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Mostrando entradas de julio, 2011

Mi Errata y lo nuestro

En su sueño me decía que no le diera más vueltas. Y en el mío, la respondía que haría lo posible. Dos pesadillas más tarde nos encontrábamos en el banco de aquella orilla de agua insegura. Marga Errata y yo, Tomás R. Sistilo, nos conocimos en un cruce de sueños aquella noche del 82, en pleno mes de agosto. Yo soportaba las fiestas de mi barrio como podía y ella luchaba por salir de una condena familiar.

Chocamos en esa fase en la que el silencio reina por encima de imperios impuestos. Y nos sonamos en esa frase subordinada que ninguno de los dos pronunciamos. Ella llegó sofocada y yo, confundido. Nos sentamos en un banco, mitad piedra, mitad adobe. Era una noche cerrada sin estrellas ni estrellados (de eso yo sabía mucho), pero llena de tranquilidad. Nos pusimos a hablar de lo uno y de lo otro, pero sobre todo y ante todo, de lo nuestro. Sin intermediarios ni intérpretes de palabras (de esas que vuelan con el viento), sin explicaciones sobre nuestras procedencias. Era visible que cada…

Un cadáver sonriente para los desórdenes

Había un cadáver sentado cómodamente en el banco del portal de mi casa. Todo el mundo lo observaba. Sonreía. El sujeto, unos 35 años y metro ochenta, tenía todo el aspecto de haber muerto de risa. Yo volvía de un paseo reflexivo; de buscar respuestas. Mi ordenador me había desordenado tanto que necesitaba encajar tantas piezas como palabras e ideas. Pero el jovial cadáver y su séquito de periodistas, camarógrafos, vecinos cotillas, policías y médicos... me impedían cerrar mi recorrido. Abandoné la escena del 'crimen' al no poder entrar en mi casa.

Cuando regresé, a eso de la una de la madrugada, todo se había despejado. Todo menos mi desorden. Al entrar en mi casa vi una carta en el suelo. La abrí y me encontré una nota escueta que decía: No me lo tengas en cuenta. No entendí nada, y con mi desorden me hice la cena. El portátil, encerrado en una caja, no era una amenaza. La desconexión me estaba permitiendo centrarme en algo. Aunque ese algo fuera desorden y demás desórdenes. L…

En una dirección

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Para que luego digan que las señales no brotan. La foto es tan real como mi escepticismo antes las señales. O sea, que el plural soterrado al que apunto se refiere a mí. No creo en las señales y sí en los hechos y cómo no, en los indicios. Sin embargo, últimamente la señales brotan en mis narices y no es que no me entere, me entero, pero paso de darles más categoría de la que tienen. Las señalo, las apunto y punto.

La que ilustra este post es tan real como el sentido de la flecha, sólo que algo retocada por los efectos estéticos de mi Instagram. Pero no importa, la dirección a la que apunta es la misma. Apunta maneras, posturas, iniciativas, resonancias sin resuello, contradicciones, discusiones. Subraya vínculos sin lazos y enfatiza sobre aspectos dispersos. Indica una opción y renuncia al otro lado, ese para el que siempre podemos mirar para no mirar al debido.

Hace unos años me encontré en mitad de la carretera de Castilla (paré a un lado para comprobarlo, unas obras me lo permitían)…

Escenas de verano:
Entre calles y papeles perdidos

Señor, señor, que se le ha caído un papel al suelo. Tranquilo, hijo, era secundario. Ya, señor, pero ahí no pinta nada y además seguramente lo pise. Por mí no hay problema, seguro que está mejor en una esquina o pegado a la suela del zapato de otro desgraciado. Se equivoca señor, mire para allá, ¿los ve? todo ese montón de mugre son viejos papeles amontonados que ya no tienen ni forma. No tengo fleixibilidad para recogerlo, hijo. Yo le ayudo.

En el cruce de la Calle Teniente Sanz de Frenillo con Demagogia Virulenta, a unos 20 metros de esta escena, dos personas discuten sobre un asunto ajeno, pero en el que se han visto involucrados sin querer. El causante huye sin que nadie sepa que lo es. Un ausente profesional se persona en el lugar de los hechos, pero no toma partido de forma presencial; pero nada más. Y tras un punto y coma camuflado entre epítetos que no se definen entre sí, aparece un político sin partido. Mientras tanto, el niño y el viejo actor que perdió los papeles siguen d…

Perfiles a contraluz

Un señor, que rondará los 80, camina hacia mí. A contraluz. Se le transparenta el abono transportes. Apenas queda trama en su camisa, tipo guayabera, para tapar viejas intenciones de movilidad. Camina con cierta tendencia a la derecha; seguramente amparada en una puñetera escoliosis. Mastica un palulú (palo de regaliz) y parece ilusionado. No hay bastón de apoyo y sí un paso firme sobre chanclas deportivas (que algún nieto le ha debido de regalar recientemente).

Quiero seguir dibujándole, pero nos vamos a cruzar dentro de cinco metros... Cuatro, tres, dos, uno. Se acabó. Ahora me da la espalda. No puedo girarme. Las reglas lo impiden. ¿Qué reglas? Las que nunca se escribieron respecto a los dibujos sin tinta entre personas que se cruzan. Está sumamente prohibido. Pero me engañaría si pienso que el señor de 80 años con guayabera sin trama, con palulú, escoliosis de derechas y chanclas deportivas, ha quedado a mi espalda. Al contrario. Sigo dibujando...

...Lo mimso que hace un chico de un…

Obras de verano

Nada que ver con lo que piensas. Mucha relación con lo que ocultas. Todo cercano a lo que insinúas sin pretenderlo. Servido el aperitivo de lo que jamás dirás. Una colección de elementos irrelevantes (presuntamente) dados por sentados, que se han puesto en pie. Poca vinculación con lo que estimas inoportuno. Y un inmenso maizal estéril deseando ser sembrado por el mantillo de tu idea.

¿Entiendes algo de lo que pienso? No ¿Y por qué lo pienso? Porque no quieres aceptar que no entiendo lo que piensas. Me niego. ¿Lo ves? Lo veo, pero tú no. Lo intento. Sin embargo, sigues a hostias con la misma pregunta. Ya. Pues eso. ¿Y qué hacemos? Deshacer y volver a iniciar. ¿Estás segura? Completamente. Pues venga.

Poco que ver con lo que me incitas a pensar. Casi nada relacionado con lo que no intuyes. Servido el postre de un silencio que echa burbujas de acero. Mucho que saber sobre la puesta en pie de todo lo asumido. Fuera de toda sospecha inusitada y alejada de su partícula de imaginación. Alejad…

Por tu conexión me colé

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Es jodido llegar de vacaciones y encontrarte tu casa desvalijada. Seca. Le ha pasado a Dieguito Santurce. Un amigo lejano (tirando a invisible) que echó todos los cerrojos posibles e imposibles; blindó puertas y ventanas; hermetizó cada habitación; envasó al vacío los cuartos de baño; conectó las alarmas; y encendió las cámaras vigilantes. ¿Qué pasó entonces? ¿Quién puede robar en semejante fortín? ¿A quién se le ocurre?
...A alguien que entró por el único lugar que se dejó abierto: su portátil. Las cámaras le grabaron mientras pasaba con total naturalidad; hasta saludó y todo. Y ese alguien era un conocido suyo llamado José Luis Estancia. 'Amigo de sus amigos'. De profesión cerrajero inverosímil con dotes extrapolables fue, con mucha paciencia, copiando, pegando y pasando objetos al otro lado de la pantalla hasta hacer su personalizado trasvase Tajo - Segura. Después, abrió la nevera, sacó una lata de cerveza y celebró su éxito.

Dieguito Santurce no puede salir de su asombro. E…

Callada, caída y adjunta a la cuerda locura

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Me confiesa una amiga (Claudia Aldedillo), sin que yo se lo pida, que está como loca por estar como loca, pero que como no se aguanta (y apenas se sostiene) no termina de conectar con la locura que sabe que no tiene; pero intuye que posee. Adjunta en su discurso otra queja (todo esto, por cierto, narrado sin pausas): tras comerse un importante marrón en el curro, ha comido deprisa y a todo gas; se ha acordado de algo que no quería recordar; ha necesitado algo innecesario; y se ha puesto el tanga de su compañero de piso (Tomás por el día, Vanesa a partir de las 00 horas).

En mitad de un efímero silencio intento aprovechar el hueco para pirarme de la escena, pero la cabrona consigue atraparme con la fuerza que ejerce al aspirar una hache (casi invible, y no menos incauta). Atado por completo en su confesión, sigo escuchando... Ahora se reprocha a sí misma haber perdonado más de la cuenta y por ello haber perdido el crédito de lo perdonable que termina en imposible de asumir. Ella es su p…

Inquietos: Un rumor benigno con
metástasis de leyenda

El médico no sabía dónde meterse. Delante de él tenía a un paciente que aseguraba poseer dobles intenciones, una novedad escamada y la verdad (incierta) en los cojones. El shock para el doctor Quieto, sin embargo, vino 10 años después cuando descubrió que ese paciente era él mismo. Todo empezó durante una sesión de hipnosis. Miguel Quieto, médico de cabecera, debía extirparse una leyenda sin metástasis, pero anclada bajo el pómulo derecho.

La leyenda hablaba de un rumor benigno, fuente de sensaciones dispares en algunos médicos. Se manifestaba con un pinchazo sutil que pasaba a convertirse en sonrisa idiota. Cuenta la leyenda que los pacientes terminaban volviéndose locos si miraban a los ojos del médico durante el pinchazo y la sonrisa posterior. Una ruina para todos. Román Inquieto, compañero y amigo personal del doctor Quieto lo detectó a tiempo y le propuso intervenir desde el subconsciente.

¡Hipnosis, Román! ¡Estás loco! Miguel se sentía hundido. Todo cuadraba y lo sabía, pero tení…

Amarracos. El subconsciente y el verbo letal

Viene de Amarracos (II)


Ella era la última persona con la que esperaba encontrarse al salir del coma. Pero ahí estaba 'La Fanny', la prostituta de la cuadrilla del Anselmo (la misma que le robó la cartera mientras le agarraba de su complejo escrotal hace una semana), y la única que se había preocupado por su estado. Raúl Martín vio, por el rabillo del ojo, que junto un vaso de plástico había reaparecido su cartera... aparentemente intacta. Sonrió y le preguntó a La Fanny qué había pasado, dónde estaba y por qué. Ella se encogió de hombros y, con voz de niña adolescente (matizada por el sentimiento de culpa) contestó que no sabía nada; se había enterado de casualidad a través de un cliente.

Le dio un beso en la mejilla y le susurró, con el mismo tono: Si te pones bien pronto te invitaré a un trago muy muy profundo, pero recupérate. Raúl no estaba para imaginar; apenas podía recordar... Dónde está Martín, preguntó. Y La Fanny, que conocía bien su rollo dual, no quiso hablarle del …