jueves, abril 26, 2012

Enviados en bandeja 'expropia'...

El despertador dejó de sonar y Julio entró en coma. ¡Qué punto, pensó! Siempre ha sido de humor fácil. Ayer me escribió -no sé cómo lo hizo- desde su propio Estado (poco dado al intervencionismo emocional). Debió de darse por dentro una expropiación de cosas por decir. El email estaba lleno de silencios tan escandalosos que irritaban los tímpanos mejor acorazados. Reconozco era la palabra más usada, casi tanto cono lamento. Pero también se reconocía detalles que había tenido y que jamás nadie se los había reconocido. Gestos tan eficaces para terceros como invisibles en el retorno propio. Se trataba, en definitiva de un texto que buscaba una reconciliación con la carpeta de Pendientes.

No es la primera vez que recibo un correo enviado desde el subconsciente de otra persona. Pero sí, la primera que me lo manda alguien que está entre la vida y la muerte. O eso dice. No tengo referencias; únicamente lo que me manda desde Estado intervenido desde dentro... Y por supuesto no me pide que intervenga, sólo escribe; purga. Esta noche mi despertador se adelantó a su hora y me pegó un pellizco con nocturnidad y alevosía, pero no entré en coma, pero sí en el cuadro de Julio. Con un machete despejé el camino de tecnicismos médicos y logré llegar hasta su cama, donde postrado me esperaba con una bandeja y dos chuletones, vino francés y tres velas, color republicano. 

Cuando desperté, desperté. Me di cuenta de algo que no puedo contar por no ser ficción. Julio murió; estaba cantado... Pero sólo en parte, la intervenida. Me llega un texto más donde asegura que "expropiado" se siente mejor. Tenía tanta confusión encima... que estoy seguro, le aplastó. ¡Y ahora, la verdad, tengo un sueño que me muero! 

domingo, abril 22, 2012

La humedad subjetiva del cuadro

Del muro más seco de su piso surgió una tenebrosa humedad con cara de pocos amigos, que no de Bélmez. Entonces comenzó a dialogar con la pared. El gesto de aquel rostro mohino no cambiaba, pero Mario intentaba que al menos se pronunciara. Le habló del jardín donde perdió la virginidad y donde se dejó una historia que no volvió a encontrar. También le contó cómo se las apañó para salir de la primera vez que se hundió en un vaso sin agua. Le confesó que no era el tío más honrado del mundo. Lloró cuando se acordó de la muerte de su lagartija Pancho... Más que nada, porque no fue una muerte sino un homicidio involuntario; dejó a su alcance una idea suicida que no supo procesar. Agotado, se quedó frito sobre la alfombra marrón.

Al despertar comprobó que la humedad estaba seca y con una semi sonrisa a medio esbozar apuntándole directamente. Le preguntó por su cambio de actitud, a lo que la humedad seca respondió con un llanto sincero. Cuando dejó de lloriquear le contó que no sabía qué hacía ahí. Se sentía perdida. Tampoco tenía muy claro qué era. No hablaba como humedad, sino como si fuera un experto en algo al que le han expropiado de su 'huerto' y se ha quedado en modo secano. Mario trataba de empalizar. La humedad seca no paraba de desahogarse. Finalmente Mario, ya con la capacidad de escucha saturada, decidió que había llegado el momento de sacar un espejo. Pero se arrepintió antes de ponérselo delante. Por qué. Porque la humedad empezó a dibujarse y a regalar silencios.

Callaron por fin. Y Mario y humedad agotados cayeron rendidos. Al día siguiente llegó Maríe, la asistenta francesa. No había nadie en el piso. Estaba limpio e iluminado como para ser expuesto. Maríe empezó a limpiar lo limpio. Agotada se paró delante del muro de carga. Se dio cuenta de que había algo diferente en él. Pero no sabía explicarse qué. Se sentó, rotó sobre sí misma, reflexionó y finalmente dejó que la mirada perdida encontrara el cambio.

Ayer iba yo por la calle y escuché una conversación entre dos vendedores de ideas. Venían de una exposición de arte indiscutible. Estaban muy impactados y contrariados porque tras años de sentadas de cátedra, se habián enamorado de unas formas dibujadas en la pared del vestíbulo del museo, y que por supuesto no formaban parte de la muestra. Uno de ellos, emocionado, aseguraba haber visto a su tata en ese 'fresco'. El otro, se había reconocido a sí mismo.

Y ésta es la 'entrada' a una historia que se me ha ocurrido después.

sábado, abril 21, 2012

Nota de una historia y 100 estaciones olvidadas en un bloc de notas

Había escrito una novela completa en el bloc de notas de su smartphone. Idea a idea, personaje a personaje, trama tras trama, las había parido entre las estaciones de metro que Román transitaba a diario. Con esa plácida y necesaria ambivalencia de cariño y rabia fue dando forma durante meses a una historia formada por cientos se afluentes e influencias. Algunas venían de fórmulas interiores, otras directamente importadas del exterior y otras tantas procedían de un espacio desconocido... Era su esfuerzo, su trabajo personal.
http://www.minube.com/fotos/rincon/95087
Una vida paralela que alimentaba de vagón en vagón y que un buen día al encender el teléfono se llevó la fatal sorpresa de descubrir que la novela había desaparecido. No había rastro de ella, ni en la nube ni en las entrañas del teléfono. Como consecuencia inmediata Román se reencontró con el asma y como daño colateral se pasó dos estaciones y tres pueblos. Confundido, sin aire y con sudores fríos (netos) se bajó del vagón en una parada virgen para él: Palos entera.

Vagaba con la mirada perdida y con la mente en triple partición (como un disco duro, muy duro): una parte, trataba de recuperar los datos de memoria; la segunda, se dejaba en manos de la desesperación; y la tercera quería buscar la forma de recuperarlos. Así que con un cóctel de desesparación, asma, dolor, tristeza, rabia, ansiedad, frustración, picores, retortijones cereblales, etc., empezó a retomar donde nunca lo había dejado.

Un señor (con pinta de 'reinventado digitalmente a la 2.0' y de saberlo todo sobre Román) le dice: No te preocupes, hombre, si lo importante es PARTICIPAR.Con el dedo izquierdo (de) corazón en alto, Román le indicó el camino de su comentario y le dedicó una sonrisa forzada. Román, sigue escribiendo.

sábado, abril 14, 2012

Me cuento por dentro...

De nuevo en el metro me encontré conmigo, pero en versión chunga. Me explico. Salgo de un vagón vago; se había parado porque sí. Entro en otro ¿Por qué no? ¡No me iba a quedar entre vías (de escape)! Y cuando entro, me siento junto a mí. Tengo cara de pocos yos; me lanzo una mirada de superioridad a nivel del hombro (por encima, imposible) y voy y me respondo con amabilidad (al enemigo ni agua, eso sí, con una sonrisa).

Vamos en la misma dirección, pero en distintos sentidos y por supuesto a diferentes estaciones. Veo que hago un amago de bajarme aquí y después allá... También sé dónde tengo que pararme. Sigo sonriendo, aunque temo quedarme con cara de gilipollas de tanto forzar (para reforzarme frente a mi propia hostilidad y ansias de individualidad).

Me gruño, me insulto, me entiendo... Juego mi propio derbi en el qué sé con quién voy a pesar de jugar contra él. Por supuesto sé quién ganará el partido. Y aunque en esta cancha el perdedor no desciende a segunda... ni deja de competir, como ganador aprendo a ganar para nunca perderme. De pronto, me desgajo y me salgo de madre en Patio Medio, la estación buscada. Y aunque sigo tunelando por otro lado, centro mi atención en este lugar.

Al salir emerjo de un efímero viaje que me enseña la mejilla de mi cara de póquer. Me gusta descubrir todos los planos de mi baraja.

jueves, abril 05, 2012

El terrorista de la célula madre

...Cuando despertó se levantó en una comisaría donde le acusaban de ser un terrorista y de pertenecer a la célula madre. Confundido hizo la llamada de rigor, marcando un número -tirando de subconsciente-. Pero no había nadie al otro lado. Volvió a la celda donde siguieron interrogándole. 

Él lo percibía todo con una capa de neblina como filtro ante el exterior. Similar a ese momento en el que el despertador te saca de golpe de una fase profunda del sueño. La diferencia es que este estado empezaba a prolongarse demasiado y su identidad no aparecía por ningún rincón de su cabeza. Mientras tanto los policías seguían friéndole a preguntas sobre su pertenencia a la célula madre. 

Se miraba las manos, examinaba con detalle cada pliegue, cada poro; se miró de reojo en un reflejo de la mampara de aquel cuartucho. Esa no es mi cara, pensó. Pero no sé qué cara tengo. De dónde he salido. Y así, palpándose poco a poco iba aumentando su angustia. 

El poli bueno trató de hacerle entender que la habían pillado regenerándose en un arsenal de recuerdos. Con buenas palabras le situaba en los hechos. Mucha gente está olvidando por tu culpa. ¿Por qué lo hacéis? Le preguntaba con las cejas en tono de pena. Pero él seguía en el patio interior de un castillo flotante. No se enteraba de nada. Sin embargo le pidió al agente que siguiera contándole la escena.

Cómo puede ser que no me acuerde de nada si usted me acusa de haberme regenerado con los recuerdos robados a cientos de personas. Le preguntó al policía. Porque eso es parte del proceso. Le contestó. Y le contó, empatizando, que cuando se atenta a gran escala contra la memoria ajena, el terrorista tarda un tiempo en recomponerse. Tiene que dar lugar dentro de sí mismo a todos esos elementos de otros. Y ahí estás tú... olvidando cómo recordar para atrapar el olvido de todas esas personas inocentes.

Se hizo el silencio. Volvió a mirarse al espejo, miró al agente, el malo permanecía al margen con cara de haberse olvidado de todo. Entonces empezó a recordar, pensó en la célula e inmediatamente la madre activó su reproducción de ideas, destiladas de los recuerdos robados. Volvió a mirarse al espejo y sonrió.