martes, julio 26, 2016

La mirada de Carla

Daniel Seseña. Foto realizada en el Mckittrick hotel (Manhattan)
 Llevaba tiempo de ocupa en un bucle nublado y hermético, sin salidas de emergencia. Ni de las normales. Ese día tardé en levantarme más de lo habitual. Me pesaba el cuerpo y eso que llaman alma. El mes de agosto había arrasado Madrid y yo sin planes y con un teléfono mudo. El panorama resultaba deprimente. Webber había muerto en un atentado terrorista. El resto de los amigos, Carlos, Pol y Luck estaban de vacaciones con sus parejas. El diccionario se escondía de mí para no prestarme sus mejores palabras. El sexo estaba de huelga junto a una diosa anarquista que me dio portazo por no querer jugar con ella en el suelo.

Aunque no salí renovado de la ducha, al menos me sirvió para explotar algún coágulo de lágrimas que me invadían como el acné juvenil. Los sollozos los envolví entre acordes de The Clash y lo gritos de Roger Daltrey. Y antes de cortarme un pelo con mi vieja Gillette me dediqué una contundente carcajada frente al espejo a lo Fernando Bellver con sus retratos; un maestro en el arte de vaciar su ego de ego y de trascendencia artística. No me creía ni yo a mí mismo. Pero es lo que hay, me dije. Entonces cuando estaba apunto de nada (es decir, de nada) me llamó Carla para invitarme a su concierto. Fue como un salvavidas en mitad del océano.

Abrí la puerta de aquel local. Oscuro, antiguo. Fue como entrar en los años 30. Y ahí estaba ella. En el centro del plano. Al fondo, delante de todo. Clavó su mirada en mí y me siguió como el foco a ella por el escenario. Me senté como pude en una mesa para uno. ¿Qué desea? Me susurró un camarero de época al oído. Whisky, contesté, con voz de duro. Y todo esto sin dejar de mirarnos Carla y yo durante las casi dos horas que duró el concierto. Cuando terminó y ella consiguió liberarse del agasajo colectivo y de los piropos, se sentó en mi mesa. Hablamos y bebimos hasta que cerramos aquel día/noche del calencario.

Al día siguiente me puse a escribir, inspirado por la mirada de Carla. Sabía que no volvería a verla hasta dentro de 5 años. Así funcionaban las reglas del Jazz... Y así han pasado 20 años desde que nos conocimos en aquel comercio que vendía medias tintas al por mayor. Ella en su escenario y yo en el mío. Siempre me quedará el contrabajo para refugiarme en sus graves ante los agudos de un verano sin compasión.

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Y este es mi pequeño homenaje a mi amiga Carla Revuelta. Murió hace tres años en un tren que viajaba a Santiago de Compostela.

lunes, julio 25, 2016

Sentido y (actualizada) estabilidad

Daniel Seseña. Foto realizada en Gran vía (Madrid) el 9 de julio.
Salió porque no le quedaba más remedio; quería entrar en realidad. Entrar para salir del todo. Salir para entrar sin pedir permiso. Ser dueño de una vida donada y desordenada. Llevaba tres días sin vender una descarga de su app: OjoXojoH2. Una aplicación para profundizar en planos ocultos. Arrancó con éxito al principio, pero de pronto se paró. Y aunque no le quitaba el sueño -tenía dos proyectos más en desarrollo- estaba inquieto, poque uno de sus planos ocultos se había movido del sitio y algo tan firme como el suelo ahora quemaba y temblaba, así que decidió encerrarse. Pero ya no podía más. 

En la calle observaba la caótica mirada colectiva. Alguna caía sobre él. Otras se cruzaban, pero la mayoría se perdían. Salió sin objetivo, solo con el plano angular en la cabeza. Un fin con principio pero sin final. Andar, recuperar la estabilidad... O encontrar una versión nueva de la misma. No ocurría ni una cosa ni otra y aun así seguía caminando. Se refugiaba en cornisas que nunca había visto, en un hueco en el rincón más anodino del ardiente suelo madrileño, en un pensamiento perdido de alguien que ya piensa en otra cosa, en un cartel que perdió su actualidad, en el sueño que tuvo hace un més o en los ojos de aquella chica que nunca le miró.

¡Qué dura es la calle! Pensaba. ¿Dónde voy? Seguía pateando. Y así hasta que se encontró con una una sombra de sí mismo que caminaba desde hacía años por una calle paralela. Desde 2005, confesó. Se reconocieron al instante y se dieron un fuerte abrazo, de los que hacen ruido en silencio. Al día siguiente, actualizada la estabilidad y el sentido poco común, hizo la compra -sin lista previa- y reajustó los planos. Por fin empezó a escribir lo que no estaba escrito y sobre todo reforzó el fondo de la sombras ante la luz cegadora.

miércoles, abril 13, 2016

Preguntas que responden

Fernando Bellver
Todo ocurrió entre prejuicios. Un acento se salió de contexto para ser entrevistado por una mayúscula. Venía de presentar una tesis sobre el derecho a la exclamación. Ella, que formaba parte de un texto lleno de significados, hacía tiempo que no encontraba el suyo. Acento y letra se encontraron sobre el papel. Para un acento sin tilde, una letra mayúscula, no encajaba en la búsqueda exclamativa. Para un tipo como ella, un acento sin tilde resultaba demasiado pretencioso. Sin embargo, tras el tablero de preguntas y respuestas fueron cayendo -por su propio peso- las palabras vacías. Luego entraron en juego las que no hacen falta ser pronunciadas para ser entendidas. Y así poco a poco el blanco de la hoja se llenó de exclamaciones y significados que venían a cuento, con la intención de quedarse.

Cuando terminó la entrevista. Letra y acento siguieron sendas sinopsis, con las que partían. Pasaron los días. Algún mes que otro. Alguien, en algún punto deslocalizado, abrió un libro que llevaba tiempo almacenado en un cajón. Antes le pasó un paño. No quiso empezar por el principio, sino por donde le dio la gana y entonces una historia comenzó a contar. Hablaba de un sentido que quiso ser doble y para conseguirlo tuvo que hallar su auténtico significado. Se lo dio una mayúscula que buscaba un nuevo libro, una nueva historia más acorde a su fondo. Agradecido dicho sentido, le dedicó una canción que llevaba a un texto. Ella, aceptó la invitación y comenzó a leer entre líneas. En otra página, una nota abandonada encontró su lugar gracias a un acento melancólico. Agradecida, le invitó a visitar un epílogo secreto. 

El lector que había abierto el libro, entusiasmado por la vida inesperada de esta historia, decidió enlazar cada coma con el momento. Y en el vínculo que creó, mayúscula y acento se reencontraron. Pero no fue casualidad. Más o menos, sin querer, ambos en sus tiempos verbales se habían buscado con sutileza, sin forzar -con un dulce toque de subconsciencia- sin tirar demasiado de las costuras virtuales de las tapas. Se saludaron y comenzaron a preguntarse mutuamente, pero más allá de entrevistas con formatos ajenos. El lector, consciente de la emancipación de sus personajes, del hallazgo, dejó el libro abierto. Con la distancia debida se dio cuenta de que llevaba toda su vida leyendo en una misma dirección y por tanto perdíendose muchas historias. Así que se preguntó el porqué. Y una respuesta que pasaba por el prólogo le invitó a dejarse de epílogos para independizarse de los finales. 

miércoles, abril 06, 2016

El fondo y el anzuelo

Un plano de The Black List
 Conté hasta 7. No sé por qué. Soñé en blanco y me fundí a negro al amanecer. La pesadilla quedó atrás. La imaginación quiso que pensara en esa pantalla que no todo lo exhibe. La certeza destapó el paraíso sin renta. La duda arrasó el territorio interno hasta no dejar nada vertical en pie. El dolor de piel no valía como excusa para evadir mis imposiciones. La calma ya no era obligada. La puerta estaba tan abierta como parca en palabras e ideas pensadas. Mi decisión tenía cuerpo, pero necesitaba madera. Hacía falta más volumen de puntos de vista, porque los ojos que me acompañaban pedían una tregua de sí mismos y un descanso de empatía. Siempre tan tirante. La habitación buscaba límites en el sueño y el sueño anhelaba una ruptura con lo intangible para tocarle las tetas al paraíso tangible. Y así se travestía una realidad que se negaba a ocupar su escaño. Que se resistía a serlo. Y en medio, yo. Un pescador que no termina de lanzar el anzuelo para evitar picar en su propia elección.
Aún así me he subido a la barca. He llenado la caja con cebo vivo, hilo, intenciones, certezas y un plan b que nunca pensé subiría a mi embarcación. He llegado a la lejanía de la costa. Estoy en aguas firmes. Hacen que me sienta como el que es consciente de que puede hundirse o entender la superficie por la que navega. Como el que puede vivir, sobrevivir, morir en vida o confirmar una muerte perenne. Estoy ante el fondo. Ese que hace temer y desear por partes iguales. Pero también tengo delante unas hojas llenas de sentidos. Tomos rellenos. Libros con brasa y sangre. Palabras y venas. Textos de espacios. Interlineados que aspiran a ser parte. Estoy. 

Lanzo el cebo, que soy yo en parte. Pronto pican. Tiro del hilo y llego a un pez que llega a mí. La seda se parte de risa y se divide en dos. El pez cae sobre la madera. Yo termino en el agua. La barca se aleja con ese pez que soy en parte. No puedo hacer nada. Nadar no es una opción. Buceo y respiro. El agua llena mis sueños y cuando noto que me ahogo, empiezo a respirar. La habitación en paz con sus límites ha crecido, como quiso Boris Vian. Cuando llego a puerto, desde el fondo, nadie me recibe, pero consigo auparme y seguir fondeando por la superficie. Ahora vuelvo a  contar, pero no hasta 7. Cuento para mí. Ya sé por qué. Sólo tengo que entrar en ese piso lleno de pantallas que cuentan tantas cosas que de vez en cuando se apagan para tirarse al agua y sentirse cebo; ajustarse a un anzuelo que se sabe dónde se forja pero no donde se rinde.

jueves, marzo 17, 2016

Estás

La vi en una imagen de Street View. La reconocí inmediatamente. Ese pelazo es único. Me da igual que Google intente desenfocar su paso por el cruce de la calle Nadie con la travesía del Todo. Ella pasó por ahí con la misma fuerza con la que atravesó mi vida. Desde entonces tengo una autopista en construcción que lleva su nombre. Y cómo no, una plaza con su apellido. Cuando moví el ratón a su favor noté cómo aquella sensación de verla por primera vez removía mi estabilidad; pero sin arrastrarme a la papelera, que es como decir hasta "la calle de la amargura". Esa no figura explícitamente en Google, aunque cada uno la tiene marcada en un punto concreto.
Smoke (Wayne Wang, Paul Auster. 1995)


Caminaba sola. Iba hablando por teléfono. Me imaginé al otro lado. Soñé con lo que tantas veces soñé, que habíamos quedado para ir a nuestra propia fiesta. Entonces entré en mi teléfono y me reuní con ella. Entre las fotos que nunca borro. Esa colección de instantes que certifican que lo nuestro fue real. Recuerdo cuando las fotos eran un concepto estático. Querías recordar, entonces ibas al cajón o álbum concreto y pasabas las imágenes. Era un proceso paralelo al deseo. Había un camino que recorrer; lo que te daba un tiempo también para recapacitar, pensar y previsualizar la realidad fotografiada. Hoy, en cambio, en el mismo carrete del móvil conviven épocas e historias distintas capaces de emerger y cruzarse en cualquier momento sin apenas proceso, sin revelado. Basta con una caricia del dedo sobre la pantalla para destapar una vida archivada. Un cargamento de emociones.

No podía dejar de mirarla. Hacía tiempo que no nos veíamos y la instantánea de 360 me devolvió el olor, los pálpitos, los nervios, lo mejor de conocerla, la entrada de aquel videoclub de pelis que nadie ve, el armónico sonido de lo imposible, la distorsión de lo evidente, la duda ante lo incuestionable, los porqués aguerridos contra los cómos, las miradas permitidas, las palabras que ganan ligas, los silencios que hacen callar al más charlatán, los pasos dados, la luz de aquellas tardes sin prisa, los temblores... 

Y todo por una foto que intenta, desde todos los ángulos, que me centre para no perderme en el mapa de mis calles.  

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jueves, febrero 18, 2016

El plano mudo y la secuencia accidental

Han pasado 10 años desde el accidente. Digamos que en general no arrastro secuelas. Pero en lo local, por dentro, llevo conmigo todo un serial de fallos de sistema que me impide ser alguien normal. Por ejemplo, cada año cambio, mudo o me transformo, como cada temporada en una serie de ficción. Añado  personajes. Después -hablando en términos televisivos- mato a unos y me engancho a otros, en función de la audiencia que hay en mi organismo. No duermo, engaño a la vigilia. No vivo, actúo. Hago que pienso... Lo hago pensando en los estímulos que provoca el hecho de pensar. ¿Suben los datos de atención en la zona abdominal? Entonces reflexiono. ¿Que siento flojera? Cierro párpados y me anulo. Aparco la actividad cerebral. 

Pero en general, soy uno más. Cumplo con la vida, con mi trabajo, con mis amigos, con mi novia, con mis padres, con mis tíos, con mi jefe, con mis socios. Cumplo con todo, menos con mi guion. No es que me preocupe, pero sí me irrita porque en ocasiones, cuando se da una paradoja de esas que te obligan a decidir entre lo importante y lo imprescindible me bloqueo. Y últimamente han crecido tantos momentos así que siento un noqueo permanente. Me muevo entre un extremo y otro, entre decisiones absurdas, bocanadas de despropósitos que me devuelven una imagen (con fondo) de mí que me deja temblando. Soy normal, me digo. Soy normal, reivindico. Pero al final acabo cagándome en las fórmulas de autoayuda que trato de incorporar a mi reflejo. 

El día del accidente aprendí dos cosas. Una, que hay más asesinos sueltos que palabras sin decirse. Y dos, que una parte de mí -que escapó a mi control- intentó acabar conmigo. El asesino, fráncamente, me da igual. No depende de mí. Pero el terrorista que habita en mí y que casi me lleva al precipicio, sí me preocupa, porque está aquí dentro. Latente, con el cuchillo entre los dientes, esperando una grieta por la que colar sus ideas destructivas; que muere por acabar con todo lo que implique construir, hacer las paces, reconciliar, reconocer que hay espacio para todos. Es un auténtico cabrón. Como "Judas, el Miserable". Aún me viene de vez en cuando el olor del accidente. El sonido del asombro de los testigos. El ruido del silencio de las personas enmudecidas. La distorisión que provoca el desequilibrio de un hecho descontrolado. 

Normal o no, herido o recuperado, vivo o muerto, dialogante o callado... No sé quién soy, aunque me veo en el espejo. Me intuyo, pero me alejo. Sé quién creo ser, sé que quiero ser. Quiero creer que de aquí a allá hay una distancia asumible. Las palabras se pegan con la certeza de que es así. Pero en este escenario, donde no falta nadie, todos cuentan: palabras, deseos, frustraciones, complejos, tiranteces, personajes que empujan o personajes que arrastran al retroceso, cabrones, razonables, dialogantes, dictadores, lógicos, absurdos, lectores de la "entrelínea", observadores de las pausas, amantes de la pesadilla, críticos del sueño... Anoche me caí de la silla coja y reaccioné a tiempo. 

Vivo entre golpes. Vivo de los golpes. Soy un actor de reparto que mira a los ojos a la cámara que no sonríe. Intento ser vivo, tanto como visto. Intento guiñar un ojo, pero no encuentro complicidad. Soy socio de una muerte en vida que no me corresponde, pero que no me queda otra que asumir. Ayer hablé con alguien que un día sintió lo que ahora yo confirmo: soy un perfil, la coartada de alguien que está deseando echarme las culpas. El plano mudo que no dice nada, sólo cuando proyección y actor deciden coincidir en la misma secuencia.