jueves, octubre 27, 2011

Pormenores de un final que no empieza

Empezó por el final, como de costumbre, para tardar más en comenzar de nuevo. Así se plantea la vida Benigno Ronda, como un libro que no termina de empezar sin entregar un final a cambio. Cuando le conocí, por casualidad, yo acababa de hacer mi foto número 1000 sobre las consecuencias de tirar al suelo un adjetivo mal sustantivado. ¡Menudo coñazo! Exclamó Benigno y añadió: Así sólo vas a conseguir un ejército de exabruptos contra su propia calavera. Yo lo haría mejor... Por entonces yo andaba bajo la influencia unas agujas de acupuntura para la indiferencia; así que me lo tomé como una crítica constructiva sin apenas remover mi mala hostia.

Benigno Ronda recibió varios golpes a su estado infantil con apenas 7 años. Uno de su padre Colmo, negándole mendrugos de pan por soñar con profesiones inexistentes; como la de encofrador ideas táctiles en cabezas esquivas. Otro de su madre Bendita, cuando de bebé le negó una teta por ansioso. Uno más de su tío Casco, al negarle la entrada a una comida... de cabeza colectiva y familiar. Hay más, pero son estos tres los que le marcaron especialmente. Desde entonces, como decía más arriba "no termina de empezar sin entregar un final a cambio" y encima se permite el lujo de criticar mi trabajo con las fotos sobre las consecuencias de tirar al suelo un adjetivo mal sustantivado. Trato de entenderle, pero yo también tengo mis golpes del pasado.  

Pero lo que me ha llevado a escribir sobre él, más allá de su peculiar forma de vivir modificada traumáticamente y regulada por sí mismo, es una charla que ha tenido hace unas horas con Camino la dueña de una tienda que lleva 10 años cerrando y que nunca termina de hacerlo. Vende pormenores, caras B, cruces de la moneda y complementos que no casan con nada. En la conversación él hablaba del futuro. De un futuro en el que pensaba librarse de su parte competitiva, la que le lleva a reaccionar antes que a escuchar. "Compito hasta con mi sombra, Camino. Y es muy cansado, al principio pensaba que era cosa de los demás... Que era mi vecino, mi amigo, tu amiga, el de más allá quienes siempre tenían que añadir una nota de superación sobre mí".

 -Fíjate en mí, no termino de cerrar lo que empecé por falta de claridad
-¿Claridad?
-Sí, no entiendo qué me llevó a comerciar con pormenores, cuando todos lo elevan al tamaño del granel
-¿Necesitas un final?
-Como agua de mayo
-Yo necesito empezar por ahí

Ambos desesperados, más absurdos que la competencia en ojo propio... Y yo tomando nota del momento, sin darme cuenta que estaba siendo parte de aquella secuencia de pormenores y caras B. Cómo no, les he hecho una foto. El asunto tiene mucho que adjetivar y las consecuencias pueden ser más que fotográficas. Está por ver. Quién sabe, puede que descubra cómo empezar lo nunca empezado y terminar así un final que ni siquiera tiene apoyo en origen desconocido.

martes, octubre 18, 2011

El cruce

La noche terminó con un glorioso: "Hijo, yo soy tu padre" y unas risas auténticas llenas de sentimiento. Muertos de risa padre e hijo dibujaron los pasos avanzados hasta llegar al punto de partida. Ahí se despidieron hasta otra. En el semáforo se encontraron por casualidad en una ciudad llena de gente y restos (de todo) sin apego a nada. Poco antes de despedirse habían dado un paso más, cada uno en su fuero interno pero también de cara al exterior, en la aceptación de que el tiempo (aunque no llueva) cada vez se desliza más rápido por las aceras y el asfalto. 

Eso fue con el último brindis. El anterior, marcado por un ribera llamado Terrible que estaba terriblemente rico, sirvió para llorar de emoción y reír de pena por los tiempos pasados; la ausencia de reproches, y los fuertes sentimientos del presente. Aquí, en este paso, hubo muchas palabras, ninguna vacía, que pedían ser escuchadas y saboreadas paralelamente al goce que se estaban dando sendos paladares. Así lo hicieron. Se escucharon como nunca antes lo habían hecho. Estaba claro que lo espontáneo del momento, regado por una casualidad a pie de semáforo, otorgaba al momento un sabor que sólo podía disfrutarse sin previo aviso.

Apoyados en la barra de una cantina que nunca ha existido, pero que paradójicamente tiene nombre propio (La Taberna del tío Fausto), se tomaron la primera copa. Después llegaron más que no están entre estas líneas por nada en concreto. En esa primera que inauguraba el encuentro había ganas de romper estructuras 'de siempre'. Un padre que quería seguir siéndolo pero sin dejar de guiñar el ojo a su interno aguerrido infante, y un hijo adulto que a pesar de ser padre y haber superado al hijo (no menos paladín) deseaban dejarse de historias. Despojada tensión, erradicado el hambre de anteponer y aniquilado el ansia de ejercer, ambos charlaban. Sin tirones, sin calambres, sin frases defensivas, sin nada más que lo puesto.

Pasada la línea, el hijo entendió su ansiedad infantil de querer amarrar los mejores momentos con un seguro a todo riesgo que garantizase un gozo posterior, lo antes posible. El padre por su parte, sencillamente se relajó aún más... Por fin, ya no había tensión que mantener. Y aunque estas últimas líneas suenen a conclusión explicativa, he de decir que no lo son. Porque esta historia no tiene principio y en principio, no sé por dónde tirará el final.

miércoles, octubre 12, 2011

El núcleo que todo lo tapa

A Robin Pascual últimamente le caían más chuzos que nunca; sin punta, pero que joden igualmente. No parecía haber cambiado nada en su vida. Seguía siendo el mismo tipo discreto que factura varios miles de euros al mes por analizar mutaciones en el sistema orgánico del rencor ajeno. Sin embargo, el entorno empezó a reaccionar contra él. Primero fue Eugenio el radical (el de la tienda de ultramarinos), cuando por las bravas y tras una discusión con Juani (su amante invidente vidente) volcó su ira contra Robin a través de un pavo trufado de fracasos...

...Al día siguiente Madariaga (el párroco buceador sin empleo que emplea su tiempo en hacer de zahorí urbanita) le denunció por robarle el sueño "aquella" noche de marzo. Antes, Sandra Sacristía (la presidenta de Elásticos Carburos SA), sin más, le daba una patada en el gemelo derecho mientras le reprochaba algo en Japonés. Ya por la noche, dolorido, empezó a repasar los hechos. En mitad del proceso tropezó con una idea que le rondaba en la cabeza y que le estrelló contra un sueño... contra sí mismo. Después se desveló.

Ayer se levantó de bajón, se miró al espejo y a través de sus profundas ojeras llegó hasta el núcleo del rencor propio, el que le había llevado a lucrarse con el ajeno. Ese núcleo estaba compuesto por recortes (planos de su vida que había cortado/editado en favor de una película manipulada). El 80% eran descartes (pasos dados hacia atrás); el 20% puro miedo. Después de desayunar le dio la vuelta al espejo y encontró un panel lleno de argumentos constructivos e inconscientes que se habían escapado gracias a un resquicio abierto por las dudas. Se habían pasado la vida sepultados bajo el núcleo de recortes.

Hoy, arruinado y contento, no sabe por dónde empezar...

jueves, octubre 06, 2011

El eje se oxida

Volvía a casa, en modo desescombro propio, cuando a la altura del betún hallé el contenedor de la foto. Entonces empecé a pensar en lo mucho que están cambiado las radiografías de los pisos (y no hablo de los desahuciados). Yo, a pesar de vivir con medio cuerpo en internet, sigo empezando la casa por el tejado y el salón por la tele. No tengo todavía la estructura interna de la generación mutante, la pulgarcita*.

Es cierto que leo más y profundizo menos (menos en lo importante); es cierto que veo más series que cine; es cierto que hace mucho que no me compro un CD; es cierto que veo más marcadores deportivos a tiempo real y/o resultados a través de mi iPhone que los partidos en sí (salvo por Nadal y el reparto de juego de Xabi Alonso, el deporte me empieza a aburrir); es cierto que cada vez me gusta menos ir al cine por que no soporto a la gente que me mastica al lado (que suelen ser los mismos que no saben callarse durante un ratito) y termino minimizando -y ajustando- este arte a las dimensiones de mi tele... Es cierto.

Pero aún ella, la tele, aunque muchos desgraciados la maltratan desde dentro, sigue siendo para mí, el eje del salón (o saloncillo). El contenedor me recuerda a dos conversaciones que me hicieron pensar el otro día. En la primera, Luv Sayal (fundador de iWeekend) me decía: Yo no veo la tele, de hecho no tengo... Poco después, en otro contexto, Álvaro Verdoy (organizador iWeekend Castellón) decía la misma frase: Yo no veo la tele. Entonces me di cuenta de que esa frase, Yo no veo la tele, había dejado de ser símbolo de una postura antisistema televisivo o una pose absurda, para convertirse en una alternativa real a la de empezar el saloncillo por la tele. La mía y la de tantos.

Ahora, recogido el contenedor, me doy cuenta de que 'cambiar de canal' además de ser una acción obligada, es una expresión en extinción. Es lo que tiene el verbo desescombrar.
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*A través de Twitter llegué a este interesante artículo de Gabriel Navarro.

domingo, octubre 02, 2011

Flan, el copiador de interiores

Se llama Joaquín Flan, no recuerda dónde nació, tiene media edad, un vaso por llenar y ha desarrollado una extraordinaria habilidad. De lejos los más cercanos a él no salen de su asombro. Es capaz de extraer una copia de una parte interior de alguien e incorporarla a sí mismo... Cuantas veces como quiera y sin reparar en efectos secundarios para los demás. Por ejemplo, hace una semana decidió adquirir: los deseos realizados de Bruno Maraña, el ingeniero parado del barrio; o lo aprendido por Rosa Dada (la lista) durante el último año en la Escuela Utópica de Estrategias prototípicas.

Ni Dada ni Maraña notaron nada en un principio, pero poco después, comenzaron a sufrir extrañas réplicas internas procedentes de la cara (dura) del estómago. Réplicas contra aseveraciones propias. A la semana, se habían convertido en personas disconformes con todo lo que venía de dentro; contradictorios crónicos. Evidentemente, Flan, que en el fondo es un buen tipo, no sabe nada. Él disfruta de la diversidad que crece y puebla su vida.

En el proceso Joaquín aprende y favorece el crecimiento de su red de posibilidades. Entre los deseos de Maraña encontró el intelecto de terceros a los que pudo copiar y por tanto adquirir sus logros impensables. Por ejemplo, Maraña amaba a Sara Saltilla. Sara Saltilla tras muchos años peleando por responder a decenas de porqués, halló respuestas importantísimas. Flan se hizo con ellas sin pasar por el proceso de búsqueda de Saltilla. Saltilla hoy sufre las consecuencias, no cuestiona nada y recibe todo a pies juntillas. Mientras, Joaquín suma y sigue.

Y ahora se ha encontrado con un problema: mientras dormía ha caído en un enlace de Nacho mientras David Schudger, trataba de ponerse en su piel.