jueves, julio 31, 2014

La pisada de la ocurrencia aspirante

Nació de un dibujo inconexo en el poso de una cerveza maltrecha. En un principio fue mala idea, pero como pasaba de maniqueísmos, mutó en ocurrencia a secas. Consistía en generar opciones dentro de un ecosistema ocupado por las ocasiones y dominado por una falsa alternativa reina. Una alternativa a un todo de nada, por lo tanto a priori no había nada que hacer contra ella. Pero la inconexión del dibujo de la cerveza maltrecha también mutó y conectó posibilidades entre sí para parir esta ocurrencia luchadora.

Empezó tímidamente. Se posó en una mente, después en otras dos y así poco a poco hasta que consiguió repartirse por los huecos de ingenio y arrojo habitables. Necesitaba desarrollo, compromiso y continuidad. La tarea no era sencilla. Algunas mentes no la toleraban, pero las que querían darle cabida tenían mucho poder de agitación, así que fueron removiendo arenas petrificadas para preparar el terreno. La ocurrencia, por su parte, cogía más y más cuerpo frente a las ocasiones inmóviles. Asumía su papel, su guerra contra el parecer, e incorporaba el ser para poder resultar. La alternativa era peligrosa, sigilosa y traicionera; no por alternativa sino por falsa. Algo que inquietaba a la ocurrencia, pero como ésta había nacido con la advertencia anclada al ADN, podía soportar la inquietud y todos los temores habidos. 

La conexión entre comunes tomó forma, la ocurrencia se consolidó, tomó los atributos de idea con derecho a hecho y la alternativa empezó a notar temblores, mareos e inseguridad; salió de su contexto para respirar y tomar perspectiva. La ocurrencia crecía, la alternativa moría. 

Cuando la falsa alternativa huyó yo tenía 5 años. No me enteré muy bien de lo que ocurría, pero hoy, 36 años después, he dejado un poso sobre una mesa que invita a pensar. Y eso hago: pensar -entre ocurrencias, una alternativa, opciones y ocasiones- en aquello que pasó y en lo que no pasó, y que ahora pasa, aunque no entra en la cabeza, pero que paradójicamente está dentro. Y al final me digo: No hay alternativa, pero sí ocurrencias que se posan para aspirar. ¡Cosas que pasan!    

martes, julio 29, 2014

Estaciones y maletas comunes

Fue en un pueblo con mar, una noche después de un concierto... Hasta aquí, todo normal. Una historia que surge de una canción. Pol (desarrollador de planteamientos) conoce a Sara (periodista especializada en altas tensiones) en un cruce de miradas ajenas. Pasaban por ahí y el planteamiento de dos personas 'exteriores' generó la tensión suficiente para llevarles a un encuentro de vista y porrazo. Como en un sueño se pusieron a hablar sin prejuicios, como si se conocieran de toda la vida y con la seguridad de que siempre "nos quedará despertar". Mientras tanto, la canción de Sabina continuaba en su propio bucle. Dieron las 10, las 12, la 1... Y Pol y Sara seguían en aquel puesto de horchatas de paso, dentro de la Estación

Él, muy profesional, entendía la vida como un perenne planteamiento. Ella, igual de profesional, era una experta en limar asperezas día a día. Pero en este contexto espontáneo y vacío de tensión, nadie planteó nada, sencillamente pasó todo sin que nada pasara. Unieron escenarios e incluso programaron funciones; charlaron de cine, realidades, miserias, salieron al plano confesiones verbalizadas por primera vez... Eran conscientes de que tenían delante un tren común que coger. Evidente. Más allá de conexiones y magias. El único problema que tenían y sabían, como buenos profesionales del planteamiento y de la tensión que eran (y son), era que faltaba una maleta común. Y ese hueco pesaba. Pero lejos de agobiarse, disfrutaron y absorbieron cada instante. Agarrados a esa extraña seguridad del despertar y a la certeza de compartir algo por definir (independientes de tiempos), no desperdiciaron ni una palabra ni un silencio, ni mucho menos una posible discusión. 

Después se despidieron. Igual que la canción, y sin miedo, se dijeron aquello de Ojalá que volvamos a vernos. Así que ese tren tan evidente partió y cada uno se subió al que inicialmente se habían encomendado. Aquel día ella venía y él se iba. O al revés. Nunca se sabe.

Hoy, me cuenta un amigo -que aún no tengo- que hace poco se cruzó la mirada con una chica con ojos intensos, y que además de darse un baño en la atracción del momento observó cómo en mitad de este contexto, una pareja se encontraba después de un tiempo sin verse. Aquello le obligó a hacer un alto en su camino hacia la chica de ojos intensos para seguir observando lo que pasaba en medio de la mirada. Y pasó que se cambiaron las maletas y se subieron juntos a un tren separado... de los demás. Sin duda eran Pol y Sara. Lo dice el planteamiento que viene de un pueblo con mar atado a otro sin puerto... Después de un concierto. 

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Foto de Daniel Lasalle (Las pequeñas miradas)

Contextos por el rabillo del ojo

Ayer estaba hablando con unos amigos en la calle cuando mi rabillo del ojo izquierdo enfocó un ángulo muerto. Por ahí pasó/encajó un tipo que no... encajaba (bajo no sé qué criterio) en el contexto. Tenía aspecto de gitano rumano. Vestía un chándal con piezas asíncronas; zapatillas sin puntera, pulseras doradas, barba por necesidad, mirada con historias detrás... Y el eje de todo, un cuadro de Dalí bajo el brazo derecho. Donde tenía que haber (por prejuicio o estadística visual) un kit de limpieza de parabrisas apto para semáforos hostiles, mi rabillo del ojo percibió una reproducción (con marco sin gusto) de La tentación de San Antonio de Dalí.

Como es propio de mí (o no), abandoné el contexto principal para pasar a un plano casi desapercibido. Entré por ese resquicio que deja a veces la percepción propia para buscar una historia ajena. Le seguí de cerca, luego se alejó para tomar perspectiva y finalmente le abordé en la frutería de Jacinta (la viuda del camello del barrio y vendedor de poemas sin finales ni ritmo). Antes él, Pedro se llama,  había pedido unas frutas ansiolíticas y yo un bucle fresco. Me hice pasar por alguien que un día tiró un cuadro y se arrepintió y que al ver a San Antonio se acordó de aquella metedura de pata.

¿Lo quieres? Me preguntó Pedro, con acento rumano. ¿No lo quieres? Contesté. A continuación empezó a llorar. Le invité a una horchata en el bar del chaflán más cercano. Se identificó con mi mentira. De hecho, había salido ese día a la calle dispuesto a deshacerse de "la tentación" que heredó de su tío tuerto en 2003, pero no encontraba el contenedor, el rincón o el portal donde abandonar a Dalí. ¿Lo quieres? Insistió. No, contesté. A cambio le confesé que, al contrario que él, yo busco un contexto que no sé si he perdido o no he terminado de pintar. Yo habito en un blucle, borré mi contexto, aseguró todavía entre lágrimas. Decía que su bucle tenía asperezas, opacidades y suaves salidas al exterior; un 'espacio' de ánimo que impedía construir su contexto. En Rumanía era ingeniero de Ramificaciones (especializado en mapear los caminos que las personas estructuramos para complicarnos la vida). Y muy bueno en su campo. Me enseñó un artículo del New York Times que hablaba sobre él. Ahora ahorcaba el tiempo. Bien estrangulando recuerdos o bien disparando contra esos minutos propios que en ocasiones te pican para que pienses... 

Me habló de su familia, de una mujer desaparecida y reaparecida -ante su sorpresa- entre dudas; de un primo hermano que adivinaba el futuro del pasado, o Malbec, heredó el cuadro 'médico' de Dalí.
sea que casi casi atinaba  con el presente, pero siempre terminaba tropezando con un intervalo inesperado que le llevaba al extremo de sí mismo; de un hermano que fabricaba oídos sordos; de un hijo-padre y de una madre en Do sostenido que, junto al padre, invirtió y ganaron con los arpegios imaginados en el seno familiar; y de un tío tuerto y apasionado que sólo estaba cuando tenía que estar... De éste, de

El bucle era su lugar. Su prisión buscada o malquerida. No entré a juzgar ni persuadir, pero le pedí una linterna y permiso para darme una vuelta por alguna de las grutas que había en su mundo. Me dio permiso, una linterna de ilimitada batería y las llaves de un coche que nunca condujo a nada. Entré. Antes tuve que salirme un poco de mí. Allí dentro no había continuidad. No era un espacio caótico, pero entre los desórdenes por los que caminaba (algunos más deslizantes que otros) encontré papeles perdidos, frases hechas sin pulir, huellas profundas, termómetros atemporales y un cúmulo extraordinario de asuntos propios abandonados para ser perdidos por ajenos. 

Sentí lástima, impotencia, frustración... Nunca había paseado por el interior de un bucle. Salí y Pedro me preguntó por el viaje. Para él habían pasado dos días, para mí, 10 minutos. En realidad mi paso por allí había durado tres horas. Le contesté. Le sugerí que se diera un chapuzón en su piscina porque, aunque en ella encontraría alguna corriente traicionera, el resto eran motivos que no hacían aguas. Me fui por dónde había venido y al llegar a mi contexto por hacer vi que le habían salido dos ramas. Una muy dura y la otra preguntona. Así que seguí... Pero antes de continuar busqué un cuadro que siempre he tenido, que nunca he colgado y que nunca he sido capaz de tirar. Me lo regaló de pequeño un extraño con sombrero, por la calle. Lo encontré, lo miré y entendí varios asuntos propios. ¡Como para menospreciar el ángulo sel rabillo del ojo! 

miércoles, junio 25, 2014

Vuelta y vuelta por ese sentido

Darío decidió hacerse un filete pensado a la plancha. Se cortó con una copa en estado de reposo y entre dos aguas. Los glóbulos, en un intendo de seguir un orden en su... pulsión, pensaron que lo mejor era lo peor que podía pasarles. Cortó la hemorragia y penó la pérdida de sus pequeños pensantes, expulsados de la circulación. Se hizo la luz (al baño maría), el loco (frente a sí mismo) y el filete (vuelta y vuelta). Por un lado halló un extremo y por otro, un punto medio poco hecho; pero acertado. Un glóbulo rojo que sobrevivió al proceso lo observaba todo. Pensó en no hacerlo, pero tuvo que mirar.

Con una nueva cicatriz, un glóbulo rojo inquieto observando y el hambre de entender el mapa de su propia asincronía, empezó a comer. Antes se sirvió un vino DO. Castrunteriza. Encendió una vela, abrió una caja pendiente. Brindó. Todo estaba en su sitio y el filete en su punto.  

Uno a uno iba digiriendo los motivos que le habían llevado a su tiempo. Los incontrolables y los razonables. Unos sabían a mar, otros a ahumado. Pero todos pasaban, naturalmente, por las vías procedentes. Alguno reclamaba más atención. Por ejemplo, el que hablaba de un tiempo en el que Darío picaba entre horas y caía en su propia trampa; u otro que denunciaba el intento de aniquilación de versiones sobre sus mismos hechos (demasiado crudos)... Y el glóbulo rojo, mientras, permanecía con el gran angular activo, enfocando cada razón de ser, deseando completar su proceso global para hablar. 

Darío no es muy de postres, así que siguió vinificando copas, sin miedo al estallido, a los cortes o al sufrimiento que regala una cicatriz ansiosa por pasar como estética escara. Continuó brindando y sabiendo que en algún momento tendría que interesarse por ese microscópico pensante. Por su parte, el glóbulo, más consciente que Darío de haber sido parte de un 'mismo', se pronunció. Y Darío, preparado por fin, escuchó. Sin reproches, se despidieron. No había ni tiempo ni espacio para decirse todo lo que querían decirse. No hizo falta. Ambos sabían en qué consistían las reglas del momento que bebían. 

Y a pesar de lo imposible del concepto, se dieron un abrazo interior para circular por el sentido elegido, madurado. 

jueves, junio 19, 2014

El hilo y los principios del fin

Se pasó la noche haciendo cola. Antes, mimetizándose con un armadillo (que estaba por ahí de paso antes de su extinción), había probado a protegerse del mundo y de sí misma para intentar convertirse en una coraza con forma de bola. La cola no avanzaba muy rápido, pero no iba a abandonar. Y eso que desconocía la meta, pero sí dónde tenía que llegar... Y tanta (coraza) como deseos de no necesitarla; pero a veces las cosas son así. ¿Así, cómo? Así, contradictorias. Querer cuando no quieres o no quieres querer; o crees querer cuando crees más de la cuenta o no te crees lo que quieres cuando quieres demasiado... Perdió el tiempo en algún rincón. Junto a algunos principios. Ocurrió sin querer, sin creer, pero ocurrió. Pero los finales esperaban pacientemente su llegada de fondo.

Paso a paso, la distancia con el fin se estrechaba. Y entre el "no quiero ver", pero "lo miro", se agarraba inconsciente a esa fila de personas sin rostro. Era el único argumento de continuidad que iba quedando en su vida. Si se salía, se perdería para siempre en un espacio (agujero, hoyo o universo) lleno de nada aunque parecía disponer de todo... Un todo construido con estructuras de filtros del pasado. Cada vez más agarrotada, la sólida armadura invadía la flexibilidad que un día cubrió sus intenciones. Se apagaba despacio, se endurecía. Apenas parpadeaba. Casi no aplaudía. Y en su mente empezaba a quedar espacio sólo para los recuerdos más fuertes; aquellos que deciden aporrearnos en esos momentos tan oportunos. Entonces ocurrió durante un rato. Como Pinocho, pero sin pronunciar una sola mentira, pasó a ser madera. 

Después, en un suspiro de sublimación, logró trascender a la rigidez. Ya podía ver el final de la cola. La noche estaba siendo tan larga que no sabía ya si era una sola o la sucesión (sin pausas) de muchas. Se preguntaba ¿Cómo voy a llegar hasta ahí? ¿Cómo voy a terminar de trazar el desierto yo sola? Con fuerzas, pero sin facultades. Con ganas, pero sin capacidad de ejecutarlas. Con alegría bajo la careta de la no expresión finalmente llegó. Una figura esperaba en mitad del contraluz. Ella cayó y por un momento pensó/sintió que se ahogaba en el pantano arenoso; que el desierto era ella y no el exterior. Por un momento palideció al pensar que regresaría a la madera gestual. Pero alcanzó el final de la cola y allí se encontró con lo puesto. Echó un vistazo por dentro, alrededor y por dentro del alrededor y aunque le chocó ver que todo estaba en el mismo sitio, todo había cambiado. El contraluz y una historia (que no un travelling) llevaban su nombre.

viernes, junio 13, 2014

Periodismo ficción y el libro del pelirrojo

Escribo este post desde el más absoluto misterio de saber qué me voy a encontrar en la caseta 320 (Antonio Machado) de la Feria del Libro de Madrid. Mi viejo amigo, el que me dice que voy a estar más solo que la "menos una", me susurra con cariño al oído para darme ánimos y aguantar el golpe de humildad. Acabo de publicar mi primer libro (Periodismo Ficción), algo que nunca pensé que ocurriría. De hecho, no lo he hecho yo, sino una editora valiente llamada Elena P. Jiménez; que con todo su empeño ha montado editorial (esferaED), colecciones y un contexto de letras muy prometedor. Y en medio, un hueco para las pequeñas crónicas que llevo escribiendo desde hace un tiempo. No necesito un golpe de humildad. Estoy tan curtido, que parezco un puto sparring al borde de la jubilación. Es más, estar aquí es como estar en un podio. Ahora, tras este elogio a la pasión de la autocompasión, tengo la sensación de que hoy algo termina y comienza un nuevo y largo episodio de Periodismo ficción. Veo un Ángel caído por ahí, muchas calles entre árboles, gente corriendo de un lado a otro, libros, mequetrefes que juegan a leer, otros que de verdad están fascinados con las letras, veo muchos pesonajes. Y entre ellos yo. 

Ayer, por circunstancias, acabé en una cabina de apenas seis metros cuadrados. En su día fue el eslabón con camastro de un viejo burdel. Ahora es un microteatro a cambio de dinero. En este espacio dos actores contaban una historia sobre alguien que de momento no se atreve a dar el paso... No porque no quiera, sino porque todavía no sabe si quiere. No sabe con qué parte de la vida quedarse. Duró poco. Pero me dio tiempo a oler el miedo, el mío y el de las decisiones encerradas. 

Cuando me marché descubrí que me había salido un pelo rojo en la barba. Entonces recordé el (también micro) cuento que me contaba mi tío de pequeño... Una historia que construyó para mí. Algo así como que aunque yo era moreno, mi pelo era rojo -como el de mi madre- pero sólo por dentro... y que éste saldría si encontraba el motivo de entregar el caparazón que mi tío me regaló cuando cumplí 5.  Algo dejé en aquella cabina. Iba más ligero y con un mechón rojo que parecía estar unido a una idea aún por verbalizar. El caso es que estaba a gusto con lo puesto. 

Y ahora, en una nueva vida... En una nueva cabina, caseta en este caso, hago lo posible por disfrutar desde la mirada desde dentro. No sé si podré atinar con alguna firma, si sabré dar puntadas con o sin hilo conductor. De momento, yo, sigo cosiendo cabos con pelo rojo y palabras que follan. Mañana será otro día.

                                                                         - FIN -