sábado, octubre 11, 2014

Martín, el chaleco anti-calas y la libertad anónima

Después del golpe Martín estaba cansado, sin ganas de pensar y con la herramienta de la emoción bajo mínimos. Sin nauseas pero sin prisas. Con pausa pero sin tripas. Estaba agotado tras una operación que duró casi dos años.
El cirujano sentía admiración. Por primera vez extraía, por propia voluntad del paciente, una venda de los ojos con ramificaciones defensivas en cada extremidad interior. Un golpe a su estado vital. Una necesidad que, como sujeto, supo manifestarse, definirse y proclamar la autodeterminación. Pero la factura era alta y Martín lo sabía: Vivir sin la protección que traía de serie y por tanto quedar expuesto (con lo puesto y adquirido) a emociones; a favor y en contra. 

La operación comenzó en una exposición de Sebastiao Salgado, donde se invirtió la realidad para que fueran las fotos quienes contemplaran a Martín. Eran ellas, siempre instantáneas, las que veían cómo él iniciaba el preoperatorio. El cirujano, el doctor Posible, operaba desde un plano contiguo, mientras sujetaba al motivo de la intervención. Un motivo difícil, de esos que no se entienden a primera vista. Una razón de peso que sólo puede entenderse sin filtros. Martín, primero lo intuyó, después lo dedujo, más tarde lo entendió y finalmente asumió que sólo podría acariciar motivo y razón expropiando esa parte de sí mismo. No había vuelta atrás, sólo la locura de la cobardía podía parar el proceso. El Dr. Posible comenzó a separarle de la venda, del cristal ahumado, del chaleco 'anticalas'*. 

Lo peor ya ha pasado, dijo la enfermera. Martín estaba triste, de bajón, flojo, vacío, solo... Sabía que el proceso hasta adaptarse a la nueva vida sin filtros no era inmediato. En cambio, pronto empezaron a visitarle síntomas de una libertad desconocida y anónima. A veces ácida, incluso cruel y sarcástica. Pero síntomas de que había llegado a un hábitat hecho a su medida. De hecho él mismo lo había construido. Estar solo ante el peligro de vivir y ser consciente de ello no mataba. Cada día más contento y satisfecho por la opción tomada, entendía que había llegado tarde, pero había llegado. Posible, dos años desde el desfile de realidades, le dio el alta y Martín bajó a la tierra. En un bote con formol el doctor le entregó la venda y sus raíces, pero prefirió donarlo todo a la ciencia. Hoy lleva las primeras gafas graduadas a su medida. La justa. La suya. 

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*Décima acepción de Cala: "Tienta que mete el cirujano para reconocer la profundidad de una herida". 

**La imagen pertenece a la obra de Sebastiao Salgado. http://thephotographersgallery.org.uk/sebastiaosalgado

jueves, septiembre 18, 2014

Cautivo y pronunciado...

El agente de policía se encontró un mensaje corto tirado en el suelo. Era una frase hecha que se había deshecho. No había sangre ni huellas ni rastro de sentido. Sí había, en cambio, una convicción suelta sin sujeto, una palabra sin vocales y una vocal abocada al fracaso. La frase parecía haber muerto de asfixia por un suspiro exacerbado. Clamó por una oportunidad de ser escuchada, entendida y contextualizada, pero cayó sin remedio; borrada y abandonada por una boca cerrada y unos dedos desganados. 

Cuando llegó el juez al escenario, el agente temió quedar en entredicho. Sentía tanta lástima de sí mismo como del mensaje a la deriva. Terror, mucho terror. Pánico al abismo del desuso, al no tener una boca que pronuncie su necesidad de existir. Pavor al punto y aparte. Pero se aferró a un texto que almacenaba en el cofre mental para salvarse de sus fantasmas. El juez no juzgó y dictó (para adentro): "Hay ideas que no pueden pensarse por pensar para evitar matarlas por no decir". Levantó acta y se marchó con el mensaje. El agente descansó entre espacios...

...El día anterior había soñado con una frase en un idioma que no podía traducir. Lo recordó al llegar a su casa. Estaba cansado, sobrescrito y carente de acentos. Pero relajado. Cuando se fue a la cama repasó los hechos previos a encontrar el mensaje corto. Uno por uno. Y uno de ellos (tropezar con la frustración de no haber hecho algo que debió asumir en su día) le llevó a entender que nada había sido casualidad. Es más, se rompió cuando (aparentemente sin querer) descifró el mensaje del sueño. Era la misma frase que encontró muerta en el suelo. La suya. Un sueño abandonado que, ahora sí, estaba preparado para asumir.

Hoy ha logrado pegar los trozos de sí mismo con palabras que pensó eran de otro. En el fondo era fácil. Una cuestión de... pronunciación.

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La ilustración es un collage de ErreGálvez, descubierto en su cuenta de Instagram. Toda una fuente de inspiración. 

miércoles, septiembre 10, 2014

Próximamente en su videoclub


La última vez que nos vimos fue en su regreso de las Montañas Llanas. Volvía de regresar dos veces al mismo punto, pero en este caso para partir; para marchar y para quebrarse por una parte, y por otra también. Pero como Él no es de repetirse, ha venido a buscarme para contarme que, aunque le ha costado 26 años, ha entendido de qué va su vida. Nos hemos sentado un rato en el banco del videoclub de las pelis descatalogadas (y de las sinopsis por encajar en su propio argumento). En este banco me siento cuando no veo nada claro (tirando a nublado). Me siento en él incluso sin sentarme para asentar ideas, deseos, desencajes, torturas, carreras, alegrías... Es el lugar perfecto para hablar con Él. Las conversaciones no son de las que se tienen habitualmente. Son de esas que hacen temblar, agitan, remueven, desalojan gilipolleces o pasan secuencias de cine interno. Es un banco para valientes, me dice Él. Es el banco del videoclub, contesto. Eso lo dice todo, amigo.

Hablamos de su vida y de paso de la mía. Me cuenta que todo empezó en un videoclub. Al principio alquilaba lo que pillaba. Un día le pillaron pillando. Otro día vio un ciclo (o bucle) sobre cine sin iluminación. Allí conoció a la mujer de su vida. Allí se despidió de ella. Aquí la recuerda y la espera. Pero no aquí no es aquí, matiza. Nos encontraremos en alguna parte de la fórmula. Entre regreso y partida, insiste, está el hecho de entender su vida y la hora (imperfecta) del no.

Me cuesta seguirle, pero le alcanzo. Lo hago asociando sus palabras a películas que he podido ver gracias a un reproductor especial que tuve que construir con mis propios verbos. Entiende que Él es de los de recorrer rodeos, atajos que no acortan y senderos sin gloria; comprende que su mecanismo indefenso se defiende como puede... O mejor, se ha construido como ha podido. Con la porción justa (o injusta) de trabajo y azar. Y concluye que ha llegado donde tenía que llegar para seguir, entendiendo "seguir" con límites a la tiranía de la extralimitación. Esa que tanto ha dictado sus días de prolongada pubertad.

En un momento dado nos levantamos y no nos vamos. Nos quedamos mirando lo que está por pasar. Sabemos que Él se va a ir. Sabe que yo a mi modo también. Sé que no volveremos a vernos. Sabemos que nuestras películas no están descatalogadas, sencillamente no las habíamos colocado en la temática correspondiente. Son películas que parten de un final que nunca sigue, se escriben como argumentos que se recrean en los nudos y proclaman aquello de "desenlaces, los justos". Comprendemos que nunca volveremos a faltar a la cita que nos unió (para siempre) a cada uno con nuestras cosas. Y al final, que no sabemos qué tipo de principio es, nos fundimos (a negro) en un abrazo.

Y esta película surge cuando alguien me pregunta ¿Qué te sugiere la lámina 2 de Rorschach?