martes, julio 22, 2014

Contextos por el rabillo del ojo

Ayer estaba hablando con unos amigos en la calle cuando mi rabillo del ojo izquierdo enfocó un ángulo muerto. Por ahí pasó/encajó un tipo que no... encajaba (bajo no sé qué criterio) en el contexto. Tenía aspecto de gitano rumano. Vestía un chándal con piezas asíncronas; zapatillas sin puntera, pulseras doradas, barba por necesidad, mirada con historias detrás... Y el eje de todo, un cuadro de Dalí bajo el brazo derecho. Donde tenía que haber (por prejuicio o estadística visual) un kit de limpieza de parabrisas apto para semáforos hostiles, mi rabillo del ojo percibió una reproducción (con marco sin gusto) de La tentación de San Antonio de Dalí.

Como es propio de mí (o no), abandoné el contexto principal para pasar a un plano casi desapercibido. Entré por ese resquicio que deja a veces la percepción propia para buscar una historia ajena. Le seguí de cerca, luego se alejó para tomar perspectiva y finalmente le abordé en la frutería de Jacinta (la viuda del camello del barrio y vendedor de poemas sin finales ni ritmo). Antes él, Pedro se llama,  había pedido unas frutas ansiolíticas y yo un bucle fresco. Me hice pasar por alguien que un día tiró un cuadro y se arrepintió y que al ver a San Antonio se acordó de aquella metedura de pata.

¿Lo quieres? Me preguntó Pedro, con acento rumano. ¿No lo quieres? Contesté. A continuación empezó a llorar. Le invité a una horchata en el bar del chaflán más cercano. Se identificó con mi mentira. De hecho, había salido ese día a la calle dispuesto a deshacerse de "la tentación" que heredó de su tío tuerto en 2003, pero no encontraba el contenedor, el rincón o el portal donde abandonar a Dalí. ¿Lo quieres? Insistió. No, contesté. A cambio le confesé que, al contrario que él, yo busco un contexto que no sé si he perdido o no he terminado de pintar. Yo habito en un blucle, borré mi contexto, aseguró todavía entre lágrimas. Decía que su bucle tenía asperezas, opacidades y suaves salidas al exterior; un 'espacio' de ánimo que impedía construir su contexto. En Rumanía era ingeniero de Ramificaciones (especializado en mapear los caminos que las personas estructuramos para complicarnos la vida). Y muy bueno en su campo. Me enseñó un artículo del New York Times que hablaba sobre él. Ahora ahorcaba el tiempo. Bien estrangulando recuerdos o bien disparando contra esos minutos propios que en ocasiones te pican para que pienses... 

Me habló de su familia, de una mujer desaparecida y reaparecida -ante su sorpresa- entre dudas; de un primo hermano que adivinaba el futuro del pasado, o sea que casi casi atinaba  con el presente, pero siempre terminaba tropezando con un intervalo inesperado que le llevaba al extremo de sí mismo; de un hermano que fabricaba oídos sordos; de un hijo-padre y de una madre en Do sostenido que, junto al padre, invirtió y ganaron con los arpegios imaginados en el seno familiar; y de un tío tuerto y apasionado que sólo estaba cuando tenía que estar... De éste, de Malbec, heredó el cuadro 'médico' de Dalí. 

El bucle era su lugar. Su prisión buscada o malquerida. No entré a juzgar ni persuadir, pero le pedí una linterna y permiso para darme una vuelta por alguna de las grutas que había en su mundo. Me dio permiso, una linterna de ilimitada batería y las llaves de un coche que nunca condujo a nada. Entré. Antes tuve que salirme un poco de mí. Allí dentro no había continuidad. No era un espacio caótico, pero entre los desórdenes por los que caminaba (algunos más deslizantes que otros) encontré papeles perdidos, frases hechas sin pulir, huellas profundas, termómetros atemporales y un cúmulo extraordinario de asuntos propios abandonados para ser perdidos por ajenos. 

Sentí lástima, impotencia, frustración... Nunca había paseado por el interior de un bucle. Salí y Pedro me preguntó por el viaje. Para él habían pasado dos días, para mí, 10 minutos. En realidad mi paso por allí había durado tres horas. Le contesté. Le sugerí que se diera un chapuzón en su piscina porque, aunque en ella encontraría alguna corriente traicionera, el resto eran motivos que no hacían aguas. Me fui por dónde había venido y al llegar a mi contexto por hacer vi que le habían salido dos ramas. Una muy dura y la otra preguntona. Así que seguí... Pero antes de continuar busqué un cuadro que siempre he tenido, que nunca he colgado y que nunca he sido capaz de tirar. Me lo regaló de pequeño un extraño con sombrero, por la calle. Lo encontré, lo miré y entendí varios asuntos propios. ¡Como para menospreciar el ángulo sel rabillo del ojo! 

miércoles, junio 25, 2014

Vuelta y vuelta por ese sentido

Darío decidió hacerse un filete pensado a la plancha. Se cortó con una copa en estado de reposo y entre dos aguas. Los glóbulos, en un intendo de seguir un orden en su... pulsión, pensaron que lo mejor era lo peor que podía pasarles. Cortó la hemorragia y penó la pérdida de sus pequeños pensantes, expulsados de la circulación. Se hizo la luz (al baño maría), el loco (frente a sí mismo) y el filete (vuelta y vuelta). Por un lado halló un extremo y por otro, un punto medio poco hecho; pero acertado. Un glóbulo rojo que sobrevivió al proceso lo observaba todo. Pensó en no hacerlo, pero tuvo que mirar.

Con una nueva cicatriz, un glóbulo rojo inquieto observando y el hambre de entender el mapa de su propia asincronía, empezó a comer. Antes se sirvió un vino DO. Castrunteriza. Encendió una vela, abrió una caja pendiente. Brindó. Todo estaba en su sitio y el filete en su punto.  

Uno a uno iba digiriendo los motivos que le habían llevado a su tiempo. Los incontrolables y los razonables. Unos sabían a mar, otros a ahumado. Pero todos pasaban, naturalmente, por las vías procedentes. Alguno reclamaba más atención. Por ejemplo, el que hablaba de un tiempo en el que Darío picaba entre horas y caía en su propia trampa; u otro que denunciaba el intento de aniquilación de versiones sobre sus mismos hechos (demasiado crudos)... Y el glóbulo rojo, mientras, permanecía con el gran angular activo, enfocando cada razón de ser, deseando completar su proceso global para hablar. 

Darío no es muy de postres, así que siguió vinificando copas, sin miedo al estallido, a los cortes o al sufrimiento que regala una cicatriz ansiosa por pasar como estética escara. Continuó brindando y sabiendo que en algún momento tendría que interesarse por ese microscópico pensante. Por su parte, el glóbulo, más consciente que Darío de haber sido parte de un 'mismo', se pronunció. Y Darío, preparado por fin, escuchó. Sin reproches, se despidieron. No había ni tiempo ni espacio para decirse todo lo que querían decirse. No hizo falta. Ambos sabían en qué consistían las reglas del momento que bebían. 

Y a pesar de lo imposible del concepto, se dieron un abrazo interior para circular por el sentido elegido, madurado. 

jueves, junio 19, 2014

El hilo y los principios del fin

Se pasó la noche haciendo cola. Antes, mimetizándose con un armadillo (que estaba por ahí de paso antes de su extinción), había probado a protegerse del mundo y de sí misma para intentar convertirse en una coraza con forma de bola. La cola no avanzaba muy rápido, pero no iba a abandonar. Y eso que desconocía la meta, pero sí dónde tenía que llegar... Y tanta (coraza) como deseos de no necesitarla; pero a veces las cosas son así. ¿Así, cómo? Así, contradictorias. Querer cuando no quieres o no quieres querer; o crees querer cuando crees más de la cuenta o no te crees lo que quieres cuando quieres demasiado... Perdió el tiempo en algún rincón. Junto a algunos principios. Ocurrió sin querer, sin creer, pero ocurrió. Pero los finales esperaban pacientemente su llegada de fondo.

Paso a paso, la distancia con el fin se estrechaba. Y entre el "no quiero ver", pero "lo miro", se agarraba inconsciente a esa fila de personas sin rostro. Era el único argumento de continuidad que iba quedando en su vida. Si se salía, se perdería para siempre en un espacio (agujero, hoyo o universo) lleno de nada aunque parecía disponer de todo... Un todo construido con estructuras de filtros del pasado. Cada vez más agarrotada, la sólida armadura invadía la flexibilidad que un día cubrió sus intenciones. Se apagaba despacio, se endurecía. Apenas parpadeaba. Casi no aplaudía. Y en su mente empezaba a quedar espacio sólo para los recuerdos más fuertes; aquellos que deciden aporrearnos en esos momentos tan oportunos. Entonces ocurrió durante un rato. Como Pinocho, pero sin pronunciar una sola mentira, pasó a ser madera. 

Después, en un suspiro de sublimación, logró trascender a la rigidez. Ya podía ver el final de la cola. La noche estaba siendo tan larga que no sabía ya si era una sola o la sucesión (sin pausas) de muchas. Se preguntaba ¿Cómo voy a llegar hasta ahí? ¿Cómo voy a terminar de trazar el desierto yo sola? Con fuerzas, pero sin facultades. Con ganas, pero sin capacidad de ejecutarlas. Con alegría bajo la careta de la no expresión finalmente llegó. Una figura esperaba en mitad del contraluz. Ella cayó y por un momento pensó/sintió que se ahogaba en el pantano arenoso; que el desierto era ella y no el exterior. Por un momento palideció al pensar que regresaría a la madera gestual. Pero alcanzó el final de la cola y allí se encontró con lo puesto. Echó un vistazo por dentro, alrededor y por dentro del alrededor y aunque le chocó ver que todo estaba en el mismo sitio, todo había cambiado. El contraluz y una historia (que no un travelling) llevaban su nombre.

viernes, junio 13, 2014

Periodismo ficción y el libro del pelirrojo

Escribo este post desde el más absoluto misterio de saber qué me voy a encontrar en la caseta 320 (Antonio Machado) de la Feria del Libro de Madrid. Mi viejo amigo, el que me dice que voy a estar más solo que la "menos una", me susurra con cariño al oído para darme ánimos y aguantar el golpe de humildad. Acabo de publicar mi primer libro (Periodismo Ficción), algo que nunca pensé que ocurriría. De hecho, no lo he hecho yo, sino una editora valiente llamada Elena P. Jiménez; que con todo su empeño ha montado editorial (esferaED), colecciones y un contexto de letras muy prometedor. Y en medio, un hueco para las pequeñas crónicas que llevo escribiendo desde hace un tiempo. No necesito un golpe de humildad. Estoy tan curtido, que parezco un puto sparring al borde de la jubilación. Es más, estar aquí es como estar en un podio. Ahora, tras este elogio a la pasión de la autocompasión, tengo la sensación de que hoy algo termina y comienza un nuevo y largo episodio de Periodismo ficción. Veo un Ángel caído por ahí, muchas calles entre árboles, gente corriendo de un lado a otro, libros, mequetrefes que juegan a leer, otros que de verdad están fascinados con las letras, veo muchos pesonajes. Y entre ellos yo. 

Ayer, por circunstancias, acabé en una cabina de apenas seis metros cuadrados. En su día fue el eslabón con camastro de un viejo burdel. Ahora es un microteatro a cambio de dinero. En este espacio dos actores contaban una historia sobre alguien que de momento no se atreve a dar el paso... No porque no quiera, sino porque todavía no sabe si quiere. No sabe con qué parte de la vida quedarse. Duró poco. Pero me dio tiempo a oler el miedo, el mío y el de las decisiones encerradas. 

Cuando me marché descubrí que me había salido un pelo rojo en la barba. Entonces recordé el (también micro) cuento que me contaba mi tío de pequeño... Una historia que construyó para mí. Algo así como que aunque yo era moreno, mi pelo era rojo -como el de mi madre- pero sólo por dentro... y que éste saldría si encontraba el motivo de entregar el caparazón que mi tío me regaló cuando cumplí 5.  Algo dejé en aquella cabina. Iba más ligero y con un mechón rojo que parecía estar unido a una idea aún por verbalizar. El caso es que estaba a gusto con lo puesto. 

Y ahora, en una nueva vida... En una nueva cabina, caseta en este caso, hago lo posible por disfrutar desde la mirada desde dentro. No sé si podré atinar con alguna firma, si sabré dar puntadas con o sin hilo conductor. De momento, yo, sigo cosiendo cabos con pelo rojo y palabras que follan. Mañana será otro día.

                                                                         - FIN -

domingo, junio 08, 2014

Por la bocacalle desbocada

Acabo de pasar por un cruce y mientras caminaba en cierto sentido, en otro (en dirección contraria) me he cruzado conmigo mismo. Venía precipitado, anacrónico... Y me he terminado atropellando. Ahora, en el suelo, veo cómo me fundo en un solo cuerpo de texto; por un momento temí ser testigo de mi propia fuga. De no prestarme ayuda y huir. Afortunadamente me he quedado. Y tirado en este cruce de ideas y caminos me entretengo ignorando el dolor del golpe. Venía pensando en todos los esquemas que se van rompiendo con los años; en los límites que caen a medida que consagras los tuyos; en la foto que me gustaría tener abierta en mi teléfono si me mato en un accidente; en el capítulo 107; en lo irónico que es todo...

Venía en un sentido, me cruzaba en otro. Volvía del súper también, con bolsas llenas de argumentos de supervivencia. Entonces mi cuerpo de texto me mandó un mensaje a través de un tipo simpático y legible. Debía borrarme de aquel camino, sin prisa, sin pausa y a doble espacio. Dolorido, pero consciente, suscribí el mensaje. Me levanté como pude antes de ser arrollado por una caravana de realidades tangibles. Ahí ya no iba a estar mi doble sentido para socorrerme. Giré, torcí, miré y eché a andar por un silencio que salía de una bocacalle desbocada. 

Hice una foto del momento y la convertí en postal. La envié y creo que llegó. Y ahora, en este mismo instante estoy sentado en un café solo, solo. Observando el cruce que tengo delante. Quiero ver qué pasa sin pasar. Sólo mirar. Me doy cuenta de que nunca lo he hecho. Parar y observar. Entonces ocurre. Sucede. Empieza a pasar. Y me digo, "Dios no existe, son los cruces".
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La ilustración la adquirí (mientras pensaba en mi videoclub redentor) en el Mercado del diseño y es de Luis Alves.

viernes, mayo 30, 2014

Cruzando la línea

Se metió la última raya a cuadros que le quedaba aquella noche sin luna ni nubes ni claros. Rodrigo se metió sus rencores de una tirada nasal; pero también sus complejos, sus temores y las frases hechas que nunca hizo, pero que sí dijo. Era la despedida. El soplo del último momento. Tenía que irse puesto con lo puesto, sin mirar atrás y no rayarse en el intento. Tenía que romperle las piernas a ese contexto que había estructurado con empeño en los mejores años de su puta vida. Puta porque ella -la vida- fue la encargada de vender su cuerpo por "dos duros" a la misma muerte. Absorbió hasta la última mentira que él mismo amasó para no sufrir el ardor de crecer.

La raya, reconocida su cuadrícula, se rebeló por un momento y quiso bebérselo a él, pero Rodrigo sabía defenderse de la absorción ajena. Era un experto en meterse dentro de sí mismo, lo cual le proporcionaba una defensa perfecta contra los ataques de los aliados mejor disfrazados de aliados. Aún así, la geometría de la droga que te engancha al regreso, quiso intentarlo de nuevo, pero Rodrigo ya la había aspirado. Y en sus manos estaba pronunciarla o no, como ocurre con la hache...

Lo importante era salir de ahí, porque la droga era él, y la raya, una línea en la frontera entre él y lo que había hecho de sí mismo. Una división que se esnifa para penetrar en lo más profundo de la mente para no volver a profundizar y aceptar la anexión con el cajón entero adjunto. Tenía que prepararse para lo mejor... Rodrigo salió y entró. Salió para entrar a lo grande y a lo bestia. Con todo. La rampa le esperaba, la percepción de lo que estaba por venir también. Mareado, pero ilusionado por poder soportar su propio peso rompió amarras y partió. Estaba tan preparado (más de lo esperado) que supo disfrutar de la derrota, de la victoria y de la esperanza de volver (o empezar) a estar en paz.