Vamos en la misma dirección, pero en distintos sentidos y por supuesto a diferentes estaciones. Veo que hago un amago de bajarme aquí y después allá... También sé dónde tengo que pararme. Sigo sonriendo, aunque temo quedarme con cara de gilipollas de tanto forzar (para reforzarme frente a mi propia hostilidad y ansias de individualidad).
Me gruño, me insulto, me entiendo... Juego mi propio derbi en el qué sé con quién voy a pesar de jugar contra él. Por supuesto sé quién ganará el partido. Y aunque en esta cancha el perdedor no desciende a segunda... ni deja de competir, como ganador aprendo a ganar para nunca perderme. De pronto, me desgajo y me salgo de madre en Patio Medio, la estación buscada. Y aunque sigo tunelando por otro lado, centro mi atención en este lugar.
Al salir emerjo de un efímero viaje que me enseña la mejilla de mi cara de póquer. Me gusta descubrir todos los planos de mi baraja.

2 comentarios:
Últimamente gano siempre al póker pero aún no tengo claro cuál es la cara que pongo, lo que me desconcierta un poco.
Así que aunque este cuento te cuente a ti por dentro, yo me aplico el cuento, me río un rato e intento eso de mirarse por encima del hombro aunque sea imposible.
...Pues la cara de póquer es la que al final te lleva a estudiar ese hombro que nunca cuenta. Como esos cuentas que tampoco se cuentan nunca, pero que siguen inventariando en 35mm.
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