jueves, agosto 28, 2014

El médico muerto y las plantas que inhalan sueños

Cuando Ricardo decidió matar a su médico de fondo, el Doctor Günter, ya era tarde. Rafaela, la propietaria de la floristería D'Abajo, se había adelantado. Ricardo debería haber adivinado sus intenciones. Sabía que Rafaela no pudo con el último diagnóstico, un hecho que se notó en todas las plantas del barrio de Orillas sin mar. Las plantas eran diferentes, las 'criaba' ella misma y tenían la peculiaridad de respirar sueños en vez de oxígeno. Lo hacían por la noche y durante el día exhalaban flores interpretativas. El doctor Günter le aseguró que el secreto de la peculiraridad de sus plantas estaba en un virus congénito. Pero Ricardo estaba tan centrado en sus ganas de acabar con Günter que no leyó el dolor de Rafaela; ya nunca podría matar a su médico de fondo.


Rafaela, feliz por dentro, horrorizada por fuera, consiguió que sus plantas no abandonaran sus intenciones mientras  permaneciera en al cárcel. Una de ellas quería estar junto a Ricardo. Ansiaba alimentarse de sus sueños frustrados de matar a su médico de fondo. El problema era cómo transformar sus deseos en ganas propias de Ricardo para poseerla y convertirla en parte de su vida. Como tenía una capacidad extraordinaria de sublimar y calar mentes, transformó el sueño de un cliente en mensaje para Rafaela. Rafaela lo entendió gracias a la conexión de un sueño propio. Llamó a Ricardo y le habló de su planta extraordinaria. Ricardo no tardó en enamorarse de la esencia de lo que estaba ocurriendo. Esa misma noche se entregó a la extracción de sus sueños más profundos. 

Al día siguiente su planta recién adquirida estaba muerta, pero llena de flores. Ricardo las olió una a una y recibió el sueño en bruto. Un año después lo ha entendido, ha encontrado las palabras, los verbos, algunos adjetivos y parte de los adverbios ajenos a frecuencias. La echa de menos, tanto como aquella sensación de verse capaz de matar a su médico. Ahora convive voluntariamente con la certeza de que un médico nunca muere sino que se transforma o se transporta... de sueño en sueño. Además, Rafaela siempre tendrá una planta para cada diagnóstico. Porque ella también trasciende.

jueves, julio 31, 2014

La pisada de la ocurrencia aspirante

Nació de un dibujo inconexo en el poso de una cerveza maltrecha. En un principio fue mala idea, pero como pasaba de maniqueísmos, mutó en ocurrencia a secas. Consistía en generar opciones dentro de un ecosistema ocupado por las ocasiones y dominado por una falsa alternativa reina. Una alternativa a un todo de nada, por lo tanto a priori no había nada que hacer contra ella. Pero la inconexión del dibujo de la cerveza maltrecha también mutó y conectó posibilidades entre sí para parir esta ocurrencia luchadora.

Empezó tímidamente. Se posó en una mente, después en otras dos y así poco a poco hasta que consiguió repartirse por los huecos de ingenio y arrojo habitables. Necesitaba desarrollo, compromiso y continuidad. La tarea no era sencilla. Algunas mentes no la toleraban, pero las que querían darle cabida tenían mucho poder de agitación, así que fueron removiendo arenas petrificadas para preparar el terreno. La ocurrencia, por su parte, cogía más y más cuerpo frente a las ocasiones inmóviles. Asumía su papel, su guerra contra el parecer, e incorporaba el ser para poder resultar. La alternativa era peligrosa, sigilosa y traicionera; no por alternativa sino por falsa. Algo que inquietaba a la ocurrencia, pero como ésta había nacido con la advertencia anclada al ADN, podía soportar la inquietud y todos los temores habidos. 

La conexión entre comunes tomó forma, la ocurrencia se consolidó, tomó los atributos de idea con derecho a hecho y la alternativa empezó a notar temblores, mareos e inseguridad; salió de su contexto para respirar y tomar perspectiva. La ocurrencia crecía, la alternativa moría. 

Cuando la falsa alternativa huyó yo tenía 5 años. No me enteré muy bien de lo que ocurría, pero hoy, 36 años después, he dejado un poso sobre una mesa que invita a pensar. Y eso hago: pensar -entre ocurrencias, una alternativa, opciones y ocasiones- en aquello que pasó y en lo que no pasó, y que ahora pasa, aunque no entra en la cabeza, pero que paradójicamente está dentro. Y al final me digo: No hay alternativa, pero sí ocurrencias que se posan para aspirar. ¡Cosas que pasan!    

martes, julio 29, 2014

Estaciones y maletas comunes

Fue en un pueblo con mar, una noche después de un concierto... Hasta aquí, todo normal. Una historia que surge de una canción. Pol (desarrollador de planteamientos) conoce a Sara (periodista especializada en altas tensiones) en un cruce de miradas ajenas. Pasaban por ahí y el planteamiento de dos personas 'exteriores' generó la tensión suficiente para llevarles a un encuentro de vista y porrazo. Como en un sueño se pusieron a hablar sin prejuicios, como si se conocieran de toda la vida y con la seguridad de que siempre "nos quedará despertar". Mientras tanto, la canción de Sabina continuaba en su propio bucle. Dieron las 10, las 12, la 1... Y Pol y Sara seguían en aquel puesto de horchatas de paso, dentro de la Estación

Él, muy profesional, entendía la vida como un perenne planteamiento. Ella, igual de profesional, era una experta en limar asperezas día a día. Pero en este contexto espontáneo y vacío de tensión, nadie planteó nada, sencillamente pasó todo sin que nada pasara. Unieron escenarios e incluso programaron funciones; charlaron de cine, realidades, miserias, salieron al plano confesiones verbalizadas por primera vez... Eran conscientes de que tenían delante un tren común que coger. Evidente. Más allá de conexiones y magias. El único problema que tenían y sabían, como buenos profesionales del planteamiento y de la tensión que eran (y son), era que faltaba una maleta común. Y ese hueco pesaba. Pero lejos de agobiarse, disfrutaron y absorbieron cada instante. Agarrados a esa extraña seguridad del despertar y a la certeza de compartir algo por definir (independientes de tiempos), no desperdiciaron ni una palabra ni un silencio, ni mucho menos una posible discusión. 

Después se despidieron. Igual que la canción, y sin miedo, se dijeron aquello de Ojalá que volvamos a vernos. Así que ese tren tan evidente partió y cada uno se subió al que inicialmente se habían encomendado. Aquel día ella venía y él se iba. O al revés. Nunca se sabe.

Hoy, me cuenta un amigo -que aún no tengo- que hace poco se cruzó la mirada con una chica con ojos intensos, y que además de darse un baño en la atracción del momento observó cómo en mitad de este contexto, una pareja se encontraba después de un tiempo sin verse. Aquello le obligó a hacer un alto en su camino hacia la chica de ojos intensos para seguir observando lo que pasaba en medio de la mirada. Y pasó que se cambiaron las maletas y se subieron juntos a un tren separado... de los demás. Sin duda eran Pol y Sara. Lo dice el planteamiento que viene de un pueblo con mar atado a otro sin puerto... Después de un concierto. 

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Foto de Daniel Lasalle (Las pequeñas miradas)