sábado, diciembre 31, 2011

El secreto

Había logrado que la escuchasen en el súper. El charcutero era su última esperanza, sólo éste podría llevarle hasta la bodega donde se escondía el secreto mejor guardado de su historia. Eulalia le contó con todo detalle en qué consistía su argumento. Pero hasta entonces la tomaron por loca el pescadero, la ferretera, la verdulera, la responsable de los emparedados y el domador de carne picada con el mundo. Luis Lombía, el charcutero, tenía un punto de sensibilidad por encima de la media. Un día decidió aprovechar los lapsos (entre corte y corte, entre las múltiples impertinencias y caprichos de los clientes) y rasgar un poco más en las ideas que se le pasaban por la cabeza superficialmente para ver hasta dónde le llevaban. Además, esta práctica le servía para detectar a los auténticos listos y listas de la compra. Eulalia era una de ellas.

Eulalia Santadealta se llama. Y junto a su pensión y otros seguros de vida, sabía que su familia tenía un secreto a voces que terminaron ocultando. Ella nunca le dio más importancia de la que se suele otorgar a cualquier dicho o rumor típico. Pero la semana pasada Ernesto Torno Santadealta, un primo segundo con actitudes de tercera, se presentó en su domicilio de Castrunteriza con la intención de llevarse el secreto a la tumba. Le habían detectado un cáncer unívoco en el codo derecho y le daban dos o tres días laborables de vida a partir de pedir el secreto a Eulalia, así que no había tiempo que perder. Eulalia siempre había sido la más independiente de los Santadealta y quiso apostar con éxito por construir su propia historia, partiendo de ella. Así que no le importó ayudar a su primo; a quien se le iba la vida, ligada en pleno a la tradición Santadealta. El secreto, sin duda era suyo.

La llave estaba en el viejo súper de Castrunteriza. Se lo contó su tata -fiel siempre al apellido Santadealta- antes de emigrar. La llave abría la puerta de un espacio con forma de recuerdo y olor a viejo desván. Sólo había una persona que podía deducir dónde estaba esa llave. Porque ninguna conocía su paradero. El camino hacia el secreto estaba formado por deducciones ilógicas repartidas por las mentes ajenas de los responsables del súper. Así se dispuso en el seno de la familia: como un mapa en forma de anécdotas contadas ilógicamente a personas ajenas al 'tesoro' que lleva a la cámara del secreto familiar; y una persona con un dato más claro capaz de reunir dichas anécdotas y estructurar con ellas la puerta de acceso. Y en efecto, aquella pieza clave era Luis Lombía, el charcutero.

Eulalia, junto a su primo (pegado a la muerte), después de lograr librarse de los esbirros de Paca Retabla (la verdulera), consiguió contarle todo a Luis. Y todo porque Luis, que era una persona muy sensible, se acercó a Eulalia sin conocimiento de causa. Luego entendió la causa. Conectó con aquel dato que una clienta (la madre de Eulalia) una día metió en su cabeza. Después, como si se supiera perfectamente el guion, fue haciendo preguntas clave (con apariencia de absurdas) a los demás comerciantes para ir completando la pasarela hacia la cámara del secreto. Las respuestas no eran menos absurdas...

-(Aleatoriamente a Fernando el domador de carne picada con el mundo) ¿Por qué el gato no se asomó al acantilado?
-(Frunciendo el ceño por la incontrolada respuesta) Porque detrás del muro sólo hay zapatos ilegales y un océano oscuro custodiado por chinos

-(A Sara Dual la verdulera silvestre) ¿Qué sabes de Simultáneo Saavedra?
-(Desternillada) Que mintiendo se llega por el camino inverso

Y así, de inconsciente a inconsciente y con sorpresa, Luis trazó el mapa: Empezaba en su propia trastienda, tenían que entrar nadando los tres. Eulalia y Ernesto, antes, debían asumirse. Atravesado el océano inverso al muro de la familia Santadealta llegaron a un camino contiguo al pasillo comercial y soterrado de un Corte Inglés oculto que une por los subsuelos toda intención de venta. Cruzado el umbral del camino se plantaron en el final. Un espacio sin dimensión, pero amplio. Allí, dentro de un aspecto, estaba el secreto. Eulalia, no quiso conocerlo, Luis se lo entregó sin vacilar y ella (con alivio) se lo cedió a su primo. Te lo puedes llevar a la tumba, le dijo sonriendo. Ernesto lo agarró como si su vida fuera en ello; y después, murió. Al rato, Eulalia y Luis envasaron en papel de fiambre lo ocurrido y se dispusieron a despedirse del año. ¿Qué más? Es todo, Luis.

viernes, diciembre 23, 2011

El charco de Benet (existente o borrador)

Viene de Benet el mafioso y la entrevista ficción 1001...

...El principio de la historia de Benet se encuentra en un charco. Me cuenta que cuando abrió el ojo izquierdo no tardó en comprobar que su ojito derecho le había abandonado. Estaba tirado en aquel charco, rodeado de despropósitos propios y un montón de años perdidos. Algunos emprendedores se encomiendan a un mecenas para sacar adelante su proyecto. Otros buscan muchos inversores para no depender de ninguno. Mario Benet apoyó su vida en un escudero llamado Javier Retablo.

Le pagaba bien y a cambio hacía del hijo que nunca tuvo y acometía para él pequeñas y comprometidas gestiones mafiosas de barrio. Una extorsión por aquí, un cobro extra por allá, sutiles intimidaciones y algún que otro artículo escrito para un par de periodistas corruptos. El pequeño Javier valía para todo. Las arcas de Benet lo notaron desde que le rescató de aquel centro juvenil de mala muerte. Eran como Sonny y Calogero en Una historia del Bronx (Robert De Niro,1993) pero en versión sórdida situada en el Madrid de los 80. Se querían, se respetaban y confiaban el uno en el otro sin lugar a dudas.

Benet se sacudió la chaqueta y los zapatos para quitarse de encima el barro, los despropósitos y el agua estancada. Le dolía todo el cuerpo y tenía la ceja derecha partida en dos... Dividida, mejor dicho. Una dando por sentada la traición de Javi y la otra dudando de él mismo. Sin cartera, sin dinero y con un aspecto decrépito, que constató en el reflejo del charco cuando las aguas se calmaron, decidió refugiarse en su piso secreto, muy cerca del Manzanares.

Explica que Javier Retablo tenía ambiciones, pero siempre las compartía con él. Nada fuera de lo normal. Mario le entrenaba en el difícil arte de la extorsión, y le protegía en los momentos difíciles. Por ejemplo, si en alguno de los extorsionados afloraba el instinto de indignación y trataba de defenderse, ahí entraba el Señor Benet para dormir ese vanidoso síntoma reivindicativo. Es decir, no era el típico apoderado que abandona a su protegido al mínimo síntoma de conflicto con él. No, Mario se vinculaba a él para siempre. Eso sí, sin derecho a romper el lazo por parte del protegido. Después se veían una peli clásica, tipo La fiera de mi niña (Howard Howks, 1938) y hablaban de la vida como padre sin serlo e hijo que aprende a serlo.

Javier -siempre fiel y agradecido-, le escuchaba, preguntaba, aportaba creatividad mafiosilla, ampliaba espacios para atraer más dinero. Además, con Mario había aprendido a no ser más ambicioso de lo que podía permitirse. En su negocio entraba la economía suficiente para vivir dos vidas, pero sin ostentaciones, y el secreto estaba en trapichear legalmente. Como suena. Mario tenía la teoría de que todo ser humano necesita (inconscientemente) ser extorsionado o atracado en pequeñas dosis periódicamente; no entra en los porqués, pero asegura en esta entrevista número 1001 que es así. Y él, dice, tiene el deber moral de satisfacerles, y eso a la larga "les ayuda a mejorar". Javier entendió la lección e incorporó la teoría sin contemplaciones.

Horas antes de amanecer empapado de sus miserias en agua estancada y sin noticias de Javier, habían quedado con una madre mafiosa que tenía algo que decirles. Se llamaba Matilde Mazorca y era la verión de Benet al otro lado del charco (de la otra orilla del Manzanares). Se conocían desde críos, y se rumoreaba en círculos (sin cerrar) que eran hermanos separados por una infancia oscura (de la que Mario no me habla); pero no se hablaban desde tiempos colegiales. Javier fue quien hizo posible la reunión. Benet accedió. Era una tarde fría, con el cielo rosado y el suelo congelado, menos ese charco.

Quiero proponerte un trato, Mario, arrancó Matilde. El trato consistía en compartir a Javi y a cambio ella donaría una parte de sí misma a esa relación. Una parte de sí misa compuesta por ella y un porcentaje de sus recaudaciones (dinero, historias ajenas, almas rentables, dudas cicatrizadas en almoneda, cinismos frescos...). Benet no lo vio claro y amplió el trato a la posibilidad de acceder en todo momento a sus intenciones a través de la desmemoria. En ese momento sintió un golpe en la nuca. Después sólo recuerda el sabor de sus errores empapados con el agua del charco.

Cuando llegó a su piso del Manzanares repasó los hechos. Lo veía todo turbio, pero con los claroscuros necesarios como para encontrar algo de certeza. Javier desapareció. Las teorías que empezaban, morían rápidamente. Con los días, los meses y los años todo pasó... Hoy han transcurrido más de 20 años y desde ese día, no ha vuelto a saber nada. Cambió extorsiones por verbos descatalogados y abrió una tienda sin trastienda en la que vende colecciones de tapas desgajadas de sus libros. Cambió de barrio y se hizo el muerto para enterrar su pasado. Ahora, quiere que le ayude a saber si existe o es un borrador.

miércoles, diciembre 21, 2011

Benet el mafioso y la entrevista ficción 1001

Hoy he hecho mi entrevista número 1001 como periodista ficción. Se la he realizado a Mario Benet, un mafiosillo de barrio que ha decidido cantar. Su época de esplendor tuvo lugar entre finales de los 70 y mediados de los 90. Dio conmigo a través de una voz perdida que procedía de un teléfono ajeno en "el 52" (autobús regular de la EMT). Aquella voz hablaba de mi supuesta hablilidad para cominicarme con personajes borrados o directamente inexistentes. "No, no está loco, ni es un medium; sencillamente se interesa por ellos y después ellos le hablan, le putean o le presentan a terceros", decía aquel... tercero. Aquello conectó a Benet con la conversación. Después, a pesar de su tercera edad, Benet recordó su agilidad en el arte de la sustracción y se apropió de aquel 'móvil' para llamarme.

Acostumbrado a dicha costumbre no me sorprendió su llamada. Desde el principio me interesó su historia. Hablaba de decadencia; de buenos momentos; de reflexiones mafiosas mezcladas con dinero circulante e indiferente; de traiciones y pasiones; de letras ensangrentadas. Pero sobre todo, tenía una historia (a medias) que contar, una trama que si fuera una película planteraría un principio claro, un nudo grueso y lleno de rugosidades oscuras, pero sin noticias del FIN. Y para eso Benet había acudido a mí, para conocer el final (si es que lo había) y para saber si él estaba entre los directamente inexistentes o entraba en la categoría de borrados.

jueves, diciembre 15, 2011

Raúl y el 600 verde

Se llamaba Raúl, mi amigo durante 3º y 4º de EGB, allá por los 80s. Como muchos compañeros dejaron aquel colegio, el San Juan Bautista, para entrar en las filas educativas de otro centro. No tengo un recuerdo muy nítido de aquellos años, pero sí sé que Raúl siempre ha ocupado un lugar especial en mi cabeza. Entrañable, simpático, compañero, generoso, educado, rápido, listo, llevaba adjuntos estos y muchos más adejetivos, y muchos más que amplificó con los años. 

No hablaba con él desde 6º de EGB hasta que un buen día, tras colarse en un recuerdo y pasar a protagonizar un post en Periofismo ficción después, Facebook nos volvió a juntar. Así son las cosas, de pronto se te cruzan los cables, rescatas un nombre y al instante te ves charlando (en formato adulto pero con las estructuras de la infancia) con tu amigo de entonces. Le busqué después de escribir aquella entrada (que no consigo encontrar), la foto de su avatar no dejaba lugar a dudas. Era él, la misma cara pero con el gesto de llevarse bien con los años. En brazos sostenía a un retoño llamado Guille, que confirmaba esa buena relación con el tiempo, su tiempo. Le mandé un mensaje inmediatamente y al rato ya tenía una respuesta.

Me confirmaba que era él y yo a él que yo era yo. ¡Qué cosas! Confirmadas sendas identidades charlamos un rato por escrito. Se rio cuando saqué a la luz aquel 600 verde en el que le veía marcharse con su madre y sus dos hermanas cada día a las 17h, después de las clases.

Es curioso cómo durante años no verbalizas sentimientos ni recuerdos y en un momento, hablando con una persona con la que no has hablado en 30 años, te llegan hasta los olores de tantos instantes (de los pasillos de EGB, la merienda de las 16h, el serrín en el suelo en los días de lluvia, etc.); incluso imágenes 'inéditas' que permanecían en 'archivo' junto a las 'editadas'. Quedamos en seguir en contacto, le felicité por su paternidad y él a mí por la mía futura; nos despedimos. 

Desde finales de 2009 no volví a saber nada más de él. Tampoco actualizaba su muro, así que pensé: se habrá cansado de Facebook, ya nos volveremos a encontrar. Pero el otro día me llevé una alegría enorme cuando su hermana Miren se puso en contacto conmigo. Hablamos un rato y también se rio con el recuerdo del 600; ella también era parte de aquel vehículo. Y la alegría se esfumó cuando me dijo que su hermano había fallecido en un accidente de tráfico el 12 de enero de 2010. Apenas unos meses después de nuestra efímera y virtual conversación. 

El 6 de diciembre habría cumplido 38. ¡Hasta siempe, amigo!

PD.: ¡Ánimo, Miren y toda la familia!

sábado, diciembre 03, 2011

El papel tras el buzón con voz

Llego cansado (muerto) después de una semana muy intensa. Cuando abro el buzón (el de siempre, el que alberga cartas en sobres de papel y panfletos publicitarios) una voz sale del fondo. Impostada, tenebrosa, pero conciliadora. Me invita a palpar bien el interior del buzón, porque hay mensajes sin leer; correspondencia que no ha sido correspondida. Me quito los guantes y meto la mano hasta el fondo. Descubro una compuerta que jamás había visto. Apenas llevo unos meses en mi piso, es viejo y paso poco tiempo en él. Y francamente, hace mucho que he abandonado la costumbre de abrir el buzón. Desconocía la existencia de esa entrada profunda.

Como si me poseyera el mismo Inspector Gadget, alargo el brazo hasta una distancia que jamás habría alcanzado sin no es por esa intriga que tanto estira. Abro la puertecilla y paso. No sé cómo, pero logro entrar; seguramente me he convertido para la transición en agua (my friend). Entonces salgo de mí... "para volver en sí", sugiere la voz. Me encuentro en una habitación que curiosamente se parece mucho al dormitorio de Van Gogh, pero en lugar de su cama hay una butaca de patio y ese personaje que siempre muere en las películas. No tiene una cara concreta, sino muchas. Es ese tipo que termina siendo sacrificado por sistema en beneficio de sus amigos de reparto. ¡Una jodienda! Me dice, para después invitarme a sentarme y a un vinito (garnacha de la buena).

Por supuesto, la voz del buzón era suya. Me propone una misión, acabar con los guiones del mundo que lleven implícito un personaje que siempre muere para dar emoción a la supervivencia de los protagonistas. Trato de convencerle de que las cosas funcionan así, que los protagonistas son los que despuntan, pero que no pasa nada por no serlo... Le hablo de los beneficios de las segundas filas. No me lo discute, lo único que quiere es aniquilar su papel. Como el vino está muy rico, decido meterme en su película. Es más fácil empatizar con los taninos graduados trabajando por dentro. El personaje no tiene nombre, pero decido bautizarlo como Martín, por no llamarle mártir, que puede sonar irónico y por tanto ofenderle después... Y claro, me da que sin su ayuda no podría volver al otro lado del buzón.

Martín no tiene infancia, no tenía nombre y no tendrá futuro. Lo sigo intentando, pero ni soy una ONG ni psicólogo ni mucho menos un maestro en el difícil arte de la persuasión educativa. Martín va desesperándose. Su discurso se intensifica, sus puños enseñan el riego de desesperación a través de sus venas, cada vez más marcadas. La impostación de su voz pierde sentido. La mirada se desvanece a medida que le voy apartando de la esperanza. Pero no está dispuesto a rendirse; es el único en su especie que a pesar de morir una y otra vez, siempre termina sobreviviendo en silencio y al otro lado del buzón. Se levanta -aferrándose posiblemente a la última pila de energía que le queda- y me agarra del cuello. Me zarandea y me acompaña hasta su trama. Me lanza a un vacío muy frío, y caigo en manos de un grupo de protagonistas que caminan a la ventura en mitad de un sendero peligroso. De pronto, me aplasta una bomba y me mata, como manda el papel. Ellos continúan y rubrican un final feliz. 

Desde el otro lado, veo cómo ellos, los buenos vivos, me rinden tributo. Desde el buzón, afónico, trato de gritarle a la portera para que me eche una mano y me devuelva a mi sitio, pero nadie me oye. Martín no me habla y está en otra película. Me temo que tendré que inventarme un guion para salir de ésta. La voz se me está impostando y llenando de tenebrosidad.