miércoles, noviembre 16, 2011

Vínculos oculares

La siguiente historia que procede a continuación tuvo lugar un lunes de noviembre de 1991:

Millán y Lucía, dos desconocidos, a la altura del 9 de la calle Maestrillo Valle, se enganchan con la mirada y desde ese momento, las 10:30 horas, pasan tres días hasta que un cuerpo especializado en vínculos logra separarlos.

Al principio la gente pasa a su alrededor sin percatarse de lo que sucede. Pero como siempre hay alguien que vuelve y vecinos que pasan más de una vez por el mismo lugar, la imagen de dos personas (congeladas), mirándose sin moverse del sitio con expresión de angustia empieza a llamar la atención. Sin embargo, pasa un buen rato hasta que alguien se interesa por la situación. 

Mientras, extenuados por la... prisión ocular, Millán y Lucía apenas pueden pronunciar palabra. Es Lucía quien rompe el hielo sin inquietar la mirada. ¿Qué ha pasado? No lo sé ¿Nos conocemos? Creo que no ¿Puedes parpadear? No. Yo tampoco ¿Qué hacemos? Ni idea, nunca me ha pasado algo así, pero sigamos hablando, que descansa la vista. Es cierto, ¿puedes moverte? Ahora sí, pero no puedo caminar. Entonces pensemos...

Por fin Ramón Tifh, el dueño del estanco para no fumadores se acerca y habla con ellos. Es él quien avisa a los especialistas en vínculos. No sabía que existía una unidad así dentro de la policía, dice Millán. No son de la policía, contesta Ramón, y añade: Son bibliotecarios de páginas sueltas, sin tapas, expertos en atar cabos sin pliegues más allá de las historias que las parieron (a las páginas).

Yo conocí a uno hace años, cuenta Lucía. Nos miramos a los ojos, pero nunca nos enganchamos... ¿A qué te dedicas, Millán? Al cultivo de discursos estructurados. Ayudo a las personas a construir argumentos partiendo de ideas brillantes o llamativas, pero inconexas ¿y tú? Yo trabajo con mayoristas de conceptos rebuscados. Ramón sonríe y concluye: Ese experto al que no te enganchaste, Lucía, es mi sobrino. Y lo más curioso del asunto es que tuvo que desvincularse de su deseo de enrolarse para ir a la Guerra de datos* para hacerse un experto en vínculos.

Cuando el sobrino de Ramón logra separar a Millán y Lucía atan cabos... Desde entonces son inseparables. Años y muchas conversaciones después se dan cuenta de que tienen otra cosa en común muy llamativa: ninguno de los dos lloraba desde la infancia, hasta que lograron desengancharse... de córneas para fuera. Pasaron un día entero con los ojos llorosos. Hoy no tienen problema de llanto y sueltan la lagrimilla cuando procede. 

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*La Guerra de datos duró cuatro años, tuvo lugar en Tallín (Estonia) entre 1990 y 1994 por culpa de un malentendido entre periodistas mal informados.

lunes, noviembre 07, 2011

REC

Aquella noche se dejó la cámara grabando y al día siguiente descubrió que actúa hasta cuando cree no actuar. Cuando piensa, cuando habla por teléfono, cuando se atusa el bigote, cuando se queda en blanco, cuando se pelea consigo mismo, incluso cuando todo se la suda. Siempre actúa. Desde ese día Raimundo Terrón no cierra una puerta por miedo a quedar 'al otro lado'; evita abrir las ventanas de par en par y sólo lo hace en días impares; y mete su cámara dentro de un cajón vacío.

El problema es que la cámara sigue grabando esté encendida, apagada o condenada en el fondo de un mueble bar. Cuando se la compró a Yan Chi Tao, 'el telonero de fondo' (quien tiene historia aparte), actuó sin conocer el papel que interpretaba en aquel momento. "Esta cámara lo glaba todo", aseguró Yan Chi, y Raimundo se limitó a pagar... Y a contestar sin pensar: "Justo lo que necesito". El miedo a quedar al otro lado, al par de las ventanas o a no mirar al objetivo le están pasando una factura sin resguardo.

Cuando duerme, el visionador se conecta automática y autónomamente, y la cinta empieza a pasar su vida ante él, al mismo tiempo que la cámara no para de grabar. Raimundo ya no sabe cómo actuar, no sabe por qué era "lo que necesitaba". Se ve actuando, se ve ignorando, asumiendo, observando, aprendiendo, pero siempre con un ojo pendiente de un objetivo. De pronto ve algo que le llama la atención, rebobina, congela la imagen y se descubre en un plano sin pretensiones. Trata de aferrarse a él como si fuera su última esperanza de encontrarse con vida. Pero el plano desaparece y la secuencia sigue adelante; y la cámara... grabando.

A las 17h del día 20 de marzo de 2000 la policía encontró una cinta en el piso de Raimundo sin rastro de Raimundo; y con las ventanas abiertas de par en par. Román Bofríz, el agente que lleva el caso, lo sigue llevando... como puede. Hoy continúa visionando y asombrándose de la actuación de Raimundo. Lo misterioso del asunto es que la cinta, en teoría, ya tendría que haber terminado de pasar una vida por sus bobinas. En cambio no parece tener fin y Raimundo no aparece por ningún lado, pero sí al 'otro lado', al que tanto temía.  

viernes, noviembre 04, 2011

Una resonancia patética

Cuando se lo pensó la tercera vez supo que había perdido el tiempo con las dos primeras. La inicial por no prestar atención a las palabras que no decía y la segunda por decir lo que no debía. Sin embargo, Elisa Detierra, tuvo la astucia de proporcionarse una tercera oportunidad. Se había cortado un dedo antes que un pelo, lo que le sirvió de trampolín para saltar a su propio abismo de ignorancia. Lo hizo de noche, en mitad de una dulce venganza ejecutada dentro de pesadilla; y tras pensarlo tres veces. Saltó, sin miedo, sin tapaderas, sin protecciones, libre de complejos y con los ojos abiertos.

El golpe fue considerable. De una herida no brotó sangre, sino animadversiones en forma de lascas talladas con traumas indelebles. Por un momento creyó arrepentirse, pero estaba tan aferrada a esa tercera oportunidad, tan convencida de su último/único recurso, que ni siquiera pensó en el torniquete... Al contrario, sabía que su propia naturaleza cortaría la hemorragia en el momento preciso.No giró la vista, aceptó la supuración y lo imborrable del asunto.

A medida que pasaban los minutos, los segundos se estancaban, las horas seguían su curso y los días se hacían más cortos. No había transcurrido un año cuando salió de su asombro al comprobar que permanecía en el abismo que tanto había mimado. No había nadie más. Sólo el eco, que le servía para poner en boca de otros lo que llevaba con ella: malos humos, envidias, los calores fríos, los picores ante palabras urticantes, pero también los méritos o los logros. Como ella escribe en el libro que nunca ha publicado: "Era mi propia resonancia patética".

Las muescas en las paredes rugosas del abismo de Elisa marcaban el tiempo. Cada hendidura le recordaba, uno a uno, los despropósitos de una vida a medias; las fotos sin colgar -todas en el suelo apoyadas en la pared- eran el reflejo de una eterna transición; las hojas de cuadrículas con palabras intentando significarse, hablaban de permanecer en el nudo por miedo al desenlace; los errores incrustados entre los pocos adoquines del abismo eran parte ya de un todo sin perfilar... Aquella cueva sin luz tenía tantas cosas por atar que Elisa no veía el momento de partir/parir/ascender. Sólo la convicción de haber acertado pensándoselo esa tercera vez, le proporcionaba certeza y alimento.

Pasaron más horas, minutos, años o segundos... En un momento dado decidió contradecir a su eco,  éste no cuestionó la voz, se produjo un chispazo simbólico (pero visible) y ella empezó a ponerse a parir; y del efecto volvió a nacer. Al día siguiente estaba 'fuera', sentada ante su tabla con dos borriquetas, frente a la ventana que da a la taberna del Tío Fausto, escribiendo sin parar sobre la experiencia... Desarrollando el libro que jamás ha escrito y que tiene un final que seguró pensará por tercera vez.