UNA PASTORCILLA EXTRAVIADA

Permitidme que recupere una de 'mis' entradas favoritas. Es una crónica de mi querida Candela Guevara que me recuerda mucho a universos 'berlanguianos' y a ocurrencias/reacciones ante escenarios establecidos (ante esto es así porque lo dice la tradición y punto) como son los belenes navideños. No digo más, ahí va

Por Candela Guevara (Publicado el 29 de diciembre de 2007)

Con la Navidad, a parte de “abrírseme las carnes” pensando en turrones, cenas pantagruélicas, agasajos navideños y campanadas… me viene a la mente la que di yo [a la campanada me refiero] hace ya más de 20 años. Es por el mes de diciembre cuando los colegios se disponen a despedir el año con las consabidas “representaciones” o al menos así era en los tiempos en que los colegios eran de monjas para las niñas y de curas para los niños, una época de uniformes, carpetas forradas con fotos del Superpop, donuts y Cola Cao. Una época donde sólo había lugar para un “estereotipo” de niña y que generalmente era rubia, de larga y lisa melena y por supuesto de cara angelical. Ni que decir tiene que yo [ni angelical ni rubia] no entraba dentro de esos cánones de belleza.

Representación navideña: El portal de Belén. ¿Quién era la Virgen María? Yo no, desde luego, ni tan siquiera llegaría nunca a ser San José. Eso sí he sido los 3 Reyes Magos y de algunos, incluso, he repetido. Harta de hacer de hombre y exacerbada por un espíritu reivindicativo que marcaría toda mi vida, reclamé un papel más a la medida de mis posibilidades [que yo creía que eran muchas y que estaban totalmente desperdiciadas]. Me dieron el de pastorcilla… ¡Qué berrinche!, y todo esto ante la atenta mirada de la Virgen María [el estereotipo] que nunca tuvo una cara de mayor satisfacción y las carcajadas de toda su corte [más estereotipos]. ¡Ti prometo vendetta! Me dije a mi misma con los ojos entornados y llorosos por la rabia de tan injusta decisión.

Ni Virgen, ni San José ni ya tan siquiera Rey Mago, estaba decidida a llevar esa situación con la mayor dignidad posible, al fin y al cabo me podían haber dado el papel de mula o buey, que desde luego eran mucho peor. Pero los problemas no terminaban aquí, en aquella época las madres sabían coser, todas claro, menos la mía. Así pues en las representaciones teatrales se daban cita telas de lo más variopinto; manteles, cortinas, sobrefaldas de mesas camillas, con flores, cuadraditos y dibujos indescriptibles.

Toda una explosión de colorido imposible. Las previsiones de “alta costura” para las pastorcillas ese año eran: sobrefalda muy, muy floreada de la mesa camilla, a juego con pañuelito en la cabeza, zurrón de imitación sintética de borreguillo y zapatillas de esparto. Ahhhhh ¡Me niego! Pensé, bastante difícil era ya mantener la cabeza alta como para ir encima hecha un mamarracho. Acorralada, mi mundo se derrumbaba, pase lo de pastorcilla pero lo de la falda camilla no. Mi ingenio se disparó y aprovechando que mi madre tenía mucha voluntad pero poca mano para las labores con la aguja, la convencí para alquilarme un traje más o menos decente para la función, pero claro, no lo podía hacer sola, así que lié a mi vecina [íbamos al mismo curso] de compinche, y a una vecina loca que me adoraba [no sé] para que nos acompañase a por los disfraces.

Tienda de disfraces: ninguna señal de disfraz de pastorcilla medianamente mono. Mientras, una mesa camilla con patas y un borrego no cesaban de perseguirme en mi mente. Mi compinche y la vecina loca se me estaban viniendo abajo. Y de repente… Los vi. Ahí estaban, colgados, relucientes, listos para nosotras. ¡Perfecto! Ahora lo único que tenía que hacer es mantener todo en secreto.

El día de la función mareé tanto a mi madre y a la madre de mi vecina que las pobres no se dieron cuenta de nada, es más yo diría que hasta me evitaban. En el colegio nos fingimos enfermas para poder llevar el abrigo puesto hasta el último momento. Todas a escena. Fuera abrigos. Arriba el telón. Portal de Belén: la Virgen, San José, los reyes, la mula, el buey, los pastores… y dos pastorcillas como extraviadas, tremendas: una con el traje regional de Asturias [verde] y la otra con el de Galicia [rojo], entre demás mesas camillas, cortinas y manteles; entre zapatillas de esparto nuestras zapatillas de ballet [si lo hacíamos había que hacerlo bien] y entre el borreguillo cutre de los zurrones, nuestro mandil bordado con lentejuelas. No hubo palabras, sí con los años muchas risas.

Bien es cierto, que todos los allí presentes [padres, alumnas, profesoras y pastorcillas autonómicas] sacamos nuestras propias conclusiones. En la función de verano, representamos Cenicienta. No, no fui la protagonista, esta vez hice de una de las hermanastras… Pero esa es otra historia.

Comentarios

claudia ha dicho que…
muy divertido, esto de las representaciones tiene mucho fondo.
isa ha dicho que…
Qué ternura me produce este post.

Al instante te traslada a esos abismos niños-padres que se vivían con un dramatismo ahora transformado con suerte en sonrisas. Yo no viví el drama del belén viviente por ateísmo impuesto, pero recuerdo tantas veces en las que quise disfrazarme de flor y acabé yendo de payaso, que era el disfraz que dominaba mi madre ( y muchas otras, porque siempre éramos 6 ó 7 payasos tristes).

Y qué identificada me he sentido con ese “papel a la medida de mis posibilidades, que yo creía que eran muchas y que estaban totalmente desperdiciadas”. Esto reconozco que de vez en cuando lo sigo pensando, jaja.

Me ha gustado mucho, Candela.
CYBRGHOST ha dicho que…
Creo que por aquel entonces aún no te había descubierto.
Genial.
Supongo que a veces uno tiene que saltarse el guión si quiere conseguir algo. Aunque luego acabes siendo el/la mal@.
(opinión peregrina de alguien sin ni idea)

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