viernes, mayo 22, 2015

Las doce y cinco


Su reloj siempre marcaba la misma hora, algo más de las 12:05. Sólo cambiaba el día. Pero no le importaba el día en que vivía, tampoco consultaba la hora en su muñeca; ya lo hacía en las paradas del autobús en el móvil. Para Fermín las cosas venían dadas. Pasaban. No podía parar, volver, pasar página o acelerar el paso del tiempo, con lo cual prefería no contar. Además, siempre fue una sombra a quien la información (como la luz en una cueva) llegaba indirectamente a través las paredes limitadoras en las que debía apoyarse para no caer al suelo. ¿Para qué mirar a los ojos al tiempo interpretado? ¿Por qué aceptar la fragmentación de los tiempos? ¿Por qué hacerse preguntas? No merecía la pena, pensaba. 

Una mañana que no quiso levantarse sufrió una caída en cuenta. Del golpe pensó. Y de la idea nació un minuto con deseos de despuntar y no sólo pasar en 60 segundos. Tenía una pregunta en la cabeza: ¿Qué es lo peor que puede pasar? Desconocía la procendencia y no sabía a qué atribuirla o asociarla. Normalmente para consultar estas paradojas o acertijos inconscientes recurría a Paquito el kiosquero, pero se había jubilado, ya no había prensa en la calle... Y su pregunta, en el aire. Entonces decidió someterse al sueño de la noche siguiente para lo cual necesitó ceder el paso a 12 horas con las que no contaba. Doce horas que no tenían prisa y se lo tomaban con calma. Le miraban; coquetas se reían. No entró en su provocación, prefirió fotografiarlas para inmortalizarlas. Porque, como dice, "no hay cosa que le joda más al tiempo que ser capturado". El instante les borró la sonrisa de la cara y perdieron sus milésimas. Por fin llegó la noche y durmió. 

Cuando se lanzó al fondo de sus párpados empezó a abrirse camino entre dudas, mareas de palabras, huracanes de sinsentidos, maremotos de contradicciones, movimientos de tierras inmovilizadas, mareos, vómitos de aguas tan tibias como turbias... Y al mismo tiempo pequeños retales iban uniéndose al gran tejido de una respuesta que sólo podía encontrar ya en tierra. Al final llegó. Exhausto por descanso, jadeando por la calma trepidante que mueve los interiores se contestó por sus propios canales: Lo peor que puede pasar es que pase de largo de mí mismo y termine por ignorame... Y en tonces termine. Dos semanas después escribió en una pared: "Yo paso". Al día siguiente soñó que entraba. Hoy está. 

viernes, mayo 08, 2015

El autor, algo y la causa

Tenía el proyecto claro, prácticamente cerrado. Pero algo se interpuso entre los archivos que lo custodiaban. Un algo que encontró su razón de ser en esa posición entre argumentos; pura salvación para éste. Daba igual qué contenidos ocupaban los extremos, lo importante para ese algo era el espacio transversal creado por su irrupción. El autor estaba confundido.  No entendía nada ni podía identificar el obstáculo interpuesto. Era lógico. Pura protección porque la última vez que algo (otro) se interpuso en su vida sufrió una parálisis en su mentalidad abierta que le provocó una cerrazón en la entrada y salida del recto (decidido a ser insurrecto).

Ahora no tenía conciencia de que hubiera algo en medio de su creatividad, por tanto, si bien es cierto que estaba confuso, al menos no sufría por dentro. Sólo por fuera y parcialmente. Sin embargo, ese algo sí conocía al sujeto creador del ecosistema ocupado (el proyecto), quería cuidarlo por motivos tan lógicos como medioambientales. Porque si el autor volvía al conflicto rectal sería una catástrofe. Por tanto tenía que trabajar en una simbiosis dirigida. Tenía que presentarse al autor, pero sin sustos; debía parecer un encutentro accidental consigo mismo. 

Ha pasado una semana desde el bloqueo. Una semana desde que pensador y algo se cruzaron. Ese algo ya se ha hecho con un nombre propio: Miguel Ángel Sustituido. El pensador ha cedido parte del suyo. De Renato Empar ha pasado a Pareto Sin Más. Y en mitad de una reunión interna ha llegado al asunto; ha aterrizado en la interposición, ese algo que ya es argumento, idea y ser. Se han sentado sobre sus ganas de crear y han decidido que el uno forma parte del otro. Han bastado dos conversaciones sin nudos, sin planos de transición para unir los archivos de la verdad por el mismo vínculo. Es decir, transformar los conceptos y resignificarlos (como diría el doctor Kastorcillo) para dar sentido a la nueva estructura no lineal.

Empeñados y unidos en el hecho de emprender por los pies, desde el suelo impulsor (que no carcelario), han ascendido hasta el lado material de la idea y después se han fundido en dos palabras. Han surgido tres frases y unos pocos verbos sin tiempos. El proyecto ya funciona con sus engranajes. Es autónomo. Y después de tanto tiempo invertido en entender quiénes eran algo y autor, Sustituido y Empar, saben que no pueden dominar la consecuencia, el proyecto (llamado Ruedas) no puede esperarles. Es la causa.

jueves, abril 30, 2015

El suelo discrepante

Era la tercera "o" que hacía con aquel canuto maldito. Tanto tiempo en la sala de espera le dio para pensar y dejar de hacerlo. Lo que no sabía era a qué estaba esperando, hasta que la tercera "o" le dio una pista. Entonces se aferró a ella para no resbalar, tomar carrerilla y despegar. Salió despedido con un contrato firmado por sí mismo bajo el brazo torcido. No quería volver a pararse. Estaba harto de salas huecas y de las esperas sin pistas. Inevitablemente tropezó con el aire y cayó al suelo de siempre.

Cuando logró despegar la mejilla del paso de peatones tuvo que cederlo. Como no venía nadie cruzó con los ojos cerrados delante de su propia memoria, pero ésta no le reconoció y llegó al otro lado sin recuerdos molestos. Sólo lo puesto. Pensó en saltar de nuevo y no lo hizo. Siguió andando en dirección discrepante. La memoria abrió los ojos y esta vez sí le vio, pero de refilón. Lo justo para devolverle la imagen que se dejó olvidada de sí mismo cuando se descalzó antes del despegue.

Anclado en las consecuencias no veía el momento de reconciliarse con las causas. Ya en su casa pensó que había llegado el momento de remodelar el suelo. Se trataba de que el nuevo no repitiera la textura ni los muros del que que ocupó en la infancia y adolescencia. Picó donde picaba, para rascar y encontrar muchos argumentos ocultados. Aquellos que no pudo entender en su momento. Fue rescatándolos uno por uno. había unos 100. Los colocó en orden sin orden. Estructurados. Pero a medida que iba leyéndolos se colocaban en su sitio, en su tiempo correspondiente.

Las lágrimas se alternaban con las risas. Ellas mismas, las lágrimas, se descojonaban de sí mismas; y algunas risas lloraban de pena. Él seguía atando cabos... despegando más aún la mejilla del paso. Hizo una parada técnica para tomar una taza de conciencia. Sola, sin azúcares de más. La saboreó como a la consecuencia de Victoria. Como si fuera la experiencia más consciente jamás vivida. La primera elección sin condicionantes externos. Eran las 4 de la mañana cuando terminó la colección. Aquella transición durmió como nunca.

Al día siguiente comenzó por el suelo y comió pulpo inverso con la mejor consecuencia frente él; pero de su lado.