¡Cojo la puerta y me voy!

Por Candela Guevara

¡Cojo la puerta y me voy! Se me paró el mundo. La primera vez que oí estas palabras fueron pronunciadas por mi madre al final de una discusión familiar, que no viene al caso. Tendría yo unos cuatro o cinco añitos y desde ese momento mi relación con la puerta de la entrada de casa fue totalmente distinta. Me llevó mi tiempo discernir a cuál de las puertas de casa se refería mi madre, finalmente y después de observarlas detenidamente una por una, llegué a la conclusión que la puerta de mis desvelos, no podía ser otra que la de la entrada. Esa puerta bicolor, ¡es que era bicolor!, oscura la parte que daba al rellano de la escalera [con imagen del Sagrado Corazón incluida] y blanca por dentro, como las del resto de la casa. La puerta, ese oscuro objeto de deseo por parte de mi madre y durante tanto tiempo ignorada, resultaba que valía una pasta, a ver sino por qué mi madre se la quería llevar a ella en lugar de cualquier objeto de la casa o de sus propias hijas. Esa puerta debía ser herencia de algunos antepasados y tendría ahora un valor incalculable…

Estaba muy orgullosa de mi misma, yo tan pequeñita llegando a este tipo de conclusiones como las personas mayores, la que nace lista… Durante años estuve convencida que nuestra puerta era patrimonio de la humanidad, no sé si lo que me llevó a esa conclusión era la obsesión y continuas amenazas de mi madre cada vez que se enfadaba de llevarse la puerta, o fue esa magnífica cerradura con la que estaba dotada, a modo de caja fuerte que convertía prácticamente en una aventura que la llave encajara y girase y que a mí me parecía un mecanismo de seguridad de lo más, o quizás fuera la sofisticada e inservible cadenita de seguridad o la multitud de cerrojitos atascados por no usarlos, sujetos por tornillos torcidos de varios colores, no sé; pero llegó mi convicción a tal extremo, que cuando en casa recibíamos por primera vez visitas, [esas visitas rancias, que dejaban olor a pachulí y a naftalina y que te pellizcaban las mejillas aunque no tuvieses mofletes] y aunque estuvieses deseando que se fueran con sus olores, por aquel entonces había costumbre de enseñarles el pisito como si se tratara de un museo.

Yo iba detrás de mi madre ennortada con las explicaciones sobre el tamaño de las habitaciones, la calidad de los suelos y el gotelé de las paredes, ¡hay que ver que pico tenía mi madre! Cuando concluía la gira turística, en el mismo sitio donde habíamos comenzado: el hall, entraba yo en acción y muy metida en mi papel, altiva [hay que recordar que yo era un mico] y orgullosa, esbozaba la mejor de mis sonrisas y levantando la mano cual Cristobalita Colón descubriendo las Américas, decía: ¡Y la puerta! Caras, cara la que se le quedaba a mi madre claro, y la de la visita que se quedaba con la mirada perdida en el infinito, intentando averiguar si eso estaba ensayado o simplemente que la niña era idiota, muy mona, pero idiota. ¡Dios de mi vida! Han sido años de visitas y de ridículos.

Con el tiempo y los años, dejé de acompañar a mi madre en mi papel de guía turística loca, y no porque nadie se tomase la molestia de explicarme que lo de la puerta y mi madre no tenía nada que ver con el arte. Con los años también me volví más astuta, y concluí con que semejante tesoro más valía tenerlo oculto. Desde entonces no puedo evitar al entrar en una casa fijarme en su puerta y lo primero que hago es calcular el valor que tiene…

Comentarios

kora ha dicho que…
Me ha encantado tú relato Candela, yo tendría cinco o seis años cuando escuché lo mismo que tú "cojo la puerta y me marcho" dijo una empleada de hogar cabreada con mi madre, yo la miraba y no comprendía como siendo tan delgadita pudiera cargar con ella, luego me entraba el pánico, nos dejaba sin puerta, una casa sin puerta, no lo podía soportar y salía detrás de ella llorando para que no se fuera.

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