miércoles, diciembre 19, 2012

Direcciones sin embargos

Cuando empecé a alimentar este blog tenía 32 años, así que estaba más cerca de los 20 que de los 40. Para mí, alguien de 40 era como un jefe; una especie de adulto ejecutado por el hábito de serlo; un padre con aspiración a ser todopoderoso. A los 32 aún pensaba como a los 22 que a los 40 lo establecido se abriría paso entre lo inestable. A los 32 soñaba con que el cine era el formato definitivo junto con la novela.

Y ahora, recién cumplidos los 40, no sé qué viene mañana, pero sí qué toca ahora. Sé que una película sólo es el comienzo de una bonita multiplataforma de versiones narrativas y sé que por mucho que me empeñe en planificar todo, todo termina saliendo según lo no planeado; lo que no significa que haya aprendido a tomarme las cosas con más calma. Esa breva no caerá, al menos a los 40. Asumo mi contradicción de cine.

A los 40 he conocido a Julián Molino. Un señor de 40 a quien acaban de embargar sus palabras. Desahuciado de sus ideas y con el ombligo lleno de heridas, se enfrenta a la peor crisis de su vida. Mientras se come (literalmente) un libro de autoayuda, reconoce que no sabe por dónde empezar, seguir o terminar; sólo quiere estar sin sentir cómo la cuerda se afloja bajo la planta de sus pies, suspira. Yo no sé muy bien qué decirle, pero veo que se siente bien cuando comparto el libro con él. ¿Me das el margen derecho del índice, por favor? Le digo con complicidad consciente. Con gusto me lo da (sonríe y todo) al mismo tiempo que degusta la página 50, punto por punto, saboreando los espacios en blanco entre tanta palabrería. Aprovecho para disfrutar de la palabra miga.

En un momento dado decido donar un fondo de palabras a Julián. Me lo agradece y me enseña una idea que guardaba en el fondo de un fondo restaurado. Aunque está rota, conseguimos pegarla entre los dos. Es brillante, tanto que consigue que Julián retome lo perdido y yo... lo pedido cuando soplé las velas que nunca soplé. Y con esta retoma mutua de conciencias nos apretamos las manos y nos deseamos suerte. Julián se va por su cuenta y riesgo, y yo por donde había venido, el 40 de la travesía de la República.

miércoles, noviembre 14, 2012

Foto de un detalle extraviado

Llegué a la consulta del dentista con muchas cosas en la cabeza. Me senté, previa radiografía, en el diván dental. El doctor Saturno fue claro: He de anesteriarle antes de proceder. Como nunca pregunto, dada la confianza que tengo en su proceder, me relajé, dando por hecho que con su habitual silencio sanearía mi palabra. Nunca siento dolor durante la cura y salgo a la calle con la confianza de saber que lo que digo es cierto. Lo pienso entre dientes y lo verbalizo con eco en el estómago al andar. Pero esta vez pasaba algo extraño. El doctor Saturno me colocó un espejo delante para que no perdiera detalle de lo que pasaba por ahí dentro (la antesala del interior). 

No sé qué necesidad o empuje le llevó a tomar esta iniciativa. El caso es que del espejo salté directamente a los bronquios y me perdí un rato en mi propia respiración. Aquello no era como imaginaba, un mundo desconocido lleno de pequeños detalles; todos esos que pisamos sin querer. Por ejemplo, me encontré con mi abuelo. Él tenía 50 años y yo 12. Vamos, que le resucité en un momento y yo retrocedí más de media vida. Vida es lo que yo no tengo, dijo Saturno. Era la primera vez que suspiraba. Se sentó a nuestro lado y me enseñó por lo bajo una foto que captó desde su Iphone en extrañas circunstancias. Se trataba de la cara de una persona desconocida asomándose (con asombro) a su pantalla. El teléfono disparó por su cuenta y atrapó el rostro de aquel espectro, y desde luego no había sido Saturno el autor del disparo.

Mi abuelo entró en la conversación, sin experiencia móvil. Estaba tan sorprendido que quedó atrapado en un plano que, sin previa revelación, se fue volando. Imendiatamente comprendimos el hecho. En algún momento, en algún lugar, a alguien se le habrá colado una cara ajena en su teléfono. Y ese sólo es uno de los miles de pequeños detalles que había en ese mundo bronquial. Unidos por los nervios, nos relajamos. Después, con el enjuague, volví a la consulta de Saturno con la garantía de haber cerrado un episodio a base de amalgama. Me acuerdo mucho estos días de su abuelo, me dijo antes de irme. Me guardo el espejo. Cuando llegué me eché unas lagrimillas que tenía pendientes, parece ser. En mi teléfono ha aparecido una foto espontánea. Es la imagen de un detalle extraviado.

lunes, noviembre 12, 2012

La última tecla

Muerto internet se acabó la rabia, muerto internet se acabó la rabia... Lo repetía una y otra vez mientras absorbía, como si fuera un fideo, la penúltima tecla de su ordenador. La última la conservó de recuerdo. Y ahora, muerto internet se acabó la rabia. Tras este eructo compuesto, se fundió en un abrazo consigo mismo y se guiñó un ojo por detrás (también a sí mismo) en un claro gesto de complicidad con quien nunca fue (y que siempre fue). 

Al día siguiente Darío Zaco respiraba mejor, tenía los dientes libres de restos de palabras incómodas, las fosas nasales algo cabizbajas pero dispuestas a ver por dónde respiraba la cosa ahora, y los sentidos a flor de piel. Había recuperado la mirada tras haberla perdido entre pantallas. La voz, eso sí, aún seguía algo desincronizada con su boca. Entraba tarde. Unos segundos más tarde que el gesto. Aturdido y feliz por haber acabado con la rabia, no cayó en el más obvio de los errores: pensar que internet se disolvería con sus ácidos interiores.  

Mientras, Zaco seguía disfrutando de la supuesta liberación. Miraba al cielo, al suelo, al medio y después se metía hacia adentro. Entonces se palpaba ansioso. Necesitaba saber que era él, que todo estaba en su sitio. Estómago delgado, intestino sabio, riñones parlantes, corazón desdentado, pulmones alérgicos al aire bruto -yonquis de la esencia neta-, garganta rotunda... Sonreía, sentía vivir. Pero algo le decía que poco más podría disfrutar de ese momento tangible. La resignación volvía, como los primeros síntomas de una gripe. 

Y al final, como sucede con las intoxicaciones, el volcán empezó a vomitar bilis. Las llamas líquidas impregnaron su segunda piel. Se retorcía de dolor. Gritaba, lloraba, seguía vomitando. Se resistía. Pero volvió a su conexión. Abrió los ojos como platos y recuperó esa mirada perdida que le moldeaba hacia el horizonte de su portátil panorámico. Puedo verle desde mi ventana en estos momentos, iluminado por la luz azul, buscando yo qué sé qué... Zaco vuelve a ser quien siempre fue, mientras pierde el guiño de quien nunca fue. Y esta vez, como ya no quiere correr riesgos, ha decidido romper el espejo, no vaya a ser que tenga ganas de volver a abrazarse por la espalda otra vez.

lunes, octubre 29, 2012

Góndolas de secano

Vengo de charlar con Pedro Turbio. Ha vuelto a España después de 20 años ejerciendo de gondolero en Venecia. Dice que ya no queda agua,  sino la impresión líquida de un elemento que nos hizo flotar; y en ocasiones, reflotar. Y ese elemento no soy yo. Como tiene un dinerillo ahorrado y muchas ganas en el agujero del bolsillo, va a montar un negocio propio de barquitas en Madrid. Dice que existen canales por donde discurre un flujo sin color, compuesto por millones de millones de palabras que nunca han llegado a pronunciarse; por falta de tiempo o por partir de ideas ocurridas fuera de lugar. Y ese flujo es 100% navegable, asegura. 
Como ocurre con tantos personajes de Periodismo Ficción, Pedro Turbio quería flotar dentro de un contexto. Impulsado por la emoción de verse tan real como la ficción misma, no me ha dejado pagar ni una ronda. Es más, en esta ocasión me he permitido dar la vuelta a la película y le he pedido que me deje participar de su idea. No sé, me ha pillado desprevenido. Por un momento he querido formar parte de una idea ocurrida en la volatilidad de un sueño olvidado; pasar de mí y engancharme a una góndola adaptada a un mundo que me pilla lejos por muy cerca que lo tenga. A favor de mi ocurrencia, Pedro Turbio no ha dudado en buscarme un sentido dentro de su barcaza. Y se lo he agradecido mucho, pero ha durado poco, justo lo que he tardado en dejarme llevar por la emoción de verme tan real como la ficción misma y pagar la ronda final. 

Con el cambio Pedro se ha esfumado. Pero ha sido interesante la experiencia. Conocer a alguien capaz de navegar por canales de secano sobre un caudal de palabras e ideas inadaptadas. Estoy pensando en construír una barca para reflotar un viejo sueño. A ver si tengo suerte y encuentro el mismo faro que le ha dado a Pedro Turbio la señal de entrada a un buen puerto.

sábado, octubre 20, 2012

Por el buen contexto

Ayer me encontré con Mariano Zas. Venía de su trabajo. Relaciona contextos y saca conclusiones, después las archiva en una memoria externa y recupera la suya. Así día tras día. Extraído de una idea que tuve hace mucho tiempo y que hoy reaparece en esta coyuntura extraña, de madrugada, a pleno sol de la noche, decidí sentarme un rato a charlar con él. Apagamos los móviles y desconectamos con el mundo exterior para centrarnos en la situación. 

Lo primero que me dijo, una vez pedimos los cafés y disparamos las frases de inicio, fue que debía resintonizar los canales. Qué canales, le pregunté. Los que programaste con el cambio. Qué cambio, repregunté. Aquel que empezaste cuando se te ocurrió que yo debía tener sentido. Me dejó de piedra, pero tenía toda la razón. De hecho, un relacionador de contextos como él que cambia de memoria en función de las circunstancias sólo podía tener sentido si establecía un nuevo sistema de canales dinámicos; pero el dinamismo en algún punto se paró, me vino a decir. 

Por tanto, una cosa quedó clara rápidamente. El encuentro no fue casual, por el contrario pertenecía a una de sus conclusiones consecuencia de la relación de contextos; los adecuados en este caso, en los que yo me había cruzado de algún modo. Después, seguimos hablando de fútbol para no dar pie con bola. Poco a poco fue desapareciendo hasta que me levanté de la siesta de un día que no figura en la semana y a una hora que siempre permanece al margen del reloj. 

Hoy me lo he vuelto a encontrar. Iba con prisa. Sólo me ha hecho un gesto de aprobación. Menos mal. Estas ideas que a uno se le ocurren con forma de personaje, a veces tienen más fuerza que otras aparentemente construidas.

domingo, octubre 07, 2012

Pulpos de secano y otras teclas no pulsadas

Salí con prisa de casa, sin mirar a los lados ni al frente, ni detrás. El resultado fue un fuerte golpe conmigo mismo al no verme venir, que me llevó hasta lo más profundo de la superficie del asfalto. Un señor con cara de pocos enemigos llamado Evaristo me levantó y me sentó en una banqueta de metal, junto a un puesto de pulpos extremeños. Tómese esto, le vendrá bien. Me ofreció un vino blanco y un pincho de pulpo de dehesa propia. El efecto fue inmediato. Como el mejor de los lexatines tomados a tiempo, dejé las prisas y me quedé charlando con este tipo. Me contó que en su día fue espía, pero que dejó de espiar porque terminó vigilándose a sí mismo. También yo me tropecé como usted, me dijo y se echó a reír. ¡Qué cachondo! pensé. 

Al tercer vino descubrí el punto a este tipo de pulpo de interior. Al principio cuesta de digerir, me decía Evaristo, pero luego entiendes que a veces el mar no lo es todo. Me lo decía él, un exespía de secano que había navegado por las aguas más turbulentas, las interiores. Esas putas mareas que sacuden con más fuerza que la bofetada de una madre o padre cabreado con razón por culpa de las inclemencias del niño. Al cuarto vino me contó que en una ocasión se cayó del barco, sin salvavidas. Llegó a tocar el fondo marino por no disponer de aire suficiente como para mantenerse en pie... a flote.

Durante el trayecto logró enfocar y ver la cantidad de especies que le acompañaban en su descenso. Seres que no figuraban en los documentales de la tele: peces portadores de mensajes de la infancia; serpientes con cabeza de toro que embestían a la mínima, nerviosas por falta de límites; boquerones caprichosos preocupados únicamente por saciar sus ansiedades; ballenas con pies de plomo; o cipreses con forma de cangrejo que no saben cuando arraigar... 

Pero supe emerger, suspiró justo antes del quinto vino. Después me contó como montó su dehesa. Así nos conocimos Evaristo y yo. Hoy somos socios. Y hemos ampliado puntos de mira. Por ejemplo, mientras él sigue aumentando la familia de pulpos bravos, yo he montado una granja de pensamientos no tecleados. Se parecen a los percebes de montaña en lo esencial, pero con arraigado instinto de sepia. Se comen y dejan comer. Son muy sabrosos, de hecho. Pero lo mejor de esta especie es que trabaja en la digestión. Pone en marcha el pensamiento crítico de los intestinos, que son, en definitiva, los que controlan el efecto salvavidas de cada uno. Evaristo y yo trabajamos bien en equipo. Y todo, gracias a ese golpe que me di contra mí.


lunes, octubre 01, 2012

De vuelta entre cambios

Vamos allá... Estaba en una especie de pausa bloguera (desde julio) cuando un señor se me acerca en la mitad del súper (entre las coliflores y los trigueros dubitativos) y se presenta como Sr. Percha. Me habla de él y de un hueco que se le había ocurrido en lugar de una idea. Metido en su propio resquicio me asomo desde un lado y trato de entender mi propia pausa a base de no escuchar prácticamente nada de lo que me cuenta. Entonces me sujeto a su nombre y comienzo (por fin) a escribir, y él a describirse (dibujarse) en un espacio desconocido.
 
Caminamos entre secciones. El tiempo pasa despacio cuando entras en menaje y deprisa en pescadería. Se para en vinos, rebobina en yogures, se traviste ante el fiambre y se tuerce al final de todo. Condicionados por él -por el tiempo- el Sr. Percha y yo nos dejamos llevar por sus cambios inmutables. A veces me siento más cercano al espacio y dependiendo de la temperatura de mis ideas, me arrimaba más o menos al tiempo. El hueco es grande, pero no infinito. Los límites nos susurran. Hacía mucho que no inventariaba límites. Yo al borde de los cuarenta y Sr. Percha con una década más de vetaja. De pronto se marcha, a la altura de los pimientos de piquillo abandona el escenario. Está contento porque ha dado forma al hueco con un gancho que asegura ha encontrado en este lapso.

Por el contrario, yo me reencuentro con un viejo boquete que pedía a gritos ser remozado. Pero pronto me doy cuenta de que todo ha cambiado, como en el súper. Al cual se ha incorporado, por ejemplo, un departamento de artes drásticas; un espacio para compra venta de pausas; o dos pasillos donde siempre te encuentras a alguien conocido. Todo ha cambiado. Hay más pasillos, pero menos ansiedad por conocer a dónde llevan; y hay menos prisa (dentro del ritmo brutal al que se mueve) para llegar a los fines. En este boquete hay mucho medio por descubrir y menos fines a los que llegar. De hecho, me doy cuenta de que este espacio, Periodismo ficción, también forma parte de la definida estructura del súper. Con la Prima de Riego compre una pausa, ahora, tras conocer a Sr. Percha, me dispongo a venderla.

lunes, julio 30, 2012

La prima de Riego

La conocí por casualidad. Unos amigos y yo comentábamos la vida mientras custodiábamos la barra del bar "De siempre". Entonces ella entró por la puerta por la que nadie pasa. Por esa que convierte en invisible al más pintado, pero por una extraña conexión yo la vi en todo su esplendor... Y ella a mí también, pero con menos brillo. Camuflados por el bullicio empezamos a hablar, no de la vida, sí de nuestras cosas. Se presentó como la prima de Riego, una republicada convencida (sí, con D) que necesitaba contrastar lo que mi viejo amigo Riego le había contado sobre mis personajes.

Aunque sabía con certeza que no era un personaje de ficción sacado de este blog, albergaba alguna sospecha de estar encarnando una posición ajena. Al parecer, un tipo de interés que le tiraba los tejos también le rondaba la cabeza: la intención de asaltar un hecho real y devaluar su moneda hasta taparle la cara con una cruz. Tienes motivos para dudar, le dije. Entonces abandonamos la barra y nos sentamos en la vieja mesa de madera que el tabernero había adquirido en una subasta del Norte.

 Me contó que Riego había emigrado después de perderlo todo. Una semana antes ella empezó a notar los primeros síntomas de irrealidad: bajadas alteradas de tensión; calambres en las piernas producidos por ideas no verbalizadas por Riego; cosquillas en un mal sueño; agujetas en el músculo del arrojo; picores en el tobillo del centro; ausencia de deseo canalla ante un mar de tentaciones; y la más clara de todas las señales, una ansiedad irrefrenable provocada por las frases recicladas por otros.

Años antes, Riego y yo salvamos la vida de un personaje que iba a ser ejecutado, Ramón Car. No supimos que era una ficción hasta el amanecer, con la última copa. Ramón había salido de una entreplanta en entredicho y nosotros nos habíamos convertido en parte de su obsesión. Nos buscaba en el momento en que Riego y yo nos dejábamos llevar por ese estado en el que la palabras salen sin censura previa. Palabras amables, vitales y dispuestas a tejer entredichos con tanta ficción como realidad de fondo; como ocurría en la entreplanta de origen de Ramón. Nos encontró o le invocamos, no lo sé, pero huía ante nosotros de un malo de cine que no aceptaba ser malo de libro y le responsabilizaba de su realidad. Matamos al malo y reescribimos la historia de Ramón Car...

...Y ese día, en ese mismo momento, la prima de Riego, después de 6 años militando en el Frente de Liberación Racional, decidió que ya había madurado lo suficiente como para saltar a la ficción. Así que, sin saberlo, Riego, Ramón y yo habíamos participado en otra realidad. 

Y ahí estábamos, la prima y yo buscando el sentido a las cosas, sentados en aquella mesa adquirida en la subasta del Norte. Entonces entró el camarero en escena con una bandeja llena de hielos. Probad uno, os va a gustar, nos dijo con exquisita profesionalidad. Saboreados los pequeños bloques empezamos a sublimar. Ella volvió en sí y yo salí del no, y finalmente nos encontramos en un punto común. Ese espacio/tiempo en el que no sabes muy bien donde estás, aunque pises suelo firme y dispongas de una hoja de ruta/vida tan sólida como la mesa del Norte. Ese rincón tan sublime por la ausencia de amarguras que da pena abandonarlo. Lo llamamos la Republicada, por lo mucho que nos gustaba releer lo reescrito por nadie.

Cuando nos despedimos ella desapareció y yo seguí trabajando en la construcción.

miércoles, julio 25, 2012

Un aplicado y latente asesino

Ayer leí un mensaje en un móvil ajeno. Se lo mandó alguien a alguien en el autobús y alguien como yo (un entrometido nato), en medio del asunto lo recibió sin querer. Hablaba de mí; describía cómo y cuándo debía ser ejecutado. Antes de bajarme del autobús miré los ojos de mi latente asesino para comprobar si me reconocería. Jugaba con ventaja, porque sabía -por lo que indicaba el mensaje- que no me mataría ahí, en ese momento. Ni me miró. No se inmutó. Era casi un treintañero con cara de haberlo suspendido todo sin aprobar más que lo justo, y mueca de desear romper sus primeros platos... Seguramente, acomplejado por ser un experto en pagar los rotos por sistema.

Volví a subir al autobús. Para no llamar la atención, compré el billete de nuevo. Sólo una señora al verme puso cara de déjà vu. Es más fácil así (volver a entrar); cómo va a pensar la señora que un tipo baja y vuelve a pagar para subir al mismo autobús. Para darle más emoción al asunto, me senté junto a mi latente asesino, deseando preguntarle ¿por qué, quién y cuánto? Mantuve la compostura para permanecer invisible y seguirle hasta su destino. ¿Qué haría 24 horas antes de matarme?

No pude contestar a la pregunta, porque a la señora del déjà vu se le encendió una bombilla y me disparó con un spray anti violadores mientras me llamaba asesino. Los pasajeros uno a uno se fueron animando y sumando a la fiesta, y terminaron por patearme en el suelo. Entonces llegó el momento más extraño, una persona me defendió y paró el linchamiento: mi latente asesino. Pudo con todos, como si estuviera acostumbrado a resolver conflictos de ese tipo. Me ayudó a bajar y me acompañó al hospital más cercano, que curiosamente fue el mismo en el que nací. 

Cuando recuperé el conocimiento ahí estaba él, esperando a que me encontrara mejor para acribillarme a  tiros, tan paradójicos como letales. No entendía nada de lo que estaba pasando, repasé los hechos en silencio: "Me subo a un autobús, me entero por casualidad de que me van a matar y mi latente asesino me salva de un linchamiento después de que una señora me haya confundido con otro asesino"...

No se movía, más pendiente de su móvil inteligente que de mí. Pensé en salir corriendo, pero me habían roto las rodillas. Le di las gracias para ver qué me daba él a cambio. Me guiñó un ojo. Me preguntó qué recordaba del episodio. Todo, le contesté. Le hablé de la señora y de que me sumergí en una neblina blanca anestesiante mientras me llovían las hostias. Desvié el tema todo lo que pude, pero me preguntó qué recordaba en concreto antes de la paliza. Nada, respondí. Todo, replicó apoyado en una sonrisa de seguridad.

Empecé a oler mi muerte. Pero agarrándome al pretexto del dolor, oculté las muecas de pánico. ¿Todo? Pregunté. Entonces se acercó sigiloso hasta mi ojo derecho y me puso su móvil delante. Sólo pude leer caracteres sueltos, mi nombre entre ellos, la palabra accidente, martes, que sufra, rápido, entierro, Cerro del Desgraciado. Como no soy de los que aguantan mucho una mentira o una cara de póquer, decidí preguntar directamente: ¿Cuándo lo harás?

Entonces llegó lo más sorprendente de todo. ¿Por qué? Me preguntó. ¿Por qué, qué? Contesté. Mi latente asesino no entendía que me diera por muerto sin antes tratar de entender la razón que lleva a una persona a encargar a otra mi muerte. Y digo que es sorprendente porque no es frecuente que un mercenario se haga tantas preguntas antes de acabar con el primo de turno. Y de pronto, no sé cómo, le maté yo a él con mis propias manos. No quería hacerlo. Es más, necesitaba responder a sus preguntas, pero una fuerza interior le fulminó con mi mirada. Cayó al suelo y fingí estar inconsciente cuando entraron las enfermeras. Después, sin querer, entré en coma.

Punto y seguido después, salí de la UVI y en la entreplanta del hospital supe que el asesino era yo, pero con la sensación de no tenerlo claro. Acababa de matar a alguien que recibió un mensaje de alguien para acabar con alguien como yo. Cuando se cerró el telón y la gente comenzó a aplaudir el tramoyista me lanzó un saco lleno de frustraciones que me partió el cuello. Los aplausos no paraban y me consta que muchos eran para mí...

Lo cuento ahora porque un adolescente compró mi alma en una subasta irónica y decidió desarrollarme y sublimarme en una aplicación móvil. Una aplicación que detecta los objetivos de las miradas ajenas. De hecho, fue él quien pagó al tramoyista para formatearme; fue él quien creó el escenario y fue él quien mandó el mensaje a mi latente asesino para que yo lo viese y así testar el poder de mi mirada y de mi capacidad innata por detectar intenciones ajenas. Y cómo no, fue él quien inhibió mi capacidad de preguntarme por qué.

Hoy, aunque muerto, soy el más aplicado. 

viernes, julio 06, 2012

Fiscalía cuántica

Fue Chuménez el fiscal, quien me lo advirtió. No se equivocó. Ayer a las 21:21h mi sombra me apuñaló por la espalda. Era un día luminoso y apenas tenía donde autopotenciarse, pero encontró un rayo sin luz del que sacó la energía suficiente para ejecutar un supuesto plan. Ahora, con el flexo apagado, trato de entender sus motivos. No es fácil. Está parcialmente desglosada y separada de mi talón;  su cobijo predilecto. 

Siembre la tengo en cuenta para todo. Le cedo el paso, chocamos las manos, contrastamos, peleamos, compartimos reflejos y siempre terminamos fundidos en la oscuridad de los sueños que no tenemos. Pero Chuménez, que es perro viejo en esto de la desconfianza por defecto, me invitó a practicarlo con mis propios pasos. ¡No te fíes ni de tu sombra! Pensé que no era más que un tópico, vertido por la típica necesidad de un letrado de retorcer el camino más recto. No le hice caso y ahora, como decía, intento entender.

Será porque debo de ser de los pocos que se para a escuchar a su propia sombra, a invitarle a adelantarme incluso; a dejarle que me haga eso... sombra. Compañera de viaje, fiel reflejo claroscuro de mí mismo, cómo no voy a tenerla en cuenta. Chuménez, que no se mueve del sillón de plástico (roto y parcheado), imitación piel que ocupa la esquina de la habitación del hospital, me mira con preocupación. Pero no puede evitar, al mismo tiempo, lucir ese gesto clásico del que se sabe en posesión de la razón, del que ha acertado en su predicción. ¡Te lo advertí! Tienes que ignorarla o te matará.   

De pronto, se me ocurre observar el talón de mi amigo el fiscal y descubro un movimiento extraño. A través de un resquicio (entre Aquiles y una tortuga imaginaria) empieza a engullir mi propia sombra, a golpe de cuantos. Chuménez se da cuenta de mi sorpresa, mira con ternura mi cara de terror. Entonces, sin abandonar su paradójica preocupación por mí, sentencia: No te la estoy robando, yo soy tu sombra, te dije que no te fiaras ni de mí. Estoy perdido.

PD.: En la imagen: el despacho de Chuménez en un día nublado. 

sábado, junio 30, 2012

24 Horas y un segundo

Hoy es uno de esos días en los que soy consciente de que tengo -casi (a falta de 5 meses)- 40 años. El motivo es que hago recuento y veo que llevo dos años corriendo (no es una metáfora, o sí), corriendo como deporte habitual; y este mes 4 veces por semana y saliendo de casa a eso de las 6 de la mañana. Dicen que este fenómeno es muy habitual a partir de estas edades, cuando deportes 'extremos' como el fútbol, el tenis o el baloncesto quedan al otro lado de la pantalla del televisor, mientras nos convertimos en espectadores con tendencia a la euforia ajena. 

Como decía, hoy ha sido especial... Me levanto y me planto en la calle con mis Asics Gel Nimbus 12 (¡Estoy tan orgulloso de esta compra, y eso que son horteras de cojones!), con la camiseta de una carrera que nunca corrí y mi malla imposible de Decathlon. Objetivo: una hora de ejercicio y 10km a completar. De fondo mi "playlist" programada para mantener el ritmo, no aburrirme y que suene la Marsellesa a partir de los dos últimos kilómetros... Pero hoy toda esta parafernalia ha pasado a un segundo plano. Porque cuando sales un sábado a las 7 de la mañana, esa extraña hora en la que coincidimos en la calle aquellos que emergen del sueño etílico (y por la expresión de los ojos, diría también psicotrópico) de un after con los repartidores de períodicos, los panaderos, algunos confundidos que no saben qué hacen por ahí y tios que sienten los 40 en la nuca como yo...

Veo a esos chicos y chicas, puestos hasta las cejas (como se decía en la época en la que salía los fines de semana y terminaba en el Siroco deseando que no encendieran las luces que indicaban el camino al amanecer), y me veo al otro lado de la pantalla. Pero en un lado no de vuelta, sino en un lado tranquilo, amueblado de normalidad, hermoso, sereno, patético en ocasiones, sincero, transparente, con su justa dosis de canallismo, sin prisas, cómodo e inquieto a la vez, flexible, racional pero inflamable (y con un extintor donde antes no lo había), con música sin estridencias, libre de gilipolleces (aunque a veces sean necesarias unas dosis), sin ansiedades de demostración (bueno, esto no me lo creo mucho aunque lo escriba)... En definitiva un lado en el que me gusta estar. Y menos mal, porque no hay más opción. 

Y sobre todo, me doy cuenta de que me hago mayor porque a mitad de mi carrera veo los restos de un botellón descomunal sobre el césped del monumento de la Constitución de 1978 y me cago en todo aquel capaz de dejar bolsas llenas de miserias, botellas medio llenas o al borde del abismo, de mear en un portal... Claro, cuando estaba dentro, hace 20 años, aunque jamás tiré un papel al suelo (eso va en la educación más que en la edad) no me indignaba tanto como ahora. Y para gestionar todos esos restos de una noche, es decir, para limpiarlo, sólo veo a un trabajador, que se va haciendo más y más insignificante rodeado de tanta mierda mientras sigo mi trayecto.

Al final he llegado, impulsado por la sonata de una eterna Revolución y abstraído; camuflado entre mis cosas y pendientes de otras. Son los 40 y éste es un día raro... Un sábado 30 de junio que va a durar 24 horas y un segundo...

jueves, junio 28, 2012

Dale una vuelta

M, el vampiro de Düsseldorf (Fritz Lang, 1931)
Por Elías Noger

Me acaban de contratar en una empresa creativa. Sí, una de esas que están gobernadas por auténticos mediocres capaces de pasar por alquimistas, gracias a la habilidad de convertir una saco de tópicos en frases seductoras en 'modo twitter' e irrefutables cuando se pronuncian en conferencias, por ejemplo, sobre innovación. Pero el trabajo sucio, la pica y la piedra, las hostias y demás, caen sobre gente devoradorora de cabeza propia y Lexatín como yo. Porque para eso me han contratado y el eje o la premisa de mi fichaje se resume en una frase: Dale una vuelta al tema.

"¡Elías, dale una pensada a esto y luego nos reunimos!". Darle una pensada -otra versión de la puta frase- significa que coja la propuesta del cliente iluminado de turno y la transforme en una moto imposible de circular, pero que resulte  irrenunciable para el que paga. Me pagan una pasta, no me quejo, pero a cambio, además de mi alma -esta la regalé en la primera entrevista- he de pensar por los mediocres y renunciar a mi visibilidad como hacedor de belleza publicitaria. Y hacerlo sin descanso. No firmo ni apareco como creador de nada.  ¡Qué es eso! Tengo 51 años y mis jefes no llegan juntos ni a los 45; mastican chicle todo el tiempo y apestan a superficialidad, se les ve el plumero y éste no es de los que atrapan el polvo sino de los que vampirizan a los esclavos como yo a golpe de dar vueltas a las cosas. 

Yo nací girado y el médico me puso de vuelta y media. No sé si desde entonces, pero casi desde ese momento me convertí en un ser que no para de dar vueltas a las cosas. Hasta a las más insignificantes; no por intentar significarlas, sino porque soy un enfermo de las asociaciones... y claro, una cosa lleva a la otra y al final, la cosa más insignificante del mundo tiene un socio que se significa en mi cabeza, después llega la traca final, que es el momento en el que el sentido de eso que me lleva comiendo la cabeza desde un momento dado, se materializa. Ahí es cuando descanso. Dura poco, porque empalmo vueltas con vueltas. 

Y ellos, los dueños de mi empresa. Esos que hablan de ecosistemas de innovación, de feedbacks, de sinergias, de complementos, de creatividad (con la boca y el pecho llenos) o de yo qué sé cuántos tópicos más de esos que se llevan tanto ahora... Los cabrones saben detectar a los volteadores de ideas (por defecto de fábrica) como yo. Buscan nuestro punto débil y muerden. Y desde ese instante estamos perdidos. Su veneno se aferra a mi sangre y las asociaciones corren contundentes por mis venas. Eso sí, con la diferencia de que ya no le doy la vuelta a mis cosas (que me las han robado) sino a las que me traen estos especuladores del cliché. 

Miro por la ventana de mi despacho de pensar, pongo el oído y veo que en una sala del edificio de enfrente (que no pertenece a mi empresa ni a otra que se dedique a esto...) se celebra una reunión donde están creándome. Hablan de mí... ¡¡¡Pero yo ya existo!!! ¡¡¡Cómo puede ser!!! ¡¡¡Están diseñándome!!! Esa es mi cara, mi voz, mis ideas sueltas, aquel recuerdo, la patada de mi colega El Zarpas, mi sonrisa sobre el váter, mi vida... 

¡Hasta siempre, me doy la vuelta!


miércoles, junio 27, 2012

Alemania y Los Rescatados

http://www.imdb.com/title/tt0068555/Más que unas semifinales, esto parece una circunstancia pop de los años 80. Ella, Alemania llevando la voz cantante y unas pelotas de campeonato; y ellos (Italia, Portugal y España) coreando bajo nombre propio, Los Rescatados. Jugadas, estrategias, balones fuera, salidas de tono, actos fallidos, bocazas, golazos (directos o de rebote), peloteos, tanteos de unos con otros... Y todo dentro de un marco de hierba sembrado de salivazos de los implicados en el juego. ¡Goooooooooool! Dice el deseado estribillo...

Pero Alemania no entiende de esternones hinchados, ni de fueras de juego, sólo de hinchas dispuestos a darlo TODO por sus pechos; esos capaces de alimentar a un continente entero. Alemania es completa, no es bella, para nada, pero atrae. Tiene la virtud de jugar con todos y a la vez, manejar las mismas tarjetas (rojas y amarillas) que supuestamente administran los árbitros. Ella es grande, canta y expulsa, sonríe y regaña, marca el ritmo y los acordes de la canción, reparte juego y saca jugo. Es la más deseada. Y ellos, Los Rescatados, son nombre y coro.

Dispuesta la partitura, sólo quedan cuatro, Alemania y Los Rescatados. ¡Gooooooool! Dice el estribillo. Pero como pasa en muchas bandas -eurogrupo, más bien, en este césped escupido- pasarán a ser tres, luego dos y al final sólo una voz cantará la última palabra. Y será en ese momento en el que unos gozarán  con el final del concierto (cantando This Is The End y/o We Are The Champions) y otros (incluidos los mismos que gozan) seguirán perdidos en la teta, donde empieza todo...  


viernes, junio 22, 2012

La antena y el estómago

Ayer me comí la cabeza. Hoy la tengo en el estómago. Me cuenta que todo por ahí dentro anda algo revuelto, pero no me da detalles. Intento hacer de vientre para echarle un cable, pero me pide que mejor haga de mí mismo. Mañana no sé que pasará conmigo. Decido quedarme en blanco pero no lo consigo y, como se dice en el argot televisivo, me voy a negro; es decir que me fundo para esperar a que empiece otro espacio.

Al día siguiente arranco. Todo está en su sitio. Todo excepto yo, que no sé dónde coño estoy. Me miro a las manos y no las veo, trato de escuchar mi voz pero sólo me llega el aliento de lo que pienso. Cuento hasta 10, y se me olvida el 9. Ahora es el estómago el que se me sube a la chepa, que no a la cabeza. Y sin saber por dónde ando, él manda sobre las ideas. Empiezo a notarme más entrañable y discontinuo, desde un punto de vista más visceral. Y de pronto me acuerdo de que toca ir a la consulta de la antenista.

Una vez sentado frente a ella activo los cordones de los zapatos de esparto para no salir despedido antes de saludar. Sabe que no recibo bien la señal, así que actúa con cuidado. Hay que recuperar sincronía y la conexión. Me mueve, me gira, me mira, la miro, la giro, sintonizo, pido asilo en una onda (tan perdida como yo), me lo concede y empiezo a enfocar. Todo vuelve a su lugar. Ahora sí. ¡Puedo ver, puedo verme! Gracias doctora.

sábado, junio 16, 2012

Codos y recodos

Ayer pasé por un resquicio que nunca había atravesado y llegué a una habitación con forma de simpatía. Como me sentía bien ahí dentro me quedé, pero pronto empezaron a caerme chuzos de punta... Simpáticos, pero con intenciones huecas, que como ocurre con las balas (según las películas), te revientan por dentro. En este cuarto el tercero era yo. Un podio con los dos primeros escalafones vacíos y un bronce condenado a agarrarse a mi cuello. Pero lo más incómodo de esta situación era la apisonadora del silencio, porque tenía tanta densidad que al pronunciar una palabra (con o sin sentido) la devoraba antes de que se me ocurriera.

Entendiéndome a mí mismo como perdedor y admitiéndome como persona sin derecho a ser víctima, busqué un camino de retorno para dar un paso adelante con algo aprendido. Recurrí a algunas lecturas de otros terceros; recopilé lecciones; recuperé frases que pensé no había registrado; administré bofetadas recomendadas y recomendables; y cuando conseguí saltar mientras me agachaba logré atravesar una puerta sin transición. En ese momento se abrió ante mí una circunstancia no empezada y vendí mi alma al párvulo que fui para aferrarme a ella, porque ya casi no me quedaba aire.

Regresé entonces a la conversación que había dejado a medias con mi médico, especialista en codos. No te tomes tan en serio ¿Lo ves? ¡Funciona! Los golpes con codos caen permanentemente, están ahí. No podemos hacer nada por evitarlo. El remedio es ese... No entendí muy bien la receta, pero es cierto que no sentía tanto los golpes recibidos y además podía reírme. No te preocupes. Lo entenderás poco a poco. Si mañana ves que vuelves a tomarte demasiado en serio, no vuelvas a la consulta. Corre hacia la pared más próxima y agáchate al saltar. Busca la contradicción más grande que tengas y asegúrate de que ese eres tú. Gracias doctor.

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PD.: La imagen viene del blog Justo Berjano.

martes, junio 12, 2012

El lado lento de la rapidez

Se dio cuenta tarde, pero decidió seguir adelante. Fueron los 100 metros más largos de su carrera al mismo tiempo que incomprensiblemente batía el récord olímpico de velocidad. Hablo de Usain Bolt. Sí, sí, el mismo. El más rápido. Ayer me envió un email y después quedamos para tomarnos un vinito en la taberna del Tío Fausto de Castrunteriza. Nadie, ni los miles de fotógrafos congregados en su día en el estadio olímpico se dieron cuenta... Pero el hombre récord salió a la pista con el pie izquierdo calzado en la zapatilla derecha y viceversa. 

De él ha quedado su hazaña para la galería, para la historia, pero me cuenta Usain que lo que pasó por su cabeza durante esos 9,58 segundos es mucho más relevante que haber volado sobre las principales portadas del mundo. Escuchó un diálogo que provenía de las tripas de un rival (sin rumbo) e intervino para contar (desde el estómago) detalles de su dura infancia. No se conocían, pero ambos pusieron sobre la cancha sus aspectos más competitivos y odiosos. De estómago a tripa y con los pies corriendo en direcciones opuestas, se entendían a la perfección. No quiero ser así, pero no puedo dejar de ganar, coincidían en gritar.

Observo, mientras brindamos que mantiene la posición de las zapatillas, cada una apuntando al lado opuesto del dedo pulgar que la gobierna. Me mantengo más relajado así, confiesa. Me conmentó que su entrenador le decía que no hay que forzar las cualidades humanas, porque éstas ya vienen de fábrica; que cuando uno es bueno por aquí, no merece la pena ir por allá. Pero el día que se consagró como el más rápido del planeta, comprendió que en ocasiones merece la pena forzar para modificar lo a priori inamovible. Sobre todo, porque si lo haces -concluye- consigues hacerlo sin forzar, forzando lo justo.

Cuando cerramos el diálogo, me ofrecí a acercarle a su mundo, vale me dijo, te echo una carrera hasta el coche. Y yo, que nunca compito, noté que mi manga estaba por hombro y mi anular hacía de índice... Corrimos y al final, le dejé en su portal.

sábado, junio 09, 2012

Entrada de párpados para adentro

Mañana me voy a encontrar mal, hasta entonces, tengo tiempo para estar mejor. Me pondré un libro en la cabeza para paliar la cosa. No dejes para un rato lo que no puedas dejar de hacer en extrañas circunstancias, me decía mi abuelo; después cerraba los ojos y se echaba una siesta de dos horas. Estoy y soy un enfermo, portador de una enfermedad que no figura en los mapas, sin embargo yo la padezco, por eso sé que mañana me voy a encontrar peor que hoy. Lo jodido sería que no te encontrases, bromea siempre mi amigo Pol Regata. Lo que no sabe es que me ocurre a menudo; en concreto, las noches de luna menguante, después del pis de media noche. Me miro al espejo y en mi lugar hay una taberna inglesa llena de gente que se encuentra bien.

Me gusta encontrarme mejor sin dejar de hacer esas cosas en extrañas circunstancias que decía mi abuelo. No me molesta perderme invisible en esta tasca llena de humos cargados de notas sin narrar en inglés. No sé qué relación tiene mi malestar con esa ausencia ante el espejo, pero reconozco que no me importa padecerla si me permite ver más. El mejor encuentro, es el que uno disputa consigo mismo antes del campeonato mundial de los adultos, decía antes de despertar Carmencita, la restauradora de brazos a torcer.

Hoy estoy con todos en la taberna. No sé cómo, pero he pasado al otro lado y tengo una jarra de cerveza azul agarrada con mi mano izquierda; desde aquí lo veo todo en plan zurdo. Qué cosas. Miro hacia mí y me veo, pero lo que no termino de visualizar es el reflejo del espejo que me trajo hasta aquí. Estás quedao', me dice un irlandés con gesto de intervenido. Será eso, pienso. Me encuentro mejor. Debe de ser por tanto, que me he quedado en este lado. No sé qué queda a los lados de la taberna, pero por lo pronto voy a empezar esta cerveza y brindar con la gente; después ya buscaré mis nuevos límites.

PD.: La imagen viene del blog Amigos del Kraken.

viernes, junio 01, 2012

Parado a toda velocidad

Perplejo quedé, y sin perder tiempo me metí en una caja de zapatos con los cordones dentro. No sin antes, claro, hacer unos agujeros pensados para recibir ese aire que me faltaba por dentro. No me quedaba otra salida que la expiración. Terminé. Aquel mal sueño me tiró de la cama. Así fue como construí mi puente subterráneo y entré hacia afuera de forma entrecortada rozando los exteriores del interior.

En ese puente cedí el paso a las vicisitudes e idiosincrasias de los vecinos más molestos. Después comencé a recorrer sus kilómetros mientras no avanzaba. Ahí, completamente parado a toda velocidad, sentía pasar la vida vivida de la mano de la no engullida. ¡Y todo...! -Me repetía una y otra vez- ¡...Por un mal sueño! Una pesadilla en la que un político con cabeza flexible y oblonga me invitaba a una partida de dardos.

Desde su invitación me iban desapareciendo centimetros. Empezó por un meñique, siguió por un recuerdo, después el primer beso con lengua e inmediatamente después perdí la mitad del codo. Cuando perdí la partida no quedaba nada de mí. El político, sin embargo, no desaparecía de mi vista, y eso que ya no tenía ojos. Se acercaba más y más hasta que finalmente interviene y me arranca algo vital... Es cuando me despierto perplejo.

Estoy en la mitad del puente subterráneo. Sigo sin moverme, pero más rápido que antes. A lo lejos veo lo más cercano. Delante de mis narices tengo que graduar la vista. A los lados siento me roza un viento que transporta ideas sueltas e indómitas que pertenecen al pasado de un hipotético futurible. El suelo es de madera. De pronto, me agarra del brazo una idea y me pone la zancadilla. Cuando despierto, me doy cuenta de que nada ha sido un sueño.

martes, mayo 29, 2012

Ciencias Oníricas, un sueño significante

Se llama José María Taneque, tiene 56 años y es ingeniero del sueño. Estudió Oníricas después de descartar Ciencias de la Excusa. No fue fácil la decisión, desde crío manejaba argumentos como nadie; era un virtuoso de la excusa aplicada, un experto de la no implicación, un mago del desvío de llamadas de intención. Tenía nota de sobra para estudiar lo que quisiera, pero finalmente cayó en un sueño que le despertó de la excusa.

Me cuenta que está trabajando en el desarrollo de una máquina que separa los símbolos de sus significados; los centrifuga y los estudia. Toman forma, también sueñan, se emancipan por momentos, absorben esperanza en plena desesperación metafórica; dejan los quicios para las sacas, que no las salidas. Viven y mueren en la misma tabla estratégica que los significantes iconos. Vamos, que se miran a sí mismos de reojo... Y eso que no tienen vista.

Confiesa que puede pero que no quiere. Admite que siente ser mejor sujeto cuando predica*. Vislumbra cosas que jamás había soñado despierto. Dimite de su particular constitución. Sueña. Sueña. Sueña. Despierta después y se empeña en recopilar lo soñado, en estructurarlo. Su obsesión le ha llevado a crear mientras sueña una máquina del sueño. La ha desarrollado y dotado de símbolos propios en detrimento de los ajenos. La máquina, incluso, sueña que sueña.

Escribe José María en sus hojas sin papel que vive para soñar y así vivir. Pero está tan metido en su sueño, que la máquina necesita su mano humana para dejar de ser máquina por un instante y así volver a maquinar para soñar. Es, juran ambos, el bucle que nunca soñaron. Un tornando onírico que mantiene a máquina y hombre, a ego y algoritmo, y a símbolo y significado... A raya. Ahora, ya no tiene excusa. No le queda más remedio que soñar que desata su argumento.

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Frase de Les Luthiers: "Warren Sánchez se ha sentido mejor sujeto cuando ha predicado".

viernes, mayo 25, 2012

El hábito que las hizo gemelas


Creían ser gemelas, pero eran hermanas de clausura. Monjas por devoción y huídas a media noche por la calle del medio (no como Lucía y sus botas que tíró por Final con Delirio). No se parecían en nada, de hecho no eran ni opuestas, lo que les habría otorgado al menos la similitud de la diferencia. Sin embargo, no se separaban jamás y cosían argumentos en un mismo telar con el que un día -soñaban- cubriría el hueco que la genética dejó.  

Tenían el hábito de refugiarse bajo una misma fe que no les daba para mucho. Algún armañac que otro y unas patatas fritas artesanalmente. Las magdalenas eran para las madres superioras. Había muchas, superioras. Nunca existió una misma madre para las dos. Esa era la ilusión que les alumbraba las noches cerradas; ese lapso que, al dormir separadas, aprovechaban para conectar apetitos y cohesionar confusas infancias. Cantaban al señor con recelo, aunque sabían sonreír para disfrazar el sentimiento. Rezaban por fuera, deseaban otra vida por dentro. 

Es la historia de Somalia y Raquel. Siete años después venden mazapanes en verano y sorbete de rosco de vino en invierno. Durante otoño y primavera siguen tejiendo, pero con un hilo conductor fabricado por ellas a base de fusión genética y fisión reflexiva. Compraron (a precio divino) un pequeño local en el centro de Castrunteriza donde viven, duermen separadas, piensan, innovan, cosen y ven películas de los años 80. De la pared principal cuelga un enorme retrato que no retrata nada, pero refleja en 'dos trazos' el perfil de una madre única tejida por las dos. 

Este verano, me dicen, van a lanzar un polvorón especial con nombre: SequiDo. Un manjar que además de saber a gloria, transporta a circunstancias anheladas o por anhelar. ¿La fórmula? Una larga receta amasada entre la realidad vivida entre muros y la ficción soñada de párpados para adentro.

domingo, mayo 20, 2012

Tirando por Final con Delirio

Es lo único que quedó de ella. Sus botas y una flor junto a un árbol sin ambición. Lucía era ambiciosa y sofisticada. Anclada en el posmodernismo pop de los 80 no supo gestionar sus ansias de absorción ilimitada. Eran tan intensas que, por ejemplo, cuando pronunciaba las haches aspiradas en público (o para sí), las dejaba sin sentido, sin aliento. La falta de ortografía y de autocontrol terminó absorbiéndola en sí misma. Y ahí está su féretro natural, el que podemos ver en la foto captada poco antes de la última lluvia. Ahora ya no queda nada. El epitafio corre a cargo del viento que todo lo transporta.

Lucía empezó su vida por la calle del medio. Renunció a apoyarse en referentes para no reconocer méritos ajenos. Tiró por la calle de al lado, donde abrazó ese posmodernismo ochentero del que ya sólo quedan las botas. Abandonada a su suerte pero llena de estímulos adquiridos y absorbidos como elementos de una colosa colección de valor incalculable, Lucía quería seguir luciendo por dentro para alumbrar la calle final. Esa calle por la que definitivamente tiraría sin percatarse de que cruzaba con el Paseo del Delirio. Al atravesar el límite sublimó. 

Afortunadamente queda una instantánea tumba con estructura de bodegón que nos habla de Lucía. Un personaje más que no pasarán de ahí.

PD.: Si alguien sabe algo más de ella, ruego lo comparta a través de sus comentarios.

viernes, mayo 18, 2012

Procesando

Este post es una respuesta. Ante la pregunta de el/la fiel lector/a apodado grp, sobre si estoy recortando... Contesto en modo entrada: Es posible que los efectos austeros contagien a las ocurrencias. Si bien es cierto que no cesan, porque siguen circulando entre ideas no expresadas, células, bacterias, nervios y pensamientos tan puros como impíos, igual de cierto es que encuentro más obstáculos (tangibles e inexistentes) a la hora de llevarlos al 'papel'. 

Tengo una legión de personajes atrapados peleándose por ser entrevistados. Hay de todo: dos hermanas que juegan a ser gemelas cuando sólo son monjas; un ingeniero del sueño, que no pega ojo; un niño con muy mala hostia que no hace más que buscar las cosquillas a todo el mundo, pero que él no responde a dicho estímulo; un vendedor de excusas; una aventurera muda que habla por los codos gracias a una aplicación; un inventor deprimido; una deprimida que comercia con activos de optimismo tóxico... En fin. Un mundo.

Prometo dar salida a esta panda de creadores y creadoras, pero necesito pasar por la necesaria transición de acoplamiento (que nada tiene que ver con la copla) a la era táctil, que me tiene confundido y algo alejado de la tecla; aunque no puedo prescindir de ella. 

PD.: Gracias por interesarte, grp.     

jueves, mayo 03, 2012

Ocurrió al invertirse

Tres digestiones cortadas, una bocanada de aire seco y dos caricias como bofetadas después, Gutiérrez El Poli, salió por la puerta grande para caer en saco roto. Siempre quiso invertirse, pero no contó con la posibilidad de colarse por su propio agujero. Así ocurrió. Y ahora está postrado en un suelo frío, solo y desamparado. Sin nada. Con el recuerdo de la mala digestión y las caricias tórridas del aire más áspero, capaz de susurrarle que no vale nada.

Gutiérrez El Poli es de los que nunca resbalan sin antes asegurarse de que pueden hacerlo. Nunca perdió ni un segundo, ni un duro, en desaprovechar los recursos que tenía a su alrededor. Fueran del tipo que fueran. Todo eran recursos, incluso él. Se miraba en los charcos y se encontraba atractivo. Entonces entendía que encarnaba un valor en sí mismo. El problema es que lo llevó demasiado lejos. Perdió la perspectiva y dejó de ver la línea que separa al saco de la vida; la piel de las vísceras; la masa gris de las ideas...   

El eco le contradice. Habla en alto para distraerse. Sabe que nadie va a venir a rescatarle, porque nunca ha invertido (ni intervenido) en esa posibilidad. No le asusta la muerte, pero sí su lentitud. Lo tiene calculado, ésta llegará en un par de días. No quiere provocarla, porque el suicidio no figura en sus planes. Y no llora porque siente tanta lástima de sí mismo que no se lo permite. Lo intenta, pero no puede, no quiere. De los esquemas claros empieza a pasar a las contradicciones. Sufre calambres combinados con convicciones y arrepentimientos.

Antes de morir quiso liberar sus ocurrencias ahorradas durante años. Esas que no llevaban a nada ni valían un duro, pero que durante ratos le valían para romper sus estructuras. Algunas tronchantes, otras geniales y otras tantas, incluso, perversas. Pero todas en las antípodas de sus intereses. La muerte llegó y no pasó de largo, se detuvo y le miró a la cara para invertirse hasta ponerse a su nivel; lo suficiente como para rebañar cada concepto de Gutiérrez El Poli y que no quedase nada en el gran plato.   

jueves, abril 26, 2012

Enviados en bandeja 'expropia'...

El despertador dejó de sonar y Julio entró en coma. ¡Qué punto, pensó! Siempre ha sido de humor fácil. Ayer me escribió -no sé cómo lo hizo- desde su propio Estado (poco dado al intervencionismo emocional). Debió de darse por dentro una expropiación de cosas por decir. El email estaba lleno de silencios tan escandalosos que irritaban los tímpanos mejor acorazados. Reconozco era la palabra más usada, casi tanto cono lamento. Pero también se reconocía detalles que había tenido y que jamás nadie se los había reconocido. Gestos tan eficaces para terceros como invisibles en el retorno propio. Se trataba, en definitiva de un texto que buscaba una reconciliación con la carpeta de Pendientes.

No es la primera vez que recibo un correo enviado desde el subconsciente de otra persona. Pero sí, la primera que me lo manda alguien que está entre la vida y la muerte. O eso dice. No tengo referencias; únicamente lo que me manda desde Estado intervenido desde dentro... Y por supuesto no me pide que intervenga, sólo escribe; purga. Esta noche mi despertador se adelantó a su hora y me pegó un pellizco con nocturnidad y alevosía, pero no entré en coma, pero sí en el cuadro de Julio. Con un machete despejé el camino de tecnicismos médicos y logré llegar hasta su cama, donde postrado me esperaba con una bandeja y dos chuletones, vino francés y tres velas, color republicano. 

Cuando desperté, desperté. Me di cuenta de algo que no puedo contar por no ser ficción. Julio murió; estaba cantado... Pero sólo en parte, la intervenida. Me llega un texto más donde asegura que "expropiado" se siente mejor. Tenía tanta confusión encima... que estoy seguro, le aplastó. ¡Y ahora, la verdad, tengo un sueño que me muero! 

domingo, abril 22, 2012

La humedad subjetiva del cuadro

Del muro más seco de su piso surgió una tenebrosa humedad con cara de pocos amigos, que no de Bélmez. Entonces comenzó a dialogar con la pared. El gesto de aquel rostro mohino no cambiaba, pero Mario intentaba que al menos se pronunciara. Le habló del jardín donde perdió la virginidad y donde se dejó una historia que no volvió a encontrar. También le contó cómo se las apañó para salir de la primera vez que se hundió en un vaso sin agua. Le confesó que no era el tío más honrado del mundo. Lloró cuando se acordó de la muerte de su lagartija Pancho... Más que nada, porque no fue una muerte sino un homicidio involuntario; dejó a su alcance una idea suicida que no supo procesar. Agotado, se quedó frito sobre la alfombra marrón.

Al despertar comprobó que la humedad estaba seca y con una semi sonrisa a medio esbozar apuntándole directamente. Le preguntó por su cambio de actitud, a lo que la humedad seca respondió con un llanto sincero. Cuando dejó de lloriquear le contó que no sabía qué hacía ahí. Se sentía perdida. Tampoco tenía muy claro qué era. No hablaba como humedad, sino como si fuera un experto en algo al que le han expropiado de su 'huerto' y se ha quedado en modo secano. Mario trataba de empalizar. La humedad seca no paraba de desahogarse. Finalmente Mario, ya con la capacidad de escucha saturada, decidió que había llegado el momento de sacar un espejo. Pero se arrepintió antes de ponérselo delante. Por qué. Porque la humedad empezó a dibujarse y a regalar silencios.

Callaron por fin. Y Mario y humedad agotados cayeron rendidos. Al día siguiente llegó Maríe, la asistenta francesa. No había nadie en el piso. Estaba limpio e iluminado como para ser expuesto. Maríe empezó a limpiar lo limpio. Agotada se paró delante del muro de carga. Se dio cuenta de que había algo diferente en él. Pero no sabía explicarse qué. Se sentó, rotó sobre sí misma, reflexionó y finalmente dejó que la mirada perdida encontrara el cambio.

Ayer iba yo por la calle y escuché una conversación entre dos vendedores de ideas. Venían de una exposición de arte indiscutible. Estaban muy impactados y contrariados porque tras años de sentadas de cátedra, se habián enamorado de unas formas dibujadas en la pared del vestíbulo del museo, y que por supuesto no formaban parte de la muestra. Uno de ellos, emocionado, aseguraba haber visto a su tata en ese 'fresco'. El otro, se había reconocido a sí mismo.

Y ésta es la 'entrada' a una historia que se me ha ocurrido después.

sábado, abril 21, 2012

Nota de una historia y 100 estaciones olvidadas en un bloc de notas

Había escrito una novela completa en el bloc de notas de su smartphone. Idea a idea, personaje a personaje, trama tras trama, las había parido entre las estaciones de metro que Román transitaba a diario. Con esa plácida y necesaria ambivalencia de cariño y rabia fue dando forma durante meses a una historia formada por cientos se afluentes e influencias. Algunas venían de fórmulas interiores, otras directamente importadas del exterior y otras tantas procedían de un espacio desconocido... Era su esfuerzo, su trabajo personal.
http://www.minube.com/fotos/rincon/95087
Una vida paralela que alimentaba de vagón en vagón y que un buen día al encender el teléfono se llevó la fatal sorpresa de descubrir que la novela había desaparecido. No había rastro de ella, ni en la nube ni en las entrañas del teléfono. Como consecuencia inmediata Román se reencontró con el asma y como daño colateral se pasó dos estaciones y tres pueblos. Confundido, sin aire y con sudores fríos (netos) se bajó del vagón en una parada virgen para él: Palos entera.

Vagaba con la mirada perdida y con la mente en triple partición (como un disco duro, muy duro): una parte, trataba de recuperar los datos de memoria; la segunda, se dejaba en manos de la desesperación; y la tercera quería buscar la forma de recuperarlos. Así que con un cóctel de desesparación, asma, dolor, tristeza, rabia, ansiedad, frustración, picores, retortijones cereblales, etc., empezó a retomar donde nunca lo había dejado.

Un señor (con pinta de 'reinventado digitalmente a la 2.0' y de saberlo todo sobre Román) le dice: No te preocupes, hombre, si lo importante es PARTICIPAR.Con el dedo izquierdo (de) corazón en alto, Román le indicó el camino de su comentario y le dedicó una sonrisa forzada. Román, sigue escribiendo.

sábado, abril 14, 2012

Me cuento por dentro...

De nuevo en el metro me encontré conmigo, pero en versión chunga. Me explico. Salgo de un vagón vago; se había parado porque sí. Entro en otro ¿Por qué no? ¡No me iba a quedar entre vías (de escape)! Y cuando entro, me siento junto a mí. Tengo cara de pocos yos; me lanzo una mirada de superioridad a nivel del hombro (por encima, imposible) y voy y me respondo con amabilidad (al enemigo ni agua, eso sí, con una sonrisa).

Vamos en la misma dirección, pero en distintos sentidos y por supuesto a diferentes estaciones. Veo que hago un amago de bajarme aquí y después allá... También sé dónde tengo que pararme. Sigo sonriendo, aunque temo quedarme con cara de gilipollas de tanto forzar (para reforzarme frente a mi propia hostilidad y ansias de individualidad).

Me gruño, me insulto, me entiendo... Juego mi propio derbi en el qué sé con quién voy a pesar de jugar contra él. Por supuesto sé quién ganará el partido. Y aunque en esta cancha el perdedor no desciende a segunda... ni deja de competir, como ganador aprendo a ganar para nunca perderme. De pronto, me desgajo y me salgo de madre en Patio Medio, la estación buscada. Y aunque sigo tunelando por otro lado, centro mi atención en este lugar.

Al salir emerjo de un efímero viaje que me enseña la mejilla de mi cara de póquer. Me gusta descubrir todos los planos de mi baraja.

jueves, abril 05, 2012

El terrorista de la célula madre

...Cuando despertó se levantó en una comisaría donde le acusaban de ser un terrorista y de pertenecer a la célula madre. Confundido hizo la llamada de rigor, marcando un número -tirando de subconsciente-. Pero no había nadie al otro lado. Volvió a la celda donde siguieron interrogándole. 

Él lo percibía todo con una capa de neblina como filtro ante el exterior. Similar a ese momento en el que el despertador te saca de golpe de una fase profunda del sueño. La diferencia es que este estado empezaba a prolongarse demasiado y su identidad no aparecía por ningún rincón de su cabeza. Mientras tanto los policías seguían friéndole a preguntas sobre su pertenencia a la célula madre. 

Se miraba las manos, examinaba con detalle cada pliegue, cada poro; se miró de reojo en un reflejo de la mampara de aquel cuartucho. Esa no es mi cara, pensó. Pero no sé qué cara tengo. De dónde he salido. Y así, palpándose poco a poco iba aumentando su angustia. 

El poli bueno trató de hacerle entender que la habían pillado regenerándose en un arsenal de recuerdos. Con buenas palabras le situaba en los hechos. Mucha gente está olvidando por tu culpa. ¿Por qué lo hacéis? Le preguntaba con las cejas en tono de pena. Pero él seguía en el patio interior de un castillo flotante. No se enteraba de nada. Sin embargo le pidió al agente que siguiera contándole la escena.

Cómo puede ser que no me acuerde de nada si usted me acusa de haberme regenerado con los recuerdos robados a cientos de personas. Le preguntó al policía. Porque eso es parte del proceso. Le contestó. Y le contó, empatizando, que cuando se atenta a gran escala contra la memoria ajena, el terrorista tarda un tiempo en recomponerse. Tiene que dar lugar dentro de sí mismo a todos esos elementos de otros. Y ahí estás tú... olvidando cómo recordar para atrapar el olvido de todas esas personas inocentes.

Se hizo el silencio. Volvió a mirarse al espejo, miró al agente, el malo permanecía al margen con cara de haberse olvidado de todo. Entonces empezó a recordar, pensó en la célula e inmediatamente la madre activó su reproducción de ideas, destiladas de los recuerdos robados. Volvió a mirarse al espejo y sonrió.

sábado, marzo 31, 2012

¿Qué te pasa?

Ayer conocí a Hernando Alonso, un millonario que nunca ha perdido el conocimiento ni las ganas de comer, sin embargo se confiesa heredero de los males mayores. Estaba leyéndome la página número 212 de un libro sin hojas cuando se presentó delante de mí con una grabadora en la mano izquierda. Con la otra, la derecha, sujetaba el pensamiento, presionando la sien 'central'. De pronto se arrancó a hablar y me lo contó todo sobre el día en que todo ocurrió.

Era un día normal, iba sin prisas por la calle con la seguridad dual que le caracteriza (la financiada, para evitar agresiones por vergüenza y envidia ajena, y la propia). Miraba altanero al cielo y a los lados. De repente sufrió un golpe interior y se quedó mudo, con gesto de angustia, retorcido y tirado en el suelo por no poder enderezar las piernas. La seguridad (toda) le abandonó en el mismo sitio.

Dos políticos y dos políticas que pasaban por ahí empezaron a discutir sobre su estado. El del Psoe aseguraba que era una víctima de la reforma; la del PP respondía que la herencia de Zp se le había atragantado y poco se podía hacer más que intervenir; el de IU quería llevarlo directamente al hospital; y la de UPyD decía que se trataba de un colapso provocado por el bipartidismo...

Luego llegó una mujer al escenario, se abrió paso entre la clase política y le preguntó directamente a Hernando ¿Qué te pasa? Desde ese momento, recuperó la voz, sus señorías se fueron con sus teorías a otra parte y la mujer le ayudó a levantarse.

Pero la seguridad no volvió y desde ese día arrastra una cojera que le ha llevado hasta Periodismo ficción. Necesito preguntas. Me dijo mientras agitaba la granadora.Y aquí comienza la historia.

miércoles, marzo 28, 2012

Transferencias de bajón

Lo había experimentado en sus carnes pero sólo durante un día o dos. También lo conocía por los testimonios de los demás, amigos, conocidos y enemigos. Pero ahora era diferente... Llevaba dos semanas de bajón (o más), hundido en la mierda, dando importancia a todo sin tener en cuenta nada. La risa había desaparecido del panorama interior, la muerte cobraba vida, el abandono era un hecho, las puñaladas daban forma a la incesante lluvia de aquellos días, a pleno sol.

Ahora entendía aquello de no levantar cabeza, porque nada le pesaba tanto como ésta. Las piernas se habían convertido en dos pedruscos con poco ánimo y menos gracia. Nunca había pesado tanto estando tan delgado. Y lo peor es que estaba tan obturado que no podía ni pensar en el porqué de su depresivo estado. No se trataba de desear desaparecer del mapa. Sencillamente estaba hundido y sin ganas de hacer esfuerzos por estar mejor. Aquello era diferente... No tenía nada que ver con ningún estado de ánimo conocido.

Años después lo recuerda con amargura. La huella de una herida latente se manifestó con fuerza y amplió su influencia. No fue una depresión. No fue un cabreo. No fue agotamiento. No fue un disgusto. Fue un removimiento de tierras internas provocado por su propio deseo de estabilizarlos para siempre. No me lo cuenta él, sino su hijo, que al parecer tiene ganas de hablar de él mismo para olvidarse de él mismo. Pero esto sí me lo dice su padre, que es parte esencial en la historia de este blog.  

viernes, marzo 16, 2012

En la taza de la autocrítica

Después de una noche de autocrítica encerrado en el baño, ha salido indemne de las garras purgativas. Lo más duro, ponerse de acuerdo con algunos conceptos incómodos. Lo más agradable, darse cuenta de que nada es tan grave como (a)parece en mitad de la noche. Hernando Gurmi tiene 60 años y encaja en su edad, aunque a veces salta al vacío de los 40, se tropieza con los 30 y los 10 le ponen la zancadilla como parte de la picardía propia de la edad; tanta como mala hostia preadolescente. 

Cuando camina suele (intermitentemente) sentir que lleva una piedrecilla arraigada en el calzado izquierdo. Se descalza, revisa el calcetín, se sacude previa agitación, mira al cielo, recuerda episodios del pasado y se caga -cito palabras textuales- en la "puta madre del cordero". Pero tras la noche de autocrítica ha logrado entrar en el súper sin sentir vértigo ni miedo ante la ausencia de planes. Es más, observa la pantalla de los vigilantes (con emisión en abierto) y se ve a sí mismo pagando dentro de un rato, y charlando de sus cosas con el cajero. 

Ahora, con el baño en obras, está haciendo tiempo para rehacer su vientre, ahuecar y dar lugar a cada uno de los suyos.

miércoles, marzo 07, 2012

En tela de juicio bajo tierra

Me echan monedas... ¡hasta billetes de 10 y 50€! Voy arreglado, sólo estoy algo mareado y sentado en el suelo del metro por no poder sostenerme en pie. Soy abogado, pero no puedo pararles y decirles que no necesito su dinero. No me sale la voz. Estoy preso en este pasillo... Bloqueado, encerrado y cubierto por aquella tela de juicio que usaba mi padre para tejer el amor hacia mi madre, la gran fiscal en estado permanente (somos 15 hermanos).

La superficie de mi maletín tumbado se ha deprimido por la gravedad del dinero... Y no para de hundirse. Yo, mientras tanto, sigo sin saber qué razón inmaterial me impide levantar la cabeza y erguirme como Dios siempre me indicó. Empiezo a detestar el sonido del dinero, la caridad... No puedo defenderme de este ataque absurdo. No sé si me miran mientras tiran su circulante. ¡Nos sabéis lo que llevo en el maletín, desgraciados, no lo sabéis! ¡Con estos papeles sabríais lo fácil que me resultaría hundir vuestros culos en la miseria.

Por fin consigo levantarme, pero con la cabeza gacha y voz de pito. ¡Qué soy! Sacudo el maletín de mísera minuta, se desparrama por el suelo. Parte de mí también. Las contradicciones de mi vida me sacuden. Me llegan bofetones, sacudidas, soplidos, alegatos, prejuicios y una permanente defensa contra un ataque ocasional. Las siento, pero tiemblan... las piernas. Corro como puedo hacia la salida pero no puedo escapar. Me rodea la gente y me tumban en el suelo. Me arrinconan y me entierran entre monedas y billetes.

Se llama  Rodrigo Del Tercio y hoy, un año después, vaga por los pasillos del metro. Le ha crecido la barba, pero no ha renunciado a sus característicos tirantes. Se asea gracias a los grifos que se distribuyen por los túneles subterráneos. Tiene mucho dinero, sacas llenas de monedas y billetes que recibe a diario gracias a la caridad de todo y toda viandante subterráqueo* y subterráquea. No pide, pero para mantenerse a flote en su amada cordura, ofrece charlas sobre temas jurídicos en lenguaje cercano. Recibe monedazos, aplausos y hasta ofertas de empleo, pero cuando mira a la salida se mete un poco más para adentro. 

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*Así llama Rodrigo Del Tercio (refunfuñando para sus adentros) a la ciudadanía viajera, despectivamente y separando géneros.

** Esta historia me la ha proporcionado Sanz (me pide permanecer en el anonimato), una persona que a través de las cámaras ve todo lo que sucede en los interiores del metro. Ayer tuve el placer de entrevistarle. Y puedo asegurar que esta historia no ha hecho más que comenzar.  




viernes, marzo 02, 2012

Abandono de impresiones tras los párpados

Quería hablarme de UN INVENTO REVOLUCIONARIO, gritaba en el último mail que me envió. Pero hoy ha aparecido muerto en su piso... Sin síntomas de nada. Con todo por contarme. Ahora, con un nuevo mail suyo en mi bandeja de entrada y un documento adjunto titulado la aplicación, continúo con la historia. 
Pero antes de seguir, que no se me olvide un detalle importante: el protagonista fallecido se llama Carlo Padrón. Es... Era, perdón, un ingeniero de accesos a interiores. Tenía 40 años, y le había entrevistado hacía un mes porque quería hablarme, cito textualmente, de la "las cosas que se quedan en la retina". A priori me dio pereza el asunto, pero reconozco que sus palabras no tenían desperdicio y se convirtió en uno de los encuentros más interesantes de Periodismo ficción. Más adelante prometo colgar la entrevista entera. 
 En su cuerpo de mail no cabía cuerpo de jota y sí un tatuaje que describía con detalle su invento sui géneris: una máquina con soporte físico y alma virtual capaz de penetrar en los párpados de la humanidad y apropiarse de las imágenes que nunca se ven, pero que quedan impresas en la mente. Y en los archivos adjuntos guardaba una colección de impresiones de cientos de personas escogidas al azar. Impresiones abandonadas seguramente por esas personas. Imágenes irracionales llenas de sentido personal y olvidadas por necesidad.
   ...Prometo que le dedicaré espacio a Padrón. Era un personaje con tantas cosas que contar como espacio interior ansioso por recibir las experiencias de los demás. Esa era su virtud, su magia. Mientras hablabas con él perdías peso innecesario y ganabas kilos de aire renovado. Aquella visión fugaz de esa mujer agachándose en busca de una palabra no pronunciada por el señor que pasaba por ahí; ese gesto propio que sólo eres capaz de hacer frente al espejo; la mirada de aquella chica que nunca se dirigió a ti; la respuesta que nunca fuiste capaz de dar pero que sí imaginaste en... imagen; la preocupación visible de tu amigo ante la errónea decidión de otro amigo menos amigo; una flor marchita por la que no puedes hacer nada; un libro base que nunca leerás pero cuyos párrafos lo son todo para ti...
El sistema de Carlo no tenía fallos, era un cúmulo eficaz de resultados. Y en la parte oculta de una imagen sobreimpresa con un pie de página sobreescrito sin plasmar, pude leer el error. Entendiendo por "error" la pasarela llevó a la muerte al propio creador. Lo descubrí cerrando los ojos y apretando los párpados. Leí claramente la foto con la que nunca pensó Padrón encontrarse. Y en ella confesaba que no había vivido lo suficiente para imaginar una caída. Entonces tropezó con la oscuridad de su aplicación.

viernes, febrero 17, 2012

El papel de sus vidas

Ayer te quedaste con ganas de decirme algo. Ya se me ha olvidado. ¿Estás segura? Lo estoy, pero no del todo. Me dio la sensación de que te mordías la lengua. Puede, hoy me duele... pero ¿qué estabas diciendo para que apretase los dientes? No lo recuerdo. Pues mal vamos, Javier. Lo sé, Lucía. Tengo que ir al baño. Espero. Espero. Jajaja, no me pienso ir.

Por un momento pensé que no volverías. Quise desaparecer después de tirar de la cadena. ¿Por qué? Porque me gustas. Y tú a mí, menos mal que sacamos el tema, pero no entiendo que lo asocies a los deshechos. Porque no encajas en mi vida. ¿Por qué? Porque haces demasiadas preguntas. Me callo. Y porque te callas muchas cosas. No sé qué decir...

¿A qué hora tienes que irte? No tengo hora, hace mucho que cambió el tiempo para mí. ¿Y qué hacemos? Terminarnos el café. No sé si lo sabré hacer, ¿volveremos a vernos? No. Este café se me va a atragantar. Ya me acuerdo de lo que no te dije ayer. ¿Qué? Se me ocurrió una sinopsis para una película. ¿De qué iba? De un actor y una actriz que son contratados para una película y quedan encerrados en ella, tengo que ir al baño... ¿Otra vez?

Nos vamos a ir despidiendo, pero antes quiero darte un papel para mi película. Vale. Toma. Pero esto es del rollo del váter. Cuando me vaya, ve al baño, siéntate en la taza y termínate el café. ¿Por qué? Tienes que aprenderte el guión. No sé. Es un buen papel. Pero yo actúo como el culo. Me voy. No te vayas. Es mi película. Y ésta, mi vida. ¡Tu vida es una mierda! Lo sé. Vete al váter.

Cuando tiró de la cadena se quedó con la arandela en la mano y ella con el papel de sus vidas.

miércoles, febrero 15, 2012

Agotado

Ella insiste en que está agotado y él, cansado, se da cuenta de que en efecto ya no queda nada de sí mismo en ninguna parte. Se ha agotado. Ella busca en los grandes almacenes, pero la demanda ha acabado con sus existencias. Él, concentrado en esencia, no sabe. Sólo ella puede saber. No es la muerte, ni un ninguneo pactado. No es. Él ya no es, aunque en esencia permanezca en alguna parte descatalogada o inexistente. No es.

Antes de llegar a este estado gaseoso en el que se encuentran, Romaria y Esulio se dedicaban a recopilar frases no hechas y puntos aparte. Compaginaban imponderables y sopesaban los pasos a no seguir con el fin de continuar. Así un día tras otro sin contar las horas. Y en mitad de la noche se apropiaban de los sueños en común para discutirlos en el desayuno. Ante la evidencia de la recesión en las horas de sueño un día tomaron una determinación impopular: desaprovechar parte del día para ganarle tiempo al espacio. 

Pero el espacio empezó a torcerse. Intentaron apuntalar. Invirtieron energía en el proceso. Él soltó más lastre adjetivo y ella aflojó el petate del sujeto; entonces él empezó a agotarse y así poco a poco hasta hoy. 

Romaria le busca. Él empieza a perder la consciencia. La esencia se pierde, como el calor, por las extremidades. Romaria cree haber tocado algo que podría ser Esulio. Esulio vuelve a la vida como el que se ahoga y resucita tras un boca a boca. Romaria se agota del esfuerzo. Empieza a agotarse... Pero él, que se había guardado una coma en mitad de una noche, traza una pausa de contención y ella toma aire y coloca el punto y aparte. De vuelta a la vida, logran compaginar nuevos imponderables y sopesaban los pasos a no seguir... Objetivo conseguido, continúan.