lunes, septiembre 01, 2014

El grifo y la mezcla de lo vivido

Me incliné para enjuagarme los dientes. Pensaba en mis cosas -con todo lo que ello implica- pero por un milímetro de no sé qué espacio surgió un sutilísimo aroma que me recordó a ella. Una partícula superviviente de su perfume que flotaba por ahí. Entre dos mundos... El de mis neuronas y el universo de las tuberías internas en general. No podía, no quería, moverme de ese mínimo espacio, porque era lo más cerca que había estado de ella desde que decidimos marcharnos. Casi podía tocarla, sentir sus caricias sobre mi nuca, aquellos gestos de cariño con aleación propia. Olía, buscaba, me aferraba a la magia, recordaba, revivía aquella sensación de levantarme una mañana con el sueño a mi lado y serlo en realidad.

Entonces mi compañero de piso me dio una colleja para avisarme de que llevaba mucho tiempo bajo el grifo. En ese momento ella se esfumó. Y yo, sonriendo, pero inquieto por dentro al no saber cuándo podría volver a desequilibrarme con su presencia me reí y apagué la luz de la escena de fondo. Ese día me compré una batidora. Quería mezclar varias historias que tenía en la cabeza. Me habían recomendado una sencilla, de esas que pican, baten, agitan y remueven, pero que deja la mezcla para el toque final del autor. De hecho, disponen de un botón que activa o desactiva la fusión. Pasaban las horas, los días, los meses, los años y ella ya no estaba. Probé a guisar, amasar, aliñar, asar y a mezclar tantas impresiones y recuerdos que di con una línea de "menús degustación" que sedujeron y trascendieron a la reducción de lo heterogéneo. 

Uno de los seducidos que pasaba por ahí me ofreció una mesa de mezclas para animar la musicalidad que faltaba en su entorno. Le hablé de mis salsas y de mis sensaciones. Pero también de mis penas. Me dijo que mientras tuvieran ritmo, a él le parecía bien. Se llama Román y dejó el negocio de los ejes por de el de los giros. Es un experto del quiebro y de la vista de canguro, pero no tiene música. Decidió -sin decidir- pasar bajo mi balcón el día que mezclé higos con ideas sin pensar, pascuas y ramos no emancipados, taninos con ocurrencias... La nube de olores le cayó encima. Frenó y sintió algo parecido a mi experiencia en el grifo. Y de un giro se presentó en mi cocina. Ahora remezclo lo mío con lo sentido y con todo aquello que sentiría yo si ella... 

Así que degusto y hago degustar. Ella no está, pero sí el grifo, los aromas emancipados y el compuesto mezclado de lo vivido. 

jueves, agosto 28, 2014

El médico muerto y las plantas que inhalan sueños

Cuando Ricardo decidió matar a su médico de fondo, el Doctor Günter, ya era tarde. Rafaela, la propietaria de la floristería D'Abajo, se había adelantado. Ricardo debería haber adivinado sus intenciones. Sabía que Rafaela no pudo con el último diagnóstico, un hecho que se notó en todas las plantas del barrio de Orillas sin mar. Las plantas eran diferentes, las 'criaba' ella misma y tenían la peculiaridad de respirar sueños en vez de oxígeno. Lo hacían por la noche y durante el día exhalaban flores interpretativas. El doctor Günter le aseguró que el secreto de la peculiraridad de sus plantas estaba en un virus congénito. Pero Ricardo estaba tan centrado en sus ganas de acabar con Günter que no leyó el dolor de Rafaela; ya nunca podría matar a su médico de fondo.


Rafaela, feliz por dentro, horrorizada por fuera, consiguió que sus plantas no abandonaran sus intenciones mientras  permaneciera en al cárcel. Una de ellas quería estar junto a Ricardo. Ansiaba alimentarse de sus sueños frustrados de matar a su médico de fondo. El problema era cómo transformar sus deseos en ganas propias de Ricardo para poseerla y convertirla en parte de su vida. Como tenía una capacidad extraordinaria de sublimar y calar mentes, transformó el sueño de un cliente en mensaje para Rafaela. Rafaela lo entendió gracias a la conexión de un sueño propio. Llamó a Ricardo y le habló de su planta extraordinaria. Ricardo no tardó en enamorarse de la esencia de lo que estaba ocurriendo. Esa misma noche se entregó a la extracción de sus sueños más profundos. 

Al día siguiente su planta recién adquirida estaba muerta, pero llena de flores. Ricardo las olió una a una y recibió el sueño en bruto. Un año después lo ha entendido, ha encontrado las palabras, los verbos, algunos adjetivos y parte de los adverbios ajenos a frecuencias. La echa de menos, tanto como aquella sensación de verse capaz de matar a su médico. Ahora convive voluntariamente con la certeza de que un médico nunca muere sino que se transforma o se transporta... de sueño en sueño. Además, Rafaela siempre tendrá una planta para cada diagnóstico. Porque ella también trasciende.

jueves, julio 31, 2014

La pisada de la ocurrencia aspirante

Nació de un dibujo inconexo en el poso de una cerveza maltrecha. En un principio fue mala idea, pero como pasaba de maniqueísmos, mutó en ocurrencia a secas. Consistía en generar opciones dentro de un ecosistema ocupado por las ocasiones y dominado por una falsa alternativa reina. Una alternativa a un todo de nada, por lo tanto a priori no había nada que hacer contra ella. Pero la inconexión del dibujo de la cerveza maltrecha también mutó y conectó posibilidades entre sí para parir esta ocurrencia luchadora.

Empezó tímidamente. Se posó en una mente, después en otras dos y así poco a poco hasta que consiguió repartirse por los huecos de ingenio y arrojo habitables. Necesitaba desarrollo, compromiso y continuidad. La tarea no era sencilla. Algunas mentes no la toleraban, pero las que querían darle cabida tenían mucho poder de agitación, así que fueron removiendo arenas petrificadas para preparar el terreno. La ocurrencia, por su parte, cogía más y más cuerpo frente a las ocasiones inmóviles. Asumía su papel, su guerra contra el parecer, e incorporaba el ser para poder resultar. La alternativa era peligrosa, sigilosa y traicionera; no por alternativa sino por falsa. Algo que inquietaba a la ocurrencia, pero como ésta había nacido con la advertencia anclada al ADN, podía soportar la inquietud y todos los temores habidos. 

La conexión entre comunes tomó forma, la ocurrencia se consolidó, tomó los atributos de idea con derecho a hecho y la alternativa empezó a notar temblores, mareos e inseguridad; salió de su contexto para respirar y tomar perspectiva. La ocurrencia crecía, la alternativa moría. 

Cuando la falsa alternativa huyó yo tenía 5 años. No me enteré muy bien de lo que ocurría, pero hoy, 36 años después, he dejado un poso sobre una mesa que invita a pensar. Y eso hago: pensar -entre ocurrencias, una alternativa, opciones y ocasiones- en aquello que pasó y en lo que no pasó, y que ahora pasa, aunque no entra en la cabeza, pero que paradójicamente está dentro. Y al final me digo: No hay alternativa, pero sí ocurrencias que se posan para aspirar. ¡Cosas que pasan!