domingo, enero 08, 2017

En blanco, arriba el telón

Qué sensación más rara es levantarte y no saber -durante un rato- ni dónde estás ni qué día es, incluso ni quién eres... No puedo contar cuánto tiempo pasó hasta que empecé a recordar a mi perfil, pero pareció una eternidad. Me dio tiempo a dudar tanto que el sentido de la certeza se esfumó. Y perder ese 'poro' fue como asomarme al abismo e intercambiar miradas con un extremo de mi mismo. Sucedió un jueves de diciembre. Hablé con muchas caras de diferentes monedas, completé conversaciones poco  mantenidas, pero deseadas. Cerré capítulos escritos por recuerdos y contenidos. De puño y letra. Escribí escenas con tinta china sobre papel de reparto. Y al  principio del final empecé a recordar.

...Y cuando lo hice, abrí un álbum de fotos imaginario que pesaba lo suyo; y lo mío. Me inquietaba tenerlo delante, sobre todo porque en más de una casilla no estaba yo... Fotos sobre mí donde no aparecían ni los cordones de mis zapatos. ¿Qué era eso? ¿Cuál era mi papel en esta historia? ¿A quién se lo tenía que preguntar? Aquí no había dirección alguna. A medida que escribía más y más escenas surgían más dudas. 

Para cuando empecé a situarme de nuevo en mi perfil éste ya no era el mismo. Tenía preguntas que hacerme y un guion algo insostenible en la mano. Me miraba a los ojos; yo no podía dejar de fijarme en un tic nervioso muy regular que recordaba a la perfección de un metrónomo. Poco a poco iba recordando y apoyándome en mis plantas. De hecho creo que era la primera vez que nos reconocíamos. Y la verdad, había ganas en ambas partes del juego por escribir nuevas reglas. Las actuales ya no valían.  Nos pasamos días compartiendo acotaciones y nuevos desarrollos. 

Arriba el telón, gritó un recuerdo con afán de protagonismo. El resto está en escena...

jueves, diciembre 15, 2016

Entrada nueva

Pulsó en "Entrada nueva" para escribir su próximo post, se abrió una puerta y subió a una sala donde le esperaba parte de sí mismo. Allí, para el bien y el sentido común, había montada una mesa llena de aperitivos soñados, vino en prosa y recortes de historias que nunca han sido contadas. Se sentía relajado, cómplice de la ironía que le hacía cosquillas entre una oreja y la palabra; como aquella vez que olvidó su contraseña y tuvo que aceptarse fuera de su perfil. Era una especie de resignación y victoria a la vez. Una batalla ganada a la necesidad de "tener que". Una sonrisa no forzosa acompañaba mejor al vino que corría por su garganta. Era la alegría de saber y de saberse. Y todo esto ocurría gracias a la decisión de salir de aquella entrada que nunca llevaba a nada y que aparentaba dar acceso a todo. 

En aquella sala también había un árbol y un mapa. Eran una misma cosa. Unidos por un link de invierno que llevó su sentido al verano. Él dialogó con muchos de los personajes que formaban parte de su historia. Brindaron, jugaron a las palabras, verbalizaron los contextos y corrieron por las pistas que dejó el misterio de no saber qué va a pasar... El mapa había decidido ignorar las banderas para cambiar de parecer; el árbol quiso ir más allá de las raíces para apoyar y dar más vidilla a sus ramas. La conversación crecía jaleada por los deseos de descubrir.

Abrió un regalo que nadie le había hecho. Era una caja que no se contenía. Quería dedicarle todo su interior. Un viaje por los límites de sí mismo, de los que nunca fue muy consciente. Ahora los tenía en forma para verlos, entenderlos y darles el lugar adecuado. Descorchó un vino con determinación, y origen desconocido para celebrar el hallazgo regalado. Quiso abrazar a todos los matices que componían aquella película que estaba viviendo. Y aunque había alguno algo despegado, todos quisieron ser parte de ese momento; de esa reunión espontánea que tanta importancia tendría para su camino de vuelta a la ficción. 

domingo, noviembre 06, 2016

El enunciado y la palabra reproducida

Daniel Seseña. El enunciado y la palabra reproducida 
Se sentó entre puntos suspensivos. Tres a un lado y otros tres al otro. Sabía que tenía temas pendientes. Contextos por descubrir y describir. No muchos, pero suficientes para encender los focos. Escenarios interiores con alguna función en pleno nudo y otras casi al final del desenlace. Tenía, por tanto, que conocerlos o reconocerlos y así terminar de relatar la funciones. Un deber compuesto por las conclusiones de los demás contextos de los que está hecho: Experiencias, historia, palabras (dichas, pensadas y no dichas, tal vez soñadas), errores y aciertos (o errores acertados y aciertos por error). 

Por delante le esperaban dos horas para parar y observar. Estaba sentado en un banco sin red. Sin distracciones, solo las que quisiera invocar. Con el vacío y el contenido por delante. Resignificando el vértigo. Dos horas surgidas de un error que no quedaba otra que asumir y aprovechar. Los primeros 15 minutos sirvieron para adaptarse al ritmo y escuchar los rebotes de una respiración más tranquila. A partir de entonces comenzó el baile de diálogos entre ideas autónomas. Eran muchas y de diferentes procedencias. Las dos horas se iban a quedar cortas. Entonces, en lugar de intentar quedarse con todas  las ideas, abrió una carpeta en su cabeza para actualizarlas y relacionarlas. Una especie de árbol con ramas cargadas de historias por relacionar y contextualizar.

En mitad de un tango entre dos temas pendientes reconoció una historia, una pauta recurrente. Consistía en vender (o regalar, según el caso) su alma a otra persona para olvidarse de lo importante de sí mismo y encerrarse en el valor ajeno. Esta historia bailaba sola, pero aparentaba estar en equilibrio con otros temas. La pista era grande y la música no paraba. Luces y acción. La trampa consigo misma acababa de ser descubierta por un foco nuevo. Por fin se había dado cuenta de que podía manejar las luces de su propia dirección artística. Acababa de cerrar un capítulo decisivo. 

La cepa que había condicionado miles de guiones en su vida estaba desmantelada. No quería cortarla, sino darle un nuevo lugar entre otras ideas. Miró hacia los lados y entendió el valor y significado de estar entre puntos suspensivos,  "el enunciado continúa más allá de la última palabra reproducida". Se levantó del banco, cerró las carpetas y se dio el lujo de disfrutar de ser enunciado. Después puso una canción de Don Mclean y empezó a reescribirse junto a la chica del violín. 

martes, septiembre 27, 2016

El baile de las contemplaciones

Saliendo del trabajo me encontré con una vieja idea que se había renovado. Estuvimos charlando un rato. Me habló del tiempo que llevaba dando vueltas sobre sí misma. Confesé mi parte de culpa. No le dio importancia, al contrario, me lo agradeció, porque si no hubiera hecho tantos círculos alrededor de nada, seguramente no habría llegado al punto sólido en el que se encuentra ahora. Algo poco habitual en su entorno, me decía. Cuando llegué a casa me di cuenta de que me gustaba desde hacía tiempo, pero fue al mirarla ahora a sus ojos autónomos cuando lo entendí. Y mientras lo entendía, notaba como una parte de mí quería pasar un poco de mí para pensar. Antes de abrir una lata de motivos y cerveza, escribí en la esquina de un periódico un nombre que se me pasó por la cabeza. Lo dejé reposar. Después bebí y procesé. Algo se estaba moviendo desde que me crucé con ella.

Un container abierto a contenidos con ganas de llenar. Un escenario rodeado de historias que no han pasado. El cartel que me acompaña siempre a en los pisos de transición: "Bonnie and Clyde" redibujados en tierra de nadie. La trompeta de Chet y el violín de Bach. El caballo negro que no entiende de obstáculos. El lista de música que empieza por Sam y decide que seguimos. Un verso suelto titulado Nosotros que no quiere solapas. La Estación E y el Tribunal S. Y así uno tras otro, fueron sucediéndose argumentos durante una noche infinita y en vela. Aquella idea había apretado el gatillo de un contenedor sin fondo. Ya no había vuelta de hoja. Tenía que ordenar el baile, el batiburrillo fabricado en apenas unas horas... El escenario.

Los tres días siguientes pasaron por su cuenta. Al cuarto me preparé las bambalinas. De nuevo ella estaba conmigo. No sé cómo nos reencontramos, pero lo hicimos en el momento justo. Entre atrezzos y planteamientos. Como si llevásemos toda la vida planeando el "a partir de" a golpe de pies de plomo, tratamos cada fotograma como se merecía. Con delicadeza, cuidado, observando cada plano. Era nuestra película. Disfrutamos de cada microsegundo del momento. Nos recreamos con los sabores que olían a canciones grandiosas. Unas más guitarreras, otras de puro puño y letra, de terciopelo, instrumentales, criticonas, solitarias o de las que miran a los ojos y agitan interiores.

Cuando me confesó que yo también era una idea, como ella, sufrí un colapso repentino. Descubrir que en cierto aspecto eres mentira no es fácil de encajar. Me desperté en el suelo en un charco de palabras. Ella me abrazaba. Al fin y al cabo yo también era su idea; no una idea cualquiera. Quise alargar el momento así que prolongué la inconsciencia consciente un rato más. Cuando abrí los ojos del todo ella los abrió también. Desde ese día decidimos que pensar era el único generador capaz de iluminar las calles de una ciudad que no necesita contener, sino componer.Y el nombre que había escrito y reposado en la esquina del periódico era precisamente una parte del título de nuestra primera composición: Contemplados, escénicos...  

miércoles, agosto 31, 2016

...Pues ya está


Me acosté un poco más tarde de las 3 de la mañana. Ya no quedaba nadie en las redes. Los bares habían cerrado. Agosto en Madrid no perdona. Las pupilas pedían una tregua. Demasiados pantallazos para mis ojos. Apenas dormiría 4 horas, tenía que levantarme pronto no sé por qué, pero debía hacerlo, así que ¡había que empezar a soñar ya! Para ello cree un escenario que mezclaba todo tipo de conceptos cinematográficos, musicales, canallas... Fusión de recuerdos (no vividos) y sensaciones (intuidas) recreadas a partir de historias jamás contadas, que sí anheladas. Deseos que se reivindicaban. A dormir, ¡acción! La película había empezado. 

Todo empezaba en la noche de mi debut en el NoteShot, un club de segundas oportunidades para músicos con dudas. Era pianista, tocaba un poco de jazz, algo de soul y soñaba en sueños con blues. Mi nombre era Palermo, así, sin más. Tenía muchas dudas y poca seguridad en mis notas. Pero era mi noche. Me había preparado una batería de monólogos por si mis dedos fallaban, algo nada desdeñable. Quedaban dos horas para empezar. Tocaba a las 00, la hora del músico residual. Fui a la barra de los taburetes desconchados y me pedí explícitamente un vino aguerrido, muy peleón. En el escenario azul tocaba una banda que no dejaba lugar a dudas. Pero como no quería ahondar en mis miedos les presté solo un oído, el otro lo empleé en percibir una voz de terciopelo que pedía otro vino a pocos centímetros de mí... 

...Pertenecía a Erika Azartz, una contrabajista que cantaba en los mejores clubs de lo imposible*, estaba a mi lado y había pedido el mismo vino que yo. Por un momento me imaginé con ella en el mismo escenario, fusionando intenciones, mezclando ritmos y puntos de vista. No quería mirarla, temía descubrir mi cara con su cruz adjunta. Antes de que acabara mi pasaje imaginado se acercó ella para decirme sin tapujos que tenía muchas ganas de verme actuar y conocerme. Casi me despierto del impacto. Afortunadamente seguí aferrado al sueño. ¿Erika Azartz había venido para verme tocar y conocerme? Parecía que sí. Me contó que llevaba tiempo siguiéndome en mis invisibles conciertos, pero que nunca encontraba el momento de conectar conmigo. Me bebí el vino de un trago y miré el poso por si había sido víctima de una broma ajena entresueños. 

Cuando superé la duda le hablé (intentando no recrearme demasiado) de los efectos que su música provocaban en mí. También le confesé (soy un bocachanclas hasta dormido) que más allá de la música seguía sus pasos como investigadora del entorno de lo no verbalizado. Abrumados los dos por ese marcaje mutuo en la distancia, nos pedimos una ronda más de peleones. Pasaron los minutos como cometas, apenas quedaba cuarto de hora para mi concierto. 

Aquella sorprendente sorpresa estaba reventando mis estructuras. Tan emocionada como yo, sus confesiones se parecían a las mías. Decía que disfrutaba como una cría escuchando mis podcasts sobre dudas, acordes y tendencias sin lugar. Poco a poco aquello se convirtió en una partida de emociones que ni en el sueño más soñado habría podido plantear. ¿Es posible que Erika Azartz y yo sintiéramos los mismo? A eso empezaba a sonar. Quedaban dos minutos para subirme al escenario. Hubo un silencio ante esta ¿evidencia? Y enfatizó: Bueno, pues ya está. Sus ojos, su voy, sus manos su piel iniciaron el estribillo más increíble que nunca había escuchado. La besé y me abracé a ella sin filtros ni resistencias. Nos miramos a los ojos, ella retomó el beso... Después comencé a tocar sin dudas. 

Lo mejor del NoteShot es que aunque no asistiese público, los focos nunca no te abandonan. Y lo mejor de improvisar y soñar es que ella estaba conmigo. Toqué los temas que nunca toco por miedo a no terminarlos y quebrarme. Incluso canté las letras que nunca canto por miedo a desafinar conmigo mismo. Es más, compuse mientras tocaba y cantaba en una fase desconocida. La invité a subirse al escenario. Aceptó encantada y terminamos interpretando una de las letras que nos habían unido: Bring it on home to me de Sam Cooke. El recital iba terminando. Se acercaba la hora de despertar. Quería tocar hasta la última cuerda de aquel instrumento que habíamos construido en un intervalo de viento y sin límites. Bajamos del escenario. Ignoro si alguien nos aplaudió.

Volvimos a la barra. Brindamos. Nos besamos. Nos abrazamos y finalmente nos deseamos suerte. Ambos supimos disfrutar del concierto; de un momento que nunca pasa. Posamos para hacernos una foto sin cámara. Le conté mi secreto y ella respondió con el suyo. Nos miramos a los ojos, a los labios y a las letras por componer. Cerramos los párpados y nos despedimos. Era la hora. 

Sonó el despertador y cuando abrí los ojos descubrí que no había sido un sueño. Al menos solo mío. Fue el sueño que compartimos, imaginado y deseado antes de nuestra primera cita. Me lo contaba mientras pasábamos al segundo vino. Ese instante en que ambos ya sabíamos que aquel encuentro no había sido casual. Ni mucho menos causal. Sencillamente había sido fruto de un cruce de ideas que terminaron en un concierto y que está empezando en estos momentos en el escenario azul. 

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*Los clubs de lo imposible son locales donde tocan los músicos que solo componen en la primera fase del sueño. Son un grupo muy selecto. La mayoría compone en vigilia o en la segunda fase del sueño. Hay ocho locales en todo el mundo, repartidos entre Nueva York, Madrid, Hastings, Siena, Lion, Hamburgo, Amsterdam y Montevideo. Erika Azartz es una de las voces y contrabajos más demandados en todos los niveles oníricos.

Comienza una gran historia. #periodismoficción #periodismoinvoluntario #noteshot #madrid #letras #caféyletras #tryalittletenderness #thecommitments

viernes, agosto 26, 2016

La trompeta y el deseo


La gente inhala humo, vapores huérfanos, suspiros, orgullo, palabras... Pero Pol, por accidente, respiró una frase que abandonó una mujer con la que se cruzó en un momento dado. Decía algo así como que quería alinearse con Lorraine, la trompetista de un cuento no contado. Atrapado por un deja vù o por la extraña sensación de un sueño reciente, Pol quería saber más. Pero cómo. No podía abordarla en medio de la calle para preguntarle por Lorraine. La inquietud y cierto grado de ansiedad le alteraron la noche. Ella se alejaba. Gesticulaba mucho mientras hablaba con su amiga. Movía las manos con tanta expresividad que parecía muda. Entonces empezó a caminar tras ella. Tenía delante un volumen suficiente de gente como para camuflar su persecución. Sin embargo su inexistente entrenamiento como espía la llevó  a desaparecer. 

Con mucho ruido en la cabeza y una creciente ansiedad, siguió caminando sin destino fijo. Entró en un club de jazz atraído por el cartel y por la ausencia de muchedumbre. Apenas habría 20 personas en su interior que se distribuían entre la barra, los servicios y el pie de escenario. Se sentó en una banqueta descosida, bien pegado a la barra. Pidió una cerveza y un deseo. La cerveza llegó inmediatamente, el deseo tenía sus tiempos. La banda, entregada al vacío de un local decadente tocaba como si fuera el concierto de su vida. Era de agradecer. Pol se animó a pesar de su sentimiento perenne de perdedor y de su frustración por haber... perdido a la mujer de la frase. El trompetista conquistó el escenario con un solo de los que te llevan en volandas. Y Pol cayó en su melodía.

Empezó a soñar sobre la banqueta vieja. Imaginó que ella entraba por la puerta y que, atraída por su misma inquietud, se acercaba a él para compartir preguntas sobre el escenario que unió a Lorraine, sus notas y a ellos dos a través de un cruce en plena calle Absurda. Eran preguntas y respuestas sobre historias que no pasan, películas que sólo se ruedan y proyectan en la cabeza, guiones en versiones por debajo del planteamiento... Dudas sobre cómo lo inesperado seduce a la certeza sin concesiones; o cómo un mensaje que llega a un buzón deslocalizado abre una carta dispuesta a escuchar propuestas. En el sueño, donde el tiempo se tomaba un respiro, nada afectaba por encima de sus posibilidades y todo tenía sentido, incluso algunos significantes que renunciaron en su día a abandonar su codificación. Los algoritmos más complejos tocaban acordes de terciopelo.

Hoy hace un año de aquel cruce de la calle Absurda con el callejón de Cautela. Hoy hace un año que Pol compró una trompeta sin ánimo de conocer sus secretos ni de tocarla, lo hizo solo para recordar que por un momento un cuento no escrito casi escribe una capítulo real. La gente inhala humo, vapores huérfanos, suspiros, orgullo, palabras... Pero Pol respira deseos que tienen sus tiempos y uno de ellos anda suelto.