De pequeñas arpías…

Por Candela Guevara

Hay un momento preciso, exacto, concreto en el que uno se da cuenta de que ha perdido la inocencia. En las mujeres es algo más exagerado y algo más concreto. El preciso instante en que se descubre a la pequeña [o gran, según el caso] arpía que todas llevamos dentro. Porque, queridas, aunque duela, no deja de ser cierto: dentro de cada una de nosotras hay una arpía, lianta, zorra sibilina [por lo astuta… no piensen mal], manipuladora emocional y demás lindeces que se puedan aplicar al lado oscuro del género femenino. Y no es cuestión de avergonzarse o de rasgarse las vestiduras y jurar en arameo que eso no va con nosotras. ¡Mentira y gorda! Va con todas… Y no pasa nada, todo es cuestión de cultivar todas estos “aspectos”, de pulirlos, de controlarlos para no resultar ni una bruja ni una perfecta cabrona y de aprovecharnos de ellos en el momento justo y oportuno.

Yo siempre he tenido lo que yo misma clasifico como una “ética rosa”, es decir, excesivamente correcta, excesivamente empática con los sentimientos de los demás, excesivamente pendiente de no hacer daño, excesivamente “excesiva”. Pero descubrí hace años el poder pérfido de mi condición femenina. En su momento, no lo pude saborear como se merecía, durante unos años [hasta hace poco], incluso, lo callé como el que guarda el peor de los secretos…

Les sitúo: finales de los años 70, colegio católico, todo niñas [o pequeñas arpías uniformadas], catecismos, monjas, sándwiches de jamón york y queso, donuts, bolígrafos de colores, gomas de nata y él. Se llamaba Marcos, y era el único niño de todo el colegio. No entraré en detalles de porqué estaba allí, pero estaba… Y yo también.

Marcos era rubio, angelical, cuando sonreía se le iluminaba la cara y los ojos adquirían un brillo especial. Zalamero a más no poder a sus 6 añitos se metió en el bolsillo a profesoras cuarentonas, a monjas apolilladas, a madres incautas y a todas las alumnas que iban a cursos superiores al suyo. Marcos, pasó a ser Marquitos e iba a la misma clase que yo. Todo iba como la seda hasta que el nene o bien por aburrimiento o por malo o por algún tipo de posesión infanticida hizo del patio del colegio su cortijo particular, del recreo el momento perfecto para hacer cundir el pánico y de sus compañeras las víctimas perfectas de sus retorcidas fechorías. Y es que el niño no era tonto y esperaba el momento oportuno para sembrar el terror entre las niñas pequeñas que corrían como gallinas despavoridas al verle o terminaban hechas un brazo mar, hipando desconsoladas e incapaces de articular palabra ahogadas entre mocos y lágrimas. Marquitos, no era un niño cualquiera era el descendiente directo del Dr. Jeckyl y Mister Hyde.


El patio del recreo, día a día se iba quedando vacío, las ausencias en preescolar por los motivos más inverosímiles se hicieron habituales. Un ambiente de crispación se olía en las clases de parvulitos… Y ahí estaba él, la semilla del mismísimo diablo, intocable, sus fechorías no conocían límite. Yo era de las afortunadas, de las que sólo recibía una mirada amenazante, prometedora de futuros tormentos. Mi turno estaba cerca. Me temblaban hasta las coletas, tenía que prepararme.

Llegó el día. Marcos me acechó a la hora del recreo, apabullándome me llevó a un rincón oculto por árboles y plantas, no me resistí. Estábamos uno frente al otro, con una mano regordeta me aplastaba contra la pared, mientras por su boca salían todo tipo de palabras relacionadas con la extorsión, el miedo, las torturas y con toda una vida para pagarlo… No oía nada, sólo veía una enorme “vela” viscosa y verdecita a modo de estalactita que pendía de su nariz. Puse cara de póquer, levanté lo mejor que pude mi ceja derecha [ahora lo hago mucho mejor, claro], le separé como pude y le dije mirándole [con todo el misterio que un mico de 6 años puede tener] que por ser tan malo el cerebro se le estaba convirtiendo en moco, que poco a poco le iría saliendo por la nariz y por la garganta, tragándose su propio “cerebro moco”.

El efecto fue instantáneo. Marcos abrió los ojos como platos, la boca también y empezó a llorar tan fuerte que lágrimas y mocos corrían sin freno, cuanto más lloraba más moco y más cerebro viscoso, la cosa llegó a tal punto que yo también me puse a llorar desbordada por la magnitud de mis palabras. Salimos los dos del rincón hechos polvo, o mejor dicho hechos moco. Marcos no levantó cabeza ese trimestre y al siguiente ya no vino al colegio. Y yo descubrí tres cosas: una, que la inteligencia y la astucia vence a la fuerza bruta; dos, una imaginación desbordante; y tres, que tenía más que dones para pulir a mi arpía interior.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Candela, ya tienes una fan más! Me ha encantado tu artículo. A mí me pasó algo parecido de pequeña, pero con una niña, y en el mismo marco: un cole de monjas.

Te seguiré. Me mola este blog. Gracias!!
Sara

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