Sin intencionalidad, no hay indulto. Se lo escuchaba a su padre desde crío y así se lo hizo saber al policía que le interrogó durante dos horas. Dos horas rogando que no le dejaran salir de la comisaría.
Clamando por un encierro en calabozo perenne e inmediato.
Confesando crímenes que nunca había cometido. Ofreciéndose como
hombre bala para cargar contra cualquier caso no cerrado. Por ejemplo, el de
Furciano Sobrinillo 'El rompehuesos invertabrado' (despiadado
asesino anónimo de tunos y mimos).
El policía, desesperado, le dejó en libertad
sobre fianza. Vamos, que le terminó pagando para que se fuera. Pero el de
Raimundo Ajado, es un caso más de alguien desesperado por
retrasarse voluntariamente. Hay cientos. Y desde que
los chuzos no son de punta sino que mojan sin más, se han multiplicado por 1000. Son personas que
padecen un miedo terrible, exagerado, a abrir una factura, a facturar una maleta, a doblarse la ropa, a salir de viaje,
a responder preguntas propias, a no responderlas, a ver perder a su equipo, a hacer gárgaras con azafrán,
a follar y beber, a beber y a follar, a temer...
Y por supuesto a ser idénticos. Por eso Ajado, consciente de la expansión del
mal del regreso, quiso desmarcarse, incluso pasando por encima del temido verbo despuntar.
Sacó una pistola de juguete, la cargó -
por encargo al diablo- y se guardó una bala en la recámara de su propia inseguridad. Esperó a la salida de una puerta por la que siempre pasan
tunos o mimos en su defecto. Y cuando uno de ellos, mimo en este caso, trascendió de un lado al otro...
Raimundo tiró a matar. Pero se disparó a sí mismo por error. Un fallo genético en la retina de su ojo derecho convirtió el punto de mira en espejo.
Murió al instante y sin indulto, porque la intencionalidad fue adulterada. Una pena.