martes, agosto 30, 2011

Argumento de un nombre movedizo

Llevo tres días intentando acordarme del nombre de un viejo amigo al que hace más de 20 años que no veo. Todo empezó la otra noche; en mitad de un brindis se coló su recuerdo en el presente a través de una grieta de mi subconsciente. Nunca fue un "mejor amigo", ni siquiera uno de los habituales del "grupo". No, él era uno de esos personajes que ocupan un palco de honor durante una leve (pero intensa) temporada de tu vida.

Nos hicimos muy amigos en aquella época. Por circunstancias los habituales no estaban, tampoco los suyos. Y ambos estábamos saliendo tortuosas relaciones. Con él descubrí tugurios a los que jamás habría entrado si no fuera porque en aquellos días 'todo me daba igual'. La prioridad era 'salir'; salir de ahí, de aquel sitio en el que mi cabeza se había metido y cuyas oscuras arenas movedizas llenaban mis pies de plomo pegajoso. Beber, fumar y hacer del absurdo una ideología completaban el improvisado equipo de salvamento.

En aquel año hubo broncas, de algunas salimos con algun rasguño que otro; hubo relaciones ocasionales con chicas que tampoco querían más que lo puesto, enemigas de las explicaciones y de los argumentos; pero sobre todo, lo que hubo fue mucho cierre de infames bar de copas. Los cerrábamos todos. Recuerdo que el dueño del más hortera (El Holandés Mangante) accedió a grabarme una cinta (una TDK de 90) con el repertorio -más o menos- que pinchaba de 1 a 3 de la madrugada. Mi delirio etílico le persuadió.

Al final salimos de aquel lodazal y cuando lo hicimos, sin despedirnos ni nada, no volvimos a vernos... Y ahora, como decía, más de 20 años después, vuelve sin nombre a mi cabeza. Lo más acojonante de esta historia es que hace un rato me ha llamado María C., una de las chicas de aquella época a la que no le gustaban los argumentos y sí el sexo ahumado por el lodazal, y con la que sí mantengo contacto gracias al dospuntocerismo de internet, y me ha dicho que Flavio ha muerto. ¿No es irónico? Ahora sí que nunca más me olvidaré de su nombre.

Hasta siempre, amigo.
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*Imagen perteneciente a El Desván de los sueños.

lunes, agosto 29, 2011

La carta de Fausto

En la Taberna del Tío Fausto quedan cuatro personas que no parecen muy dispuestas a abandonar el local*: un peregrino al borde de los 40 desengañado pide su tercer tinto; tres amigos que renunciaron a seguir al grupo intentan convencerse de que pueden cambiar las cosas; Fausto Cruceta, el encargado y hijo del fundador, lee Los detectives salvajes de Bolaño.

El peregrino desengañado se llama Ernesto y ha tirado de la cadena al mismo tiempo que ha dejado caer la Fe. Ver al Papa pasar de largo a toda velocidad le llevó a descubrir un agujero por el que había perdido el tiempo. Entonces decidió beberse la sangre de Cristo como despedida. Fausto, por favor, lléname la copa. Fausto hace una pausa en su lectura y procede.

Los tres amigos se regocijan en ese deseo típico de septiembre de querer abandonar sus insulsos trabajos para montar algo. Se han bebido 12 cervezas y han comido berberechos con salsa de bohemia más unas aceitunas con mensaje, peso sin moraleja. La idea que nunca llegará a buen puerto consiste en alquilar un local para convertirlo en espacio de discusión pública. La indignación les mueve y piensan que la gente quiere hablar, dialogar, compartir ideas... Ese es su motor; de momento sin gasolina que lo financia. Pero para eso está la Taberna, para creer que hay combustible.

Fausto es tema aparte. Heredó la Taberna y sus pequeñas historias. Y mientras lee a Bolaño, entre puntos y pausas, de vez en cuando piensa en la suya propia. Una reflexión, que tradicionalmente, termina en un plato nuevo en la Carta de la Taberma. Así nacieron los berberechos a la bohemia; o el cabreo de parrochas; o el sargo que nunca rima; o el pulpo de letra...

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*La típica bodega, pero atípica por verse en vías de extinción. Revestida de madera y llena de barriles enormes convertidos en mesas. Sin humo, pero impregnada de bruma humana en cálida penumbra. Con las paredes dominadas por fotografías marineras en blanco y negro y redes de pesca jubiladas. Aroma a melancolía mezclado con vino e ideas vertidas que nunca llegan a buen puerto. Un santuario para coleccionistas de levedad y esperanza ficción.

martes, agosto 16, 2011

Barrer, partir sin pensar en llegar

Ella sabe cómo barajar las cartas en su favor. Carla me enseñó a barrer y desde entonces he logrado hacerlo en el sentido de mi casa. No es fácil, creedme. Para barrer, primero hay que saber qué limpiar, por dónde empezar y bajo qué objetos se esconden las motas más significativas. Pero Carla, que conoce las claves de los movimientos de cartas, ha sido una maestra formidable. Ella localizó el primer motivo que yo debía arrastrar. Que lo hiciera hacia dentro o hacia fuera ya era cosa mía.

Ayer jugamos al mentiroso con dados. Cada cual con su as bajo manga. Maestra y aprendiz en el mismo pulso, en la misma pulsión. Nos pillamos en los mismos renuncios, ganamos las mismas bazas, empatamos en todo. No había manera de mentir sin sacrificar una verdad; era imposible ser sincero sin colar una soberana bola.

Por agotamiento decidimos parar y algo más. Decidimos barrer en la misma dirección, a ver qué sentido encontrábamos. Así que hacerlo hacia fuera o hacia dentro ya no dependía sólo de mí. Era una cosa de dos. Carla baraja los dados como nadie. Y yo sé cuáles son mis cartas en una baraja limitada. Aquella fue la mejor experiencia que vivimos juntos. Desde entonces mota a mota barremos hacia el mismo punto.

Ahí nos encontramos, en una partida sin llegada, donde las cartas están marcadas por nosotros.

lunes, agosto 15, 2011

Dudas como piedras

Ayer le pegué una patada a una piedra y salieron tres dudas corriendo. Una de ellas, la más segura de sí misma, no se lo tomó como algo personal. Pero las otras dos corrían pensando que la patada iba por ellas. Apenas tuve tiempo de disculparme. Se las llevó el viento. Y yo me quedé con una mosca, de montaña y muy cojonera, detrás de la oreja que no paraba de decirme, a su modo zumbón, lo imprudente que había sido mi actitud.

Lo que me faltaba, ¡que una mosca me hable de imprudencia! Seguí caminando por el monte. Solo y mojándome gracias a esa lluvia que nadie acertó a predecir. Unos 30 metros después, en mitad de una cuesta muy pendiente de mis pasos, me asaltaron las dudas. Una, la más segura de sí misma me robó la prudencia, y las otras dos, directamente se vengaron a base de patadas a mi conciencia. No sé por qué le di esa patada a esa piedra. Desconozco el motivo que me llevó a hacerlo. Fue un acto reflejo.

De pequeño pisaba caracoles sin pensar en los pobres invertebrados. Era como dar una patada a una piedra bajo la que se oculta un escorpión o como lanzar una bola de pino con mi tirachinas contra un autobús. No pensaba ni en las consecuencias ni mucho menos en lo que había más allá de mi imprudencia. Pero ahora, ya mayorcito, las tres dudas fugadas del absurdo reflejo me están repateando la cabeza. Igual, en cuanto ponga el punto y final, llegamos a un acuerdo adulto. ¿A ver? Sí, la mosca me confirma que sí.

jueves, agosto 11, 2011

Fijos y fijados

Cuando estás de vacaciones, en modo desconexión, no esperas subir un monte y encontrarte con un cerrojo atado al aire. Y sin embargo, te lo encuentras. Es la imagen que ilustra esa entrada. Tengo más fotos. Todas enfocadas a montes, picos (de Europa), platos, caminos, paisajes fusionados (verdes y azules), nubes o aguas (más o menos rizadas), y muchas más; pero ninguna como este candado sujeto a pastos, oxígeno, libertad y a libres interpretaciones. No sé por qué me fijé en él, pero lo hice y como consecuencia, quedé fijado en él. Ahora no hago más que pensar en lo atados que estamos a nuestras estructuras particulares. Aferrados a algo fijo que no sabemos por qué se ha fijado en nosotros. ¿O que se ha fijado a nosotros?



martes, agosto 02, 2011

Parir, dudar, disfrutar del asilo

Pasaba un par de días en el cortijo de mi amigo Amos. Necesitaba salir un poco de cuentas para parir algo que tenía rondándome la cabeza. Amos es muy generoso, me deja sus llaves y vía libre para ocupar su casa blanca con techo recto. Creí que la calma y la magia del desierto me dilatarían la salida, pero no fue fácil. De hecho, ahora mismo... ya da igual.

Me explico. Salí a dar una vuelta la misma noche que llegué, me apetecía perderme un rato entre cáctus y tierra seca. Tropecé con algo sólido que no era ni una piedra ni un saco de carbón. Aquello que me levantó una uña era una idea abandonada. Traté de abrirla como una nuez, me ayudé de una llave maestra, pero fue imposible.

Y digo que ya da igual el motivo por el que pedí asilo a mi amigo Amos, porque al abrir la idea encontré una duda. Todo el mundo anda como loco por vender deudas y yo voy y me adueño de una duda. Y mientras la alimento noto como me endeudo con aquello que me rondaba la cabeza. No me importa, desde el asilo disfruto del momento.