lunes, febrero 02, 2015

No tienes ni puta idea...

...Pero ni puta ida! La conversación había decidido hacer una media maratón por su cuenta, de recorrido incierto y meta a lo lejos, pero a la vista. Lo del medio siempre quedaba en un maldito imposible. Como el eterno nudo que precede al desenlace. El resto eran sufrimientos en paradero desconocido y orígenes comunes. Ni puta idea teníamos cuando nos conocimos en aquel rascacielos, donde un diálogo llevó al otro y de ahí a 1044 razones de maneras de enlazar motivos. Sin medir las consecuencias y sin patinar sin patines por el camino de la dulce amargura. Sin redes ni chalecos salvavidas. Matar o morir

Sobre la mesa, sobre las sábanas, sobre los planes que escribimos y nunca hicimos, sobre la lluvia que no cala, sobre el asfalto de lona circense, sobre un mar que casi no probamos y sobre la idea de probarlo, sobre el sobre que contiene esa carta que nos enviamos sobre el asunto de fondo... Sobre todo, no tienes ni puta idea... Pero lo sabes de sobra.  

Anoche encontré un archivo adjunto que contenía el silencio que siempre queda cuando te vas. Después soñé que te quedabas conmigo para siempre. Más tarde me caí de la cama y el suelo era una esfera de arena, sin leones, pero con payasos sin gracia. Y yo, un equilibrista con miedo a las alturas superficiales. Al día siguiente escribí la canción que mañana estreno en el concierto de invierno. En dos semanas grabaré la película debajo de la primera capa de mi piel. La sinopsis ya te la sabes. La escribimos un viernes sin red. 

Nota: Es la primera parte de un texto que me encontré esta mañana enrollado y tirado al pie de mi portal. Es reciente, la tinta estaba templada. Las emociones tienen relieve. La segunda parte está cosida a una tercera que ata cabos y que requiere un trabajo de asociaciones que me va a llevar unos días realizar.

viernes, enero 23, 2015

La sandalia y el paradigma

Quería investigar en un nuevo estado de ánimo, pero no encontraba ni el qué ni el cómo, aunque sabía dónde podría surgir. La noche anterior le dio una pista. Un sueño ajeno que se coló en el suyo. Unas palabras en paradero conocido entraron en el almacén de ausentes perdidos para gritar en tono de susurro: "Ya está, ha ocurrido". Era la misma voz que pisaba tierra firme con sandalias fabricadas con un mapa de color malva y rosa, y vino blanco. Sólo tenía que dar los pasos adecuados para llegar a la ribera que une la emoción con el fondo de las cosas que tienen que pasar. En otras palabras, tenía que empezar, de una vez, por el principio. Nada de finales terminados por un nudo condicionado por las sombras de otras vidas.
En ese mismo momento voló hacia el Oeste para recuperar el Norte. No es que lo hubiese perdido; digamos que lo había dejado en depósito, como tantas listas de temas pendientes (del hilo rojo y leal). En la travesía fue abriéndose paso por distintos sentidos. En una dirección se encontró lo contrario, en otra, lo opuesto, y en todas direcciones decidió circular con lo puesto y las contrariedades que hicieran falta. Ese peso, que no carga, iba a enriquecer la fórmula que llevaría hasta el, tan deseado, nuevo estado de ánimo. No le faltaba mucho; como a Tim Robbins en Cadena perpetua (The Shawshank Redemption. , 1994), desafiando a la ansiedad para cavar el canal (de comunicación) que le llevaría hasta la libertad de sentir lo propio. No era cuestión de tiempo, sino de saber leer la marca de los pasos dados. Todos. 

Hizo una parada, sin alto en el camino, para preguntarse si quería pelea. Hizo un camino en lo alto de su intención para hacer el ejercicio de separarse parcialmente la piel de los huesos y agruparse en el nuevo borrador. Ya podía sentir el trazo final. Bebió un trago de sueño destilado y brindó con (y por) el recuerdo de aquella tarde/noche absoluta en la que saltó al vacío sin forma.  

Continuó la marcha. Siguió firme. Peleó. Se separó la piel de los huesos. Escupió el agua del grifo mientras se reía en la cara de la pena. Rompió los moldes. Cantó la canción de la flota de los zorros. Volvió al escenario circular. Se hizo el listo para hacer la lista que faltaba. Paró. Reanudó. Aceleró. Frenó. Pensó. Asentó. Gritó. Generalizó en particular. Se ajustó a los parámetros que iban llegando... Estaba cerca. Muy cerca. Y por fin, llegó. 

Se bajó del calzado que le había llevado hasta allí. Cerró los ojos para dejarse seducir por la brisa que él mismo había cavado. Torció el gesto y se estiró del todo. "Ya está, ha ocurrido", le volvió a decir la voz, su propia voz. Acababa de concluir la investigación con éxito. Acababa de construir un nuevo Estado para su ánimo. Una preciosa patente con estructura culinaria. No era alegría, no era tristeza, no era euforia ni apatía... Era una sandalia y el paradigma de su entramado. Como suena. Una sandalia individual fabricada con un mapa color malva, una rosa, un vino blando y la foto de un beso al viento con la luz especial de la textura del momento.    

lunes, enero 19, 2015

The end, fallo de sistema

"Perdida" (Lyon, 2014)
Cuando recibieron su mensaje y la foto perdida (como la última llamada) él ya había muerto. Lo dejó todo programado para que todos leyeran sus palabras una vez tomada la decisión de darse de baja de sí mismo. No era un castigo, sino el extraño proyecto de un tipo con fallo de sistema reconocido. Su suicidio ponía la guinda a una vida dedicada a planificarlo con todo detalle, con cuidado, con mimo para que nadie tuviera que hacerse cargo de nada. "Estaba programado para morir en el momento preciso", escribía en sus mails. Nadie le encontró, él mismo se envió por una bandeja de salida especial, empaquetado en frío y conservado en esencia de pensamientos aplazados.

Los papeleos, la donación de órganos e ideas (incluidos los sentimientos en depósito) estaban organizados para resolverse matemática y físicamente. 50 años dedicado a... "su obra" sirvieron para que todo saliese según lo planeado. Incluso logró mermar el dolor entre su círculo a través de un sistema que diseñó para empatizar con su propósito. Ni una gota de sangre ni una mancha, ningún eslabón fuera de su cadena de causas; ni un pero... Y sobre todo, ni una sospecha derramada en ninguna fase de su vida. Nadie se lo explicaba al mismo tiempo que conseguían explicárselo sin dramatismo. No hubo funeral. Así lo dispuso. Pero sí quiso concentrar a todos en un concierto de piano y maracas sin Machín. El recital que escribió y compuso para el momento. 

Días después y como despedida definitiva llegó un mensaje más. Un archivo que contenía una película rodada en los últimos 10 años. Una cinta viva que evolucionaba de forma distinta en función del espectador que la veía. No era una comedia ni mucho menos un drama; tampoco un documental. Era una especie de western con influencias asiáticas y 'poéticas' (por Edgar Alan Poe). Tan extraño como él, tan indescifrable como sus intenciones, tan entrañable como su transparencia opaca.  Eso sí, el final, el The End, era común a todas las películas que se había montado... Y aquí llegó el fallo de sistema (sobre el propio fallo de sistema sistematizado por él con tanto cuidado). Un final donde se manifestaba una duda. La duda de si al final, con el último parpadeo se arrepintió de tomar la decisión que lo mató. 

THE END