viernes, abril 10, 2015

100.000 Ideas y una sombra de perfil

Me mandé un mensaje a través de un perfil que no me sigue. Y claro, nunca me llegó aunque me explotara en la cara. Hay cosas que técnicamente no pueden pasar aunque pasen. De hecho pasan de largo, como el mensaje. Entonces, eso sí, pensé que me quedaba en el mismo sitio mientras el mensaje se alejaba. Pero no, seguía en movimiento; más lento, pero sin parar. Me pregunté por qué no me seguía y me respondí de manera poco objetiva cuando me puse de perfil; o sea de su parte. Tendemos a pensar que nuestro perfil es como la sombra. Incondicional por el hecho de partir de nosotros... Pero no, el perfil aprende por lo bajini y el capullo se independiza en parte. Y seguir sus pasos para recuperarlo es (del todo) imposible. Así que mi perfil y yo tenemos un debate eterno. 

Los hechos ocurrieron el día que se me cayó una idea a una papelera que contenía material de película. Se fundieron y acabaron en la química de un vídeo que se hizo viral. Llegó a unas 100.000 personas en poco menos de una hora. Esas 100.000 personas siguieron con sus vidas, pero un tiempo después empezaron a desarrollar (inconscientemente) la idea que se me cayó a la papelera y se fundió con la película... Un acontecimiento accidentalmente subliminal que sólo yo conozco porque me estalló en la cara un mensaje propio, desde lo ajeno (de mí). El mensaje que hablaba de las consecuencias que tiene no ciudar lo que pienso.

Un día, mezclado entre semanas impuestas, coincidimos los 100.001 en un recinto onírico, tan surrealista como los hechos. Como la idea que no fue. Charlamos como si fuéramos dos. Nos enviamos mensajes desde los soportes que nos permite la sombra. Intercambiamos perfiles y posturas encontradas. Y al final hicimos consciente la idea derramada a la papelera. Del lado individual viajó hasta el colectivo y cuando emergió no hubo duda de que cada uno tiene lo suyo, la suya. Pero aquella era mía y hoy, de tantos. Por eso no importa de qué va, lo que importa es que ni siquiera es verdad. Es tan sólo una ficción pensada por una persona -que no soy yo, ni ninguna de las 100.000- que trata de amarrar claridad dentro de miles de voces que pasan por su cabeza. 

lunes, abril 06, 2015

Sentada al borde del libro


Tenía que subirse a un tren incierto. Debía pensar en las causas de las consecuencias. Hizo la maleta sin pensar en la mochila que llevaba ni en el peso de una vida sin clasificar. Salió disparada hacia el prólogo de una historia por construir. El disparate la llevó a tomar prestado el portaequipajes de otra persona que viajaba en dirección opuesta, sin bultos. Antes había dudado si ejecutar una flexión o una impostura; en una pausa pensó que lo mejor era no parar y demarrar (y derramar) para coronar el prólogo en solitario. Reanudada la marcha reclutó tres ideas y se agarró al texto.

Una mañana amaneció sentada al borde de un libro sin tapas . La experiencia le recordó -sobre todo por el olor- a una vieja ocurrencia de su padre, cuando pescaban en una poza sin agua, pero llena de verbos corretones y submarinos. Antes de marcar la página sobre la que se había sentado se sumergió un poco más en aquella ocurrencia y pescó desde aquellos verbos. Uno, el más inquieto, la reconoció inmediatamente. Pocas personas como ella le habían dado tantos sentidos en el fondo. Y sobre todo, nadie como ella había empatizado tanto con una palabra así. El otro, más amoldado a su medio y sus formas, no se resistió y declinó cualquier voluntad de cobrar sentido alguno. Ella, con el verbo del pasado en su mano, se reconcilió con su padre. La ocurrencia recuperada fue el vehículo; consistió en implicarla en un proceso de búsqueda submarina a través de una caña con (en apariencia) pocas ganas de pescar.

Ya en el tren, ya en el camino entre la impostura y la flexión, se se dio una vuelta por sus consecuencias conscientes y regresó con todo el equipaje de mano; la parte facturada tardaría un tiempo en llegar. Era un ejercicio necesario, lleno de matices de libertad. El prólogo la esperaba con las tramas abiertas y los brazos sin solapas. Sabía que todo lo que estaba por llegar ya sólo dependía de ella y de los verbos administrados en sus maletas. Palabras propias, salvavidas, redentoras, animadoras de crecimiento.

Un día llegó a su destino: el lugar donde todo sigue y concurre. Y lo mejor de todo, suspira, es que por fin sé estar; ella, el verbo, el recuerdo ocurrente y su sitio preciso, añado yo (un narrador ni fu ni fa... sostenido entre palabras). El libro se abrió de tapas, ella ocurrió y a mí se me ocurrió que era el momento.

viernes, marzo 06, 2015

Caídos por la división del guindo

Parcela, Mula, Campos y Herrero son cuatro amigos que lo han dado todo por pisar la tierra que ni plantan en firme. Darlo todo para ellos significa tirarse al vacío desde el guindo. Un guindo que plantó -y planteó- el tío de Parcela en algún lugar centrado en el extremo de sí mismo. Durante la adolescencia se columpiaban cada día y se lo pasaban todo por el forro de las raíces. Antes, en la infancia buscaron un punto de conexión entre los deseos de venganza y el rechazo propio. Hoy, tras entregarse al suelo, desde la altura del mundo adulto, los cuatro amigos están cimentando sendas vidas (más la común) con pasta rellena de carne de suicidio superado. 

El mismo mes antes del suceso Campos tuvo un accidente, Mula vio un túnel con dobles sentidos, Herrero giró los ojos hacia el lado oscuro del párpado y Mula imaginó un mundo sin comas. Entonces llevaban dos años sin verse. Los contextos les llevaron a un espacio común: el aula/bar Poso sin forma. Se bebieron las partituras de un sueño que perseguían desde las ramas del guindo; es decir, desde que se conocieron en aquel colegio sin clases. Comentaron las cosas ocurridas desde lo personal. Intercambiaron procedencias y destinos sin final. Retomaron los vínculos.  Después accedieron a las reflexiones de los hechos por vivir. Hoy lo pueden contar. 

Hace una hora he recordado una palabra que ya no recuerdo. Y en mitad del recuerdo se ha reactivado la sensación de una experiencia que compartí en su día con Mula después de hablarme de lo mucho que echaba de menos a sus amigos. Todos esos momentos no se perderán. Ningún momento se pierde... Otra cosa es que en la caída libre desde lo alto del guindo uno pierda parte de la conciencia que decidió despertar. Pero eso no significa que desaparezca, sino que se camufla o readapta a nuevas situaciones, a otros momentos. Y no lo digo yo. Los cuatro amigos lo comentan en sus ratos libres mientras se toman unos vinos en tierra firme; firmada por un cuento... escrito.