viernes, diciembre 19, 2014

Sin ánimo de luto, Escríbelo si agita

Su idea es sencilla: fundar una funeraria sin ánimo de luto. Un centro donde no sólo se gestione la muerte sino la defunción de intenciones e interiores; de ideas o de conversaciones empezadas. Para Carlo Parole la muerte tiene un precio exacto y emancipado de la justicia. Parte de una promesa, que no premisa: "Si no puedo devolver la vida a aquel recuerdo que tanto me acompañó durante... tantísimos años y que maté una noche sin nubes, al menos velaré con ganas procesadas por sus mermados intereses. Merecerá la pena. Se llamará Escríbelo si agita".

Tríptico (Crucifixión). Antonio Saura

Pero la idea a veces desaparece, como Carlo, que se mete para adentro y de paso se va hasta el fondo para reencontrarse con el sentido del invento; incluso con el extremo de sí mismo. Luego sufre un episodio de amnesia y vuelve a su intención fragmentada. Así son las ideas, fugaces, esquivas, traviesas, fieles, abiertas, sutiles. Saben tomar la forma adecuada en el fondo idóneo y en el momento correspondiente. Algunas se lo toman con más calma, otras, más ansiosas por cosificarse, pujan y empujan. Así es Carlo, mitad tranquilo, mitad nervioso; mitad adulto, mitad niño... Y en la mitad de la mitad se encuentra otra mitad (Escríbelo si agita) y que es más de vida que de muerte, aunque a veces tontee con el bueno de Tánatos. 

Enterrado el ánimo de luto junto al hacha de guerra, sepultada la rabia por saberse (a veces) incapaz, Carlo ya ha colocado la primera piedra para escribir y velar lo que agita. Pocos le comprenden, nadie le para, todos le animan y él se entiende. La piedra está echada. Y en el fondo del plano observa cómo se aproximan desde distintas perspectivas varias urnas llenas de frases descompuestas, de pensamientos huérfanos o en coma; de ocurrencias a medias, de vistazos torcidos o de ideas fraguadas que perdieron el hilo. Carlo se anima, tiene mucho trabajo que hacer, muchas respuestas que exhumar y más preguntas que plantear a medida que llegan las palabras. Esa es la idea.


viernes, diciembre 12, 2014

El día siguiente de la noche que viene

La noche fue mágica. Él consiguió escapar del cartel para el que había sido pensado. Ella abandonó toda desesperanza. Y ellos, que iban con 'ellos',  lo pasaron en grande mirando las luces que desprendía la música del espectáculo. Hasta entonces todo parecía destinado al proceso. Roto el cartel, abandonada la desesperanza y conectadas las luces de la música, el escenario ya nunca sería el mismo. Él lo sabía, ella lo intuyó y ellos hicieron las conexiones adecuadas. La magia, en ocasiones, consiste en desestructurar los trucos que le dan sentido. Y la noche, al menos la que cerró aquel viernes de diciembre, quiso despojarse de su sostén estructurado.
Elreferente.es / Circo Price

Cuando ella pensó que era el momento de pinchar el globo, él cogió aire y ellos se dejaron llevar por la fuerza de las luces con música. Después él contuvo el aire ajeno mientras sacudía el propio. Se trataba de habitar el trapecio pero sin el riesgo de caer al vacío; suficiente con que exista el suelo. Porque el suelo se puede entender de muchos modos. Se puede entender desde su misma horizontal, desde cierta perspectiva gravitatoria, desde un plano cenital o por la tangente más transversal. El suelo es capaz de sostenerte o de reventarte; según el contexto desde el que aterrices en él. Y ellos, él y ella, tenían que mirarlo bien todo desde arriba para entender la superficie que iban a pisar.

Caballos de mar, espacios en blanco con sentido, equilibristas en do mayor, bailarinas con parche en el ojo, trucos por colores, letras emancipadas de su frase, dobles direcciones y todo por venir. El escenario estaba lleno de argumentos para construir y diseñar la historia del espectáculo a la medida indicada. Indicada entre el sentido común y la dirección aparentemente inadecuada (una flecha dibujada con semillas en un restaurante pensado para fabricar listas de cosas por hacer; una flecha que apunta y apuesta). La noche fue mágica. Al día siguiente fue difícil asumir que no todas podrán serlo. El secreto está en las listas. El desenlace, en las manos de 'ellos' y su pisada ocurrente. 



 

domingo, noviembre 23, 2014

La mirada del tuerto

Anoche me miró un tuerto, al mismo tiempo me crucé con un gato negro al pasar bajo una escalera de color, con mi as de la suerte en la manga y tres dados trucados. Y sin cruzar los dedos. Pensé en dejarlo todo y agarrarme a la  parte más reconstruida... por mi parte. Tropecé, me caí, le di un beso tierno al suelo. Mis mentiras autoinmunes me sugirieron que no me levantara en un rato; querían que sintiera la textura del asfalto. Accedí y escuché a la superficie pisoteada. Me dijo cuatro cosas y yo contesté que no. Pero antes de levantarme, lo pensé mejor y amplié mi respuesta, le dije que el beso había sido sincero; había sido un beso de despedida. Mi último tropiezo en el mundo de los escondidos. 

Reconocí al tuerto por la calle, al día siguiente. Volvió a mirarme, pero esta vez con la cuenca sin ojo. Me mandó un guiño y casi se cae. Me alcanzó de lleno con una frase profunda, pero no me tumbó. Al contrario, me elevó hasta el término medio. Ese lugar que siempre pasa de mí y que yo siempre paso por alto. Subí por la escalera de faroles que rodea la tienda de discos. Los ases me los había dejado en la manga de otra camisa; cerca de los dados trucados. Seguí a mi ritmo, el nuevo. Le di una patada al balón de oxígeno y tiré el paraguas errante.
La música sonaba diferente, por más canales, con más matices, más viento, más percusión y notas de las que retan tanto como suenan. Me agaché para reconocer el terreno y me reconocí a mí mismo. 

No estaba feliz, pero sí muy alejado de la infelicidad. Aquella noche el tuerto vino a verme.  Entonces me di cuenta de que el que había estado toda la vida mirando a medias había sido yo. Primero, porque el tuerto era Anselmo Farola, mi vecino (puerta con puerta) y no me había dado cuenta hasta hace un rato; y segundo porque hay cosas que de pronto se saben (eso sí, después de años pidiendo -quizá a media consciencia- ver, mirar, entrar, estar en ese lado...) y ya está. No voy a decir que he tardado mucho en olvidarme de los ases, porque sencillamente he tardado el tiempo que he necesitado. Y aunque siempre lleve conmigo alguno de los datos trucados, sé que se acabó el juego; empieza una partida nueva sin miradas omnipotentes ajenas y redentoras.