miércoles, abril 13, 2016

Preguntas que responden

Todo ocurrió entre prejuicios. Un acento se salió de contexto para ser entrevistado por una mayúscula. Venía de presentar una tesis sobre el derecho a la exclamación. Ella, que formaba parte de un texto lleno de significados, hacía tiempo que no encontraba el suyo. Acento y letra se encontraron sobre el papel. Para un acento sin tilde, una letra mayúscula, no encajaba en la búsqueda exclamativa. Para un tipo como ella, un acento sin tilde resultaba demasiado pretencioso. Sin embargo, tras el tablero de preguntas y respuestas fueron cayendo -por su propio peso- las palabras vacías. Luego entraron en juego las que no hacen falta ser pronunciadas para ser entendidas. Y así poco a poco el blanco de la hoja se llenó de exclamaciones y significados que venían a cuento, con la intención de quedarse.

Cuando terminó la entrevista. Letra y acento siguieron sendas sinopsis, con las que partían. Pasaron los días. Algún mes que otro. Alguien, en algún punto deslocalizado, abrió un libro que llevaba tiempo almacenado en un cajón. Antes le pasó un paño. No quiso empezar por el principio, sino por donde le dio la gana y entonces una historia comenzó a contar. Hablaba de un sentido que quiso ser doble y para conseguirlo tuvo que hallar su auténtico significado. Se lo dio una mayúscula que buscaba un nuevo libro, una nueva historia más acorde a su fondo. Agradecido dicho sentido, le dedicó una canción que llevaba a un texto. Ella, aceptó la invitación y comenzó a leer entre líneas. En otra página, una nota abandonada encontró su lugar gracias a un acento melancólico. Agradecida, le invitó a visitar un epílogo secreto. 

El lector que había abierto el libro, entusiasmado por la vida inesperada de esta historia, decidió enlazar cada coma con el momento. Y en el vínculo que creó, mayúscula y acento se reencontraron. Pero no fue casualidad. Más o menos, sin querer, ambos en sus tiempos verbales se habían buscado con sutileza, sin forzar -con un dulce toque de subconsciencia- sin tirar demasiado de las costuras virtuales de las tapas. Se saludaron y comenzaron a preguntarse mutuamente, pero más allá de entrevistas con formatos ajenos. El lector, consciente de la emancipación de sus personajes, del hallazgo, dejó el libro abierto. Con la distancia debida se dio cuenta de que llevaba toda su vida leyendo en una misma dirección y por tanto perdíendose muchas historias. Así que se preguntó el porqué. Y una respuesta que pasaba por el prólogo le invitó a dejarse de epílogos para independizarse de los finales. 

miércoles, abril 06, 2016

El fondo y el anzuelo

Conté hasta 7. No sé por qué. Soñé en blanco y me fundí a negro al amanecer. La pesadilla quedó atrás. La imaginación quiso que pensara en esa pantalla que no todo lo exhibe. La certeza destapó el paraíso sin renta. La duda arrasó el territorio interno hasta no dejar nada vertical en pie. El dolor de piel no valía como excusa para evadir mis imposiciones. La calma ya no era obligada. La puerta estaba tan abierta como parca en palabras e ideas pensadas. Mi decisión tenía cuerpo, pero necesitaba madera. Hacía falta más volumen de puntos de vista, porque los ojos que me acompañaban pedían una tregua de sí mismos y un descanso de empatía. Siempre tan tirante. La habitación buscaba límites en el sueño y el sueño anhelaba una ruptura con lo intangible para tocarle las tetas al paraíso tangible. Y así se travestía una realidad que se negaba a ocupar su escaño. Que se resistía a serlo. Y en medio, yo. Un pescador que no termina de lanzar el anzuelo para evitar picar en su propia elección. 
 
Aún así me he subido a la barca. He llenado la caja con cebo vivo, hilo, intenciones, certezas y un plan b que nunca pensé subiría a mi embarcación. He llegado a la lejanía de la costa. Estoy en aguas firmes. Hacen que me sienta como el que es consciente de que puede hundirse o entender la superficie por la que navega. Como el que puede vivir, sobrevivir, morir en vida o confirmar una muerte perenne. Estoy ante el fondo. Ese que hace temer y desear por partes iguales. Pero también tengo delante unas hojas llenas de sentidos. Tomos rellenos. Libros con brasa y sangre. Palabras y venas. Textos de espacios. Interlineados que aspiran a ser parte. Estoy. 

Lanzo el cebo, que soy yo en parte. Pronto pican. Tiro del hilo y llego a un pez que llega a mí. La seda se parte de risa y se divide en dos. El pez cae sobre la madera. Yo termino en el agua. La barca se aleja con ese pez que soy en parte. No puedo hacer nada. Nadar no es una opción. Buceo y respiro. El agua llena mis sueños y cuando noto que me ahogo, empiezo a respirar. La habitación en paz con sus límites ha crecido, como quiso Boris Vian. Cuando llego a puerto, desde el fondo, nadie me recibe, pero consigo auparme y seguir fondeando por la superficie. Ahora vuelvo a  contar, pero no hasta 7. Cuento para mí. Ya sé por qué. Sólo tengo que entrar en ese piso lleno de pantallas que cuentan tantas cosas que de vez en cuando se apagan para tirarse al agua y sentirse cebo; ajustarse a un anzuelo que se sabe dónde se forja pero no donde se rinde.

jueves, marzo 17, 2016

Estás

La vi en una imagen de Street View. La reconocí inmediatamente. Ese pelazo es único. Me da igual que Google intente desenfocar su paso por el cruce de la calle Nadie con la travesía del Todo. Ella pasó por ahí con la misma fuerza con la que atravesó mi vida. Desde entonces tengo una autopista en construcción que lleva su nombre. Y cómo no, una plaza con su apellido. Cuando moví el ratón a su favor noté cómo aquella sensación de verla por primera vez removía mi estabilidad; pero sin arrastrarme a la papelera, que es como decir hasta "la calle de la amargura". Esa no figura explícitamente en Google, aunque cada uno la tiene marcada en un punto concreto.
Smoke (Wayne Wang, Paul Auster. 1995)


Caminaba sola. Iba hablando por teléfono. Me imaginé al otro lado. Soñé con lo que tantas veces soñé, que habíamos quedado para ir a nuestra propia fiesta. Entonces entré en mi teléfono y me reuní con ella. Entre las fotos que nunca borro. Esa colección de instantes que certifican que lo nuestro fue real. Recuerdo cuando las fotos eran un concepto estático. Querías recordar, entonces ibas al cajón o álbum concreto y pasabas las imágenes. Era un proceso paralelo al deseo. Había un camino que recorrer; lo que te daba un tiempo también para recapacitar, pensar y previsualizar la realidad fotografiada. Hoy, en cambio, en el mismo carrete del móvil conviven épocas e historias distintas capaces de emerger y cruzarse en cualquier momento sin apenas proceso, sin revelado. Basta con una caricia del dedo sobre la pantalla para destapar una vida archivada. Un cargamento de emociones.

No podía dejar de mirarla. Hacía tiempo que no nos veíamos y la instantánea de 360 me devolvió el olor, los pálpitos, los nervios, lo mejor de conocerla, la entrada de aquel videoclub de pelis que nadie ve, el armónico sonido de lo imposible, la distorsión de lo evidente, la duda ante lo incuestionable, los porqués aguerridos contra los cómos, las miradas permitidas, las palabras que ganan ligas, los silencios que hacen callar al más charlatán, los pasos dados, la luz de aquellas tardes sin prisa, los temblores... 

Y todo por una foto que intenta, desde todos los ángulos, que me centre para no perderme en el mapa de mis calles.  

----