sábado, marzo 31, 2012

¿Qué te pasa?

Ayer conocí a Hernando Alonso, un millonario que nunca ha perdido el conocimiento ni las ganas de comer, sin embargo se confiesa heredero de los males mayores. Estaba leyéndome la página número 212 de un libro sin hojas cuando se presentó delante de mí con una grabadora en la mano izquierda. Con la otra, la derecha, sujetaba el pensamiento, presionando la sien 'central'. De pronto se arrancó a hablar y me lo contó todo sobre el día en que todo ocurrió.

Era un día normal, iba sin prisas por la calle con la seguridad dual que le caracteriza (la financiada, para evitar agresiones por vergüenza y envidia ajena, y la propia). Miraba altanero al cielo y a los lados. De repente sufrió un golpe interior y se quedó mudo, con gesto de angustia, retorcido y tirado en el suelo por no poder enderezar las piernas. La seguridad (toda) le abandonó en el mismo sitio.

Dos políticos y dos políticas que pasaban por ahí empezaron a discutir sobre su estado. El del Psoe aseguraba que era una víctima de la reforma; la del PP respondía que la herencia de Zp se le había atragantado y poco se podía hacer más que intervenir; el de IU quería llevarlo directamente al hospital; y la de UPyD decía que se trataba de un colapso provocado por el bipartidismo...

Luego llegó una mujer al escenario, se abrió paso entre la clase política y le preguntó directamente a Hernando ¿Qué te pasa? Desde ese momento, recuperó la voz, sus señorías se fueron con sus teorías a otra parte y la mujer le ayudó a levantarse.

Pero la seguridad no volvió y desde ese día arrastra una cojera que le ha llevado hasta Periodismo ficción. Necesito preguntas. Me dijo mientras agitaba la granadora.Y aquí comienza la historia.

miércoles, marzo 28, 2012

Transferencias de bajón

Lo había experimentado en sus carnes pero sólo durante un día o dos. También lo conocía por los testimonios de los demás, amigos, conocidos y enemigos. Pero ahora era diferente... Llevaba dos semanas de bajón (o más), hundido en la mierda, dando importancia a todo sin tener en cuenta nada. La risa había desaparecido del panorama interior, la muerte cobraba vida, el abandono era un hecho, las puñaladas daban forma a la incesante lluvia de aquellos días, a pleno sol.

Ahora entendía aquello de no levantar cabeza, porque nada le pesaba tanto como ésta. Las piernas se habían convertido en dos pedruscos con poco ánimo y menos gracia. Nunca había pesado tanto estando tan delgado. Y lo peor es que estaba tan obturado que no podía ni pensar en el porqué de su depresivo estado. No se trataba de desear desaparecer del mapa. Sencillamente estaba hundido y sin ganas de hacer esfuerzos por estar mejor. Aquello era diferente... No tenía nada que ver con ningún estado de ánimo conocido.

Años después lo recuerda con amargura. La huella de una herida latente se manifestó con fuerza y amplió su influencia. No fue una depresión. No fue un cabreo. No fue agotamiento. No fue un disgusto. Fue un removimiento de tierras internas provocado por su propio deseo de estabilizarlos para siempre. No me lo cuenta él, sino su hijo, que al parecer tiene ganas de hablar de él mismo para olvidarse de él mismo. Pero esto sí me lo dice su padre, que es parte esencial en la historia de este blog.  

viernes, marzo 16, 2012

En la taza de la autocrítica

Después de una noche de autocrítica encerrado en el baño, ha salido indemne de las garras purgativas. Lo más duro, ponerse de acuerdo con algunos conceptos incómodos. Lo más agradable, darse cuenta de que nada es tan grave como (a)parece en mitad de la noche. Hernando Gurmi tiene 60 años y encaja en su edad, aunque a veces salta al vacío de los 40, se tropieza con los 30 y los 10 le ponen la zancadilla como parte de la picardía propia de la edad; tanta como mala hostia preadolescente. 

Cuando camina suele (intermitentemente) sentir que lleva una piedrecilla arraigada en el calzado izquierdo. Se descalza, revisa el calcetín, se sacude previa agitación, mira al cielo, recuerda episodios del pasado y se caga -cito palabras textuales- en la "puta madre del cordero". Pero tras la noche de autocrítica ha logrado entrar en el súper sin sentir vértigo ni miedo ante la ausencia de planes. Es más, observa la pantalla de los vigilantes (con emisión en abierto) y se ve a sí mismo pagando dentro de un rato, y charlando de sus cosas con el cajero. 

Ahora, con el baño en obras, está haciendo tiempo para rehacer su vientre, ahuecar y dar lugar a cada uno de los suyos.

miércoles, marzo 07, 2012

En tela de juicio bajo tierra

Me echan monedas... ¡hasta billetes de 10 y 50€! Voy arreglado, sólo estoy algo mareado y sentado en el suelo del metro por no poder sostenerme en pie. Soy abogado, pero no puedo pararles y decirles que no necesito su dinero. No me sale la voz. Estoy preso en este pasillo... Bloqueado, encerrado y cubierto por aquella tela de juicio que usaba mi padre para tejer el amor hacia mi madre, la gran fiscal en estado permanente (somos 15 hermanos).

La superficie de mi maletín tumbado se ha deprimido por la gravedad del dinero... Y no para de hundirse. Yo, mientras tanto, sigo sin saber qué razón inmaterial me impide levantar la cabeza y erguirme como Dios siempre me indicó. Empiezo a detestar el sonido del dinero, la caridad... No puedo defenderme de este ataque absurdo. No sé si me miran mientras tiran su circulante. ¡Nos sabéis lo que llevo en el maletín, desgraciados, no lo sabéis! ¡Con estos papeles sabríais lo fácil que me resultaría hundir vuestros culos en la miseria.

Por fin consigo levantarme, pero con la cabeza gacha y voz de pito. ¡Qué soy! Sacudo el maletín de mísera minuta, se desparrama por el suelo. Parte de mí también. Las contradicciones de mi vida me sacuden. Me llegan bofetones, sacudidas, soplidos, alegatos, prejuicios y una permanente defensa contra un ataque ocasional. Las siento, pero tiemblan... las piernas. Corro como puedo hacia la salida pero no puedo escapar. Me rodea la gente y me tumban en el suelo. Me arrinconan y me entierran entre monedas y billetes.

Se llama  Rodrigo Del Tercio y hoy, un año después, vaga por los pasillos del metro. Le ha crecido la barba, pero no ha renunciado a sus característicos tirantes. Se asea gracias a los grifos que se distribuyen por los túneles subterráneos. Tiene mucho dinero, sacas llenas de monedas y billetes que recibe a diario gracias a la caridad de todo y toda viandante subterráqueo* y subterráquea. No pide, pero para mantenerse a flote en su amada cordura, ofrece charlas sobre temas jurídicos en lenguaje cercano. Recibe monedazos, aplausos y hasta ofertas de empleo, pero cuando mira a la salida se mete un poco más para adentro. 

----------

*Así llama Rodrigo Del Tercio (refunfuñando para sus adentros) a la ciudadanía viajera, despectivamente y separando géneros.

** Esta historia me la ha proporcionado Sanz (me pide permanecer en el anonimato), una persona que a través de las cámaras ve todo lo que sucede en los interiores del metro. Ayer tuve el placer de entrevistarle. Y puedo asegurar que esta historia no ha hecho más que comenzar.  




viernes, marzo 02, 2012

Abandono de impresiones tras los párpados

Quería hablarme de UN INVENTO REVOLUCIONARIO, gritaba en el último mail que me envió. Pero hoy ha aparecido muerto en su piso... Sin síntomas de nada. Con todo por contarme. Ahora, con un nuevo mail suyo en mi bandeja de entrada y un documento adjunto titulado la aplicación, continúo con la historia. 
Pero antes de seguir, que no se me olvide un detalle importante: el protagonista fallecido se llama Carlo Padrón. Es... Era, perdón, un ingeniero de accesos a interiores. Tenía 40 años, y le había entrevistado hacía un mes porque quería hablarme, cito textualmente, de la "las cosas que se quedan en la retina". A priori me dio pereza el asunto, pero reconozco que sus palabras no tenían desperdicio y se convirtió en uno de los encuentros más interesantes de Periodismo ficción. Más adelante prometo colgar la entrevista entera. 
 En su cuerpo de mail no cabía cuerpo de jota y sí un tatuaje que describía con detalle su invento sui géneris: una máquina con soporte físico y alma virtual capaz de penetrar en los párpados de la humanidad y apropiarse de las imágenes que nunca se ven, pero que quedan impresas en la mente. Y en los archivos adjuntos guardaba una colección de impresiones de cientos de personas escogidas al azar. Impresiones abandonadas seguramente por esas personas. Imágenes irracionales llenas de sentido personal y olvidadas por necesidad.
   ...Prometo que le dedicaré espacio a Padrón. Era un personaje con tantas cosas que contar como espacio interior ansioso por recibir las experiencias de los demás. Esa era su virtud, su magia. Mientras hablabas con él perdías peso innecesario y ganabas kilos de aire renovado. Aquella visión fugaz de esa mujer agachándose en busca de una palabra no pronunciada por el señor que pasaba por ahí; ese gesto propio que sólo eres capaz de hacer frente al espejo; la mirada de aquella chica que nunca se dirigió a ti; la respuesta que nunca fuiste capaz de dar pero que sí imaginaste en... imagen; la preocupación visible de tu amigo ante la errónea decidión de otro amigo menos amigo; una flor marchita por la que no puedes hacer nada; un libro base que nunca leerás pero cuyos párrafos lo son todo para ti...
El sistema de Carlo no tenía fallos, era un cúmulo eficaz de resultados. Y en la parte oculta de una imagen sobreimpresa con un pie de página sobreescrito sin plasmar, pude leer el error. Entendiendo por "error" la pasarela llevó a la muerte al propio creador. Lo descubrí cerrando los ojos y apretando los párpados. Leí claramente la foto con la que nunca pensó Padrón encontrarse. Y en ella confesaba que no había vivido lo suficiente para imaginar una caída. Entonces tropezó con la oscuridad de su aplicación.