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Mostrando entradas de junio, 2012

24 Horas y un segundo

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Hoy es uno de esos días en los que soy consciente de que tengo -casi (a falta de 5 meses)- 40 años. El motivo es que hago recuento y veo que llevo dos años corriendo (no es una metáfora, o sí), corriendo como deporte habitual; y este mes 4 veces por semana y saliendo de casa a eso de las 6 de la mañana. Dicen que este fenómeno es muy habitual a partir de estas edades, cuando deportes 'extremos' como el fútbol, el tenis o el baloncesto quedan al otro lado de la pantalla del televisor, mientras nos convertimos en espectadores con tendencia a la euforia ajena. 
Como decía, hoy ha sido especial... Me levanto y me planto en la calle con mis Asics Gel Nimbus 12 (¡Estoy tan orgulloso de esta compra, y eso que son horteras de cojones!), con la camiseta de una carrera que nunca corrí y mi malla imposible de Decathlon.Objetivo: una hora de ejercicio y 10km a completar. De fondo mi "playlist" programada para mantener el ritmo, no aburrirme y que suene la Marsellesa a partir de …

Dale una vuelta

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Por Elías Noger
Me acaban de contratar en una empresa creativa. Sí, una de esas que están gobernadas por auténticos mediocres capaces de pasar por alquimistas, gracias a la habilidad de convertir una saco de tópicos en frases seductoras en 'modo twitter' e irrefutables cuando se pronuncian en conferencias, por ejemplo, sobre innovación. Pero el trabajo sucio, la pica y la piedra, las hostias y demás, caen sobre gente devoradorora de cabeza propia y Lexatín como yo. Porque para eso me han contratado y el eje o la premisa de mi fichaje se resume en una frase: Dale una vuelta al tema.
"¡Elías, dale una pensada a esto y luego nos reunimos!". Darle una pensada -otra versión de la puta frase- significa que coja la propuesta del cliente iluminado de turno y la transforme en una moto imposible de circular, pero que resulte  irrenunciable para el que paga. Me pagan una pasta, no me quejo, pero a cambio, además de mi alma -esta la regalé en la primera entrevista- he de pensar…

Alemania y Los Rescatados

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Más que unas semifinales, esto parece una circunstancia pop de los años 80. Ella, Alemania llevando la voz cantante y unas pelotas de campeonato; y ellos (Italia, Portugal y España) coreando bajo nombre propio, Los Rescatados. Jugadas, estrategias, balones fuera, salidas de tono, actos fallidos, bocazas, golazos (directos o de rebote), peloteos, tanteos de unos con otros... Y todo dentro de un marco de hierba sembrado de salivazos de los implicados en el juego. ¡Goooooooooool! Dice el deseado estribillo...
Pero Alemania no entiende de esternones hinchados, ni de fueras de juego, sólo de hinchas dispuestos a darlo TODO por sus pechos; esos capaces de alimentar a un continente entero. Alemania es completa, no es bella, para nada, pero atrae. Tiene la virtud de jugar con todos y a la vez, manejar las mismas tarjetas (rojas y amarillas) que supuestamente administran los árbitros. Ella es grande, canta y expulsa, sonríe y regaña, marca el ritmo y los acordes de la canción, reparte juego y …

La antena y el estómago

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Ayer me comí la cabeza. Hoy la tengo en el estómago. Me cuenta que todo por ahí dentro anda algo revuelto, pero no me da detalles. Intento hacer de vientre para echarle un cable, pero me pide que mejor haga de mí mismo. Mañana no sé que pasará conmigo. Decido quedarme en blanco pero no lo consigo y, como se dice en el argot televisivo, me voy a negro; es decir que me fundo para esperar a que empiece otro espacio.
Al día siguiente arranco. Todo está en su sitio. Todo excepto yo, que no sé dónde coño estoy. Me miro a las manos y no las veo, trato de escuchar mi voz pero sólo me llega el aliento de lo que pienso. Cuento hasta 10, y se me olvida el 9. Ahora es el estómago el que se me sube a la chepa, que no a la cabeza. Y sin saber por dónde ando, él manda sobre las ideas. Empiezo a notarme más entrañable y discontinuo, desde un punto de vista más visceral. Y de pronto me acuerdo de que toca ir a la consulta de la antenista.
Una vez sentado frente a ella activo los cordones de los zapato…

Codos y recodos

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Ayer pasé por un resquicio que nunca había atravesado y llegué a una habitación con forma de simpatía. Como me sentía bien ahí dentro me quedé, pero pronto empezaron a caerme chuzos de punta... Simpáticos, pero con intenciones huecas, que como ocurre con las balas (según las películas), te revientan por dentro. En este cuarto el tercero era yo. Un podio con los dos primeros escalafones vacíos y un bronce condenado a agarrarse a mi cuello. Pero lo más incómodo de esta situación era la apisonadora del silencio, porque tenía tanta densidad que al pronunciar una palabra (con o sin sentido) la devoraba antes de que se me ocurriera.
Entendiéndome a mí mismo como perdedor y admitiéndome como persona sin derecho a ser víctima, busqué un camino de retorno para dar un paso adelante con algo aprendido. Recurrí a algunas lecturas de otros terceros; recopilé lecciones; recuperé frases que pensé no había registrado; administré bofetadas recomendadas y recomendables; y cuando conseguí saltar mientras…

El lado lento de la rapidez

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Se dio cuenta tarde, pero decidió seguir adelante. Fueron los 100 metros más largos de su carrera al mismo tiempo que incomprensiblemente batía el récord olímpico de velocidad. Hablo de Usain Bolt. Sí, sí, el mismo. El más rápido. Ayer me envió un email y después quedamos para tomarnos un vinito en la taberna del Tío Fausto de Castrunteriza. Nadie, ni los miles de fotógrafos congregados en su día en el estadio olímpico se dieron cuenta... Pero el hombre récord salió a la pista con el pie izquierdo calzado en la zapatilla derecha y viceversa. 
De él ha quedado su hazaña para la galería, para la historia, pero me cuenta Usain que lo que pasó por su cabeza durante esos 9,58 segundos es mucho más relevante que haber volado sobre las principales portadas del mundo. Escuchó un diálogo que provenía de las tripas de un rival (sin rumbo) e intervino para contar (desde el estómago) detalles de su dura infancia. No se conocían, pero ambos pusieron sobre la cancha sus aspectos más competitivos y …

Entrada de párpados para adentro

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Mañana me voy a encontrar mal, hasta entonces, tengo tiempo para estar mejor. Me pondré un libro en la cabeza para paliar la cosa. No dejes para un rato lo que no puedas dejar de hacer en extrañas circunstancias, me decía mi abuelo; después cerraba los ojos y se echaba una siesta de dos horas. Estoy y soy un enfermo, portador de una enfermedad que no figura en los mapas, sin embargo yo la padezco, por eso sé que mañana me voy a encontrar peor que hoy. Lo jodido sería que no te encontrases, bromea siempre mi amigo Pol Regata. Lo que no sabe es que me ocurre a menudo; en concreto, las noches de luna menguante, después del pis de media noche. Me miro al espejo y en mi lugar hay una taberna inglesa llena de gente que se encuentra bien.
Me gusta encontrarme mejor sin dejar de hacer esas cosas en extrañas circunstancias que decía mi abuelo. No me molesta perderme invisible en esta tasca llena de humos cargados de notas sin narrar en inglés. No sé qué relación tiene mi malestar con esa ause…

Parado a toda velocidad

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Perplejo quedé, y sin perder tiempo me metí en una caja de zapatos con los cordones dentro. No sin antes, claro, hacer unos agujeros pensados para recibir ese aire que me faltaba por dentro. No me quedaba otra salida que la expiración. Terminé. Aquel mal sueño me tiró de la cama. Así fue como construí mi puente subterráneo y entré hacia afuera de forma entrecortada rozando los exteriores del interior.

En ese puente cedí el paso a las vicisitudes e idiosincrasias de los vecinos más molestos. Después comencé a recorrer sus kilómetros mientras no avanzaba. Ahí, completamente parado a toda velocidad, sentía pasar la vida vivida de la mano de la no engullida. ¡Y todo...! -Me repetía una y otra vez- ¡...Por un mal sueño! Una pesadilla en la que un político con cabeza flexible y oblonga me invitaba a una partida de dardos.

Desde su invitación me iban desapareciendo centimetros. Empezó por un meñique, siguió por un recuerdo, después el primer beso con lengua e inmediatamente después perdí la …