domingo, noviembre 06, 2016

El enunciado y la palabra reproducida

Daniel Seseña. El enunciado y la palabra reproducida 
Se sentó entre puntos suspensivos. Tres a un lado y otros tres al otro. Sabía que tenía temas pendientes. Contextos por descubrir y describir. No muchos, pero suficientes para encender los focos. Escenarios interiores con alguna función en pleno nudo y otras casi al final del desenlace. Tenía, por tanto, que conocerlos o reconocerlos y así terminar de relatar la funciones. Un deber compuesto por las conclusiones de los demás contextos de los que está hecho: Experiencias, historia, palabras (dichas, pensadas y no dichas, tal vez soñadas), errores y aciertos (o errores acertados y aciertos por error). 

Por delante le esperaban dos horas para parar y observar. Estaba sentado en un banco sin red. Sin distracciones, solo las que quisiera invocar. Con el vacío y el contenido por delante. Resignificando el vértigo. Dos horas surgidas de un error que no quedaba otra que asumir y aprovechar. Los primeros 15 minutos sirvieron para adaptarse al ritmo y escuchar los rebotes de una respiración más tranquila. A partir de entonces comenzó el baile de diálogos entre ideas autónomas. Eran muchas y de diferentes procedencias. Las dos horas se iban a quedar cortas. Entonces, en lugar de intentar quedarse con todas  las ideas, abrió una carpeta en su cabeza para actualizarlas y relacionarlas. Una especie de árbol con ramas cargadas de historias por relacionar y contextualizar.

En mitad de un tango entre dos temas pendientes reconoció una historia, una pauta recurrente. Consistía en vender (o regalar, según el caso) su alma a otra persona para olvidarse de lo importante de sí mismo y encerrarse en el valor ajeno. Esta historia bailaba sola, pero aparentaba estar en equilibrio con otros temas. La pista era grande y la música no paraba. Luces y acción. La trampa consigo misma acababa de ser descubierta por un foco nuevo. Por fin se había dado cuenta de que podía manejar las luces de su propia dirección artística. Acababa de cerrar un capítulo decisivo. 

La cepa que había condicionado miles de guiones en su vida estaba desmantelada. No quería cortarla, sino darle un nuevo lugar entre otras ideas. Miró hacia los lados y entendió el valor y significado de estar entre puntos suspensivos,  "el enunciado continúa más allá de la última palabra reproducida". Se levantó del banco, cerró las carpetas y se dio el lujo de disfrutar de ser enunciado. Después puso una canción de Don Mclean y empezó a reescribirse junto a la chica del violín. 

martes, septiembre 27, 2016

El baile de las contemplaciones

Saliendo del trabajo me encontré con una vieja idea que se había renovado. Estuvimos charlando un rato. Me habló del tiempo que llevaba dando vueltas sobre sí misma. Confesé mi parte de culpa. No le dio importancia, al contrario, me lo agradeció, porque si no hubiera hecho tantos círculos alrededor de nada, seguramente no habría llegado al punto sólido en el que se encuentra ahora. Algo poco habitual en su entorno, me decía. Cuando llegué a casa me di cuenta de que me gustaba desde hacía tiempo, pero fue al mirarla ahora a sus ojos autónomos cuando lo entendí. Y mientras lo entendía, notaba como una parte de mí quería pasar un poco de mí para pensar. Antes de abrir una lata de motivos y cerveza, escribí en la esquina de un periódico un nombre que se me pasó por la cabeza. Lo dejé reposar. Después bebí y procesé. Algo se estaba moviendo desde que me crucé con ella.

Un container abierto a contenidos con ganas de llenar. Un escenario rodeado de historias que no han pasado. El cartel que me acompaña siempre a en los pisos de transición: "Bonnie and Clyde" redibujados en tierra de nadie. La trompeta de Chet y el violín de Bach. El caballo negro que no entiende de obstáculos. El lista de música que empieza por Sam y decide que seguimos. Un verso suelto titulado Nosotros que no quiere solapas. La Estación E y el Tribunal S. Y así uno tras otro, fueron sucediéndose argumentos durante una noche infinita y en vela. Aquella idea había apretado el gatillo de un contenedor sin fondo. Ya no había vuelta de hoja. Tenía que ordenar el baile, el batiburrillo fabricado en apenas unas horas... El escenario.

Los tres días siguientes pasaron por su cuenta. Al cuarto me preparé las bambalinas. De nuevo ella estaba conmigo. No sé cómo nos reencontramos, pero lo hicimos en el momento justo. Entre atrezzos y planteamientos. Como si llevásemos toda la vida planeando el "a partir de" a golpe de pies de plomo, tratamos cada fotograma como se merecía. Con delicadeza, cuidado, observando cada plano. Era nuestra película. Disfrutamos de cada microsegundo del momento. Nos recreamos con los sabores que olían a canciones grandiosas. Unas más guitarreras, otras de puro puño y letra, de terciopelo, instrumentales, criticonas, solitarias o de las que miran a los ojos y agitan interiores.

Cuando me confesó que yo también era una idea, como ella, sufrí un colapso repentino. Descubrir que en cierto aspecto eres mentira no es fácil de encajar. Me desperté en el suelo en un charco de palabras. Ella me abrazaba. Al fin y al cabo yo también era su idea; no una idea cualquiera. Quise alargar el momento así que prolongué la inconsciencia consciente un rato más. Cuando abrí los ojos del todo ella los abrió también. Desde ese día decidimos que pensar era el único generador capaz de iluminar las calles de una ciudad que no necesita contener, sino componer.Y el nombre que había escrito y reposado en la esquina del periódico era precisamente una parte del título de nuestra primera composición: Contemplados, escénicos...  

miércoles, agosto 31, 2016

...Pues ya está


Me acosté un poco más tarde de las 3 de la mañana. Ya no quedaba nadie en las redes. Los bares habían cerrado. Agosto en Madrid no perdona. Las pupilas pedían una tregua. Demasiados pantallazos para mis ojos. Apenas dormiría 4 horas, tenía que levantarme pronto no sé por qué, pero debía hacerlo, así que ¡había que empezar a soñar ya! Para ello cree un escenario que mezclaba todo tipo de conceptos cinematográficos, musicales, canallas... Fusión de recuerdos (no vividos) y sensaciones (intuidas) recreadas a partir de historias jamás contadas, que sí anheladas. Deseos que se reivindicaban. A dormir, ¡acción! La película había empezado. 

Todo empezaba en la noche de mi debut en el NoteShot, un club de segundas oportunidades para músicos con dudas. Era pianista, tocaba un poco de jazz, algo de soul y soñaba en sueños con blues. Mi nombre era Palermo, así, sin más. Tenía muchas dudas y poca seguridad en mis notas. Pero era mi noche. Me había preparado una batería de monólogos por si mis dedos fallaban, algo nada desdeñable. Quedaban dos horas para empezar. Tocaba a las 00, la hora del músico residual. Fui a la barra de los taburetes desconchados y me pedí explícitamente un vino aguerrido, muy peleón. En el escenario azul tocaba una banda que no dejaba lugar a dudas. Pero como no quería ahondar en mis miedos les presté solo un oído, el otro lo empleé en percibir una voz de terciopelo que pedía otro vino a pocos centímetros de mí... 

...Pertenecía a Erika Azartz, una contrabajista que cantaba en los mejores clubs de lo imposible*, estaba a mi lado y había pedido el mismo vino que yo. Por un momento me imaginé con ella en el mismo escenario, fusionando intenciones, mezclando ritmos y puntos de vista. No quería mirarla, temía descubrir mi cara con su cruz adjunta. Antes de que acabara mi pasaje imaginado se acercó ella para decirme sin tapujos que tenía muchas ganas de verme actuar y conocerme. Casi me despierto del impacto. Afortunadamente seguí aferrado al sueño. ¿Erika Azartz había venido para verme tocar y conocerme? Parecía que sí. Me contó que llevaba tiempo siguiéndome en mis invisibles conciertos, pero que nunca encontraba el momento de conectar conmigo. Me bebí el vino de un trago y miré el poso por si había sido víctima de una broma ajena entresueños. 

Cuando superé la duda le hablé (intentando no recrearme demasiado) de los efectos que su música provocaban en mí. También le confesé (soy un bocachanclas hasta dormido) que más allá de la música seguía sus pasos como investigadora del entorno de lo no verbalizado. Abrumados los dos por ese marcaje mutuo en la distancia, nos pedimos una ronda más de peleones. Pasaron los minutos como cometas, apenas quedaba cuarto de hora para mi concierto. 

Aquella sorprendente sorpresa estaba reventando mis estructuras. Tan emocionada como yo, sus confesiones se parecían a las mías. Decía que disfrutaba como una cría escuchando mis podcasts sobre dudas, acordes y tendencias sin lugar. Poco a poco aquello se convirtió en una partida de emociones que ni en el sueño más soñado habría podido plantear. ¿Es posible que Erika Azartz y yo sintiéramos los mismo? A eso empezaba a sonar. Quedaban dos minutos para subirme al escenario. Hubo un silencio ante esta ¿evidencia? Y enfatizó: Bueno, pues ya está. Sus ojos, su voy, sus manos su piel iniciaron el estribillo más increíble que nunca había escuchado. La besé y me abracé a ella sin filtros ni resistencias. Nos miramos a los ojos, ella retomó el beso... Después comencé a tocar sin dudas. 

Lo mejor del NoteShot es que aunque no asistiese público, los focos nunca no te abandonan. Y lo mejor de improvisar y soñar es que ella estaba conmigo. Toqué los temas que nunca toco por miedo a no terminarlos y quebrarme. Incluso canté las letras que nunca canto por miedo a desafinar conmigo mismo. Es más, compuse mientras tocaba y cantaba en una fase desconocida. La invité a subirse al escenario. Aceptó encantada y terminamos interpretando una de las letras que nos habían unido: Bring it on home to me de Sam Cooke. El recital iba terminando. Se acercaba la hora de despertar. Quería tocar hasta la última cuerda de aquel instrumento que habíamos construido en un intervalo de viento y sin límites. Bajamos del escenario. Ignoro si alguien nos aplaudió.

Volvimos a la barra. Brindamos. Nos besamos. Nos abrazamos y finalmente nos deseamos suerte. Ambos supimos disfrutar del concierto; de un momento que nunca pasa. Posamos para hacernos una foto sin cámara. Le conté mi secreto y ella respondió con el suyo. Nos miramos a los ojos, a los labios y a las letras por componer. Cerramos los párpados y nos despedimos. Era la hora. 

Sonó el despertador y cuando abrí los ojos descubrí que no había sido un sueño. Al menos solo mío. Fue el sueño que compartimos, imaginado y deseado antes de nuestra primera cita. Me lo contaba mientras pasábamos al segundo vino. Ese instante en que ambos ya sabíamos que aquel encuentro no había sido casual. Ni mucho menos causal. Sencillamente había sido fruto de un cruce de ideas que terminaron en un concierto y que está empezando en estos momentos en el escenario azul. 

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*Los clubs de lo imposible son locales donde tocan los músicos que solo componen en la primera fase del sueño. Son un grupo muy selecto. La mayoría compone en vigilia o en la segunda fase del sueño. Hay ocho locales en todo el mundo, repartidos entre Nueva York, Madrid, Hastings, Siena, Lion, Hamburgo, Amsterdam y Montevideo. Erika Azartz es una de las voces y contrabajos más demandados en todos los niveles oníricos.

Comienza una gran historia. #periodismoficción #periodismoinvoluntario #noteshot #madrid #letras #caféyletras #tryalittletenderness #thecommitments

viernes, agosto 26, 2016

La trompeta y el deseo


La gente inhala humo, vapores huérfanos, suspiros, orgullo, palabras... Pero Pol, por accidente, respiró una frase que abandonó una mujer con la que se cruzó en un momento dado. Decía algo así como que quería alinearse con Lorraine, la trompetista de un cuento no contado. Atrapado por un deja vù o por la extraña sensación de un sueño reciente, Pol quería saber más. Pero cómo. No podía abordarla en medio de la calle para preguntarle por Lorraine. La inquietud y cierto grado de ansiedad le alteraron la noche. Ella se alejaba. Gesticulaba mucho mientras hablaba con su amiga. Movía las manos con tanta expresividad que parecía muda. Entonces empezó a caminar tras ella. Tenía delante un volumen suficiente de gente como para camuflar su persecución. Sin embargo su inexistente entrenamiento como espía la llevó  a desaparecer. 

Con mucho ruido en la cabeza y una creciente ansiedad, siguió caminando sin destino fijo. Entró en un club de jazz atraído por el cartel y por la ausencia de muchedumbre. Apenas habría 20 personas en su interior que se distribuían entre la barra, los servicios y el pie de escenario. Se sentó en una banqueta descosida, bien pegado a la barra. Pidió una cerveza y un deseo. La cerveza llegó inmediatamente, el deseo tenía sus tiempos. La banda, entregada al vacío de un local decadente tocaba como si fuera el concierto de su vida. Era de agradecer. Pol se animó a pesar de su sentimiento perenne de perdedor y de su frustración por haber... perdido a la mujer de la frase. El trompetista conquistó el escenario con un solo de los que te llevan en volandas. Y Pol cayó en su melodía.

Empezó a soñar sobre la banqueta vieja. Imaginó que ella entraba por la puerta y que, atraída por su misma inquietud, se acercaba a él para compartir preguntas sobre el escenario que unió a Lorraine, sus notas y a ellos dos a través de un cruce en plena calle Absurda. Eran preguntas y respuestas sobre historias que no pasan, películas que sólo se ruedan y proyectan en la cabeza, guiones en versiones por debajo del planteamiento... Dudas sobre cómo lo inesperado seduce a la certeza sin concesiones; o cómo un mensaje que llega a un buzón deslocalizado abre una carta dispuesta a escuchar propuestas. En el sueño, donde el tiempo se tomaba un respiro, nada afectaba por encima de sus posibilidades y todo tenía sentido, incluso algunos significantes que renunciaron en su día a abandonar su codificación. Los algoritmos más complejos tocaban acordes de terciopelo.

Hoy hace un año de aquel cruce de la calle Absurda con el callejón de Cautela. Hoy hace un año que Pol compró una trompeta sin ánimo de conocer sus secretos ni de tocarla, lo hizo solo para recordar que por un momento un cuento no escrito casi escribe una capítulo real. La gente inhala humo, vapores huérfanos, suspiros, orgullo, palabras... Pero Pol respira deseos que tienen sus tiempos y uno de ellos anda suelto.

viernes, agosto 19, 2016

El jinete sin truco


Intenta cada día ponerse de acuerdo consigo mismo; también sin él. Es un juego de escapadas y escapistas. Y él es un mago sin magia en sus manos, pero con ideas claras. Un jinete que cabalga a pie. Se dedica a la gestión de gestos espontáneos en una agencia de puntos sobre las íes. Un trabajo que le obliga a empatizar (o intentarlo) constantemente con las nubes más oscuras que circulan por dentro. 

A veces se deshace de un yo y en ocasiones de la segunda persona, pero nunca en plural. Es un tipo muy singular que solo en ese juego de escapadas y escapistas consigue creer que circula magia por sus venas, entonces se saca trucos de una manga ancha que no existe. No tiene público, pero descarga de la nube los aplausos que necesita.

En la tormenta diaria, con las ideas claras, los gestos ajenos (gestionados sin trucos), y con esas íes que quieren conectar con el punto que les falta, trata de construir un escenario donde contarlo. Un contexto en el que desplegar su no magia y sus afirmaciones. Su vida está llena de bambalinas, personajes, historias contadas por contar, principios que no quieren atarse con nudos que condenan a un final. 

Pero hoy, apenas hace unos minutos, ha encontrado el trozo de un final que nunca terminó. Estaba escondido en la costura secreta de una chaqueta diseñada sin principios para vestir continuidades. Se la ha puesto y al mirarse en el espejo ha entendido que todo no ha sido un sueño, sino un truco que pasa de magias. 

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La imagen corresponde a la Serie Crónica de una carrera de Fernando Bellver - Rembrandt y Murillo, 1987.



martes, julio 26, 2016

La mirada de Carla

Daniel Seseña. Foto realizada en el Mckittrick hotel (Manhattan)
 Llevaba tiempo de ocupa en un bucle nublado y hermético, sin salidas de emergencia. Ni de las normales. Ese día tardé en levantarme más de lo habitual. Me pesaba el cuerpo y eso que llaman alma. El mes de agosto había arrasado Madrid y yo sin planes y con un teléfono mudo. El panorama resultaba deprimente. Webber había muerto en un atentado terrorista. El resto de los amigos, Carlos, Pol y Luck estaban de vacaciones con sus parejas. El diccionario se escondía de mí para no prestarme sus mejores palabras. El sexo estaba de huelga junto a una diosa anarquista que me dio portazo por no querer jugar con ella en el suelo.

Aunque no salí renovado de la ducha, al menos me sirvió para explotar algún coágulo de lágrimas que me invadían como el acné juvenil. Los sollozos los envolví entre acordes de The Clash y lo gritos de Roger Daltrey. Y antes de cortarme un pelo con mi vieja Gillette me dediqué una contundente carcajada frente al espejo a lo Fernando Bellver con sus retratos; un maestro en el arte de vaciar su ego de ego y de trascendencia artística. No me creía ni yo a mí mismo. Pero es lo que hay, me dije. Entonces cuando estaba apunto de nada (es decir, de nada) me llamó Carla para invitarme a su concierto. Fue como un salvavidas en mitad del océano.

Abrí la puerta de aquel local. Oscuro, antiguo. Fue como entrar en los años 30. Y ahí estaba ella. En el centro del plano. Al fondo, delante de todo. Clavó su mirada en mí y me siguió como el foco a ella por el escenario. Me senté como pude en una mesa para uno. ¿Qué desea? Me susurró un camarero de época al oído. Whisky, contesté, con voz de duro. Y todo esto sin dejar de mirarnos Carla y yo durante las casi dos horas que duró el concierto. Cuando terminó y ella consiguió liberarse del agasajo colectivo y de los piropos, se sentó en mi mesa. Hablamos y bebimos hasta que cerramos aquel día/noche del calendario.

Al día siguiente me puse a escribir, inspirado por la mirada de Carla. Sabía que no volvería a verla hasta dentro de 5 años. Así funcionaban las reglas del Jazz... Y así han pasado 20 años desde que nos conocimos en aquel comercio que vendía medias tintas al por mayor. Ella en su escenario y yo en el mío. Siempre me quedará el contrabajo para refugiarme en sus graves ante los agudos de un verano sin compasión.

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Y este es mi pequeño homenaje a mi amiga Carla Revuelta. Murió hace tres años en un tren que viajaba a Santiago de Compostela.