martes, mayo 29, 2012

Ciencias Oníricas, un sueño significante

Se llama José María Taneque, tiene 56 años y es ingeniero del sueño. Estudió Oníricas después de descartar Ciencias de la Excusa. No fue fácil la decisión, desde crío manejaba argumentos como nadie; era un virtuoso de la excusa aplicada, un experto de la no implicación, un mago del desvío de llamadas de intención. Tenía nota de sobra para estudiar lo que quisiera, pero finalmente cayó en un sueño que le despertó de la excusa.

Me cuenta que está trabajando en el desarrollo de una máquina que separa los símbolos de sus significados; los centrifuga y los estudia. Toman forma, también sueñan, se emancipan por momentos, absorben esperanza en plena desesperación metafórica; dejan los quicios para las sacas, que no las salidas. Viven y mueren en la misma tabla estratégica que los significantes iconos. Vamos, que se miran a sí mismos de reojo... Y eso que no tienen vista.

Confiesa que puede pero que no quiere. Admite que siente ser mejor sujeto cuando predica*. Vislumbra cosas que jamás había soñado despierto. Dimite de su particular constitución. Sueña. Sueña. Sueña. Despierta después y se empeña en recopilar lo soñado, en estructurarlo. Su obsesión le ha llevado a crear mientras sueña una máquina del sueño. La ha desarrollado y dotado de símbolos propios en detrimento de los ajenos. La máquina, incluso, sueña que sueña.

Escribe José María en sus hojas sin papel que vive para soñar y así vivir. Pero está tan metido en su sueño, que la máquina necesita su mano humana para dejar de ser máquina por un instante y así volver a maquinar para soñar. Es, juran ambos, el bucle que nunca soñaron. Un tornando onírico que mantiene a máquina y hombre, a ego y algoritmo, y a símbolo y significado... A raya. Ahora, ya no tiene excusa. No le queda más remedio que soñar que desata su argumento.

---------------------------
Frase de Les Luthiers: "Warren Sánchez se ha sentido mejor sujeto cuando ha predicado".

viernes, mayo 25, 2012

El hábito que las hizo gemelas


Creían ser gemelas, pero eran hermanas de clausura. Monjas por devoción y huídas a media noche por la calle del medio (no como Lucía y sus botas que tíró por Final con Delirio). No se parecían en nada, de hecho no eran ni opuestas, lo que les habría otorgado al menos la similitud de la diferencia. Sin embargo, no se separaban jamás y cosían argumentos en un mismo telar con el que un día -soñaban- cubriría el hueco que la genética dejó.  

Tenían el hábito de refugiarse bajo una misma fe que no les daba para mucho. Algún armañac que otro y unas patatas fritas artesanalmente. Las magdalenas eran para las madres superioras. Había muchas, superioras. Nunca existió una misma madre para las dos. Esa era la ilusión que les alumbraba las noches cerradas; ese lapso que, al dormir separadas, aprovechaban para conectar apetitos y cohesionar confusas infancias. Cantaban al señor con recelo, aunque sabían sonreír para disfrazar el sentimiento. Rezaban por fuera, deseaban otra vida por dentro. 

Es la historia de Somalia y Raquel. Siete años después venden mazapanes en verano y sorbete de rosco de vino en invierno. Durante otoño y primavera siguen tejiendo, pero con un hilo conductor fabricado por ellas a base de fusión genética y fisión reflexiva. Compraron (a precio divino) un pequeño local en el centro de Castrunteriza donde viven, duermen separadas, piensan, innovan, cosen y ven películas de los años 80. De la pared principal cuelga un enorme retrato que no retrata nada, pero refleja en 'dos trazos' el perfil de una madre única tejida por las dos. 

Este verano, me dicen, van a lanzar un polvorón especial con nombre: SequiDo. Un manjar que además de saber a gloria, transporta a circunstancias anheladas o por anhelar. ¿La fórmula? Una larga receta amasada entre la realidad vivida entre muros y la ficción soñada de párpados para adentro.

domingo, mayo 20, 2012

Tirando por Final con Delirio

Es lo único que quedó de ella. Sus botas y una flor junto a un árbol sin ambición. Lucía era ambiciosa y sofisticada. Anclada en el posmodernismo pop de los 80 no supo gestionar sus ansias de absorción ilimitada. Eran tan intensas que, por ejemplo, cuando pronunciaba las haches aspiradas en público (o para sí), las dejaba sin sentido, sin aliento. La falta de ortografía y de autocontrol terminó absorbiéndola en sí misma. Y ahí está su féretro natural, el que podemos ver en la foto captada poco antes de la última lluvia. Ahora ya no queda nada. El epitafio corre a cargo del viento que todo lo transporta.

Lucía empezó su vida por la calle del medio. Renunció a apoyarse en referentes para no reconocer méritos ajenos. Tiró por la calle de al lado, donde abrazó ese posmodernismo ochentero del que ya sólo quedan las botas. Abandonada a su suerte pero llena de estímulos adquiridos y absorbidos como elementos de una colosa colección de valor incalculable, Lucía quería seguir luciendo por dentro para alumbrar la calle final. Esa calle por la que definitivamente tiraría sin percatarse de que cruzaba con el Paseo del Delirio. Al atravesar el límite sublimó. 

Afortunadamente queda una instantánea tumba con estructura de bodegón que nos habla de Lucía. Un personaje más que no pasarán de ahí.

PD.: Si alguien sabe algo más de ella, ruego lo comparta a través de sus comentarios.

viernes, mayo 18, 2012

Procesando

Este post es una respuesta. Ante la pregunta de el/la fiel lector/a apodado grp, sobre si estoy recortando... Contesto en modo entrada: Es posible que los efectos austeros contagien a las ocurrencias. Si bien es cierto que no cesan, porque siguen circulando entre ideas no expresadas, células, bacterias, nervios y pensamientos tan puros como impíos, igual de cierto es que encuentro más obstáculos (tangibles e inexistentes) a la hora de llevarlos al 'papel'. 

Tengo una legión de personajes atrapados peleándose por ser entrevistados. Hay de todo: dos hermanas que juegan a ser gemelas cuando sólo son monjas; un ingeniero del sueño, que no pega ojo; un niño con muy mala hostia que no hace más que buscar las cosquillas a todo el mundo, pero que él no responde a dicho estímulo; un vendedor de excusas; una aventurera muda que habla por los codos gracias a una aplicación; un inventor deprimido; una deprimida que comercia con activos de optimismo tóxico... En fin. Un mundo.

Prometo dar salida a esta panda de creadores y creadoras, pero necesito pasar por la necesaria transición de acoplamiento (que nada tiene que ver con la copla) a la era táctil, que me tiene confundido y algo alejado de la tecla; aunque no puedo prescindir de ella. 

PD.: Gracias por interesarte, grp.     

jueves, mayo 03, 2012

Ocurrió al invertirse

Tres digestiones cortadas, una bocanada de aire seco y dos caricias como bofetadas después, Gutiérrez El Poli, salió por la puerta grande para caer en saco roto. Siempre quiso invertirse, pero no contó con la posibilidad de colarse por su propio agujero. Así ocurrió. Y ahora está postrado en un suelo frío, solo y desamparado. Sin nada. Con el recuerdo de la mala digestión y las caricias tórridas del aire más áspero, capaz de susurrarle que no vale nada.

Gutiérrez El Poli es de los que nunca resbalan sin antes asegurarse de que pueden hacerlo. Nunca perdió ni un segundo, ni un duro, en desaprovechar los recursos que tenía a su alrededor. Fueran del tipo que fueran. Todo eran recursos, incluso él. Se miraba en los charcos y se encontraba atractivo. Entonces entendía que encarnaba un valor en sí mismo. El problema es que lo llevó demasiado lejos. Perdió la perspectiva y dejó de ver la línea que separa al saco de la vida; la piel de las vísceras; la masa gris de las ideas...   

El eco le contradice. Habla en alto para distraerse. Sabe que nadie va a venir a rescatarle, porque nunca ha invertido (ni intervenido) en esa posibilidad. No le asusta la muerte, pero sí su lentitud. Lo tiene calculado, ésta llegará en un par de días. No quiere provocarla, porque el suicidio no figura en sus planes. Y no llora porque siente tanta lástima de sí mismo que no se lo permite. Lo intenta, pero no puede, no quiere. De los esquemas claros empieza a pasar a las contradicciones. Sufre calambres combinados con convicciones y arrepentimientos.

Antes de morir quiso liberar sus ocurrencias ahorradas durante años. Esas que no llevaban a nada ni valían un duro, pero que durante ratos le valían para romper sus estructuras. Algunas tronchantes, otras geniales y otras tantas, incluso, perversas. Pero todas en las antípodas de sus intereses. La muerte llegó y no pasó de largo, se detuvo y le miró a la cara para invertirse hasta ponerse a su nivel; lo suficiente como para rebañar cada concepto de Gutiérrez El Poli y que no quedase nada en el gran plato.