sábado, diciembre 31, 2011

El secreto

Había logrado que la escuchasen en el súper. El charcutero era su última esperanza, sólo éste podría llevarle hasta la bodega donde se escondía el secreto mejor guardado de su historia. Eulalia le contó con todo detalle en qué consistía su argumento. Pero hasta entonces la tomaron por loca el pescadero, la ferretera, la verdulera, la responsable de los emparedados y el domador de carne picada con el mundo. Luis Lombía, el charcutero, tenía un punto de sensibilidad por encima de la media. Un día decidió aprovechar los lapsos (entre corte y corte, entre las múltiples impertinencias y caprichos de los clientes) y rasgar un poco más en las ideas que se le pasaban por la cabeza superficialmente para ver hasta dónde le llevaban. Además, esta práctica le servía para detectar a los auténticos listos y listas de la compra. Eulalia era una de ellas.

Eulalia Santadealta se llama. Y junto a su pensión y otros seguros de vida, sabía que su familia tenía un secreto a voces que terminaron ocultando. Ella nunca le dio más importancia de la que se suele otorgar a cualquier dicho o rumor típico. Pero la semana pasada Ernesto Torno Santadealta, un primo segundo con actitudes de tercera, se presentó en su domicilio de Castrunteriza con la intención de llevarse el secreto a la tumba. Le habían detectado un cáncer unívoco en el codo derecho y le daban dos o tres días laborables de vida a partir de pedir el secreto a Eulalia, así que no había tiempo que perder. Eulalia siempre había sido la más independiente de los Santadealta y quiso apostar con éxito por construir su propia historia, partiendo de ella. Así que no le importó ayudar a su primo; a quien se le iba la vida, ligada en pleno a la tradición Santadealta. El secreto, sin duda era suyo.

La llave estaba en el viejo súper de Castrunteriza. Se lo contó su tata -fiel siempre al apellido Santadealta- antes de emigrar. La llave abría la puerta de un espacio con forma de recuerdo y olor a viejo desván. Sólo había una persona que podía deducir dónde estaba esa llave. Porque ninguna conocía su paradero. El camino hacia el secreto estaba formado por deducciones ilógicas repartidas por las mentes ajenas de los responsables del súper. Así se dispuso en el seno de la familia: como un mapa en forma de anécdotas contadas ilógicamente a personas ajenas al 'tesoro' que lleva a la cámara del secreto familiar; y una persona con un dato más claro capaz de reunir dichas anécdotas y estructurar con ellas la puerta de acceso. Y en efecto, aquella pieza clave era Luis Lombía, el charcutero.

Eulalia, junto a su primo (pegado a la muerte), después de lograr librarse de los esbirros de Paca Retabla (la verdulera), consiguió contarle todo a Luis. Y todo porque Luis, que era una persona muy sensible, se acercó a Eulalia sin conocimiento de causa. Luego entendió la causa. Conectó con aquel dato que una clienta (la madre de Eulalia) una día metió en su cabeza. Después, como si se supiera perfectamente el guion, fue haciendo preguntas clave (con apariencia de absurdas) a los demás comerciantes para ir completando la pasarela hacia la cámara del secreto. Las respuestas no eran menos absurdas...

-(Aleatoriamente a Fernando el domador de carne picada con el mundo) ¿Por qué el gato no se asomó al acantilado?
-(Frunciendo el ceño por la incontrolada respuesta) Porque detrás del muro sólo hay zapatos ilegales y un océano oscuro custodiado por chinos

-(A Sara Dual la verdulera silvestre) ¿Qué sabes de Simultáneo Saavedra?
-(Desternillada) Que mintiendo se llega por el camino inverso

Y así, de inconsciente a inconsciente y con sorpresa, Luis trazó el mapa: Empezaba en su propia trastienda, tenían que entrar nadando los tres. Eulalia y Ernesto, antes, debían asumirse. Atravesado el océano inverso al muro de la familia Santadealta llegaron a un camino contiguo al pasillo comercial y soterrado de un Corte Inglés oculto que une por los subsuelos toda intención de venta. Cruzado el umbral del camino se plantaron en el final. Un espacio sin dimensión, pero amplio. Allí, dentro de un aspecto, estaba el secreto. Eulalia, no quiso conocerlo, Luis se lo entregó sin vacilar y ella (con alivio) se lo cedió a su primo. Te lo puedes llevar a la tumba, le dijo sonriendo. Ernesto lo agarró como si su vida fuera en ello; y después, murió. Al rato, Eulalia y Luis envasaron en papel de fiambre lo ocurrido y se dispusieron a despedirse del año. ¿Qué más? Es todo, Luis.

viernes, diciembre 23, 2011

El charco de Benet (existente o borrador)

Viene de Benet el mafioso y la entrevista ficción 1001...

...El principio de la historia de Benet se encuentra en un charco. Me cuenta que cuando abrió el ojo izquierdo no tardó en comprobar que su ojito derecho le había abandonado. Estaba tirado en aquel charco, rodeado de despropósitos propios y un montón de años perdidos. Algunos emprendedores se encomiendan a un mecenas para sacar adelante su proyecto. Otros buscan muchos inversores para no depender de ninguno. Mario Benet apoyó su vida en un escudero llamado Javier Retablo.

Le pagaba bien y a cambio hacía del hijo que nunca tuvo y acometía para él pequeñas y comprometidas gestiones mafiosas de barrio. Una extorsión por aquí, un cobro extra por allá, sutiles intimidaciones y algún que otro artículo escrito para un par de periodistas corruptos. El pequeño Javier valía para todo. Las arcas de Benet lo notaron desde que le rescató de aquel centro juvenil de mala muerte. Eran como Sonny y Calogero en Una historia del Bronx (Robert De Niro,1993) pero en versión sórdida situada en el Madrid de los 80. Se querían, se respetaban y confiaban el uno en el otro sin lugar a dudas.

Benet se sacudió la chaqueta y los zapatos para quitarse de encima el barro, los despropósitos y el agua estancada. Le dolía todo el cuerpo y tenía la ceja derecha partida en dos... Dividida, mejor dicho. Una dando por sentada la traición de Javi y la otra dudando de él mismo. Sin cartera, sin dinero y con un aspecto decrépito, que constató en el reflejo del charco cuando las aguas se calmaron, decidió refugiarse en su piso secreto, muy cerca del Manzanares.

Explica que Javier Retablo tenía ambiciones, pero siempre las compartía con él. Nada fuera de lo normal. Mario le entrenaba en el difícil arte de la extorsión, y le protegía en los momentos difíciles. Por ejemplo, si en alguno de los extorsionados afloraba el instinto de indignación y trataba de defenderse, ahí entraba el Señor Benet para dormir ese vanidoso síntoma reivindicativo. Es decir, no era el típico apoderado que abandona a su protegido al mínimo síntoma de conflicto con él. No, Mario se vinculaba a él para siempre. Eso sí, sin derecho a romper el lazo por parte del protegido. Después se veían una peli clásica, tipo La fiera de mi niña (Howard Howks, 1938) y hablaban de la vida como padre sin serlo e hijo que aprende a serlo.

Javier -siempre fiel y agradecido-, le escuchaba, preguntaba, aportaba creatividad mafiosilla, ampliaba espacios para atraer más dinero. Además, con Mario había aprendido a no ser más ambicioso de lo que podía permitirse. En su negocio entraba la economía suficiente para vivir dos vidas, pero sin ostentaciones, y el secreto estaba en trapichear legalmente. Como suena. Mario tenía la teoría de que todo ser humano necesita (inconscientemente) ser extorsionado o atracado en pequeñas dosis periódicamente; no entra en los porqués, pero asegura en esta entrevista número 1001 que es así. Y él, dice, tiene el deber moral de satisfacerles, y eso a la larga "les ayuda a mejorar". Javier entendió la lección e incorporó la teoría sin contemplaciones.

Horas antes de amanecer empapado de sus miserias en agua estancada y sin noticias de Javier, habían quedado con una madre mafiosa que tenía algo que decirles. Se llamaba Matilde Mazorca y era la verión de Benet al otro lado del charco (de la otra orilla del Manzanares). Se conocían desde críos, y se rumoreaba en círculos (sin cerrar) que eran hermanos separados por una infancia oscura (de la que Mario no me habla); pero no se hablaban desde tiempos colegiales. Javier fue quien hizo posible la reunión. Benet accedió. Era una tarde fría, con el cielo rosado y el suelo congelado, menos ese charco.

Quiero proponerte un trato, Mario, arrancó Matilde. El trato consistía en compartir a Javi y a cambio ella donaría una parte de sí misma a esa relación. Una parte de sí misa compuesta por ella y un porcentaje de sus recaudaciones (dinero, historias ajenas, almas rentables, dudas cicatrizadas en almoneda, cinismos frescos...). Benet no lo vio claro y amplió el trato a la posibilidad de acceder en todo momento a sus intenciones a través de la desmemoria. En ese momento sintió un golpe en la nuca. Después sólo recuerda el sabor de sus errores empapados con el agua del charco.

Cuando llegó a su piso del Manzanares repasó los hechos. Lo veía todo turbio, pero con los claroscuros necesarios como para encontrar algo de certeza. Javier desapareció. Las teorías que empezaban, morían rápidamente. Con los días, los meses y los años todo pasó... Hoy han transcurrido más de 20 años y desde ese día, no ha vuelto a saber nada. Cambió extorsiones por verbos descatalogados y abrió una tienda sin trastienda en la que vende colecciones de tapas desgajadas de sus libros. Cambió de barrio y se hizo el muerto para enterrar su pasado. Ahora, quiere que le ayude a saber si existe o es un borrador.

miércoles, diciembre 21, 2011

Benet el mafioso y la entrevista ficción 1001

Hoy he hecho mi entrevista número 1001 como periodista ficción. Se la he realizado a Mario Benet, un mafiosillo de barrio que ha decidido cantar. Su época de esplendor tuvo lugar entre finales de los 70 y mediados de los 90. Dio conmigo a través de una voz perdida que procedía de un teléfono ajeno en "el 52" (autobús regular de la EMT). Aquella voz hablaba de mi supuesta hablilidad para cominicarme con personajes borrados o directamente inexistentes. "No, no está loco, ni es un medium; sencillamente se interesa por ellos y después ellos le hablan, le putean o le presentan a terceros", decía aquel... tercero. Aquello conectó a Benet con la conversación. Después, a pesar de su tercera edad, Benet recordó su agilidad en el arte de la sustracción y se apropió de aquel 'móvil' para llamarme.

Acostumbrado a dicha costumbre no me sorprendió su llamada. Desde el principio me interesó su historia. Hablaba de decadencia; de buenos momentos; de reflexiones mafiosas mezcladas con dinero circulante e indiferente; de traiciones y pasiones; de letras ensangrentadas. Pero sobre todo, tenía una historia (a medias) que contar, una trama que si fuera una película planteraría un principio claro, un nudo grueso y lleno de rugosidades oscuras, pero sin noticias del FIN. Y para eso Benet había acudido a mí, para conocer el final (si es que lo había) y para saber si él estaba entre los directamente inexistentes o entraba en la categoría de borrados.

jueves, diciembre 15, 2011

Raúl y el 600 verde

Se llamaba Raúl, mi amigo durante 3º y 4º de EGB, allá por los 80s. Como muchos compañeros dejaron aquel colegio, el San Juan Bautista, para entrar en las filas educativas de otro centro. No tengo un recuerdo muy nítido de aquellos años, pero sí sé que Raúl siempre ha ocupado un lugar especial en mi cabeza. Entrañable, simpático, compañero, generoso, educado, rápido, listo, llevaba adjuntos estos y muchos más adejetivos, y muchos más que amplificó con los años. 

No hablaba con él desde 6º de EGB hasta que un buen día, tras colarse en un recuerdo y pasar a protagonizar un post en Periofismo ficción después, Facebook nos volvió a juntar. Así son las cosas, de pronto se te cruzan los cables, rescatas un nombre y al instante te ves charlando (en formato adulto pero con las estructuras de la infancia) con tu amigo de entonces. Le busqué después de escribir aquella entrada (que no consigo encontrar), la foto de su avatar no dejaba lugar a dudas. Era él, la misma cara pero con el gesto de llevarse bien con los años. En brazos sostenía a un retoño llamado Guille, que confirmaba esa buena relación con el tiempo, su tiempo. Le mandé un mensaje inmediatamente y al rato ya tenía una respuesta.

Me confirmaba que era él y yo a él que yo era yo. ¡Qué cosas! Confirmadas sendas identidades charlamos un rato por escrito. Se rio cuando saqué a la luz aquel 600 verde en el que le veía marcharse con su madre y sus dos hermanas cada día a las 17h, después de las clases.

Es curioso cómo durante años no verbalizas sentimientos ni recuerdos y en un momento, hablando con una persona con la que no has hablado en 30 años, te llegan hasta los olores de tantos instantes (de los pasillos de EGB, la merienda de las 16h, el serrín en el suelo en los días de lluvia, etc.); incluso imágenes 'inéditas' que permanecían en 'archivo' junto a las 'editadas'. Quedamos en seguir en contacto, le felicité por su paternidad y él a mí por la mía futura; nos despedimos. 

Desde finales de 2009 no volví a saber nada más de él. Tampoco actualizaba su muro, así que pensé: se habrá cansado de Facebook, ya nos volveremos a encontrar. Pero el otro día me llevé una alegría enorme cuando su hermana Miren se puso en contacto conmigo. Hablamos un rato y también se rio con el recuerdo del 600; ella también era parte de aquel vehículo. Y la alegría se esfumó cuando me dijo que su hermano había fallecido en un accidente de tráfico el 12 de enero de 2010. Apenas unos meses después de nuestra efímera y virtual conversación. 

El 6 de diciembre habría cumplido 38. ¡Hasta siempe, amigo!

PD.: ¡Ánimo, Miren y toda la familia!

sábado, diciembre 03, 2011

El papel tras el buzón con voz

Llego cansado (muerto) después de una semana muy intensa. Cuando abro el buzón (el de siempre, el que alberga cartas en sobres de papel y panfletos publicitarios) una voz sale del fondo. Impostada, tenebrosa, pero conciliadora. Me invita a palpar bien el interior del buzón, porque hay mensajes sin leer; correspondencia que no ha sido correspondida. Me quito los guantes y meto la mano hasta el fondo. Descubro una compuerta que jamás había visto. Apenas llevo unos meses en mi piso, es viejo y paso poco tiempo en él. Y francamente, hace mucho que he abandonado la costumbre de abrir el buzón. Desconocía la existencia de esa entrada profunda.

Como si me poseyera el mismo Inspector Gadget, alargo el brazo hasta una distancia que jamás habría alcanzado sin no es por esa intriga que tanto estira. Abro la puertecilla y paso. No sé cómo, pero logro entrar; seguramente me he convertido para la transición en agua (my friend). Entonces salgo de mí... "para volver en sí", sugiere la voz. Me encuentro en una habitación que curiosamente se parece mucho al dormitorio de Van Gogh, pero en lugar de su cama hay una butaca de patio y ese personaje que siempre muere en las películas. No tiene una cara concreta, sino muchas. Es ese tipo que termina siendo sacrificado por sistema en beneficio de sus amigos de reparto. ¡Una jodienda! Me dice, para después invitarme a sentarme y a un vinito (garnacha de la buena).

Por supuesto, la voz del buzón era suya. Me propone una misión, acabar con los guiones del mundo que lleven implícito un personaje que siempre muere para dar emoción a la supervivencia de los protagonistas. Trato de convencerle de que las cosas funcionan así, que los protagonistas son los que despuntan, pero que no pasa nada por no serlo... Le hablo de los beneficios de las segundas filas. No me lo discute, lo único que quiere es aniquilar su papel. Como el vino está muy rico, decido meterme en su película. Es más fácil empatizar con los taninos graduados trabajando por dentro. El personaje no tiene nombre, pero decido bautizarlo como Martín, por no llamarle mártir, que puede sonar irónico y por tanto ofenderle después... Y claro, me da que sin su ayuda no podría volver al otro lado del buzón.

Martín no tiene infancia, no tenía nombre y no tendrá futuro. Lo sigo intentando, pero ni soy una ONG ni psicólogo ni mucho menos un maestro en el difícil arte de la persuasión educativa. Martín va desesperándose. Su discurso se intensifica, sus puños enseñan el riego de desesperación a través de sus venas, cada vez más marcadas. La impostación de su voz pierde sentido. La mirada se desvanece a medida que le voy apartando de la esperanza. Pero no está dispuesto a rendirse; es el único en su especie que a pesar de morir una y otra vez, siempre termina sobreviviendo en silencio y al otro lado del buzón. Se levanta -aferrándose posiblemente a la última pila de energía que le queda- y me agarra del cuello. Me zarandea y me acompaña hasta su trama. Me lanza a un vacío muy frío, y caigo en manos de un grupo de protagonistas que caminan a la ventura en mitad de un sendero peligroso. De pronto, me aplasta una bomba y me mata, como manda el papel. Ellos continúan y rubrican un final feliz. 

Desde el otro lado, veo cómo ellos, los buenos vivos, me rinden tributo. Desde el buzón, afónico, trato de gritarle a la portera para que me eche una mano y me devuelva a mi sitio, pero nadie me oye. Martín no me habla y está en otra película. Me temo que tendré que inventarme un guion para salir de ésta. La voz se me está impostando y llenando de tenebrosidad.

miércoles, noviembre 16, 2011

Vínculos oculares

La siguiente historia que procede a continuación tuvo lugar un lunes de noviembre de 1991:

Millán y Lucía, dos desconocidos, a la altura del 9 de la calle Maestrillo Valle, se enganchan con la mirada y desde ese momento, las 10:30 horas, pasan tres días hasta que un cuerpo especializado en vínculos logra separarlos.

Al principio la gente pasa a su alrededor sin percatarse de lo que sucede. Pero como siempre hay alguien que vuelve y vecinos que pasan más de una vez por el mismo lugar, la imagen de dos personas (congeladas), mirándose sin moverse del sitio con expresión de angustia empieza a llamar la atención. Sin embargo, pasa un buen rato hasta que alguien se interesa por la situación. 

Mientras, extenuados por la... prisión ocular, Millán y Lucía apenas pueden pronunciar palabra. Es Lucía quien rompe el hielo sin inquietar la mirada. ¿Qué ha pasado? No lo sé ¿Nos conocemos? Creo que no ¿Puedes parpadear? No. Yo tampoco ¿Qué hacemos? Ni idea, nunca me ha pasado algo así, pero sigamos hablando, que descansa la vista. Es cierto, ¿puedes moverte? Ahora sí, pero no puedo caminar. Entonces pensemos...

Por fin Ramón Tifh, el dueño del estanco para no fumadores se acerca y habla con ellos. Es él quien avisa a los especialistas en vínculos. No sabía que existía una unidad así dentro de la policía, dice Millán. No son de la policía, contesta Ramón, y añade: Son bibliotecarios de páginas sueltas, sin tapas, expertos en atar cabos sin pliegues más allá de las historias que las parieron (a las páginas).

Yo conocí a uno hace años, cuenta Lucía. Nos miramos a los ojos, pero nunca nos enganchamos... ¿A qué te dedicas, Millán? Al cultivo de discursos estructurados. Ayudo a las personas a construir argumentos partiendo de ideas brillantes o llamativas, pero inconexas ¿y tú? Yo trabajo con mayoristas de conceptos rebuscados. Ramón sonríe y concluye: Ese experto al que no te enganchaste, Lucía, es mi sobrino. Y lo más curioso del asunto es que tuvo que desvincularse de su deseo de enrolarse para ir a la Guerra de datos* para hacerse un experto en vínculos.

Cuando el sobrino de Ramón logra separar a Millán y Lucía atan cabos... Desde entonces son inseparables. Años y muchas conversaciones después se dan cuenta de que tienen otra cosa en común muy llamativa: ninguno de los dos lloraba desde la infancia, hasta que lograron desengancharse... de córneas para fuera. Pasaron un día entero con los ojos llorosos. Hoy no tienen problema de llanto y sueltan la lagrimilla cuando procede. 

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*La Guerra de datos duró cuatro años, tuvo lugar en Tallín (Estonia) entre 1990 y 1994 por culpa de un malentendido entre periodistas mal informados.

lunes, noviembre 07, 2011

REC

Aquella noche se dejó la cámara grabando y al día siguiente descubrió que actúa hasta cuando cree no actuar. Cuando piensa, cuando habla por teléfono, cuando se atusa el bigote, cuando se queda en blanco, cuando se pelea consigo mismo, incluso cuando todo se la suda. Siempre actúa. Desde ese día Raimundo Terrón no cierra una puerta por miedo a quedar 'al otro lado'; evita abrir las ventanas de par en par y sólo lo hace en días impares; y mete su cámara dentro de un cajón vacío.

El problema es que la cámara sigue grabando esté encendida, apagada o condenada en el fondo de un mueble bar. Cuando se la compró a Yan Chi Tao, 'el telonero de fondo' (quien tiene historia aparte), actuó sin conocer el papel que interpretaba en aquel momento. "Esta cámara lo glaba todo", aseguró Yan Chi, y Raimundo se limitó a pagar... Y a contestar sin pensar: "Justo lo que necesito". El miedo a quedar al otro lado, al par de las ventanas o a no mirar al objetivo le están pasando una factura sin resguardo.

Cuando duerme, el visionador se conecta automática y autónomamente, y la cinta empieza a pasar su vida ante él, al mismo tiempo que la cámara no para de grabar. Raimundo ya no sabe cómo actuar, no sabe por qué era "lo que necesitaba". Se ve actuando, se ve ignorando, asumiendo, observando, aprendiendo, pero siempre con un ojo pendiente de un objetivo. De pronto ve algo que le llama la atención, rebobina, congela la imagen y se descubre en un plano sin pretensiones. Trata de aferrarse a él como si fuera su última esperanza de encontrarse con vida. Pero el plano desaparece y la secuencia sigue adelante; y la cámara... grabando.

A las 17h del día 20 de marzo de 2000 la policía encontró una cinta en el piso de Raimundo sin rastro de Raimundo; y con las ventanas abiertas de par en par. Román Bofríz, el agente que lleva el caso, lo sigue llevando... como puede. Hoy continúa visionando y asombrándose de la actuación de Raimundo. Lo misterioso del asunto es que la cinta, en teoría, ya tendría que haber terminado de pasar una vida por sus bobinas. En cambio no parece tener fin y Raimundo no aparece por ningún lado, pero sí al 'otro lado', al que tanto temía.  

viernes, noviembre 04, 2011

Una resonancia patética

Cuando se lo pensó la tercera vez supo que había perdido el tiempo con las dos primeras. La inicial por no prestar atención a las palabras que no decía y la segunda por decir lo que no debía. Sin embargo, Elisa Detierra, tuvo la astucia de proporcionarse una tercera oportunidad. Se había cortado un dedo antes que un pelo, lo que le sirvió de trampolín para saltar a su propio abismo de ignorancia. Lo hizo de noche, en mitad de una dulce venganza ejecutada dentro de pesadilla; y tras pensarlo tres veces. Saltó, sin miedo, sin tapaderas, sin protecciones, libre de complejos y con los ojos abiertos.

El golpe fue considerable. De una herida no brotó sangre, sino animadversiones en forma de lascas talladas con traumas indelebles. Por un momento creyó arrepentirse, pero estaba tan aferrada a esa tercera oportunidad, tan convencida de su último/único recurso, que ni siquiera pensó en el torniquete... Al contrario, sabía que su propia naturaleza cortaría la hemorragia en el momento preciso.No giró la vista, aceptó la supuración y lo imborrable del asunto.

A medida que pasaban los minutos, los segundos se estancaban, las horas seguían su curso y los días se hacían más cortos. No había transcurrido un año cuando salió de su asombro al comprobar que permanecía en el abismo que tanto había mimado. No había nadie más. Sólo el eco, que le servía para poner en boca de otros lo que llevaba con ella: malos humos, envidias, los calores fríos, los picores ante palabras urticantes, pero también los méritos o los logros. Como ella escribe en el libro que nunca ha publicado: "Era mi propia resonancia patética".

Las muescas en las paredes rugosas del abismo de Elisa marcaban el tiempo. Cada hendidura le recordaba, uno a uno, los despropósitos de una vida a medias; las fotos sin colgar -todas en el suelo apoyadas en la pared- eran el reflejo de una eterna transición; las hojas de cuadrículas con palabras intentando significarse, hablaban de permanecer en el nudo por miedo al desenlace; los errores incrustados entre los pocos adoquines del abismo eran parte ya de un todo sin perfilar... Aquella cueva sin luz tenía tantas cosas por atar que Elisa no veía el momento de partir/parir/ascender. Sólo la convicción de haber acertado pensándoselo esa tercera vez, le proporcionaba certeza y alimento.

Pasaron más horas, minutos, años o segundos... En un momento dado decidió contradecir a su eco,  éste no cuestionó la voz, se produjo un chispazo simbólico (pero visible) y ella empezó a ponerse a parir; y del efecto volvió a nacer. Al día siguiente estaba 'fuera', sentada ante su tabla con dos borriquetas, frente a la ventana que da a la taberna del Tío Fausto, escribiendo sin parar sobre la experiencia... Desarrollando el libro que jamás ha escrito y que tiene un final que seguró pensará por tercera vez.

jueves, octubre 27, 2011

Pormenores de un final que no empieza

Empezó por el final, como de costumbre, para tardar más en comenzar de nuevo. Así se plantea la vida Benigno Ronda, como un libro que no termina de empezar sin entregar un final a cambio. Cuando le conocí, por casualidad, yo acababa de hacer mi foto número 1000 sobre las consecuencias de tirar al suelo un adjetivo mal sustantivado. ¡Menudo coñazo! Exclamó Benigno y añadió: Así sólo vas a conseguir un ejército de exabruptos contra su propia calavera. Yo lo haría mejor... Por entonces yo andaba bajo la influencia unas agujas de acupuntura para la indiferencia; así que me lo tomé como una crítica constructiva sin apenas remover mi mala hostia.

Benigno Ronda recibió varios golpes a su estado infantil con apenas 7 años. Uno de su padre Colmo, negándole mendrugos de pan por soñar con profesiones inexistentes; como la de encofrador ideas táctiles en cabezas esquivas. Otro de su madre Bendita, cuando de bebé le negó una teta por ansioso. Uno más de su tío Casco, al negarle la entrada a una comida... de cabeza colectiva y familiar. Hay más, pero son estos tres los que le marcaron especialmente. Desde entonces, como decía más arriba "no termina de empezar sin entregar un final a cambio" y encima se permite el lujo de criticar mi trabajo con las fotos sobre las consecuencias de tirar al suelo un adjetivo mal sustantivado. Trato de entenderle, pero yo también tengo mis golpes del pasado.  

Pero lo que me ha llevado a escribir sobre él, más allá de su peculiar forma de vivir modificada traumáticamente y regulada por sí mismo, es una charla que ha tenido hace unas horas con Camino la dueña de una tienda que lleva 10 años cerrando y que nunca termina de hacerlo. Vende pormenores, caras B, cruces de la moneda y complementos que no casan con nada. En la conversación él hablaba del futuro. De un futuro en el que pensaba librarse de su parte competitiva, la que le lleva a reaccionar antes que a escuchar. "Compito hasta con mi sombra, Camino. Y es muy cansado, al principio pensaba que era cosa de los demás... Que era mi vecino, mi amigo, tu amiga, el de más allá quienes siempre tenían que añadir una nota de superación sobre mí".

 -Fíjate en mí, no termino de cerrar lo que empecé por falta de claridad
-¿Claridad?
-Sí, no entiendo qué me llevó a comerciar con pormenores, cuando todos lo elevan al tamaño del granel
-¿Necesitas un final?
-Como agua de mayo
-Yo necesito empezar por ahí

Ambos desesperados, más absurdos que la competencia en ojo propio... Y yo tomando nota del momento, sin darme cuenta que estaba siendo parte de aquella secuencia de pormenores y caras B. Cómo no, les he hecho una foto. El asunto tiene mucho que adjetivar y las consecuencias pueden ser más que fotográficas. Está por ver. Quién sabe, puede que descubra cómo empezar lo nunca empezado y terminar así un final que ni siquiera tiene apoyo en origen desconocido.

martes, octubre 18, 2011

El cruce

La noche terminó con un glorioso: "Hijo, yo soy tu padre" y unas risas auténticas llenas de sentimiento. Muertos de risa padre e hijo dibujaron los pasos avanzados hasta llegar al punto de partida. Ahí se despidieron hasta otra. En el semáforo se encontraron por casualidad en una ciudad llena de gente y restos (de todo) sin apego a nada. Poco antes de despedirse habían dado un paso más, cada uno en su fuero interno pero también de cara al exterior, en la aceptación de que el tiempo (aunque no llueva) cada vez se desliza más rápido por las aceras y el asfalto. 

Eso fue con el último brindis. El anterior, marcado por un ribera llamado Terrible que estaba terriblemente rico, sirvió para llorar de emoción y reír de pena por los tiempos pasados; la ausencia de reproches, y los fuertes sentimientos del presente. Aquí, en este paso, hubo muchas palabras, ninguna vacía, que pedían ser escuchadas y saboreadas paralelamente al goce que se estaban dando sendos paladares. Así lo hicieron. Se escucharon como nunca antes lo habían hecho. Estaba claro que lo espontáneo del momento, regado por una casualidad a pie de semáforo, otorgaba al momento un sabor que sólo podía disfrutarse sin previo aviso.

Apoyados en la barra de una cantina que nunca ha existido, pero que paradójicamente tiene nombre propio (La Taberna del tío Fausto), se tomaron la primera copa. Después llegaron más que no están entre estas líneas por nada en concreto. En esa primera que inauguraba el encuentro había ganas de romper estructuras 'de siempre'. Un padre que quería seguir siéndolo pero sin dejar de guiñar el ojo a su interno aguerrido infante, y un hijo adulto que a pesar de ser padre y haber superado al hijo (no menos paladín) deseaban dejarse de historias. Despojada tensión, erradicado el hambre de anteponer y aniquilado el ansia de ejercer, ambos charlaban. Sin tirones, sin calambres, sin frases defensivas, sin nada más que lo puesto.

Pasada la línea, el hijo entendió su ansiedad infantil de querer amarrar los mejores momentos con un seguro a todo riesgo que garantizase un gozo posterior, lo antes posible. El padre por su parte, sencillamente se relajó aún más... Por fin, ya no había tensión que mantener. Y aunque estas últimas líneas suenen a conclusión explicativa, he de decir que no lo son. Porque esta historia no tiene principio y en principio, no sé por dónde tirará el final.

miércoles, octubre 12, 2011

El núcleo que todo lo tapa

A Robin Pascual últimamente le caían más chuzos que nunca; sin punta, pero que joden igualmente. No parecía haber cambiado nada en su vida. Seguía siendo el mismo tipo discreto que factura varios miles de euros al mes por analizar mutaciones en el sistema orgánico del rencor ajeno. Sin embargo, el entorno empezó a reaccionar contra él. Primero fue Eugenio el radical (el de la tienda de ultramarinos), cuando por las bravas y tras una discusión con Juani (su amante invidente vidente) volcó su ira contra Robin a través de un pavo trufado de fracasos...

...Al día siguiente Madariaga (el párroco buceador sin empleo que emplea su tiempo en hacer de zahorí urbanita) le denunció por robarle el sueño "aquella" noche de marzo. Antes, Sandra Sacristía (la presidenta de Elásticos Carburos SA), sin más, le daba una patada en el gemelo derecho mientras le reprochaba algo en Japonés. Ya por la noche, dolorido, empezó a repasar los hechos. En mitad del proceso tropezó con una idea que le rondaba en la cabeza y que le estrelló contra un sueño... contra sí mismo. Después se desveló.

Ayer se levantó de bajón, se miró al espejo y a través de sus profundas ojeras llegó hasta el núcleo del rencor propio, el que le había llevado a lucrarse con el ajeno. Ese núcleo estaba compuesto por recortes (planos de su vida que había cortado/editado en favor de una película manipulada). El 80% eran descartes (pasos dados hacia atrás); el 20% puro miedo. Después de desayunar le dio la vuelta al espejo y encontró un panel lleno de argumentos constructivos e inconscientes que se habían escapado gracias a un resquicio abierto por las dudas. Se habían pasado la vida sepultados bajo el núcleo de recortes.

Hoy, arruinado y contento, no sabe por dónde empezar...

jueves, octubre 06, 2011

El eje se oxida

Volvía a casa, en modo desescombro propio, cuando a la altura del betún hallé el contenedor de la foto. Entonces empecé a pensar en lo mucho que están cambiado las radiografías de los pisos (y no hablo de los desahuciados). Yo, a pesar de vivir con medio cuerpo en internet, sigo empezando la casa por el tejado y el salón por la tele. No tengo todavía la estructura interna de la generación mutante, la pulgarcita*.

Es cierto que leo más y profundizo menos (menos en lo importante); es cierto que veo más series que cine; es cierto que hace mucho que no me compro un CD; es cierto que veo más marcadores deportivos a tiempo real y/o resultados a través de mi iPhone que los partidos en sí (salvo por Nadal y el reparto de juego de Xabi Alonso, el deporte me empieza a aburrir); es cierto que cada vez me gusta menos ir al cine por que no soporto a la gente que me mastica al lado (que suelen ser los mismos que no saben callarse durante un ratito) y termino minimizando -y ajustando- este arte a las dimensiones de mi tele... Es cierto.

Pero aún ella, la tele, aunque muchos desgraciados la maltratan desde dentro, sigue siendo para mí, el eje del salón (o saloncillo). El contenedor me recuerda a dos conversaciones que me hicieron pensar el otro día. En la primera, Luv Sayal (fundador de iWeekend) me decía: Yo no veo la tele, de hecho no tengo... Poco después, en otro contexto, Álvaro Verdoy (organizador iWeekend Castellón) decía la misma frase: Yo no veo la tele. Entonces me di cuenta de que esa frase, Yo no veo la tele, había dejado de ser símbolo de una postura antisistema televisivo o una pose absurda, para convertirse en una alternativa real a la de empezar el saloncillo por la tele. La mía y la de tantos.

Ahora, recogido el contenedor, me doy cuenta de que 'cambiar de canal' además de ser una acción obligada, es una expresión en extinción. Es lo que tiene el verbo desescombrar.
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*A través de Twitter llegué a este interesante artículo de Gabriel Navarro.

domingo, octubre 02, 2011

Flan, el copiador de interiores

Se llama Joaquín Flan, no recuerda dónde nació, tiene media edad, un vaso por llenar y ha desarrollado una extraordinaria habilidad. De lejos los más cercanos a él no salen de su asombro. Es capaz de extraer una copia de una parte interior de alguien e incorporarla a sí mismo... Cuantas veces como quiera y sin reparar en efectos secundarios para los demás. Por ejemplo, hace una semana decidió adquirir: los deseos realizados de Bruno Maraña, el ingeniero parado del barrio; o lo aprendido por Rosa Dada (la lista) durante el último año en la Escuela Utópica de Estrategias prototípicas.

Ni Dada ni Maraña notaron nada en un principio, pero poco después, comenzaron a sufrir extrañas réplicas internas procedentes de la cara (dura) del estómago. Réplicas contra aseveraciones propias. A la semana, se habían convertido en personas disconformes con todo lo que venía de dentro; contradictorios crónicos. Evidentemente, Flan, que en el fondo es un buen tipo, no sabe nada. Él disfruta de la diversidad que crece y puebla su vida.

En el proceso Joaquín aprende y favorece el crecimiento de su red de posibilidades. Entre los deseos de Maraña encontró el intelecto de terceros a los que pudo copiar y por tanto adquirir sus logros impensables. Por ejemplo, Maraña amaba a Sara Saltilla. Sara Saltilla tras muchos años peleando por responder a decenas de porqués, halló respuestas importantísimas. Flan se hizo con ellas sin pasar por el proceso de búsqueda de Saltilla. Saltilla hoy sufre las consecuencias, no cuestiona nada y recibe todo a pies juntillas. Mientras, Joaquín suma y sigue.

Y ahora se ha encontrado con un problema: mientras dormía ha caído en un enlace de Nacho mientras David Schudger, trataba de ponerse en su piel.

miércoles, septiembre 28, 2011

Tu link me lleva a mi sueño

Nacho es un experto en enlazar sueños de otros a través de su blog. De repente estás hablando con tu amigo o enemigo de turno en mitad de tu mente dormida y te despiertas vagando en una web completemente ajena a todo. Reconozco que a veces me ha jodido grandes momentos, pero también me ha regalado situaciones irrepetibles. Una vez, salté de una pesadilla en la que Chanquete se travestía en mitad del lado oscuro de la fuerza y confesaba ser mi padre, a un blog especializado en orillas de mar sin bordes en el horizonte. Pero hay más personajes...

A mi amiga Natalia por ejemplo, en una ocasión Nacho le dejó en manos de unos expertos en 'lo suyo' cuando estaba a punto de 'hacérselo' con Johnny Weissmüller en modo Tarzán. Su vida, la de Natalia, cambió radicalmente al despertar. Supo sin ambigüedades que necesitaba estudiar/examinar más en profundidad el terreno propio, con o sin expertos, más allá de junglas personales.

Rofolfo, el primo de alguien que nada tiene de tonto, acabó incrustado entre viejas entradas que nadie había leído. Todas interesantes, todas abandonadas por el ritmo de la actualidad. Apenas un par de comentarios le recordaba a Rodolfo que había opciones de conversación en el mundo. En el sueño desde el que partía se disponía a ahogarse en un barreño lleno de azucar y chistes malos.

¿Y cómo un tipo como Nacho se especializa en linkar a unos con otros entre post e ideas incoscientes? ¿Cómo lo hace? No hay experto ni en redes ni en informática o psicología que explique 'lo suyo'. Y él, reconoce, no sabe cómo ni por qué lo hace. Sencillamente... lo hace. A veces ha querido perderse entre sueños, propios o ajenos, pero no lo logra. Está limitado a mover la cruceta de los demás. Y lo peor es que no duerme (o no sabe que duerme) y aunque intenta enlazar ideas, no consigue cuajar.

martes, septiembre 27, 2011

El gusano de Schudger y el cobaya

Por Augusto Segundo

Se llama David Schudger y una empresa (muy grande) le tenía atado por contrato desde 1999. Su misión era idear, diseñar, desarrollar y propagar los virus más dañinos -y retorcidos- por la Red. Pero su 'contrato de permanencia' ha caducado y no ha habido renovación. Desconozco los detalles. Lejos de ser un motivo de angustia, para David ha supuesto la liberación de su vida... y obra. No ha tardado ni dos días en montar su propio laboratorio.

Hace no mucho me comentó que estaba trabajando desde hacía tiempo en un ser superior a todo lo que conocíamos hasta hoy. Un mutante llamado Gusano capaz de traspasar los límites físicos y penetrar en la piel de las personas. Y desde ahí remover las entrañas a su gusto; acceder a los pensamientos, intenciones y frustraciones de quien quiera. De las pruebas, si las hizo con seres humanos, no me dijo nada. Tampoco fue muy claro en relación con el fin ni con los efectos del 'bicho'.

Ahora estoy en su casa-laboratorio. Y tengo delante a Schudger. Está raro, relajado. Sonríe y me cuenta la historia de cada una de las fotos familiares que adornan su laboratorio. De vez en cuando se pone serio de golpe, como si otro David -atrapado- quisiera salir. Anda descalzo sobre su tarima sin acuchillar. Se rasca la nuca a ratos. Mira, en ésta, mi padre me está regalando mi reloj. Aquí, mi prima me está puteando. Aquel verano, logré vencer el miedo a la nada. Allí estamos todos, en el pueblo donde no había nadie...

Se cae (o se tira) al suelo. Se retuerce. Me pide que le libere. Cómo, le pregunto. Dale a Enter. Me grita. Pero su ordenador no funciona, no responde ante nada. Empieza a sonar una música de fondo, parece Maritrini, pero no estoy seguro... Schudger sufre convulsiones. Ahora suena Yo soy aquel, de Raphael. Hace el pino, baila break dance, se sube por las paredes. De pronto: ¡silencio sepulcral! Se relaja en el suelo. Ahora se levanta, se calza, su gesto es...

...Sí! Su gesto es como el de un peregrino que ha visto al Papa en un extremo de su opción personal. Camina hacia su Mac, pulsa la barra espaciadora y Enter al mismo tiempo. Lo ha logrado, David ha terminado el trabajo. La conclusión llega con él. ¿Tú eres el gusano? Le pregunto. Lo soy. Me contesta con calma y seguridad plena. No sé cómo va a terminar esto... pero por lo que dicen sus ojos, me temo que voy a ser su primer cobaya... Me tiembla todo porque no sé cómo despedirme de mí mismo.

jueves, septiembre 22, 2011

Observadores observados

8:00 AM
Mira, esa cara tenías cuando en este lugar me jodiste la vida. No fue mi intención, lo sabes. Tarde, tarde, tarde, me amargaste para siempre. Lo siento. Vete al infierno. Lo haré. Ya estás tardando...

10:45 AM.
Aquí, ¿te acuerdas? Fue aquí donde lo hicimos por primera vez. Estaba borracha. Ya, me vomitaste encima al final. Lo siento. No pasa nada, aquí estamos.

12:25 AM.
No sé si eres consciente, pero cuando decidiste seguir por tu cuenta, yo estaba aquí tirada con el mundo encima y asumiendo la muerte de mi tía; Aquí, en este mismo banco. Y fíjate, aquí me tienes, sin embargo, volviendo sin esa cuenta de independencia.

Hacía mucho que no decía nada sobre el Banco 54. Pero eso no significa que no hayan pasado cosas sobre él o a su alrededor. Ahí os dejo estos tres titulares que albergan historias muy diferentes, pero todas con mismo nexo. Y una más que desarrollaré más tarde, en cuanto pueda sentarme un rato tranquilo sobre mi propio banco. Ésta nada tiene que ver con las pinceladas planetadas más arriba.

...Un hombre de 40 años habla por teléfono. No le veo la cara, con una mano sostiene el Iphone y con la otra sujeta su pelo en lo alto de la cabeza. Como si fuera a peinarse, pero sin terminar el recorrido. Habla con alguien al que le está dando muchas explicaciones. Resulta que le han descubierto haciendo algo en un vídeo, colgado por un tercero en internet. Él explica lo que ha pasado, pero el o la que está al otro lado no parece creer nada de su argumento...

...Se levanta, se desespera, no se quita la mano de la cabeza. Ni la angustia que parece estar pasando. Se sienta de nuevo. Cuelga el teléfono e inmediatamente deja caer su pelo al ritmo de la gravedad. Se dirige a su Iphone y ve el vídeo famoso. ¡Pero si no soy yo! Grita. ¡Ese no soy yo! ¡Éste soy yo! Grita y se golpea con el dedo índice en el pecho. Finalmente, sin percatarse de que alguien (yo) toma nota de lo que ocurre, se levanta y se va.

Digo que desarrollaré esta historia, porque no termina aquí. Lo que os cuento, os lo cuento porque lo vi en vivo, sin embargo hace un rato he podido ver la misma secuencia (plano general) grabada por otro/a... en un vídeo subido a Internet. Y de fondo, sin que aparezca en escena, una voz dice. Mira mira, ahí fue donde nos conocimos ¡Es el mismo banco!

viernes, septiembre 16, 2011

¡La ficción de una cuarta temporada!

Permitidme la licencia de hacer un 'cut and paste' del post que acabo de subir a rtve.es sobre la cuarta temporada de Cámara abierta 2.0. Los contenidos, creo, merecen la pena. Ahí va:

Empiezan a quedar lejos aquellos ¡¡100 programas!! (ya vamos por 232); y más lejos todavía queda el 12 de noviembre de 2007 en que arrancamos el primer programa. Una aventura a caballo (...de batalla 2.0) entre la tele 'de toda la vida' y la selva de internet (con sus redes sociales adjuntas y todo). El sábado 17 de septiembre estrenamos la CUARTA TEMPORADA. Las mayúsculas, disculpad, van unidas al entusiasmo por la continuidad. Espero que lo entendáis. Y traemos nuevo grafismo, sintonía de cabecera (Nude, Radiohead) e intenciones renovadas... ¡Ya nos diréis qué os parece!

Y sin más dilación, paso a adelantar los temas y links que completan este primer "minutado" de la temporada. Ahí van:

Nos situamos en Sillicon Valley (San Francisco). Allí hemos pasado por Google y hemos seguido a los emprendedores del programa Yuzz. Que, entre otras cosas, nos han hablado de creatividad e innovación. En el blog podéis conocer sus proyectos uno a uno.

Después, en VISTO EN... os presentamos -a su original estilo- a JPelirrojo, uno de los tres españoles (junto a Carolina Denia y Jaume Rojo) ganadores del certamen de jóvenes talentos europeos NextUp, promovido por Youtube. Y como siempre, os pasamos los temas más interesantes de la red en nuestro INTÉRNATE de la semana. Destacamos: cómo colaborar desde internet contra la brutal hambruna de #cuernodeafrica a través ONGs como Unicef, MSF, Plan o Cáritas; el congreso de ciencia 2.0 organizado en Bilbao por "los chicos de Amazings"; el desembarco en España de Amazon; también os hablamos de esa tendencia llamada Couchsurfing...

En el último bloque: os pasamos un resumen de la presentación de los Premios Bitácoras. Allí, en la Casa Encendida de Madrid, 'pusimos la antena' y charlamos un rato con: Raúl Ordóñez (organizador), Carlos Salas (Dir. de La Información.com), Alicia Chavero (H2i Institute), Rosa J. Cano (El País), David Alayón (Pisito en Madrid), Mauro Fuentes (Fotomaf), Rebeka Saenz (Tinkle España), Carolina de Jove (Flayingparanoias), Juan Luis Sánchez (Periodismo Humano), Maini Spenger (CEO Masmóvil), David Carrascosa (Clipset), Carlos Molina (Relaciones Públicas)... Y como siempre en este tipo de encuentros, nos quedamos con ganas de hablar con muchos más.

En 1 MinutoCOM, preguntamos a Pau Gasol qué tal se lleva con las redes sociales y qué se suele bajar de la red. Antes en TÚ RUEDAS os pasamos un extracto del Sexo Sentido, un corto documental con el que el colectivo sevillano Zemos98 participa en el Congreso Europeo de la Cultura de Breslavia (en Polonia).

martes, septiembre 13, 2011

Verbos ensangrentados... sin modo

Cuando te encuentras un verbo abandonado en mitad de un charco de sangre no te queda más remedio que recogerlo. Por lo menos a mí me ha dado por ahí. Se llama Rogelio y renunció a su modo infinitivo y quisieron despedazarlo a golpe de desuso. Pero en este caso la víctima no es Rogelio, sino el portador. No me ha contado nada de él, aún está entumecido y en estado de shock por lo ocurrido. Pero queda claro que quiso proteger a su verbo y acabaron con su vida.

De momento lo he guardado en un viejo diccionario sin tapas ni cartón que tengo por ahí. Uno de esos que usaba en B.U.P. Ahí estará a salvo. Sin embargo, páginas más atrás descubro, por cierto, un trozo de servilleta marca Taberna del tío Fausto donde, con letra muy ilegible, hay escrito un verbo: Embrear (Untar con brea). Hay más: cerca del índice me dejé en su día un billete falso de mil; una carta de amor que no leí -no sé por qué-; y una entrada del concierto del 87 (tocaban U2, The Pretenders y UB40 en el Santiago Bernabeu).

El asilo verbal de Rogelio, el verbo sin modo infinitivo, se ha terminado convirtiendo en un acto de arqueología antropológica personal. He acabado emocionándome por cada recuerdo hallado... Porque sobre todo, he dado con una parte de mí que había abandonado -no sé si- en un charco de sangre -como a Rogelio-. Esa parte ordenada, algo ñoña y muy melancólica que no se olvida de la inmateria prima propia. En fin... Esto parece un principio.

lunes, septiembre 12, 2011

Entre la tele y los demás

Mientras compro el periódico a las 7:15 de la mañana, un grupo que está pegado al kiosko de Paquito dialoga sobre lo que vieron ayer en la tele o por internet. Incluso, en otros formatos emocionales. Están esperando a que abran el gimnasio, otros simplemente se enganchan a la conversación antes de empezar su jornada laboral y alguno no sabe pero contesta. Excepto a una, que el encantó la versión española de Cheers, el resto se reían de lo mala que era la nueva serie de Telecinco.

La mayoría optó por centrarse en La1 y ver El Ultimátum de Burn (Paul Greengrass, 2007); a Paquito el Kioskero se le olvida darme el cambio; la minoría se decantó por West Side Story (Robert Wise, 1961) en La Sexta; uno con ceño fruncido defiende algo de Intereconomía que no llego a entender (habla muy bajo); la del chándal difícil y la bolsa de Prada asegura haber visto un ovni; Paquito el kioskero se disculpa, me devuelve el cambio y me cuenta que él vio el último capítulo de Verano Azul (Antonio Mercero, 1982) a trozos en Youtube, pero antes no se perdió el documental de La2 sobre Joe Strummer; y la que tiene voz ronca prefirió removerse con el pasado.

Cuando las gemelas Torres abren su gimnasio la escena se apaga y empieza un nuevo capítulo. El murmullo espontáneo se disuelve y la plaza recupera su tono habitual. Con el cambio de Paquito el kioskero me marcho y continúo dándole 'a la lavadora'. Será porque ayer aprendí por fin a darle -de verdad- la vuelta a la tortilla.

viernes, septiembre 09, 2011

Ernesto gusano poeta, el economista

Ernesto mantiene el tipo, pero ha perdido el interés... Dice ser un experto en Economía, pero se pasa todo el día haciendo el troyano por la calle y después se queja de que le llamen mísero gusano. Hoy me he cruzado con él en mitad de la frutería y me ha dado tiempo a escuchar su... poético susurro:

Mi impuesto se cotiza al alza
Mi identidad nadie ensalza
Por supuesto, por supuesto
Me voy de caza, soy de raza

Soy yo quien suma fruta en este puesto
Troya y Cuenca se rinden a Ernesto
Ese soy yo... Ernesto
El que abruma con lo puesto

Después ha llegado mi turno, el 056 y me he... puesto (todo se pega) a seleccionar fruta. Pero lo mejor ha venido al final. Después de pagar, se me acerca Ernesto y me dice:

No soy ningún gusano
Troya muere por mí y eso es sano
La economía me necesita
...toda respuesta...
...está en mi mano.

jueves, septiembre 08, 2011

Algo hay

¿Me sigues? Te sigo. Pues sigo. Tú mismo. Como te decía llevo tres días sin llegar a ese punto de sueño que hay que alcanzar para descansar. ¿Me sigues? Te sigo. Pues sigo. Tú mismo. No sé qué es... Nada me altera en el mundo real, no hay motivo aparente que me altere el sueño. Estoy alteradamente relajado y no veo caras que me sacan del descanso. Ni recuerdos recurrentes que escuecen. ¿Me sigues? Te sigo. Pues sigo. Continúa...

Se me ocurre un hecho, pero no termino de dibujarlo con claridad. Veo una actitud de mala leche. Perdón, no la veo, la huelo, la siento, me llega. Pero es tan suave, tan sutil, que apenas puedo aislarla para analizarla. ¿No será eso? Tú que piensas. Que puede ser. Pues sigue. Sigo. Después de dejar a mi hijo en casa de su amigo Luisma recibí una llamada de un 'primo segundo'. Lo llamo así, porque es el típico pardillo que ni siquiera ocupa la primera fila de la estupidez. Y al terminar la conversación sin contenido, se despidió con un poco frecuente "Bueno, tú tranquilo, que ya me encargo".

En ese "Tú tranquilo" había algo... ¡Hay algo! Una intención soterrada de inyectarme intranquilidad. ¿Será eso? Tú qué crees. Que algo hay. ¿Seguimos mañana? Claro. Hasta luego. Nos vemos la semana que viene. Aquí estaré.

Cuando Ramón puso el pie izquierdo en la calle... siguió. Y siguió avanzando por su teoría: algo hay en el ambiente que le remueve. Lo tiene cerca. Al torcer por la esquina se intensificó y la semana que viene estará más cerca de encontrar más sentido. Sigue.

miércoles, septiembre 07, 2011

Septiembre en la Plaza de la Pubertad

En la Plaza de la Pubertad Sara y Rosalía discuten sobre "lo mal que está la cosa". Rosalía, más optimista, tiene esperanza en que "la cosa vaya a mejor"; por el contrario Sara se teme que España no tiene salvación. En el extremo un grupo de candidatos a la adolescencia hablan e intercambian mensajes cortos; Lorena le manda uno privado a Fernan y al mismo tiempo comparten las experiencias de verano y ponen a caldo a los "chungos de sus padres".

Manolo Queipo sacude una alfonbrilla de bienvenida cerca de la esquina con la calle Tempestad, mira la tienda de Don Jorge, de chatarra (llena de antigüedades al peso), y se siente impotente al comprobar cómo su ex mujer se ha deshecho de los marcos barrocos que durante una vida envolvieron sus motivos de caza. A pocos metros Martín Pescador acude a la farmacia para intentarlo de nuevo; esta vez probará con el pitillo electrónico en detrimento del mentolado.

Nerea y Agustín guardan cola para intentar hacerse con el nuevo móvil; es la excusa consensuada para hacer un plan más allá de las tardes y seminoches "sin chicha" rodeadas de malas lenguas; como pueden se meten mano para sacar sus mejores deseos.

Y por lo demás... Choni abre su franquicia de perlas de plástico, David se sienta en el Banco 54 a leer poesía gótica a cambio de unos euros, Raimundo sigue intentando afinar su guitarra desatinada, Matías compra el periódico en busca de un coleccionable incoleccionable y Doña Paula, a sus 98 se decide a retomar, y se mete en el metro.

sábado, septiembre 03, 2011

Él, ella y la mesilla sin noche

Aquella noche acudió con tantos reproches en los bolsillos que se sentía invulnerable. Llevaba semanas recopilando hechos con sus contextos correspondientes; y cómo no, con decenas de asociaciones de apoyo bajo el brazo. Lo tenía todo para ganar a los puntos el último conflicto con su novia. Acudía al restaurante con la cabeza tan alta que casi podía soplar las nubes de septiembre. Se veía en la piel de un abogado de película que a punto está de ganar el juicio previo al The End.

Ella le esperaba con el rostro relajado y con los párpados dispuestos al diálogo. Él sonreía, ella también. Y cómo son las cosas... Cuando él empezó con su exposición se dio cuenta de que la mirada de ella no era la pared a la que se había enfrentado mientras recopilaba hechos. Y a medida que hablaba, cada vez con menos convicción, se iba dando cuenta de que había olvidado algo importante en ese proceso de búsqueda de reproches. Se había dejado el contraplano en la mesilla sin noche.

Y los hechos, las asociaciones, los reproches y el deseo de 'ganar el caso' quedaron en nada cuando entendió que había borrado las huellas de su responsabilidad. Se había desmarcado del asunto. Pero ella, que no perdió la cara al conflicto, lo comprendió y entendió que él mismo se estaba dando cuenta. Finalmente, el caso quedó sobreseído y firmaron un nuevo tratado a base de tiramisú y buenas intenciones.

jueves, septiembre 01, 2011

El último golpe

Con una mano le sujetaba la cabeza y con la otra apuntaba y amenzaba con darle el último puñetazo. Pero Pascual estaba inconsciente, no oponía resistencia y su cara era un poema deforme y ensangrentado. La respiración de Damián, sin embargo, mantenía el agitado ritmo del corazón. Las ganas de darle ese último golpe tardaron en desaparecer, pero terminaron por difuminarse. Soltó la cabeza (desde la cruceta) y Pascual Marioneta besó la acera de la Calle Rencor.

Así terminaba una enemistad sostenida durante décadas. Una relación nada maniquea con un origen extraño. La pelea zanjó el asunto. Nunca hablaban, sencillamente se dedicaban a putearse mutuamente. Una vieja historia de un céntrico barrio madrileño sin principio, con mucho nudo y desenlace reciente.

Les unía la soledad. Eran dos viudos huérfanos, sin hijos ni amigos. Sólo se tenían el uno al otro. ¡Son buena gente! Me dice Samarita, una vecina. Y añade: ¡Tenía que pasar... Demasiados años así, son muchos años! ¿Así, cómo? Le pregunto. Así, sin resolver na... Desde que eran pequeños.

Preguntando a unos y a otros, me entero de que a uno de ellos (parece que fue Pascual) un día (por las buenas) le dio por meterse con la madre de Damián y al rato murió... sin más. Después, cuando Damián se enteró, fue rápidamente a meterse con la madre de Pascual. Al día siguiente se la encontraron sin vida en la cama. Desde entonces optaron por evitarse y hacerse daño indirectamente. Un año después, murieron los padres. Primero el de Damián y a la hora y media, el de Pascual.

Ayer, tres días después de la pelea, Damián fue a ver a Pascual al hospital. Aún no ha salido. Y así lo dejo, porque tengo muy claro que aquí termina esta pequeña historia de barrio; en la clínica que antes fue un colegio, la escuela donde Pascual se metió con la madre de Damián.

martes, agosto 30, 2011

Argumento de un nombre movedizo

Llevo tres días intentando acordarme del nombre de un viejo amigo al que hace más de 20 años que no veo. Todo empezó la otra noche; en mitad de un brindis se coló su recuerdo en el presente a través de una grieta de mi subconsciente. Nunca fue un "mejor amigo", ni siquiera uno de los habituales del "grupo". No, él era uno de esos personajes que ocupan un palco de honor durante una leve (pero intensa) temporada de tu vida.

Nos hicimos muy amigos en aquella época. Por circunstancias los habituales no estaban, tampoco los suyos. Y ambos estábamos saliendo tortuosas relaciones. Con él descubrí tugurios a los que jamás habría entrado si no fuera porque en aquellos días 'todo me daba igual'. La prioridad era 'salir'; salir de ahí, de aquel sitio en el que mi cabeza se había metido y cuyas oscuras arenas movedizas llenaban mis pies de plomo pegajoso. Beber, fumar y hacer del absurdo una ideología completaban el improvisado equipo de salvamento.

En aquel año hubo broncas, de algunas salimos con algun rasguño que otro; hubo relaciones ocasionales con chicas que tampoco querían más que lo puesto, enemigas de las explicaciones y de los argumentos; pero sobre todo, lo que hubo fue mucho cierre de infames bar de copas. Los cerrábamos todos. Recuerdo que el dueño del más hortera (El Holandés Mangante) accedió a grabarme una cinta (una TDK de 90) con el repertorio -más o menos- que pinchaba de 1 a 3 de la madrugada. Mi delirio etílico le persuadió.

Al final salimos de aquel lodazal y cuando lo hicimos, sin despedirnos ni nada, no volvimos a vernos... Y ahora, como decía, más de 20 años después, vuelve sin nombre a mi cabeza. Lo más acojonante de esta historia es que hace un rato me ha llamado María C., una de las chicas de aquella época a la que no le gustaban los argumentos y sí el sexo ahumado por el lodazal, y con la que sí mantengo contacto gracias al dospuntocerismo de internet, y me ha dicho que Flavio ha muerto. ¿No es irónico? Ahora sí que nunca más me olvidaré de su nombre.

Hasta siempre, amigo.
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*Imagen perteneciente a El Desván de los sueños.

lunes, agosto 29, 2011

La carta de Fausto

En la Taberna del Tío Fausto quedan cuatro personas que no parecen muy dispuestas a abandonar el local*: un peregrino al borde de los 40 desengañado pide su tercer tinto; tres amigos que renunciaron a seguir al grupo intentan convencerse de que pueden cambiar las cosas; Fausto Cruceta, el encargado y hijo del fundador, lee Los detectives salvajes de Bolaño.

El peregrino desengañado se llama Ernesto y ha tirado de la cadena al mismo tiempo que ha dejado caer la Fe. Ver al Papa pasar de largo a toda velocidad le llevó a descubrir un agujero por el que había perdido el tiempo. Entonces decidió beberse la sangre de Cristo como despedida. Fausto, por favor, lléname la copa. Fausto hace una pausa en su lectura y procede.

Los tres amigos se regocijan en ese deseo típico de septiembre de querer abandonar sus insulsos trabajos para montar algo. Se han bebido 12 cervezas y han comido berberechos con salsa de bohemia más unas aceitunas con mensaje, peso sin moraleja. La idea que nunca llegará a buen puerto consiste en alquilar un local para convertirlo en espacio de discusión pública. La indignación les mueve y piensan que la gente quiere hablar, dialogar, compartir ideas... Ese es su motor; de momento sin gasolina que lo financia. Pero para eso está la Taberna, para creer que hay combustible.

Fausto es tema aparte. Heredó la Taberna y sus pequeñas historias. Y mientras lee a Bolaño, entre puntos y pausas, de vez en cuando piensa en la suya propia. Una reflexión, que tradicionalmente, termina en un plato nuevo en la Carta de la Taberma. Así nacieron los berberechos a la bohemia; o el cabreo de parrochas; o el sargo que nunca rima; o el pulpo de letra...

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*La típica bodega, pero atípica por verse en vías de extinción. Revestida de madera y llena de barriles enormes convertidos en mesas. Sin humo, pero impregnada de bruma humana en cálida penumbra. Con las paredes dominadas por fotografías marineras en blanco y negro y redes de pesca jubiladas. Aroma a melancolía mezclado con vino e ideas vertidas que nunca llegan a buen puerto. Un santuario para coleccionistas de levedad y esperanza ficción.

martes, agosto 16, 2011

Barrer, partir sin pensar en llegar

Ella sabe cómo barajar las cartas en su favor. Carla me enseñó a barrer y desde entonces he logrado hacerlo en el sentido de mi casa. No es fácil, creedme. Para barrer, primero hay que saber qué limpiar, por dónde empezar y bajo qué objetos se esconden las motas más significativas. Pero Carla, que conoce las claves de los movimientos de cartas, ha sido una maestra formidable. Ella localizó el primer motivo que yo debía arrastrar. Que lo hiciera hacia dentro o hacia fuera ya era cosa mía.

Ayer jugamos al mentiroso con dados. Cada cual con su as bajo manga. Maestra y aprendiz en el mismo pulso, en la misma pulsión. Nos pillamos en los mismos renuncios, ganamos las mismas bazas, empatamos en todo. No había manera de mentir sin sacrificar una verdad; era imposible ser sincero sin colar una soberana bola.

Por agotamiento decidimos parar y algo más. Decidimos barrer en la misma dirección, a ver qué sentido encontrábamos. Así que hacerlo hacia fuera o hacia dentro ya no dependía sólo de mí. Era una cosa de dos. Carla baraja los dados como nadie. Y yo sé cuáles son mis cartas en una baraja limitada. Aquella fue la mejor experiencia que vivimos juntos. Desde entonces mota a mota barremos hacia el mismo punto.

Ahí nos encontramos, en una partida sin llegada, donde las cartas están marcadas por nosotros.

lunes, agosto 15, 2011

Dudas como piedras

Ayer le pegué una patada a una piedra y salieron tres dudas corriendo. Una de ellas, la más segura de sí misma, no se lo tomó como algo personal. Pero las otras dos corrían pensando que la patada iba por ellas. Apenas tuve tiempo de disculparme. Se las llevó el viento. Y yo me quedé con una mosca, de montaña y muy cojonera, detrás de la oreja que no paraba de decirme, a su modo zumbón, lo imprudente que había sido mi actitud.

Lo que me faltaba, ¡que una mosca me hable de imprudencia! Seguí caminando por el monte. Solo y mojándome gracias a esa lluvia que nadie acertó a predecir. Unos 30 metros después, en mitad de una cuesta muy pendiente de mis pasos, me asaltaron las dudas. Una, la más segura de sí misma me robó la prudencia, y las otras dos, directamente se vengaron a base de patadas a mi conciencia. No sé por qué le di esa patada a esa piedra. Desconozco el motivo que me llevó a hacerlo. Fue un acto reflejo.

De pequeño pisaba caracoles sin pensar en los pobres invertebrados. Era como dar una patada a una piedra bajo la que se oculta un escorpión o como lanzar una bola de pino con mi tirachinas contra un autobús. No pensaba ni en las consecuencias ni mucho menos en lo que había más allá de mi imprudencia. Pero ahora, ya mayorcito, las tres dudas fugadas del absurdo reflejo me están repateando la cabeza. Igual, en cuanto ponga el punto y final, llegamos a un acuerdo adulto. ¿A ver? Sí, la mosca me confirma que sí.

jueves, agosto 11, 2011

Fijos y fijados

Cuando estás de vacaciones, en modo desconexión, no esperas subir un monte y encontrarte con un cerrojo atado al aire. Y sin embargo, te lo encuentras. Es la imagen que ilustra esa entrada. Tengo más fotos. Todas enfocadas a montes, picos (de Europa), platos, caminos, paisajes fusionados (verdes y azules), nubes o aguas (más o menos rizadas), y muchas más; pero ninguna como este candado sujeto a pastos, oxígeno, libertad y a libres interpretaciones. No sé por qué me fijé en él, pero lo hice y como consecuencia, quedé fijado en él. Ahora no hago más que pensar en lo atados que estamos a nuestras estructuras particulares. Aferrados a algo fijo que no sabemos por qué se ha fijado en nosotros. ¿O que se ha fijado a nosotros?



martes, agosto 02, 2011

Parir, dudar, disfrutar del asilo

Pasaba un par de días en el cortijo de mi amigo Amos. Necesitaba salir un poco de cuentas para parir algo que tenía rondándome la cabeza. Amos es muy generoso, me deja sus llaves y vía libre para ocupar su casa blanca con techo recto. Creí que la calma y la magia del desierto me dilatarían la salida, pero no fue fácil. De hecho, ahora mismo... ya da igual.

Me explico. Salí a dar una vuelta la misma noche que llegué, me apetecía perderme un rato entre cáctus y tierra seca. Tropecé con algo sólido que no era ni una piedra ni un saco de carbón. Aquello que me levantó una uña era una idea abandonada. Traté de abrirla como una nuez, me ayudé de una llave maestra, pero fue imposible.

Y digo que ya da igual el motivo por el que pedí asilo a mi amigo Amos, porque al abrir la idea encontré una duda. Todo el mundo anda como loco por vender deudas y yo voy y me adueño de una duda. Y mientras la alimento noto como me endeudo con aquello que me rondaba la cabeza. No me importa, desde el asilo disfruto del momento.

domingo, julio 31, 2011

Mi Errata y lo nuestro

En su sueño me decía que no le diera más vueltas. Y en el mío, la respondía que haría lo posible. Dos pesadillas más tarde nos encontrábamos en el banco de aquella orilla de agua insegura. Marga Errata y yo, Tomás R. Sistilo, nos conocimos en un cruce de sueños aquella noche del 82, en pleno mes de agosto. Yo soportaba las fiestas de mi barrio como podía y ella luchaba por salir de una condena familiar.

Chocamos en esa fase en la que el silencio reina por encima de imperios impuestos. Y nos sonamos en esa frase subordinada que ninguno de los dos pronunciamos. Ella llegó sofocada y yo, confundido. Nos sentamos en un banco, mitad piedra, mitad adobe. Era una noche cerrada sin estrellas ni estrellados (de eso yo sabía mucho), pero llena de tranquilidad. Nos pusimos a hablar de lo uno y de lo otro, pero sobre todo y ante todo, de lo nuestro. Sin intermediarios ni intérpretes de palabras (de esas que vuelan con el viento), sin explicaciones sobre nuestras procedencias. Era visible que cada uno llevaba tras de sí, no una maleta, sino decenas de estanterías llenas de conceptos dispuestos a ser recolocados. Fue un placer, porque jugábamos sólo a nuestro favor.

Ahí, en ese banco, frente a la orilla que iba y venía con agua dubitativa y sin ánimo de aceptarse como líquido, empezó nuestra relación. Ella en su cama y yo en mis cosas. Quedábamos sin compromiso como podíamos a través de siestas, cabezadas esporádicas o momentos en blanco. Y de vez en cuando en el sueño ajeno de alguien.

Y como vino esta historia, reconozco que se fue. Podría decir que Marga me dejó colgado, sujeto a un predicado con cara de pocos amigos. Pero no lo hizo, me estresé en el mes de marzo del noventaitantos y dejé de soñar. Como consecuencia me aboné a la vigilia involuntaria. El sofocado ahora era yo, y encima... sin banco en el que estrellarme junto a ella. No la escuché lo suficiente. Hoy no paro de pensar en mi Errata.

sábado, julio 30, 2011

Un cadáver sonriente para los desórdenes

Había un cadáver sentado cómodamente en el banco del portal de mi casa. Todo el mundo lo observaba. Sonreía. El sujeto, unos 35 años y metro ochenta, tenía todo el aspecto de haber muerto de risa. Yo volvía de un paseo reflexivo; de buscar respuestas. Mi ordenador me había desordenado tanto que necesitaba encajar tantas piezas como palabras e ideas. Pero el jovial cadáver y su séquito de periodistas, camarógrafos, vecinos cotillas, policías y médicos... me impedían cerrar mi recorrido. Abandoné la escena del 'crimen' al no poder entrar en mi casa.

Cuando regresé, a eso de la una de la madrugada, todo se había despejado. Todo menos mi desorden. Al entrar en mi casa vi una carta en el suelo. La abrí y me encontré una nota escueta que decía: No me lo tengas en cuenta. No entendí nada, y con mi desorden me hice la cena. El portátil, encerrado en una caja, no era una amenaza. La desconexión me estaba permitiendo centrarme en algo. Aunque ese algo fuera desorden y demás desórdenes. La cara del cadáver me sonaba. Lo digo literalmente, no la veía, la oía. Se había transformado en una melodía que, desafortunadamente debido a mi pésimo oído no era capaz de reproducir.

Abrí el portátil, rendido al sonido sin forma. Necesitaba encontrar algo que me ayudase a entender esa sensación, cada vez más intensa. Era como si ese tipo de 35 años y uno ochenta, golpeara una puerta dentro de mi cabeza, pero todo traducido en una mezcla de ritmos... entre blues y ska. De pronto, a la intensidad -cada vez más compleja- se unió un estribillo: No me lo tengas... ¡¡en cuenta!! No me lo tengas... ¡¡en cuenta!!

Logré silenciar el ambiente interno por un momento y retener el esquema del sonido. Encontré un enlace a una aplicación que me prometía traducir indicios a texto. Entré, descargué el invento y seguí las instrucciones. Pulsa A+H+J+O si lo que oyes tiene más tonos graves que agudos; pulsa YÑ-OU+H2 a continuación si lo que oyes conecta con una frustración reciente... Y así hasta completar una plantilla, cuanto menos, curiosa. Ahora pinche aquí...

El texto resultante me daba a entender que me estaba muriendo por dentro. El muerto de risa del portal era la primera y última víctima del desorden. Su sonrisa estaba compuesta, en esencia, por amargura. Un hecho contradictorio que sólo se puede explicar con pequeñas notas musicales inconexas, pero conectadas con las contradicciones propias (las mías). La carta en el suelo me la había enviado a mí mismo por algo que no recuerdo.

Hoy, me llama el portero de la comunidad para decirme que han encontrado algo que me pertenece, está en la comisaría más lejana. Un algo que estaba en un pendrive del cadáver sonriente. Ahora mismo, de camino a la comisaría más lejana, sigo tratando de buscar detalles de orden. No sé que será ese algo, pero algo será. Si no lo pierdo en este caos, lo contaré.