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Entradas

La crónica borradora

Borró tres archivos por la mañana, el eje de la crónica que tenía que entregar al día siguiente. Cada uno correspondía a un asunto pendiente. El cúmulo le pesó más que el deseo o la necesidad de resolverlos. Salió a la calle en busca de respuestas aleatorias. La calle -cansada de su rol de eterna transición- contestó con más preguntas. Ella en parte se enteraba de lo que ocurría y en parte lo evitaba. Lo mismo había sucedido con aquellos archivos. Uno fue borrado a conciencia, dos sin querer. O al revés. Nunca lo sabrá con toda certeza.

El día anterior se había registrado un breve temblor de tierra. Pocos grados, pero los suficientes para sentir lo fino que es el asfalto y el vértigo de la fragilidad. El movimiento brusco le dejó algo mareada. ¿Qué relación existía entre el miedo a caer al abismo y el borrado -accidental o no- de archivos propios? ¿Había alguna relación? Mientras paseaba sin destino marcado -sintiendo y recuperando la firmeza del suelo con sus nuevas sandalias- el co…
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La camiseta y el instante

Entré en mi álbum de fotos a buscar una referencia temporal y me encontré con esta imagen. No la había capturado conscientemente. Sin embargo mi teléfono indicaba la hora y el lugar exactos del disparo. Esa información me llevó a recordar (y situar) lo que pensaba en aquel instante. Aquella mujer tenía una mirada penetrante, no soltaba su teléfono, pero no lo abría (era de los de tapa). Tremendamente expresiva, casi podía escuchar sus diálogos interiores. Asocié sus manos y la fuerza de sus gestos a una escena de mi infancia. La clave: La Pantera Rosa de su camiseta.
Finales de julio del 82. Tenía 10 años, una camiseta de Supermán y la convicción de que esta camiseta estaría siempre conmigo. Y yo con ella. Podía sentir trasvase de poderes a través de la piel. Era feliz. Podía con todo. Pero un día en el campamento verano desapareció. Nadie, ni los monitores ni mis amigos sabían nada. Entré en barrena. El cielo se llenó de nubes a pesar de lo despejado que estaba para el resto; el aire…

Vian y el Café Crucial

Hace un año que me encontré con Boris Vian en mitad de una ocurrencia. Estaba dándole la medida justa a la casa que le vio nacer y que se dilató demasiado. Lo consiguió y a continuación nos tomamos un tiempo en el café Crucial; después hablamos del instante. Ese concepto. Recuerdo que me hizo muchas preguntas sobre la casa que me vio nacer a mí. Desde que leí La espuma de los días, me confesó, tenía ganas de charlar conmigo sobre ladrillo vista. ¿Por qué? Le pregunté. Porque por lo visto -me contó- hay escritores que no terminan de morir por culpa de un malentendido futuro con un lector concreto. Y ese era yo, y el ladrillo vista el nexo. Y él me vio desde los caracteres.

En el Crucial estaban acostumbrados a este tipo de encuentros. De hecho tienen tres mesas reservadas al café con tiempo y al ladrillo vista. Lo fundó Edagar Allan Poe durante un malentendido, no con una lectora, sino con uno de sus personajes que venía de sufrir un salto de página inesperado. Fue justo después de term…

El recorte tendido

Cuando Carlos se levantó todo estaba en su sitio, menos él, que se sentía de vuelta y media. Echó de menos el recorte de periódico que la noche anterior había tendido en la cuerda de las historias pendientes; junto a la ropa que no usa pero lava. Con el ritual del desayuno tuvo que combinar tostadas con hipótesis. La primera consistía en cuestionar la existencia del recorte, ¿habría sido parte de un sueño? La segunda, en desestimar la primera duda, ya que recordó que había escrito una nota en su móvil que aludía a la historia recortada. Tercera, pensó que se había levantado de madrugada y en un acto surrealista se la había ocultado a sí mismo. Y en la cuarta se preguntaba, si se lo había ocultado, ¿por qué lo había hecho?

Concluido el ritual y el desayuno, la respuesta llegó de forma natural. Sentado en el inodoro observó la posible escena delante de él. Se veía a sí mismo levantado de madrugada. Leía la historia del recorte entre la consciencia y el sueño. Su cara reflejaba dolor, rab…

Salidas emergentes, manos que pintaron

Madrid, agosto, primero. Metro poco vacío. Algunos/as quedamos entre líneas, ‘peatoneando’ entre contenidos y olas de calor. Y en medio, esa crónica que asoma cuando otras son arrancadas de su espacio. Los pasillos narran de cuajo. Palabras, avisos y sentidos se unen en direcciones contrapuestas para mostrarse a un público que mira de reojo...
...O en contraplanos que son poco dados a la exhibición explícita, porque prefieren las historias bajo relieve visto. Unas manos que escenifican un gesto, una actitud de relajación tensa. Es lo único que queda de un contexto que pasó a mejor brida; atado a la superposición de tramas, ideas y decisiones.  Una sonrisa de salida que no permite encontrar la entrada.

Y quienes miramos sentimos un calor frío que recorre el objetivo de la cámara antes disparar. Luego llega la captura, la descarga de resultados y emociones en bandeja de salida. Y al final del recorrido, intentamos reconciliarnos con la lógica caótica de fotografiar con un teléfono que…

Murió en lugar de la palabra

El cadáver aún tenía mucho que decir, pero no había nadie al alcance a través del cual poder expresar... Se mordía la lengua con los últimos suspiros. Las ideas que nunca sublimaron se desvanecían. La sonrisa se iba transformando en relieve, el rock en adagio y el mito en una frase por decir. Los músculos ocultaban poemas escondidos entre líneas. La rabia y el sosiego tonteaban. Quería expresar, usar su codo izquierdo para hablar lo que no estaba dicho.
...El telón caía y el público tenía un pie en la cena. Y él, como cadáver, perdía su peso como actor. Se acababa el tiempo entre vivos por mucha palabra que tuviera pendiente. Su identidad era ya lo de menos; de la pausa pasaba al corredor del olvido. Nadie estaba pendiente de él. Lo que no expusiera en ese momento se desintegraría con él para siempre. Hasta pronto, hasta nunca. El tiempo seguía su curso y no parecía hallarse ningún traductor de cadáveres por su causa en la escena.
Estaba muerto y además, muerto de miedo. Acojonado po…

Coma empírico. Una letra de fondo

Las ideas saltaron por los aires. Llevaba tiempo cebando una bomba de relojería en su cabeza. Ocurrió una noche de junio, cerca del solsticio. Se había acostado con la convicción de que no pegaría ojo y fue el ojo derecho quien le pegó a él. El interior del párpado estaba tatuado con muchos asuntos pendientes. 
En un momento dado, sin saber cómo, se durmió. Entonces volvió a ocurrir. Su ‘bocadillo’ (ese que sirve para poner palabras en las viñetas) estalló. Literal. Como sucede con una tubería cuando revienta, el caudal de imaginación y textos escritos en mente, paralelos a lo dicho, era imparable y abundante. El Sr. Dado, su vecino, le encontró en el suelo, en un charco de palabras, ocurrencias, expresiones, anotaciones, genialidades, puntos y giros. 
Ya en la unidad de cuidados cognitivos la doctora Quicio se encargó de su “Coma empírico”. Un término que ella acuñó por ser el segundo que sufría Pol en dos meses. Tenía sentido. Ambos provocados por idéntica causa, un enfrentamiento dir…