jueves, abril 17, 2014

La santa procesión que va por dentro

Se acercó a cada paso, habló con costaleros, devotos y con una virgen consensuada. Sintió la emoción, esnifó todo el incienso que demandaba su intención, creó un círculo vicioso tras un sueño y después salió del paso. Pensó. Dejó de pensar. Sintió. Cayó al suelo y se comió una piedra que intentaba ser menos dura. Se levantó y entendió lo que pasaba: Había estado en todas las procesiones, pero no había encontrado la suya, porque la suya va por dentro. Y a esa no hay Dios ni pasión que la saque a las calles. 

Construyó un arca unipersonal para recorrer la procesión que va por dentro. Hizo las maletas con lo justo sin restar valor a lo puesto. Es más, nunca lo puesto había tenido tanto valor para él, como el de la pasión por meterse por esos lugares y afluentes interiores que no sabía muy bien dónde iban a desembocar. Al principio iba muerto de miedo, porque se movía entre temperaturas que no conocía; más allá del frío y del calor. El miedo pasó a ser pánico por los tenebrosos ruidos que provocaban las corrientes al chocar con los músculos y las entrañas. Y ahí nadie cantaba ni jadeaba... Sólo él podía tatarear alguna melodía de refugio. Pero el terror bloqueaba la opción.

Después de perder el conocimiento durante un rato, lo recuperó, lo metió en el bolsillo y le salió por la culata. Estaba tumbado en una cueva, había naufragado, aunque seguía a bordo de la procesión. El miedo había desaparecido. Era otra sensación. La sensación de ser consciente de que viajaba por su propio interior y que contaba con un botón rojo para iniciar el camino de retorno. Lejos de usarlo, siguió. Tenía que llegar hasta el final del paso. Decidió parar por un momento en un campo base improvisado para reciclar aire, sentir lo vivido en aquella habitación y revisar la defensa de sus mecanismos.

Pasaron dos semanas, tres de ellas santas; un verano, la repetición del mismo; tres errores cometidos (más uno por cometer); dos vertientes sin arrojo; un par de ofrendas sin más; un caballito de mar macho, preñado de planes por hacer; un devoto desertor; y una herida que ha decidido aceptarse y convertir la cicatriz en escarificación... Y llegó al final, a la desembocadura de la cumbre. Dulcemente dolorido por lo aprendido, por lo aceptado, agotado, rendido y orgulloso, emocionado, se regaló una sonrisa de satisfacción...

lunes, abril 14, 2014

Descalzos

Decidieron descalzarse para siempre, andar de puntillas y caminar con pies de plomo. No pensaban morir aquella noche de domingo, y no lo hicieron, pero se encomendaron a la pausa del coma antes que a la muerte sin remedio del punto final. Ya no había signos aparte... Todo estaba sobre el papel; en el mismo plano y a la deriva. Sólo queda dejar que el viento, el tiempo, la corriente, las corrientes, los remos y los elementos hagan su trabajo. Ellos ya han hecho el suyo: descubrirse, crearse, creerse y transformarse. Desde que se calzaron la primera vez no habían dejado un renglón sin su sentido correspondiente. Habían caminado sobre espacios en blanco incandescentes, huecos tipográficos japoneses; asomado a puertas (entreabiertas) a contextos continentales; visitado exposiciones de situación; y pensado en todo lo vivido. 
 
El suelo quema, no abrasa. Se clava, raspa, pero regala solidez e invita a recorrer, investigar sus corrientes y aguas subterráneas. El suelo duele, pero sin él sólo queda el vacío. Los neuróticos creamos e imaginamos castillos en el aire, los psicóticos los habitan. Dicen que una tarántula nunca te pica cuando la estás sosteniendo en tu mano porque, salvo que sea una suicida, intuye que si daña la superficie que pisa, acabará en el hoyo. Aunque el Tánatos temprano hace estragos por ejemplo entre los marsupiales,  si se salen del tiesto (de la bolsa materna en este caso), y se caen, la madre no les rescatará, por débiles. Así que el suelo puede ser la salvación, pero también el final. Lo que está claro (sin confusos sentidos subordinados) es que un castillo en el aire siempre terminará engullido por la gravedad (...de un asunto no resuelto).

Hoy he visto en contextos independientes a dos personas descalzas. Ambas llevaban ladrillos con cimientos divididos, y elementos para dar forma. He tenido una enorme tentación de hacerles una foto para ver qué pasaba después. Pero casi mejor que sean ellos los que den forma al fondo sobre el que han decidido caminar en estado de coma. 

El booktrailer de Periodismo ficción

jueves, abril 10, 2014

Lucian y la prosa que pensaba en verso

Venía metido en lo mío, o en lo tuyo, no sé muy bien. En ese momento no distinguía. Salía de mis clases de Pronunciación e Introducción a la Hache Muda cuando Lucian me paró en el 107 de la calle Exacto. Por lo menos hacía un año que no sabía nada de él. En concreto desde que se separó del concepto de sí mismo. Entramos en Barrena, un bar de notas al que solía ir a atar cabos cuando se me desataba la impaciencia; o cuando abusaba de los plurales mayestáticos. 

Foto tomada en serio en medio de unas obras...
Ocupamos la mesa del fondo y nos pedimos unos vinos (yo uno de California traído de Boston y Lucian un Toro de pura tinta), y tras el brindis empezó a contarme su historia. Yo, que estaba en un momento de sensibilidad afilada no tardé en soltar una lágrima tras otra (y así hasta 1044,  la hache muda hace estragos). Le pedí que no se dejara distraer por ellas. Siguió. Me dijo que llevaba tres días sin saber nada de su prosa. Habían decidido -en consenso- despedirse para darse la oportunidad de poner las palabras en el texto y lapso adecuados. Los dos nos emocionamos y acabamos desoxidando armaduras a base de llantos extremos y palmadas sobre hombros dispuestos. Ojo, que también nos reímos.

Él y la prosa habían vivido una historia sin encuadernar, un cuento -poco chino- que empezó sin más y acabó sin fin. La realidad lo pedía, la ficción lo impugnaba; y de vez en cuando se intercambiaban los papeles, la realidad agitando y la ficción calmando. Un año de pasión entre palabras, giros y cambios de sentido; un regalo narrativo para un Lucian redescubierto y para una prosa con más verso en su interior que palabras dichas (las no dichas llenan cofres intangibles... y futuros).

Lucian se marchó y yo volví a la calle por la que venía -metido en lo mío o en lo tuyo- pensando en todo lo que pasa sin que haya pasado. Pensé en todo, y sobre todo... en todo lo que tenía que pensar. Me sentí parte, así que decidí (una vez más) empezar la casa por el subsuelo para olvidarme del tejado. Y ahora, así estoy yo...

domingo, abril 06, 2014

La huella del espejo, una despedida libre de restos que restan

Venía de transcribir una parte del todo y de tatuarse un todo por dentro. Conducía bajo los efectos del temor y bebía para conducir por algunas de las carreteras secundarias de su vida que nunca había tanteado. Delante no había un fin, sino un objetivo que solo enfoca cuando lo ve claro; el típico instrumento al que le da por mirar con lupa sin contar con el ojo que lo dirige. Venía -que no volvía- para mirar de frente a la huella del espejo. Un gesto impreso en el reflejo que le daba tanta fuerza que le asustaba despedirse de él; un guiño tan incondicional y profundo que había trascendido hasta los cofres internos. No tenía por qué hacerlo, pero sabía que para construir un escenario real, tenía que incorporar la huella, borrarla y desalojar el reflejo... que no era más (ni menos) que eso, un reflejo que tuvo su momento. La silueta de un hecho que pujaba por entenderse a sí mismo. Sabía que llevaba su tiempo, al ritmo de la independencia que marca el espacio propio. No podía impedirlo ni frenar el proceso. 

Por fin se sentó y empezó a mirar de frente sin perder de vista todo (o parte) lo que pasa rozando el párpado. Sabía que lo imposible es cuestión de tiempo, como dice la pintada que alguien contrapuso al muro que le mira cada mañana. Así que ahora tocaba hacer un inventario de los sucedido, de lo pensado, de la transformación, de la evolución (y sus elementos), de lo imaginado, de lo descartado, de lo dicho, de lo no dicho, de las balas (que agitan sin matar) disparadas, de los silencios de las comas no usadas, de los parpadeos calados, de los componentes del capítulo 107... Una lista infinita de "cómos" que merecía la pena sublimar para prepararla para su momento. Tenía, en definitiva, mucha tarea por delante. Pero a cambio, disponía del tiempo necesario para dedicarla.

La despedida fue triste, pero como alguien dijo, también dulce. Porque hay despedidas libres de restos (que restan). Y ésta era una de ellas; una bienvenida al mundo de las cosas bien amasadas. Después llegó el turno de la hoja en blanco que venía exigiendo su oportunidad desde hacía un tiempo. Los cimientos eran sólidos... Ya sólo quedaba pintar, esculpir, dramatizar, dibujar, idear y escribir la historia. Y aquí es donde empieza todo... 

viernes, marzo 28, 2014

Ficción, papel y palabras

Es raro, extraño, tangible, real, huele a los libros de texto del colegio... Es absurdo, peleón. Es un libro. Sí, Periodismo ficción, gracias al empeño de Elena P. Jiménez (fundadora de EsferaEd) tiene un brazo de papel con lomo, portada, hojas, índice, capítulos... ¡Código QR! Y no es ficción. El próximo 3 de abril lo presentamos en La Fábrica
 
Esto podría arrancar tipo Breaking Bad, es decir, vemos cuatro planos sobre símbolos y personajes cosechados aquí (pero cuando el blog estaba vacío), y todos ocupando una portada con fondo azul. Después nos preguntamos ¿Qué ha pasado o qué tiene que pasar llegar hasta aquí? Y el único modo de respoder(se) es ir post a post, atando cabos, para tejer la historia de fondo que da forma.

El resultado es este objeto gobernado/custodiado por personajes y contextos que no entienden de lógicas. Personajes preocupados por graduar su vista para entender (de una vez) qué tienen delante, detrás, a los lados y en dimensiones interiores (y/o posteriores). 

 Para los que no estén muy metidos en este mundo extraño de PF, recomiendo leerlo de vez en cuando; abandonarlo en una repisa, sobre una idea fallida o cerca de una duda. Nunca del tirón, porque entonces pueden pasar dos cosas: una que me odiéis u otra, sufrir el efecto de las palabras; que puede ser muy contraproducente a corto/medio/largo plazo según el caso... O no. 

Por lo demás, todo bien. Si sobrevivo al 3 de abril, prometo que Scarlett O'Hara nunca volverá a pasar hambre. Y termino con un GRACIAS a Isabel Molina, prologuista y mujer de ciencia que ha sido fundamental, con sus comentarios inventariados y revestidos por el anonimato, una fuente de inspiración agitadora; y otro GRACIAS a Elena por creer en esta locura y apostar por ella en su aventura editorial.