miércoles, septiembre 10, 2014

Próximamente en su videoclub


La última vez que nos vimos fue en su regreso de las Montañas Llanas. Volvía de regresar dos veces al mismo punto, pero en este caso para partir; para marchar y para quebrarse por una parte, y por otra también. Pero como Él no es de repetirse, ha venido a buscarme para contarme que, aunque le ha costado 26 años, ha entendido de qué va su vida. Nos hemos sentado un rato en el banco del videoclub de las pelis descatalogadas (y de las sinopsis por encajar en su propio argumento). En este banco me siento cuando no veo nada claro (tirando a nublado). Me siento en él incluso sin sentarme para asentar ideas, deseos, desencajes, torturas, carreras, alegrías... Es el lugar perfecto para hablar con Él. Las conversaciones no son de las que se tienen habitualmente. Son de esas que hacen temblar, agitan, remueven, desalojan gilipolleces o pasan secuencias de cine interno. Es un banco para valientes, me dice Él. Es el banco del videoclub, contesto. Eso lo dice todo, amigo.

Hablamos de su vida y de paso de la mía. Me cuenta que todo empezó en un videoclub. Al principio alquilaba lo que pillaba. Un día le pillaron pillando. Otro día vio un ciclo (o bucle) sobre cine sin iluminación. Allí conoció a la mujer de su vida. Allí se despidió de ella. Aquí la recuerda y la espera. Pero no aquí no es aquí, matiza. Nos encontraremos en alguna parte de la fórmula. Entre regreso y partida, insiste, está el hecho de entender su vida y la hora (imperfecta) del no.

Me cuesta seguirle, pero le alcanzo. Lo hago asociando sus palabras a películas que he podido ver gracias a un reproductor especial que tuve que construir con mis propios verbos. Entiende que Él es de los de recorrer rodeos, atajos que no acortan y senderos sin gloria; comprende que su mecanismo indefenso se defiende como puede... O mejor, se ha construido como ha podido. Con la porción justa (o injusta) de trabajo y azar. Y concluye que ha llegado donde tenía que llegar para seguir, entendiendo "seguir" con límites a la tiranía de la extralimitación. Esa que tanto ha dictado sus días de prolongada pubertad.

En un momento dado nos levantamos y no nos vamos. Nos quedamos mirando lo que está por pasar. Sabemos que Él se va a ir. Sabe que yo a mi modo también. Sé que no volveremos a vernos. Sabemos que nuestras películas no están descatalogadas, sencillamente no las habíamos colocado en la temática correspondiente. Son películas que parten de un final que nunca sigue, se escriben como argumentos que se recrean en los nudos y proclaman aquello de "desenlaces, los justos". Comprendemos que nunca volveremos a faltar a la cita que nos unió (para siempre) a cada uno con nuestras cosas. Y al final, que no sabemos qué tipo de principio es, nos fundimos (a negro) en un abrazo.

Y esta película surge cuando alguien me pregunta ¿Qué te sugiere la lámina 2 de Rorschach?

viernes, septiembre 05, 2014

El punto de sutura de las cosas habladas

Las cosas no pasan y ya. Las cosas pasan, ramifican, enraizan con sus consecuencias; los sentimientos y las sensaciones son testigos (directos y participativos en el hecho). Aquel día tan surrealista pasó de todo. Una mirada, un canapé, una canción, un periódico (su titular), una frase acertada, una pregunta propia de la apropiación debida, el grifo, una mañana sin su tarde emancipada de la noche, una lista abierta y viva de cosas por hacer, una H con su D, una puerta sin abrir, un desfile de lugares, un salto de nivel en pleno desierto, dudas y la certeza de que todo... encaja. 

Después, las cosas que pasan necesitan que se hable de ellas. También requieren atención; llegar al espacio común. Comprobar que ese todo encaja. E incluso, que el verbo encajar cabe en sí mismo. Hablar, hablar, hablar. Y no por hablar; hay mucho que decir. A cada idea, mínimo, le corresponde un diálogo. A cada sentimiento, lo mismo. Aquel día fue surrealista, pero tan real como el surrealismo mismo. Aquel día me levanté para abrir la puerta y no cerrarla más. Aquel surrealismo me dio tal hostia de realismo que no hay precinto que eche el cierre. Afortunadamente, ante el frío siempre hay un cortavientos que lo calme; y submarinos amarillos helados contra el calor. Para la locura del entretiempo existe la cordura de su temperatura.  

Cada día vienen nuevas remesas de cosas que pasaron y que no se hablaron. O que sí, pero que luchan por gritar, piden materializarse, cumplirse, superarse, atravesar, lograrlo... Tras el párpado pasan más cosas, pasan por delante, pasan desapercibidas o pasan de ti, pero pasan. Nunca dejan de pasar. Aquel día las tres fueron las nueve; las ocho, las dos; las diez restó cinco; las cuatro se rebeló contra sus cuartos... Aquel día lo cambió todo. Las cosas se hablaron. Una mirada tan ausente como inocente arropó la duda de la decisión. Las cosas no pasan y ya, buscan su propia sutura y el hilo rojo conductor que amarre el sentido en el puerto correspondiente; al que no le importa la ruta de no retorno. 

lunes, septiembre 01, 2014

El grifo y la mezcla de lo vivido

Me incliné para enjuagarme los dientes. Pensaba en mis cosas -con todo lo que ello implica- pero por un milímetro de no sé qué espacio surgió un sutilísimo aroma que me recordó a ella. Una partícula superviviente de su perfume que flotaba por ahí. Entre dos mundos... El de mis neuronas y el universo de las tuberías internas en general. No podía, no quería, moverme de ese mínimo espacio, porque era lo más cerca que había estado de ella desde que decidimos marcharnos. Casi podía tocarla, sentir sus caricias sobre mi nuca, aquellos gestos de cariño con aleación propia. Olía, buscaba, me aferraba a la magia, recordaba, revivía aquella sensación de levantarme una mañana con el sueño a mi lado y serlo en realidad.

Entonces mi compañero de piso me dio una colleja para avisarme de que llevaba mucho tiempo bajo el grifo. En ese momento ella se esfumó. Y yo, sonriendo, pero inquieto por dentro al no saber cuándo podría volver a desequilibrarme con su presencia me reí y apagué la luz de la escena de fondo. Ese día me compré una batidora. Quería mezclar varias historias que tenía en la cabeza. Me habían recomendado una sencilla, de esas que pican, baten, agitan y remueven, pero que deja la mezcla para el toque final del autor. De hecho, disponen de un botón que activa o desactiva la fusión. Pasaban las horas, los días, los meses, los años y ella ya no estaba. Probé a guisar, amasar, aliñar, asar y a mezclar tantas impresiones y recuerdos que di con una línea de "menús degustación" que sedujeron y trascendieron a la reducción de lo heterogéneo. 

Uno de los seducidos que pasaba por ahí me ofreció una mesa de mezclas para animar la musicalidad que faltaba en su entorno. Le hablé de mis salsas y de mis sensaciones. Pero también de mis penas. Me dijo que mientras tuvieran ritmo, a él le parecía bien. Se llama Román y dejó el negocio de los ejes por de el de los giros. Es un experto del quiebro y de la vista de canguro, pero no tiene música. Decidió -sin decidir- pasar bajo mi balcón el día que mezclé higos con ideas sin pensar, pascuas y ramos no emancipados, taninos con ocurrencias... La nube de olores le cayó encima. Frenó y sintió algo parecido a mi experiencia en el grifo. Y de un giro se presentó en mi cocina. Ahora remezclo lo mío con lo sentido y con todo aquello que sentiría yo si ella... 

Así que degusto y hago degustar. Ella no está, pero sí el grifo, los aromas emancipados y el compuesto mezclado de lo vivido.