viernes, mayo 24, 2013

Palabra de un especialista de cine que encaja verbos de aleación pesada

Ayer una frase me tiró al suelo. Literal. Me llamo Sebastián Rojo, soy especialista de cine (especializado en mis propias películas) y suelo darme muchos golpes. Estoy acostumbrado a tropezar, a quemarme con el asfalto y a vivir con la piel en carne viva... Sé mucho de caídas y de patadas en el estómago. Tengo tantas cicatrices que parezco una cordillera, y unos abdominales tan duros como el acero más blando. Pero anoche una frase atravesó mi escudo y me reventó por dentro... Como esas sofisticadas balas diseñadas que penetran y una vez dentro sacan toda su metralla. 

He ido al fisio, al traumatólogo, al médico de cabecera... Incluso a la consulta del antenista. No ven más allá de mis heridas, de mis señales. No hay escayola que me contenga la rotura ni cabestrillo que sostenga mis brazos quebrados... Las piernas no responden, tampoco los párpados ni el labio inferior. Es un dolor insoportable del que no tengo experiencia. Es agudo, ácido, frío y abrasador, corrosivo, incómodo, angustioso, literal, matemático, extraño, acaparador, celoso de otros síntomas, ensordecedor, invasivo... ¡Tómese esto cada 8 horas, con calma! Indica el Dr. Filancio.

El frasco de pastillas vacío (y metafórico) me sugiere que no hay más remedio que encajar. Encajar el golpe de la palabra y encajarme en mí mismo... a ver qué pasa. Lo que he omitido es que esa frase salió de dentro. Y al expulsarla -presuntamente dirigida y diseñada para otra persona- se giró inesperadamente y me abrió en canal. Palabra tras palabra salieron al ritmo de un pensamiento precipitado y sin reflexión... Y a medida que se fundía verbalización con luz se transformaban en una aleación muy pesada y con forma de sierra.

Nunca pensé que algo tan intangible pudiera provocar una herida tan palpable. Y aquí estoy, sufriendo los daños colaterales de un bombardeo lanzado desde mi propia flota. Sin poder ejercer de especialista por haber perdido la especialización, la especialidad y la fuerza por la boca... Convertido en sujeto, sujeto a la pena que mi propio verbo sentenció. Y aquí no hay viento que se lleve las malditas palabras.
 


lunes, mayo 20, 2013

Las palabras y el entendedor

Ayer conocí la verdadera historia de un personaje clásico. Muy clásico. La del buen entendedor al que le basta con pocas palabras. Se llama Martín Abreviado y -cómo no- se desahogó conmigo entre café y café... Descargándose de su red todas las palabras que nunca ha utilizado y cuya ausencia tanta fama le han dado. Finalmente reconoció, tras 3 horas de monólogo, que no entiende nada.

Esto debería de suponer un trastorno para él, o al menos una agitación interior brusca... ¡Un golpe! Pensaba yo. Pero nada más lejos de la realidad. Estaba encantado de necesitar más palabras para entender algo. Decía que era un descanso reconocer no ser ese buen entendedor. Estaba harto de fingir que no necesitaba preguntar. Claro, ahora tenía tantas preguntas que hacer... Tantas dudas... Tantas tensiones no resueltas por haber aparentado captar el fondo de las cuestiones cuando necesitaba tantas explicaciones... Tanta incertidumbre...

Debí de faltar los días de clase en que los profesores insistían en que no nos quedáramos con dudas. Eso o que directamente me nacieron para ser el elegido, el buen entendedor... Y jamás recibí más que las palabras justas para comprenderlo y entenderme. Pero eso ya se acabó. Insiste. Ha apostatado y quiere concentrarse en un futuro de preguntas por hacer e imaginar. Y empedrar un camino con respuestas.

miércoles, mayo 01, 2013

Suelo

Está solo frente a un cuarto vacío. Solo frente a un baño que asoma a tres metros. Nadie va a llegar. La pared le mira, no le juzga, pero tampoco le quita ojo. El contraplano, es decir, el muro de carga sobre el que él se apoya, susurra ideas propias de hormigón. Pero al estar desarmado, no las capta. Está tranquilo, observando y dejándose llevar simplemente por la ausencia. Imagina cómo serán las próximas horas... Y como mucho, tirando de proyección propia, llega a visualizar el día de mañana y poco más.

A lo Steve McQueen en La gran evasión (John Sturges, 1963), lanza una y otra vez una pelota imaginaria que vuelve a él, eso sí, con reticencias. Acepta esa especie de reticencia ajena, que en comandita con la propia, sienten los elementos (internos e iva incluídos) a tratar con él. Es una cuarentena sin fecha de caducidad, piensa. Un silencio que tiene que escuchar con auriculares para no perder detalle de lo que nunca escuchó. Sabe que tiene que hacerlo -escuchar al milímetro- porque los restos de lo ignorado (consciente o inconscientemente) pasan la minuta a final de mes... o de los años, con consecuencias corrosivas.

No quiere distracciones (o al menos las justas). La pelota, una voz en off, alguna palmadita condescendiente, una taza de te, un partido de fútbol perdido, una cita con cinturón de seguridad, una D.O que tinte el momento de necesaria soledad... Compañeros de viaje que hacen la vista gorda cuando uno se está quedando flaco (por aquello de aislar lo esencial). Y Una historia del Bronx (Robert De Niro, 1993) para no desanimarse.

La espera da para mucho. Y sobre todo da una perspectiva horizontal en la que actúan -compartiendo protagonismo y escenario- dos sentimientos incompatibles a priori. Querer y no querer. Ver y no mirar. Es lo más difícil de entender. Pero ahora tiene tiempo (y una pared sin prejuicios) por delante para comprenderlo e incorporar sus propias gafas que le permitan otear esa perspectiva llena de dimensiones sin catalogar. Las reticencias de los elementos son amigas y la lógica de él ya no es ilógica; es sencillamente la suya. Ahora sólo faltan los muebles, mientras tanto el suelo vacío le sirve de observatorio.

jueves, abril 18, 2013

La nota del autor

...En el capítulo 108 entra Alguien por la puerta. No se sabe muy bien quién es, pero tiene alguna relación con el autor. El autor se pierde de vista y se reencuentra un rato después consigo mismo y con ese alguien frente a un espejo sin reflejo. Se miran, se examinan, no se reconocen, pero se conocen de siempre. Miden sus palabras, que no usan para hablar, sino para callar. Alguien le da las llaves al autor. El autor hace una copia fotográfica de cada detalle, de cada engranaje que accede a los interiores, de cada dentellada, y decide quedarse con ella y guardar la llave maestra que todo lo abre y en la que siempre se apoyó para entrar. Él le explica lo de Ella; le cuenta que ha entrado por la puerta (sin cierre) del capítulo 108.

Es un misterio, dice Alguien. A continuación se sientan en una taberna secreta e íntima a la que Ella solía llevar -de cabeza- al autor, y antes de seguir con el 108, se adentran (con un pie dentro y otro fuera) en las rarezas del capítulo 109. El autor, extrañado (extraviado también) por la circunstancia no puede ni quiere evitar dejarse llevar por este sendero entre lo real, lo irreal y lo probable; incluso por la posibilidad de que todo sea fruto de un tumor o una neurosis severa. Alguien, que empieza a adquirir forma femenina a medida que caminan entre episodios, actúa con mucha complicidad. Y aunque no es Ella, algo recuerda. El autor pide dos vinos de lo más alto del Moncayo. Sí ese, le sugiere al barman.

La novela sigue. Con la segunda botella entienden que hay capítulos imposibles. Imposibles de cerrar en un sentido editorial o convencional. O imposibles de concluir... De la misma forma que hay historias que no debería empezar, otras que nunca deberían terminar, algunas que siguen y otras tantas que están ahí, cuyos protagonistas no saben no contestan a las posibilidades de guionizarlas/vivirlas. O quizá todas son la misma o parte de ésta. O puede que sea el punto de vista del autor el que tenga una trama (perceptible únicamente desde un subconsciente más visible de lo habitual) entre la calle y el párpado. Y en este capítulo, puente entre el 107 y 'el seguir', todo pasa mientras no pasa; pero donde en definitiva todo ocurre. Y ahí nos movemos, dice Alguien. Brindan y entonces Ella aparece...

...Entra en escena, discreta, sincera, con calma, convencida de lo que hace, extrañada de hacer eso que hace; y haciendo lo que puede. Única, cansada del periplo fuera de los márgenes del capítulo 107. Impresionada por haber palpado lo tangible (no teórico). Sedienta de permanecer; hambrienta de existir; satisfecha por estar. Alguien, el autor y Ella se saludan con un toque solemne que se explotará con la siguiente copa de vino. Todo ocurre desde el azimut, desde ese punto en el que las cosas cuadran partiendo de un horizonte que se jacta de dominar el espacio de lo visible y lo intocable. Y en efecto eso todo crece en identidad cuando el vino hace su trabajo y ELLOS el suyo: lo que pueden.

Ella se explica, pero ni el autor ni Alguien se lo piden. A continuación cada uno escenifica su propia explicación. Luego se echan a reír y juegan con ellas (las explicaciones). Las intercambian y deciden vivir el momento. Poco después entran con certeza en otro capítulo; uno que no figura en las leyes narrativas. Y es ahí cuando el autor rompe moldes y lo incluye en un interlineado invisible pero cierto. Y en ese terreno rodeado de sentido, y sentidos, empieza a empezar la novela que nunca empieza. Ella le coge la mano y el autor se sujeta la cabeza, Alguien retoma la risotada y la primera página pasa definitivamente de todo para pasar por alto (habiéndolo situado) todo aquello que fluyó por lo bajo. El autor finalmente... Se nota.

lunes, marzo 25, 2013

Capítulo 107

Estaba escribiendo el capítulo 107 cuando Ella, la protagonista de mi novela desapareció. No dejó ni rastro. El teclado dejó de responder a su nombre y el disco duro se cerró en banda. La soledad de aquella habitación improvisada me cayó encima, de golpe, y me hizo una brecha estanca. Mi rabia rebotaba contra el insoportable eco de la pared, la noche llegaba a su fin y el día prometía tortura... Venganza. Ella se me escapó de las manos y mi vida empezó a desparramarse detrás... por el alcantarillado.

Retomé el futuro, busqué en el presente y pasé del pasado. Miraba mis manos, empañaba el espejo con la esperanza de encontrar pistas al vapor, buscaba entre los manojos de mensajes acumulados en el teléfono, caminaba por las brasas que en su día asaron los cimientos del cuento en el que me metí por escrito (hasta el cuello). Pero ni rastro de Ella. La novela se llenó de huecos y perdió su sentido. Convertido en nada bajé a esnifarme la calle con la esperanza de llenarme de tierra firme y vomitar vacío, pero los pies no pisaban el suelo, sino barro movedizo. 

En mitad de no sé qué, salí a flote practicamente ahogado. Empecé a escribir otro capítulo, respetando el hueco que me había dejado. Asumí el dolor y me propuse vivir con ello sin Ella. Estaba dispuesto a matar por volver a escribirla. Pero ni rastro ni capacidad. Nada de nada. Mis dedos no eran capaces de tocar su nombre y el teclado pasaba de mí. Escribía con dolor y tristeza. Deseaba tanto volver al papel de la obsesión compartida, de la irrealidad tatuada en la suela de los pies, que no podía pensar sino actuar por inercia. Mitad adolescente, porción infante y muy adulto terminé por rendirme a la no certeza y abrazarme desesperadamente a esa duda perenne que golpea con rabia.

Ahora que leo para olvidar y bebo para no escribir; ahora que camino para no mirar atrás y deseo para no desaparecer del todo; ahora que he aprendido a seguir no sé cómo empezó todo. Junté las primeras palabras y surgió el encuentro con Ella, y nunca imaginé un final tan extraño. Un cuento con huecos donde Ella se marcha sobre sus palabras para que yo ponga  FIN.


viernes, marzo 15, 2013

Papables, palpables, mamables...

Me cuenta Isidoro, un vecino con...clave de acceso a sus interiores, que ha pensado mucho en el Papa a la vez que se pierde en el recuerdo de la mama de su madre en pleno momento original de succión. ¡Es palpable! Exclama. ¿Qué hecho? Le pregunto. El hecho de que el padre de tantos sea papable y no recuerde el lado mamable de la aventura. Pongo gesto entenderle y trato de no juzgar mientras escucho su versión de las cosas.

Dice sentirse perdido, absorbido por ideas desterradas de su lugar de origen. Pero, por lo poco que conozco a Isidoro, sé que encontrará la salida de su crisis. La mama, la mama... repite sonriendo -con acento italiano forzado- una y otra vez. El Papa, el Papa... continúa, pero con el ceño fruncido. Sigo convencido de que... saldrá. No me separo de su lado, tomando nota y grabando con mi cámara cada detalle que deja salir a través de sus muecas. Al fin y al cabo, él es una idea mía. Perdida, pero mía, en definitiva...

 Tras una jugada psicotrópica, algo sucia por mi parte, consigo que se duerma. Salgo a la calle y me pierdo. Sueño (en do traidor) que me convierten en papable contra mi voluntad, pero Isidoro insiste. Trato de evitarlo; con la fuerza se me caen dos dientes con fundas (con forma de sotana). La mama de mi madre aparece vestida de Superhéroe en decadencia, desde el púlpito. Sólo yo la veo, sólo Isidoro la reconoce. Me saco un santo grial de la chistera. Un conejo me niega. El tonto del pueblo se encierra en sí mismo. 

Isidoro despierta del sueño lisérgico. Yo no. Isidoro sigue escribiendo este post. Yo abandono y me tomo una sobredosis de decisiones. Me retiro a la habitación 203 de un hotel (tipo existencia, como el de Brooklyn follies). Isidoro reza por mí. Yo no. Es palpable, pienso. ¿Lo ves? Exclama Isidoro. Lo veo, contesto y me entrego a una hoja que se ha dado la vuelta a sí misma. Ese es tu papel, sentencia Isidoro al mismo tiempo que dibuja una cruz con los dedos índice y corazón de la mano derecha.

Afortunadamente puedo contarlo. Me gusta sobrevivir a las embestidas propias de circunstancias ajenas. Isidoro se siente Papa y claro, mama. Yo ya no niego nada, ni mucho menos juzgo, con o sin, cátedra. Ahora toca vivir.