jueves, enero 28, 2016

El verbo y el tren coloquial

Estación de Atocha, Madrid. Enero 2016
Esperaba subirse a un verbo que le llevara lejos. Lejos del último adjetivo que le arrastró hasta el reverso del suelo que pisaba. La mente en blanco y un mapa por recomponer, una geografía por reubicar. La frase de su amiga fue letal. Cada letra iba cargada con verdades que ni él mismo había valorado. Las comas, las pausas, los silencios y lo malditos puntos suspensivos quemaban. Así esperaba ese vehículo redentor. Inquieto, teneroso, tembloroso, entusiasta del desaliento, sabedor de sus miserias, conocedor accidental de las verdades que le dan cuerpo a la mente...

...Y en su maleta tan sólo llevaba un verso contagioso que no escribió. Un texto que recibió por azar de un sueño a través de un diálogo que no sabe cómo empezó pero sí adónde le llevaba. 

El murmullo del vagón susurraba desde el fondo del plano. Podía oler el reflejo de su escapada. Imaginaba una huída para empezar, no de cero, pero sí desde un quiebro de sí mismo. Enraizar en su propia vida a partir de un fallo de sistema, de una grieta en su interior. El tren, ese salvador verbal, enseñaba sus luces, sus opciones, su poder. Sonreía desde la melancolía. Soñaba con un futuro sin torturas ni asperezas. En esa vía estaba el trayecto que le devolvería a la mejor versión de sí mismo. Esa cara en la que la cruz representaría una parte más; compatible con sus contradicciones. Las palabras allanaban la llegada. 

El murmullo ya era un estruendo adulto que retrataba la certeza de que sólo podía seguir adelante. Nada de retrocesos. Antes de que frenara ante él el tren coloquial  recordó las veces que había retrocedido en su avance. La cantidad de ocasiones en las que había vivido algo similar. La espera de algo que le llevaría a otro lugar mejor; alguien o algo. Muchas veces, demasiadas pensó. El tren se hizo literal. Paró ante él. Abrió sus puertas de par en par. El verbo que tanto deseaba tocar, le hizo un hueco en su sentido. Se quedó en blanco de nuevo. El andén le sostenía. Demasiadas veces, repitió. ¡Demasiadas! Entonces sonó la última llamada y las puertas se cerraron. Cerró los ojos y se abrió en carnes. El tren pasó... Cuando llegó a su piso todo había cambiado, incluso un pretérito imperfecto (olvidado bajo la alfombra) que había mutado en futuro. Relajado, que no resignado, abrió su vino favorito y lo compartió con su mejor sonrisa.

jueves, enero 21, 2016

El epílogo de un link al agujero negro

Lleva dos días perdido en internet. Nadie sabe nada de él. Nada sabe él de sí mismo. Está ahí, pero no. Dicen los que le conocen que ha pasado por una plaza cercana a la gran plataforma de ventas. Los que no le conocen comentan que hace un rato que se le ha visto por la librería del Tres. Él lo niega, pero no del todo.Una amiga "de sie
MC Escher, "Bond of Union", 1956.
mpre" sabe algo más. 

...Se vieron en una bandeja de entrada. Estuvieron repasando diálogos archivados. En uno de estos había un sueño adjunto. El que tuvo ella sobre él en los años de universidad. Veía un parto de una novia inexacta e inexistente que daba a luz un preámbulo. Él abrazaba a los dos y completaba el epílogo (aparentemente) innato. Después cambiaba la secuencia y todo se convertía en un ventanal desde donde se apreciaba cómo el panorama ganaba en nitidez. Y todo el sueño era parte de otro. Qué cosas.

Pero la realidad, al menos la que dicen los expertos en perdidos, es que pinchó en un enlace que ocultaba un agujero negro digital. Muy poco se sabe de estos fenómenos, tan sólo que quien cae en ellos desde su cuenta (y riesgo) se sumerge en una dimensión desconocida. Tan desconocida como esa parte de uno mismo imposible de conocer del todo. Una dimensión -teorizan- compuesta por links rotos, errores fatales, mesajes no enviados (o enviados sin asunto), archivos que nunca pudieron adjuntarse, documentos inconexos... Una entelequia de abandonos y desarraigos provocados por la acción de no acceder a nada

A la espera de noticias, los que le buscan, esperan a que un fallo de sistema devuelva por error a su amigo a su cuenta. Pero incluso el concepto "esperar", "errar" o la realidad de comprobar no son del todo reales en este nuevo contexto donde un vínculo vale más que mil palabras huérfanas. Así que este post podría concluir como empezó: desde la lectura azarosa de un texto que empezó, que fue enviado con acierto, que clama por su continuidad y que arde en su contacto con el silencio.

viernes, enero 15, 2016

Sangre con buena letra

"Aquí no ha pasado nada", dijo el propietario de la Taberna Imposible. Minutos antes dos hombres sin motivos, que no desmotivados, habían roto su palabra. Cinco letras que no tenían culpa de nada, más allá de su formación. Se ensañaron sin contemplaciones con ella. Un corte por la mitad, una patada en todo su acento, aplastamiento en su agudeza vertebral, puñetazos al núcleo del diptongo... Y así, agresión tras agresión hasta dejarla rota, moribunda, despedazada y despojada de su sentido. Apartada de su lugar, expulsada del espacio en blanco. 

Automat  (Edward Hopper, 1927)
Ejecutada la pena, nadie quiso hablar, salvo el propietario... Que lo hizo para callar y hacer callar. Sin embargo, en la escena había un tipo ciego, ciego de alcohol y mudo, mudo porque alguien, horas antes, le quitó la palabra en una reunión. No había visto nada obviamente, y deseaba articular argumento. No tenía miedo de los tipos aquellos. Sólo temía perder palabras no dichas. Su depósito de letras. Se expresó, vomitó la sensación de injusticia y trató de rescatar la palabra muerta. Apenas podía con el hartazgo sobre sí mismo. Sin embargo, como ocurre cuando se verbaliza una idea por primera vez, dio igual el  cansancio, porque parió el sentido que minutos antes se desangró en el piso de la taberna Imposible. 

Los asesinos, impotentes ante el poder de la palabra, sacaron un machete venido abajo y se cortaron la lengua; el tabernero, por su parte, ni un pelo... O sea, también la lengua. Silencio, sangre y nuevos sentidos empezaron a pedir un hueco en la barra. Un brindis cómplice y el deseo de unir puntos en suspenso cambiaron el tono de la luz y el punto de la música. La fiesta no ha hecho más que empezar.