lunes, agosto 10, 2015

Se alquila su vida

Cayó rendido y después depositó el último suspiro en un vaso vacío con forma de zapatilla sin pisada. Antes de morir tuvo tiempo para jugar una partida de tetris, basado en su vida. Unas piezas encajaban, otras no y otras tantas, a medias. Cuando completaba una línea liberaba fórmulas inacabadas al espacio, lo que le hacía perder peso y provocaba sensación de apretón. Murió con 4 kilos y medio menos, pero fue enterrado con 15 de más, porque retuvo un líquido a última hora que pesaba mucho; por él fluían todos los despropósitos acumulados y el acierto de su vida...

https://instagram.com/p/6Leos8A4dE/Para cuando llegó al otro barrio no quedaba nada de él, tan sólo una coma abandonada por aquel punto infantil. No se trataba de empezar de nuevo, porque aquello no era una reencarnación, sino un trasvase unilateral. Una imposición contractual que figuraba en su partida de nacimiento. Su padre, tras unas elecciones perdidas pactó con el opositor a diablo... El resultado estaba ahora por ver. Para empezar llegó a una junta municipal de distintos; un pleno al 12 sin piedad; una reunión desunida pero con intención de recomponer piezas urbanas y éticas; un foro de vecinos con ganas de rehacerse un hueco con ellos mismos y entre yos ajenos. Cuando empezó a tomar conciencia se le hizo bola un viejo anhelo de prisión. Un freno ante deseos de ambición por encima de las líneas rojas trazadas en algún rincón de su cabeza; deseos de superar la barrera que le protegió siempre de tempestades. Lo paradójico es que muerto estaba más vivo que nunca. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo puede ser? Si soy un fiambre, se planteaba, cómo puedo tener tantas ganas de no privarme en actuar en público.

Pasaron los sueños, los días, los malos tragos y los fantásticos segundos etílicos. La memoria de su padre tiraba con fuerza. La mezcla de indignación ancestral y esperanza de vida (obligada y de serie) daban fuerza a ese café que nunca se tomaba... Y con calma, se tomó los siguientes episodios. Unos, con esos malos tragos como protagonistas; otros, con las decepciones propias pegándose con las ajenas... El caso es que no había un capítulo tranquilo. Y eso que estaba muerto.

Pasado un tiempo se levantó en mitad de la noche, inquieto por una idea que no terminaba de manifestarse. El calor era soportable, aunque agotador; así que agarró el pensamiento por el pescuezo y salió a la calle a darse una vuelta de tuerca a sí mismo... Y lo hizo tan a conciencia que -como si escurriera una toalla mojada- extrajo de dentro un torrente de palabras por decir, ocurrencias pendientes, guiños no realizados e insultos no dirigidos. Y en ese torrencial también cayó él. Fue en ese momento cuando se encontró al mismo nivel que la tímida idea que le había robado el sueño aquella noche. Y en medio de tanto sudor como lágrimas sin sangre se abrazaron. Por la mañana se puso a escribir. Lo tenía claro, estaba muerto, pero eso no le iba a impedir colocarse con las palabras. Y alquilar su vida por un precio razonable. El que marcan los silencios que habitan entre las líneas de su texto. El precio que hay que pagar por ser inquilino de una historia abierta. Pero propia.

viernes, mayo 22, 2015

Las doce y cinco


Su reloj siempre marcaba la misma hora, algo más de las 12:05. Sólo cambiaba el día. Pero no le importaba el día en que vivía, tampoco consultaba la hora en su muñeca; ya lo hacía en las paradas del autobús en el móvil. Para Fermín las cosas venían dadas. Pasaban. No podía parar, volver, pasar página o acelerar el paso del tiempo, con lo cual prefería no contar. Además, siempre fue una sombra a quien la información (como la luz en una cueva) llegaba indirectamente a través las paredes limitadoras en las que debía apoyarse para no caer al suelo. ¿Para qué mirar a los ojos al tiempo interpretado? ¿Por qué aceptar la fragmentación de los tiempos? ¿Por qué hacerse preguntas? No merecía la pena, pensaba. 

Una mañana que no quiso levantarse sufrió una caída en cuenta. Del golpe pensó. Y de la idea nació un minuto con deseos de despuntar y no sólo pasar en 60 segundos. Tenía una pregunta en la cabeza: ¿Qué es lo peor que puede pasar? Desconocía la procendencia y no sabía a qué atribuirla o asociarla. Normalmente para consultar estas paradojas o acertijos inconscientes recurría a Paquito el kiosquero, pero se había jubilado, ya no había prensa en la calle... Y su pregunta, en el aire. Entonces decidió someterse al sueño de la noche siguiente para lo cual necesitó ceder el paso a 12 horas con las que no contaba. Doce horas que no tenían prisa y se lo tomaban con calma. Le miraban; coquetas se reían. No entró en su provocación, prefirió fotografiarlas para inmortalizarlas. Porque, como dice, "no hay cosa que le joda más al tiempo que ser capturado". El instante les borró la sonrisa de la cara y perdieron sus milésimas. Por fin llegó la noche y durmió. 

Cuando se lanzó al fondo de sus párpados empezó a abrirse camino entre dudas, mareas de palabras, huracanes de sinsentidos, maremotos de contradicciones, movimientos de tierras inmovilizadas, mareos, vómitos de aguas tan tibias como turbias... Y al mismo tiempo pequeños retales iban uniéndose al gran tejido de una respuesta que sólo podía encontrar ya en tierra. Al final llegó. Exhausto por descanso, jadeando por la calma trepidante que mueve los interiores se contestó por sus propios canales: Lo peor que puede pasar es que pase de largo de mí mismo y termine por ignorame... Y en tonces termine. Dos semanas después escribió en una pared: "Yo paso". Al día siguiente soñó que entraba. Hoy está. 

viernes, mayo 08, 2015

El autor, algo y la causa

Tenía el proyecto claro, prácticamente cerrado. Pero algo se interpuso entre los archivos que lo custodiaban. Un algo que encontró su razón de ser en esa posición entre argumentos; pura salvación para éste. Daba igual qué contenidos ocupaban los extremos, lo importante para ese algo era el espacio transversal creado por su irrupción. El autor estaba confundido.  No entendía nada ni podía identificar el obstáculo interpuesto. Era lógico. Pura protección porque la última vez que algo (otro) se interpuso en su vida sufrió una parálisis en su mentalidad abierta que le provocó una cerrazón en la entrada y salida del recto (decidido a ser insurrecto).

Ahora no tenía conciencia de que hubiera algo en medio de su creatividad, por tanto, si bien es cierto que estaba confuso, al menos no sufría por dentro. Sólo por fuera y parcialmente. Sin embargo, ese algo sí conocía al sujeto creador del ecosistema ocupado (el proyecto), quería cuidarlo por motivos tan lógicos como medioambientales. Porque si el autor volvía al conflicto rectal sería una catástrofe. Por tanto tenía que trabajar en una simbiosis dirigida. Tenía que presentarse al autor, pero sin sustos; debía parecer un encutentro accidental consigo mismo. 

Ha pasado una semana desde el bloqueo. Una semana desde que pensador y algo se cruzaron. Ese algo ya se ha hecho con un nombre propio: Miguel Ángel Sustituido. El pensador ha cedido parte del suyo. De Renato Empar ha pasado a Pareto Sin Más. Y en mitad de una reunión interna ha llegado al asunto; ha aterrizado en la interposición, ese algo que ya es argumento, idea y ser. Se han sentado sobre sus ganas de crear y han decidido que el uno forma parte del otro. Han bastado dos conversaciones sin nudos, sin planos de transición para unir los archivos de la verdad por el mismo vínculo. Es decir, transformar los conceptos y resignificarlos (como diría el doctor Kastorcillo) para dar sentido a la nueva estructura no lineal.

Empeñados y unidos en el hecho de emprender por los pies, desde el suelo impulsor (que no carcelario), han ascendido hasta el lado material de la idea y después se han fundido en dos palabras. Han surgido tres frases y unos pocos verbos sin tiempos. El proyecto ya funciona con sus engranajes. Es autónomo. Y después de tanto tiempo invertido en entender quiénes eran algo y autor, Sustituido y Empar, saben que no pueden dominar la consecuencia, el proyecto (llamado Ruedas) no puede esperarles. Es la causa.