domingo, noviembre 23, 2014

La mirada del tuerto

Anoche me miró un tuerto, al mismo tiempo me crucé con un gato negro al pasar bajo una escalera de color, con mi as de la suerte en la manga y tres dados trucados. Y sin cruzar los dedos. Pensé en dejarlo todo y agarrarme a la  parte más reconstruida... por mi parte. Tropecé, me caí, le di un beso tierno al suelo. Mis mentiras autoinmunes me sugirieron que no me levantara en un rato; querían que sintiera la textura del asfalto. Accedí y escuché a la superficie pisoteada. Me dijo cuatro cosas y yo contesté que no. Pero antes de levantarme, lo pensé mejor y amplié mi respuesta, le dije que el beso había sido sincero; había sido un beso de despedida. Mi último tropiezo en el mundo de los escondidos. 

Reconocí al tuerto por la calle, al día siguiente. Volvió a mirarme, pero esta vez con la cuenca sin ojo. Me mandó un guiño y casi se cae. Me alcanzó de lleno con una frase profunda, pero no me tumbó. Al contrario, me elevó hasta el término medio. Ese lugar que siempre pasa de mí y que yo siempre paso por alto. Subí por la escalera de faroles que rodea la tienda de discos. Los ases me los había dejado en la manga de otra camisa; cerca de los dados trucados. Seguí a mi ritmo, el nuevo. Le di una patada al balón de oxígeno y tiré el paraguas errante.
La música sonaba diferente, por más canales, con más matices, más viento, más percusión y notas de las que retan tanto como suenan. Me agaché para reconocer el terreno y me reconocí a mí mismo. 

No estaba feliz, pero sí muy alejado de la infelicidad. Aquella noche el tuerto vino a verme.  Entonces me di cuenta de que el que había estado toda la vida mirando a medias había sido yo. Primero, porque el tuerto era Anselmo Farola, mi vecino (puerta con puerta) y no me había dado cuenta hasta hace un rato; y segundo porque hay cosas que de pronto se saben (eso sí, después de años pidiendo -quizá a media consciencia- ver, mirar, entrar, estar en ese lado...) y ya está. No voy a decir que he tardado mucho en olvidarme de los ases, porque sencillamente he tardado el tiempo que he necesitado. Y aunque siempre lleve conmigo alguno de los datos trucados, sé que se acabó el juego; empieza una partida nueva sin miradas omnipotentes ajenas y redentoras. 

        
        

martes, noviembre 11, 2014

El acierto errático

Foto de Spinnerweb (Instagram)
Venía de cruzar una línea que no podía cruzar. En medio pensé que tenía que llegar al cruce antes de nada. Porque en el cruce estaba el flujo de ideas que pierdo cada noche por no apuntarlas. Me encontré con varios capítulos sin terminar. El primero estaba mal planteado; el planteamiento del segundo era el mal del primero; y el tercero no tenía ni pies ni cabeza, pero sí un codo indefenso. Me gustó estar en medio, también cruzar aquella línea tan recta. Sabía que ya nada iba a ser igual y que no iba a verlas venir. Tenía que apañarme con los retrovisores orgánicos que me había construido en el trayecto y con las luces (algunas más largas, otras más de cruce).    

Me gusta la sensación de suela desgastada. Sentir las tomaduras de pelo del suelo; la abrasión de los pasos dados y no dados; el frío de una pisada firme; el calor de algunas huellas inevitables. Crucé la línea por algo, no para quedarme en la pausa eterna. Si me duele es porque puedo tolerar el aguijonazo de las cosas que pasan. Lo que no pasa, ni te roza, y eso ya no me interesa... que pase. En una de las ideas que recuperé en medio del trayecto hacia la línea descubrí unos apuntes que no apunté y que decían mucho y contaban más. Hablaban de una ruta empezada en su día por partes. Lo mejor es que, a pesar de lo que parecía, nunca la había abandonado, había continuado su construcción por terrenos y áreas diferentes. No tenía la estructura de un camino convencional. De hecho empezaba en asfalto y seguía por terreno arenoso entre árboles (de hoja escrita a doble cara); pero también por charcos (a fondo perdido) o pistas antideslizantes de patinaje acrílico. 

Aquí, tras la línea se ve una vida de fallos acertados y de aciertos erráticos; y un horizonte incierto, que no confuso. Lo digo desde una mesa en un lugar que huele a madera y a prensa de ayer. Es una especie de palco que da al mejor de los escenarios, la calle. Pasan dos que piensan que son uno y se tropiezan con otra. Se para alguien a mirarse en el reflejo del local, ignorando que estoy observando cada gesto; y de pronto me doy cuenta de que el reflejo está al otro lado y quien se mira soy yo. Me asombro en parte, pero por otra me reconozco, lo reconozco. La calle me devuelve a mi sitio y continúo pintando los callejones de una travesía que se ensancha a marchas nada forzadas. Es lo que hay.    

viernes, noviembre 07, 2014

Contracturas verbales en la fiesta de la casa subordinada

Ayer me invitaron a una fiesta. No contaban conmigo en principio, pero alguien me lanzó un acento que me tildó de asistente.No estaba con mucho ánimo, llevaba unos días arrastrando una contractura en los tiempos verbales. Finalmente hice una pausa en las cosas que me cuento y pude decidir -sin interferencias- que iba a la fiesta sin previa idea de lo que me iba a encontrar. En la cocina elegí los temas musicales que me acompañarían hasta el cruce de la calle Desiempre con la avenida Puede que pase. Tardo unos 30 minutos en llegar si voy andando, que es lo que pienso hacer, caminar. Necesito ese espacio para  editarme a mí mismo un rato con mi música y mis cosas (esas que pasan por algo).
Foto del blog Are...!

A saber: un poco de fondos marinos para creerme único en la respiración, un brote de soul para animar la descompresión, destellos guitarreros para rejuvenecer y ver público que me jalee, jazz para sofisticar el ante que estreno y ska para no olvidar que tengo mi parte de rudo y de cretino. Y así con todo el equipaje me presento en una casa subordinada. Como sujeto, camino hasta el objeto directo. La puerta se abre marcadamente por el guion. No conozco a nadie, pero todos me resultan familiares. Me recibe una frase de Groucho Marx. Me aferro a ella con el lazo a una cita de Clint Eastwood. Nos paseamos por el espacio diáfano. Vemos mucha idea de éxito, otras que bailan (son las que menos consciencia tienen de sí mismas), mucho punto de inflexión tratando de convencer en sus círculos de la importancia de reconducir situaciones; por cierto, una de ellas se ha quedado encerrada en el baño de servicio. 

La frase de Groucho me deja por un rato para unirse a unas palabras que deambulan algo perdidas. Creo estar preparado para afrontar mi vacío. ¿Cómo hago para ser yo ante una teoría contraria? Lo intento. Y siendo yo recurro al truco de ir a buscar otra copa. Una historia imposible se acerca a mí. ¿Me sirves ese vino que tiene un plano en la etiqueta? Claro, contesto. Nos servimos dos y por un momento ella piensa que es posible y yo también. Nos acompaña una brisa de levante y después todo vuelve a su sitio. Ella a su imposibilidad de ser y la brisa al punto de inflexión que la reclama. Yo, cada vez más entusiasmado con aquel escenario paseo solo y observo sin implicarme. Me doy cuenta de que llevo un rato sonriendo sin forzarlo. Es hora de visitar el baño; siempre me intriga su diseño y confort...

...Está a la derecha de un palíndromo. Cuando entro, caigo en un océano compuesto por agua pasada. Es decir, por hechos que un día fueron relevantes y que hoy nadie ya quiere recordarlos. Es un ambiente cálido y de aceptación. Cuando salgo me doy cuenta de que la hora no coincide con la que supuestamente tendría que ser. El reloj no marca las horas. Lo hago, dice un adverbio de frecuencia. Con unos y con otras voy participando en contextos que me empiezan a sentir algo extraño... que no soy yo. Y eso que sólo me he bebido el vino blanco del mapa. 

Cada vez más ligero y buscando sin querer frases demasiado largas me encuentro... ¿Necesita una pausa? Le comento a un discurso. Afirma con ansiedad y me pide que me implique en sus ideas. Entro en ellas y las convenzo de que deben respirar. Están demasiado encerradas. Me pide el discurso que me quede hasta el final. No me importa así que reparto mis comas y sus elementos me dan cobijo. Pronunciada cada palabra la fiesta termina... Pero no ha hecho más que comenzar, y quiero ser parte de ello. Aquí hay mucho.