domingo, julio 31, 2011

Mi Errata y lo nuestro

En su sueño me decía que no le diera más vueltas. Y en el mío, la respondía que haría lo posible. Dos pesadillas más tarde nos encontrábamos en el banco de aquella orilla de agua insegura. Marga Errata y yo, Tomás R. Sistilo, nos conocimos en un cruce de sueños aquella noche del 82, en pleno mes de agosto. Yo soportaba las fiestas de mi barrio como podía y ella luchaba por salir de una condena familiar.

Chocamos en esa fase en la que el silencio reina por encima de imperios impuestos. Y nos sonamos en esa frase subordinada que ninguno de los dos pronunciamos. Ella llegó sofocada y yo, confundido. Nos sentamos en un banco, mitad piedra, mitad adobe. Era una noche cerrada sin estrellas ni estrellados (de eso yo sabía mucho), pero llena de tranquilidad. Nos pusimos a hablar de lo uno y de lo otro, pero sobre todo y ante todo, de lo nuestro. Sin intermediarios ni intérpretes de palabras (de esas que vuelan con el viento), sin explicaciones sobre nuestras procedencias. Era visible que cada uno llevaba tras de sí, no una maleta, sino decenas de estanterías llenas de conceptos dispuestos a ser recolocados. Fue un placer, porque jugábamos sólo a nuestro favor.

Ahí, en ese banco, frente a la orilla que iba y venía con agua dubitativa y sin ánimo de aceptarse como líquido, empezó nuestra relación. Ella en su cama y yo en mis cosas. Quedábamos sin compromiso como podíamos a través de siestas, cabezadas esporádicas o momentos en blanco. Y de vez en cuando en el sueño ajeno de alguien.

Y como vino esta historia, reconozco que se fue. Podría decir que Marga me dejó colgado, sujeto a un predicado con cara de pocos amigos. Pero no lo hizo, me estresé en el mes de marzo del noventaitantos y dejé de soñar. Como consecuencia me aboné a la vigilia involuntaria. El sofocado ahora era yo, y encima... sin banco en el que estrellarme junto a ella. No la escuché lo suficiente. Hoy no paro de pensar en mi Errata.

sábado, julio 30, 2011

Un cadáver sonriente para los desórdenes

Había un cadáver sentado cómodamente en el banco del portal de mi casa. Todo el mundo lo observaba. Sonreía. El sujeto, unos 35 años y metro ochenta, tenía todo el aspecto de haber muerto de risa. Yo volvía de un paseo reflexivo; de buscar respuestas. Mi ordenador me había desordenado tanto que necesitaba encajar tantas piezas como palabras e ideas. Pero el jovial cadáver y su séquito de periodistas, camarógrafos, vecinos cotillas, policías y médicos... me impedían cerrar mi recorrido. Abandoné la escena del 'crimen' al no poder entrar en mi casa.

Cuando regresé, a eso de la una de la madrugada, todo se había despejado. Todo menos mi desorden. Al entrar en mi casa vi una carta en el suelo. La abrí y me encontré una nota escueta que decía: No me lo tengas en cuenta. No entendí nada, y con mi desorden me hice la cena. El portátil, encerrado en una caja, no era una amenaza. La desconexión me estaba permitiendo centrarme en algo. Aunque ese algo fuera desorden y demás desórdenes. La cara del cadáver me sonaba. Lo digo literalmente, no la veía, la oía. Se había transformado en una melodía que, desafortunadamente debido a mi pésimo oído no era capaz de reproducir.

Abrí el portátil, rendido al sonido sin forma. Necesitaba encontrar algo que me ayudase a entender esa sensación, cada vez más intensa. Era como si ese tipo de 35 años y uno ochenta, golpeara una puerta dentro de mi cabeza, pero todo traducido en una mezcla de ritmos... entre blues y ska. De pronto, a la intensidad -cada vez más compleja- se unió un estribillo: No me lo tengas... ¡¡en cuenta!! No me lo tengas... ¡¡en cuenta!!

Logré silenciar el ambiente interno por un momento y retener el esquema del sonido. Encontré un enlace a una aplicación que me prometía traducir indicios a texto. Entré, descargué el invento y seguí las instrucciones. Pulsa A+H+J+O si lo que oyes tiene más tonos graves que agudos; pulsa YÑ-OU+H2 a continuación si lo que oyes conecta con una frustración reciente... Y así hasta completar una plantilla, cuanto menos, curiosa. Ahora pinche aquí...

El texto resultante me daba a entender que me estaba muriendo por dentro. El muerto de risa del portal era la primera y última víctima del desorden. Su sonrisa estaba compuesta, en esencia, por amargura. Un hecho contradictorio que sólo se puede explicar con pequeñas notas musicales inconexas, pero conectadas con las contradicciones propias (las mías). La carta en el suelo me la había enviado a mí mismo por algo que no recuerdo.

Hoy, me llama el portero de la comunidad para decirme que han encontrado algo que me pertenece, está en la comisaría más lejana. Un algo que estaba en un pendrive del cadáver sonriente. Ahora mismo, de camino a la comisaría más lejana, sigo tratando de buscar detalles de orden. No sé que será ese algo, pero algo será. Si no lo pierdo en este caos, lo contaré.

jueves, julio 28, 2011

En una dirección

Para que luego digan que las señales no brotan. La foto es tan real como mi escepticismo antes las señales. O sea, que el plural soterrado al que apunto se refiere a mí. No creo en las señales y sí en los hechos y cómo no, en los indicios. Sin embargo, últimamente la señales brotan en mis narices y no es que no me entere, me entero, pero paso de darles más categoría de la que tienen. Las señalo, las apunto y punto.

La que ilustra este post es tan real como el sentido de la flecha, sólo que algo retocada por los efectos estéticos de mi Instagram. Pero no importa, la dirección a la que apunta es la misma. Apunta maneras, posturas, iniciativas, resonancias sin resuello, contradicciones, discusiones. Subraya vínculos sin lazos y enfatiza sobre aspectos dispersos. Indica una opción y renuncia al otro lado, ese para el que siempre podemos mirar para no mirar al debido.

Hace unos años me encontré en mitad de la carretera de Castilla (paré a un lado para comprobarlo, unas obras me lo permitían) un girasol que emergía del asfalto agrietado. Ahí no había señales, sólo una cabeza llena de pipas que encontraba resquicio propio y apuntaba en una dirección. Le hice una foto que no sé dónde metí. Y aunque entonces el verbo digitalizar no se llevaba, sé que estará en alguna parte, en algún cajón. Recogiendo ese momento único. Hoy es una señal de metal la que emerge entre los arbustos... O son ellos quien la van ocultando. No importa. Es posible que ambas partes de la raíz estén de acuerdo en una cosa: mirar para otro lado, en otra dirección, no sirve para nada. Al menos, para el lado 'opuesto' al que realmente quieres mirar.

domingo, julio 24, 2011

Escenas de verano:
Entre calles y papeles perdidos

Señor, señor, que se le ha caído un papel al suelo. Tranquilo, hijo, era secundario. Ya, señor, pero ahí no pinta nada y además seguramente lo pise. Por mí no hay problema, seguro que está mejor en una esquina o pegado a la suela del zapato de otro desgraciado. Se equivoca señor, mire para allá, ¿los ve? todo ese montón de mugre son viejos papeles amontonados que ya no tienen ni forma. No tengo fleixibilidad para recogerlo, hijo. Yo le ayudo.

En el cruce de la Calle Teniente Sanz de Frenillo con Demagogia Virulenta, a unos 20 metros de esta escena, dos personas discuten sobre un asunto ajeno, pero en el que se han visto involucrados sin querer. El causante huye sin que nadie sepa que lo es. Un ausente profesional se persona en el lugar de los hechos, pero no toma partido de forma presencial; pero nada más. Y tras un punto y coma camuflado entre epítetos que no se definen entre sí, aparece un político sin partido. Mientras tanto, el niño y el viejo actor que perdió los papeles siguen definiendo.

domingo, julio 17, 2011

Perfiles a contraluz

Un señor, que rondará los 80, camina hacia mí. A contraluz. Se le transparenta el abono transportes. Apenas queda trama en su camisa, tipo guayabera, para tapar viejas intenciones de movilidad. Camina con cierta tendencia a la derecha; seguramente amparada en una puñetera escoliosis. Mastica un palulú (palo de regaliz) y parece ilusionado. No hay bastón de apoyo y sí un paso firme sobre chanclas deportivas (que algún nieto le ha debido de regalar recientemente).

Quiero seguir dibujándole, pero nos vamos a cruzar dentro de cinco metros... Cuatro, tres, dos, uno. Se acabó. Ahora me da la espalda. No puedo girarme. Las reglas lo impiden. ¿Qué reglas? Las que nunca se escribieron respecto a los dibujos sin tinta entre personas que se cruzan. Está sumamente prohibido. Pero me engañaría si pienso que el señor de 80 años con guayabera sin trama, con palulú, escoliosis de derechas y chanclas deportivas, ha quedado a mi espalda. Al contrario. Sigo dibujando...

...Lo mimso que hace un chico de unos 15 años que viene 'por ahí'. El cabrón me está dibujando. Lo noto. Se le ve a la legua. ¡Qué estará diciendo! ¿Cómo me verá? ¿Y si resulta que por un extraño fenómeno espacio-temporal, provocado por esta mierda de calor, resulta que ese chaval soy yo hace casi 25 años? ¿Y si el octogenario anterior era yo también? O puede que ese chico sea mi nieto que va a buscar unas chanclas para mí.

Papá. Dime hijo. Nuestro turno.

Afortunadamente mi hijo está atento. No estamos como para esperar 15 turnos en la charcutería. No estaba soñando. No estaba en blanco. Estaba tranquilo, imaginando, y mientras 'el enano', me cubría la vanguardia mientras yo jugaba a los perfiles en la retaguardia. Esta noche le contaré un cuento nuevo. Y en ese cuento él tendrá 15 años y muchos metros -¡qué digo metros, kilómetros!- para dibujar su propio perfil a contraluz.

miércoles, julio 13, 2011

Obras de verano

Nada que ver con lo que piensas. Mucha relación con lo que ocultas. Todo cercano a lo que insinúas sin pretenderlo. Servido el aperitivo de lo que jamás dirás. Una colección de elementos irrelevantes (presuntamente) dados por sentados, que se han puesto en pie. Poca vinculación con lo que estimas inoportuno. Y un inmenso maizal estéril deseando ser sembrado por el mantillo de tu idea.

¿Entiendes algo de lo que pienso? No ¿Y por qué lo pienso? Porque no quieres aceptar que no entiendo lo que piensas. Me niego. ¿Lo ves? Lo veo, pero tú no. Lo intento. Sin embargo, sigues a hostias con la misma pregunta. Ya. Pues eso. ¿Y qué hacemos? Deshacer y volver a iniciar. ¿Estás segura? Completamente. Pues venga.

Poco que ver con lo que me incitas a pensar. Casi nada relacionado con lo que no intuyes. Servido el postre de un silencio que echa burbujas de acero. Mucho que saber sobre la puesta en pie de todo lo asumido. Fuera de toda sospecha inusitada y alejada de su partícula de imaginación. Alejada de nosotros. Así está el patio...

Tu patio. Sí, el mio. Lo entiendo. ¿Entonces? Sigamos. De acuerdo. Pero hay que hacer obra. Lo sé.

martes, julio 12, 2011

Por tu conexión me colé

Es jodido llegar de vacaciones y encontrarte tu casa desvalijada. Seca. Le ha pasado a Dieguito Santurce. Un amigo lejano (tirando a invisible) que echó todos los cerrojos posibles e imposibles; blindó puertas y ventanas; hermetizó cada habitación; envasó al vacío los cuartos de baño; conectó las alarmas; y encendió las cámaras vigilantes. ¿Qué pasó entonces? ¿Quién puede robar en semejante fortín? ¿A quién se le ocurre?

...A alguien que entró por el único lugar que se dejó abierto: su portátil. Las cámaras le grabaron mientras pasaba con total naturalidad; hasta saludó y todo. Y ese alguien era un conocido suyo llamado José Luis Estancia. 'Amigo de sus amigos'. De profesión cerrajero inverosímil con dotes extrapolables fue, con mucha paciencia, copiando, pegando y pasando objetos al otro lado de la pantalla hasta hacer su personalizado trasvase Tajo - Segura. Después, abrió la nevera, sacó una lata de cerveza y celebró su éxito.

Dieguito Santurce no puede salir de su asombro. Está encerrado en él. Bloqueado por fuera y al vacío por dentro, como sus aseos. Él que pensaba que había logrado atar su vida a la estructura forjada en tantos años, y ahora resulta que ésta (su vida) rompe amarras y se independiza de de todo. Y todo por una puerta que no ha sabido cerrar, porque no ha entendido cómo abrirla. Como dice Catalina Opaca, la aspirante perenne a portera de bloque estanco, ¡¡Es que esto de los interneses no hay quien lo entienda!!

jueves, julio 07, 2011

Callada, caída y adjunta a la cuerda locura

Me confiesa una amiga (Claudia Aldedillo), sin que yo se lo pida, que está como loca por estar como loca, pero que como no se aguanta (y apenas se sostiene) no termina de conectar con la locura que sabe que no tiene; pero intuye que posee. Adjunta en su discurso otra queja (todo esto, por cierto, narrado sin pausas): tras comerse un importante marrón en el curro, ha comido deprisa y a todo gas; se ha acordado de algo que no quería recordar; ha necesitado algo innecesario; y se ha puesto el tanga de su compañero de piso (Tomás por el día, Vanesa a partir de las 00 horas).

En mitad de un efímero silencio intento aprovechar el hueco para pirarme de la escena, pero la cabrona consigue atraparme con la fuerza que ejerce al aspirar una hache (casi invible, y no menos incauta). Atado por completo en su confesión, sigo escuchando... Ahora se reprocha a sí misma haber perdonado más de la cuenta y por ello haber perdido el crédito de lo perdonable que termina en imposible de asumir. Ella es su primera víctima. Castigada sin redención posible y yo condenado a la escucha.

Intento suicidarme, cancelarme, pero sus mensajes contradictorios y reenviados son más fuertes que mi desesperación por formatear el momento, así que sigo en activo. Ella insiste con sus autolatigazos: Quiero enloquecer, no merezco estar entre los cuerdos, quiero tropezar para caer del todo, abrirme la cabeza como un melón para que alguien me extraiga. Dar por sentado y meter la pata para no sacarla jamás. ¡¡Necesito terminar!! Pero sobre todo, y con esto te dejo en paz, quiero darme de baja del infinitivo empezar, para no seguir y dejar de continuar.

Dicho y hecho. Primero se ha callado y después se ha caído desde lo alto de su cabeza. Definitivamente yace en silencio sobre la única frase que no me ha dicho, lo único que no me ha confesado. No puedo leerla, pero no importa, me ha devuelto la hache que aspiró. Y ella sonríe en un estallido apagado de locura.

lunes, julio 04, 2011

Inquietos: Un rumor benigno con
metástasis de leyenda

El médico no sabía dónde meterse. Delante de él tenía a un paciente que aseguraba poseer dobles intenciones, una novedad escamada y la verdad (incierta) en los cojones. El shock para el doctor Quieto, sin embargo, vino 10 años después cuando descubrió que ese paciente era él mismo. Todo empezó durante una sesión de hipnosis. Miguel Quieto, médico de cabecera, debía extirparse una leyenda sin metástasis, pero anclada bajo el pómulo derecho.

La leyenda hablaba de un rumor benigno, fuente de sensaciones dispares en algunos médicos. Se manifestaba con un pinchazo sutil que pasaba a convertirse en sonrisa idiota. Cuenta la leyenda que los pacientes terminaban volviéndose locos si miraban a los ojos del médico durante el pinchazo y la sonrisa posterior. Una ruina para todos. Román Inquieto, compañero y amigo personal del doctor Quieto lo detectó a tiempo y le propuso intervenir desde el subconsciente.

¡Hipnosis, Román! ¡Estás loco! Miguel se sentía hundido. Todo cuadraba y lo sabía, pero tenía pánico a que alguien hurgara en su interior. Sin embargo no había tiempo. Si no intervenía, el rumor benigno crecería, se convertiría en hecho cierto y además pasaría a llamarse maligno. El doctor Inquieto preparó todo una vez su colega y amigo Quieto, asumió la realidad del asunto. Un cuarto en penumbra, silencio sepulcral, un sillón de piel clara y un túnel oscuro que atravesar hasta llegar al núcleo... Todo listo.

En el trayecto, Quieto no paró de moverse, de inquietarse... Lloraba, hablaba -con culpa- con familiares y amigos del pasado. Cuando oía tonos que le recordaban el La mayor, la nota preferida de su padre (Sancho el pianista), se convertía en menor y caía en la infancia. Y al fin, Román logró estabilizarle y utilizar su mente para llegar a la leyenda bajo el pómulo derecho. Allí estaba, todo un rumor benigno con mala cara y peor gesto. Empezó a cortar de raíz con preguntas y respuestas desde lo más profundo de la mente.

Todo iba bien. La entrevista seguía su curso. Pero en un momento dado algo falló. A una pregunta contestaron dos voces. Una la controlaba, aseguraba Inquieto, la de Miguel. Pero la resultaba tan desconocida como grave. El pulso de Miguel empezó a alterarse. Apenas quedaba un ápice de leyenda... Sin embargo la agitación impedía responder con normalidad. Con todo en contra Román tomó una decisión: poner en boca y mente de Miguel palabras que no diría, pero que seguro pensaba. No había tiempo, había que actuar, cerrar y salir, y así lo hizo.

¿Cómo te sientes? Raro. ¿Lo tienes? Lo tengo. ¿Cómo me has visto? Bien, con mucho que decir. Cuéntame. Cada cosa a su tiempo, ahora tienes que descansar, ha sido un camino muy intenso. ¿Cuánto ha durado la sesión? Tres horas. ¿¿Qué?? Como lo oyes...

Román dudó si decirle lo que había pasado al final, pero pronto volvió a decidir. No se lo contaría. Diez años después, las consecuencias salieron al mundo exterior. De nuevo el mismo paciente con idéntico cuadro: dobles intenciones, una novedad escamada y la verdad (incierta) en los cojones. Cómo podía estar frente a mí mismo y tener un tono más alto, que roza en algún momento el La mayor, se preguntaba angustiado. Pero como el paciente no se veía reflejado en el doctor Quieto, el shock quedaba sólo de un lado. ¿Qué le pasa, doctor?

Su colega Inquieto había muerto 2 años atrás en circunstancias extrañas. Así que el doctor Quieto fue ingresado de urgencia (por colapso) gracias a la rapidez del paciente aquejado de dobles intenciones, una novedad escamada y la verdad (incierta) en los cojones. Miguel nunca volvería a la consciencia. Lo único que quedaba de él era su presunto yo desdoblado del paciente con la novedad escamada... La leyenda ahora, estaba en sus manos. ¿A quién iría ahora a contarle el rumor?

viernes, julio 01, 2011

Amarracos. El subconsciente y el verbo letal



Ella era la última persona con la que esperaba encontrarse al salir del coma. Pero ahí estaba 'La Fanny', la prostituta de la cuadrilla del Anselmo (la misma que le robó la cartera mientras le agarraba de su complejo escrotal hace una semana), y la única que se había preocupado por su estado. Raúl Martín vio, por el rabillo del ojo, que junto un vaso de plástico había reaparecido su cartera... aparentemente intacta. Sonrió y le preguntó a La Fanny qué había pasado, dónde estaba y por qué. Ella se encogió de hombros y, con voz de niña adolescente (matizada por el sentimiento de culpa) contestó que no sabía nada; se había enterado de casualidad a través de un cliente.

Le dio un beso en la mejilla y le susurró, con el mismo tono: Si te pones bien pronto te invitaré a un trago muy muy profundo, pero recupérate. Raúl no estaba para imaginar; apenas podía recordar... Dónde está Martín, preguntó. Y La Fanny, que conocía bien su rollo dual, no quiso hablarle del escaparate de los peluches, prefirió entrar en su juego de locura transitorio. Sin embargo, al abrir la boca su mente le traicionó y respondió con un certero: le mataste, por fin. Pálido, Raúl (sin Martín) cerró los ojos y respiró hondo. Lo sabía. Me lo encontré en sueños, pero era él quien me mataba a mí de un disparo con bala hueca. De pronto ella, cayó en coma. ¡Fanny! ¡Enfermera!

Allí mismo intentaron reanimarla, pero fue inútil. El subconsciente y el verbo letal acabaron con su vida de un plumazo. Raúl Martín, ya con la personalidad unificada gracias al shock, dejó de pestañear. Un movimiento mecánico le llevó hasta la cartera. La abrió. No le faltaba nada. No sabía qué buscaba, pero intuía que tenía que encontrar algo que explicara lo que había pasado. Junto a la vieja foto recortada de Gilda, había un papel nuevo... Una nota escrita por La Fanny donde decía: Cuando lo leas, avísame si puedes, tienes mi número. Raúl Martín, no lo dudó y llamó. Una voz de niña adolescente (y libre de culpa contestó). Quién eres, preguntó Raúl, soy Fanny Martín. ¡Ya tardabas!

Continuará... (o no)