasta el cuello). Pero ni rastro de Ella. La novela se llenó de huecos y perdió su sentido. Convertido en nada bajé a esnifarme la calle con la esperanza de llenarme de tierra firme y vomitar vacío, pero los pies no pisaban el suelo, sino barro movedizo. 

En mitad de no sé qué, salí a flote practicamente ahogado. Empecé a escribir otro capítulo, respetando el hueco que me había dejado. Asumí el dolor y me propuse vivir con ello sin Ella. Estaba dispuesto a matar por volver a escribirla. Pero ni rastro ni capacidad. Nada de nada. Mis dedos no eran capaces de tocar su nombre y el teclado pasaba de mí. Escribía con dolor y tristeza. Deseaba tanto volver al papel de la obsesión compartida, de la irrealidad tatuada en la suela de los pies, que no podía pensar sino actuar por inercia. Mitad adolescente, porción infante y muy adulto terminé por rendirme a la no certeza y abrazarme desesperadamente a esa duda perenne que golpea con rabia.

Ahora que leo para olvidar y bebo para no escribir; ahora que camino para no mirar atrás y deseo para no desaparecer del todo; ahora que he aprendido a seguir no sé cómo empezó todo. Junté las primeras palabras y surgió el encuentro con Ella, y nunca imaginé un final tan extraño. Un cuento con huecos donde Ella se marcha sobre sus palabras para que yo ponga  FIN.


viernes, marzo 15, 2013

Papables, palpables, mamables...

Me cuenta Isidoro, un vecino con...clave de acceso a sus interiores, que ha pensado mucho en el Papa a la vez que se pierde en el recuerdo de la mama de su madre en pleno momento original de succión. ¡Es palpable! Exclama. ¿Qué hecho? Le pregunto. El hecho de que el padre de tantos sea papable y no recuerde el lado mamable de la aventura. Pongo gesto entenderle y trato de no juzgar mientras escucho su versión de las cosas.

Dice sentirse perdido, absorbido por ideas desterradas de su lugar de origen. Pero, por lo poco que conozco a Isidoro, sé que encontrará la salida de su crisis. La mama, la mama... repite sonriendo -con acento italiano forzado- una y otra vez. El Papa, el Papa... continúa, pero con el ceño fruncido. Sigo convencido de que... saldrá. No me separo de su lado, tomando nota y grabando con mi cámara cada detalle que deja salir a través de sus muecas. Al fin y al cabo, él es una idea mía. Perdida, pero mía, en definitiva...

 Tras una jugada psicotrópica, algo sucia por mi parte, consigo que se duerma. Salgo a la calle y me pierdo. Sueño (en do traidor) que me convierten en papable contra mi voluntad, pero Isidoro insiste. Trato de evitarlo; con la fuerza se me caen dos dientes con fundas (con forma de sotana). La mama de mi madre aparece vestida de Superhéroe en decadencia, desde el púlpito. Sólo yo la veo, sólo Isidoro la reconoce. Me saco un santo grial de la chistera. Un conejo me niega. El tonto del pueblo se encierra en sí mismo. 

Isidoro despierta del sueño lisérgico. Yo no. Isidoro sigue escribiendo este post. Yo abandono y me tomo una sobredosis de decisiones. Me retiro a la habitación 203 de un hotel (tipo existencia, como el de Brooklyn follies). Isidoro reza por mí. Yo no. Es palpable, pienso. ¿Lo ves? Exclama Isidoro. Lo veo, contesto y me entrego a una hoja que se ha dado la vuelta a sí misma. Ese es tu papel, sentencia Isidoro al mismo tiempo que dibuja una cruz con los dedos índice y corazón de la mano derecha.

Afortunadamente puedo contarlo. Me gusta sobrevivir a las embestidas propias de circunstancias ajenas. Isidoro se siente Papa y claro, mama. Yo ya no niego nada, ni mucho menos juzgo, con o sin, cátedra. Ahora toca vivir.



martes, marzo 05, 2013

Diálogos sin espera

Dudé en cogerlo, pero lo hice. Alguien se dejó un teléfono con una conversación activa en una sala de espera cualquiera. Era última hora de la tarde (esa que nunca termina) y aquella mañana decidí romper las reglas. En el diálogo abierto una tal Mira sugería que tenían que verse, pero por alguna razón, el interlocutor se había fugado sin contestar (o estaba fuera de cobertura en ese momento). Asumiento mi nuevo rol, libre de normas morales, decidí seguir con la conversación.

Le dije que sí, que teníamos que vernos. Te leo extraño, contestó. Eso es porque sigo esperando, reaccioné. Tras unos segundos de duda, siguió escribiendo. Hablaba de contradicciones, de hundimiento de esquemas, de suelos temblorosos, de dudas, de llantos por venir y risas necesarias. Decía que quería sin querer y que eso la sacaba de órbita, pero no podía renunciar. Yo asentía, animaba y preguntaba porqués, cómos y cuándos. Ella lloraba, callaba y encallaba, y después se levantaba una y otra vez.

La espera no cesaba. Pero a mí siempre me gustó esperar. Mientras tanto, seguía leyendo sus palabras, sus motivos, sus reflexiones... Y yo pensaba en contraindicaciones. La batería empezaba a mermar. Estaba al 10%, pero Mira, tenía mucho que contar. ¿Serían siempre así sus diálogos? ¿Quién era la persona fugada, cómo sería? La curiosidad me llevó a caminar por el móvil. En las fotos había mucha gente, fiestas, palabras sueltas captadas en recortes de prensa, desenfoques, esquinas urbanas e ideas sin asidero tangible.

¿Qué te pasa? Me preguntó. Y algo ocurrió con la pregunta. Me partió en dos y entonces dejé de esperar. A a mi nuevo rol sin moral, se unió un yo sin paciencia... harto de sí mismo como paciente. Entonces empecé a hablar. Y cuando quise darme cuenta la batería había convertido aquello en un monólogo. Enchufé mi cable de alimentación, pero la tecnología me pedía una clave que no supe encontrar. Desesperado por aquel aislamiento irrumpí en la consulta del antenista. Con él había un tipo que bien podría ser el dueño del móvil.

En efecto, era él. Le supliqué que me diera la clave. El antenista, violento, me pedía que me fuera. Y el interlocutor fugado, con cara de tranquimazín gritó entre carcajadas: ¡Mira76! Agradecido le di mi teléfono. Recuperé el diálogo y el aliento y seguí hablando con ella. Ha pasado un mes de aquello y seguimos hablando, pero yo no soy yo, sino él. Un él con letra de yo que desea estar con ella fuera de salas de espera, consultas ni antenistas.

domingo, febrero 17, 2013

Sí habrá paz para los malditos losers

Vengo del videoclub. Hacía más de un año que no me pasaba por ahí... De hecho, pensé que ya no existía. Lucía, su propietaria, ha cumplido 20 años en 5. Por ahí sigue sin pasar nada, a la vez que pasa todo. Los argumentos de las pelis (estrenos o descatalogadas) conviven con la vida de una persona que decidió fantasear. Lucía es una soñadora que no puede soñar, porque su película está en un estuche perdido entre comedias y dramas, y que asoma por bulerías... Y eso que odia el flamenco; aunque sigue rodando.

No sabía  muy bien qué hacía ahí. Hace mucho que no tengo una peli en mente que ver. Y más desde que el cine quedó en un segundo plano... Y yo, como maldito loser que soy, de reparto. Pero ahí me he plantado delante de una parte de mí que desconocía y que se llama Lucía, como la canción. Seguro que yo también represento algo en ella, mañana lo sabré porque antes de terminar este post hemos quedado para hablar de cine sin estuche. Y esa peli aún no sé de qué va, pero sé que es del género que más me gusta. 

Antes de entrar en el local de Lucía pensé en culparla de mi frustración, por no haber podido escribir el argumento que siempre me rondó el estómago y la cabeza. Cuando iba más a menudo a verla, dejaba que me recomendara la película que más me convenía. Depositaba en sus manos mi estado emocional, el presente y el que estaba por venir. Eran los días de estreno adulto. Por ejemplo, ella puso título al primer viernes que no salí con mis amigos: Comer, beber, amar. Tenía sudores fríos y miedo ante ese vacío... Mi piso, yo y un DVD. Y por si acaso, una versión remasterizada de Quadrophenia. La jodía sabía que aquella noche temblaba tanto como Jimmy ante los acantilados de Brighton.

Eligió bien. Y pasé la prueba. Ahora, casi dos décadas después, Lucía necesitaba su película, y por eso pienso aterricé entre tanto título descatalogado... Yo entre ellos. Pero como estaba dispuesto a reestrenarme, entré en este nuevo escenario. Lucía dio el acción y la cinta empezó a recoger cada plano, cada estímulo. Nos pusimos a buscar por autor, por género, por escenas, por países, por escenarios... Y al final, como pasa en la ficción, nos dimos cuenta de la realidad: queríamos estar juntos, pero no sabíamos desde qué fotograma ni secuencia. Dos malditos losers sin catálogo. En estos momentos estamos en ese raro proceso de montaje de un filme sin nudo, alérgico a los desenlaces, pero con un interesante planteamiento.