sábado, junio 30, 2012

24 Horas y un segundo

Hoy es uno de esos días en los que soy consciente de que tengo -casi (a falta de 5 meses)- 40 años. El motivo es que hago recuento y veo que llevo dos años corriendo (no es una metáfora, o sí), corriendo como deporte habitual; y este mes 4 veces por semana y saliendo de casa a eso de las 6 de la mañana. Dicen que este fenómeno es muy habitual a partir de estas edades, cuando deportes 'extremos' como el fútbol, el tenis o el baloncesto quedan al otro lado de la pantalla del televisor, mientras nos convertimos en espectadores con tendencia a la euforia ajena. 

Como decía, hoy ha sido especial... Me levanto y me planto en la calle con mis Asics Gel Nimbus 12 (¡Estoy tan orgulloso de esta compra, y eso que son horteras de cojones!), con la camiseta de una carrera que nunca corrí y mi malla imposible de Decathlon. Objetivo: una hora de ejercicio y 10km a completar. De fondo mi "playlist" programada para mantener el ritmo, no aburrirme y que suene la Marsellesa a partir de los dos últimos kilómetros... Pero hoy toda esta parafernalia ha pasado a un segundo plano. Porque cuando sales un sábado a las 7 de la mañana, esa extraña hora en la que coincidimos en la calle aquellos que emergen del sueño etílico (y por la expresión de los ojos, diría también psicotrópico) de un after con los repartidores de períodicos, los panaderos, algunos confundidos que no saben qué hacen por ahí y tios que sienten los 40 en la nuca como yo...

Veo a esos chicos y chicas, puestos hasta las cejas (como se decía en la época en la que salía los fines de semana y terminaba en el Siroco deseando que no encendieran las luces que indicaban el camino al amanecer), y me veo al otro lado de la pantalla. Pero en un lado no de vuelta, sino en un lado tranquilo, amueblado de normalidad, hermoso, sereno, patético en ocasiones, sincero, transparente, con su justa dosis de canallismo, sin prisas, cómodo e inquieto a la vez, flexible, racional pero inflamable (y con un extintor donde antes no lo había), con música sin estridencias, libre de gilipolleces (aunque a veces sean necesarias unas dosis), sin ansiedades de demostración (bueno, esto no me lo creo mucho aunque lo escriba)... En definitiva un lado en el que me gusta estar. Y menos mal, porque no hay más opción. 

Y sobre todo, me doy cuenta de que me hago mayor porque a mitad de mi carrera veo los restos de un botellón descomunal sobre el césped del monumento de la Constitución de 1978 y me cago en todo aquel capaz de dejar bolsas llenas de miserias, botellas medio llenas o al borde del abismo, de mear en un portal... Claro, cuando estaba dentro, hace 20 años, aunque jamás tiré un papel al suelo (eso va en la educación más que en la edad) no me indignaba tanto como ahora. Y para gestionar todos esos restos de una noche, es decir, para limpiarlo, sólo veo a un trabajador, que se va haciendo más y más insignificante rodeado de tanta mierda mientras sigo mi trayecto.

Al final he llegado, impulsado por la sonata de una eterna Revolución y abstraído; camuflado entre mis cosas y pendientes de otras. Son los 40 y éste es un día raro... Un sábado 30 de junio que va a durar 24 horas y un segundo...

jueves, junio 28, 2012

Dale una vuelta

M, el vampiro de Düsseldorf (Fritz Lang, 1931)
Por Elías Noger

Me acaban de contratar en una empresa creativa. Sí, una de esas que están gobernadas por auténticos mediocres capaces de pasar por alquimistas, gracias a la habilidad de convertir una saco de tópicos en frases seductoras en 'modo twitter' e irrefutables cuando se pronuncian en conferencias, por ejemplo, sobre innovación. Pero el trabajo sucio, la pica y la piedra, las hostias y demás, caen sobre gente devoradorora de cabeza propia y Lexatín como yo. Porque para eso me han contratado y el eje o la premisa de mi fichaje se resume en una frase: Dale una vuelta al tema.

"¡Elías, dale una pensada a esto y luego nos reunimos!". Darle una pensada -otra versión de la puta frase- significa que coja la propuesta del cliente iluminado de turno y la transforme en una moto imposible de circular, pero que resulte  irrenunciable para el que paga. Me pagan una pasta, no me quejo, pero a cambio, además de mi alma -esta la regalé en la primera entrevista- he de pensar por los mediocres y renunciar a mi visibilidad como hacedor de belleza publicitaria. Y hacerlo sin descanso. No firmo ni apareco como creador de nada.  ¡Qué es eso! Tengo 51 años y mis jefes no llegan juntos ni a los 45; mastican chicle todo el tiempo y apestan a superficialidad, se les ve el plumero y éste no es de los que atrapan el polvo sino de los que vampirizan a los esclavos como yo a golpe de dar vueltas a las cosas. 

Yo nací girado y el médico me puso de vuelta y media. No sé si desde entonces, pero casi desde ese momento me convertí en un ser que no para de dar vueltas a las cosas. Hasta a las más insignificantes; no por intentar significarlas, sino porque soy un enfermo de las asociaciones... y claro, una cosa lleva a la otra y al final, la cosa más insignificante del mundo tiene un socio que se significa en mi cabeza, después llega la traca final, que es el momento en el que el sentido de eso que me lleva comiendo la cabeza desde un momento dado, se materializa. Ahí es cuando descanso. Dura poco, porque empalmo vueltas con vueltas. 

Y ellos, los dueños de mi empresa. Esos que hablan de ecosistemas de innovación, de feedbacks, de sinergias, de complementos, de creatividad (con la boca y el pecho llenos) o de yo qué sé cuántos tópicos más de esos que se llevan tanto ahora... Los cabrones saben detectar a los volteadores de ideas (por defecto de fábrica) como yo. Buscan nuestro punto débil y muerden. Y desde ese instante estamos perdidos. Su veneno se aferra a mi sangre y las asociaciones corren contundentes por mis venas. Eso sí, con la diferencia de que ya no le doy la vuelta a mis cosas (que me las han robado) sino a las que me traen estos especuladores del cliché. 

Miro por la ventana de mi despacho de pensar, pongo el oído y veo que en una sala del edificio de enfrente (que no pertenece a mi empresa ni a otra que se dedique a esto...) se celebra una reunión donde están creándome. Hablan de mí... ¡¡¡Pero yo ya existo!!! ¡¡¡Cómo puede ser!!! ¡¡¡Están diseñándome!!! Esa es mi cara, mi voz, mis ideas sueltas, aquel recuerdo, la patada de mi colega El Zarpas, mi sonrisa sobre el váter, mi vida... 

¡Hasta siempre, me doy la vuelta!


miércoles, junio 27, 2012

Alemania y Los Rescatados

http://www.imdb.com/title/tt0068555/Más que unas semifinales, esto parece una circunstancia pop de los años 80. Ella, Alemania llevando la voz cantante y unas pelotas de campeonato; y ellos (Italia, Portugal y España) coreando bajo nombre propio, Los Rescatados. Jugadas, estrategias, balones fuera, salidas de tono, actos fallidos, bocazas, golazos (directos o de rebote), peloteos, tanteos de unos con otros... Y todo dentro de un marco de hierba sembrado de salivazos de los implicados en el juego. ¡Goooooooooool! Dice el deseado estribillo...

Pero Alemania no entiende de esternones hinchados, ni de fueras de juego, sólo de hinchas dispuestos a darlo TODO por sus pechos; esos capaces de alimentar a un continente entero. Alemania es completa, no es bella, para nada, pero atrae. Tiene la virtud de jugar con todos y a la vez, manejar las mismas tarjetas (rojas y amarillas) que supuestamente administran los árbitros. Ella es grande, canta y expulsa, sonríe y regaña, marca el ritmo y los acordes de la canción, reparte juego y saca jugo. Es la más deseada. Y ellos, Los Rescatados, son nombre y coro.

Dispuesta la partitura, sólo quedan cuatro, Alemania y Los Rescatados. ¡Gooooooool! Dice el estribillo. Pero como pasa en muchas bandas -eurogrupo, más bien, en este césped escupido- pasarán a ser tres, luego dos y al final sólo una voz cantará la última palabra. Y será en ese momento en el que unos gozarán  con el final del concierto (cantando This Is The End y/o We Are The Champions) y otros (incluidos los mismos que gozan) seguirán perdidos en la teta, donde empieza todo...  


viernes, junio 22, 2012

La antena y el estómago

Ayer me comí la cabeza. Hoy la tengo en el estómago. Me cuenta que todo por ahí dentro anda algo revuelto, pero no me da detalles. Intento hacer de vientre para echarle un cable, pero me pide que mejor haga de mí mismo. Mañana no sé que pasará conmigo. Decido quedarme en blanco pero no lo consigo y, como se dice en el argot televisivo, me voy a negro; es decir que me fundo para esperar a que empiece otro espacio.

Al día siguiente arranco. Todo está en su sitio. Todo excepto yo, que no sé dónde coño estoy. Me miro a las manos y no las veo, trato de escuchar mi voz pero sólo me llega el aliento de lo que pienso. Cuento hasta 10, y se me olvida el 9. Ahora es el estómago el que se me sube a la chepa, que no a la cabeza. Y sin saber por dónde ando, él manda sobre las ideas. Empiezo a notarme más entrañable y discontinuo, desde un punto de vista más visceral. Y de pronto me acuerdo de que toca ir a la consulta de la antenista.

Una vez sentado frente a ella activo los cordones de los zapatos de esparto para no salir despedido antes de saludar. Sabe que no recibo bien la señal, así que actúa con cuidado. Hay que recuperar sincronía y la conexión. Me mueve, me gira, me mira, la miro, la giro, sintonizo, pido asilo en una onda (tan perdida como yo), me lo concede y empiezo a enfocar. Todo vuelve a su lugar. Ahora sí. ¡Puedo ver, puedo verme! Gracias doctora.

sábado, junio 16, 2012

Codos y recodos

Ayer pasé por un resquicio que nunca había atravesado y llegué a una habitación con forma de simpatía. Como me sentía bien ahí dentro me quedé, pero pronto empezaron a caerme chuzos de punta... Simpáticos, pero con intenciones huecas, que como ocurre con las balas (según las películas), te revientan por dentro. En este cuarto el tercero era yo. Un podio con los dos primeros escalafones vacíos y un bronce condenado a agarrarse a mi cuello. Pero lo más incómodo de esta situación era la apisonadora del silencio, porque tenía tanta densidad que al pronunciar una palabra (con o sin sentido) la devoraba antes de que se me ocurriera.

Entendiéndome a mí mismo como perdedor y admitiéndome como persona sin derecho a ser víctima, busqué un camino de retorno para dar un paso adelante con algo aprendido. Recurrí a algunas lecturas de otros terceros; recopilé lecciones; recuperé frases que pensé no había registrado; administré bofetadas recomendadas y recomendables; y cuando conseguí saltar mientras me agachaba logré atravesar una puerta sin transición. En ese momento se abrió ante mí una circunstancia no empezada y vendí mi alma al párvulo que fui para aferrarme a ella, porque ya casi no me quedaba aire.

Regresé entonces a la conversación que había dejado a medias con mi médico, especialista en codos. No te tomes tan en serio ¿Lo ves? ¡Funciona! Los golpes con codos caen permanentemente, están ahí. No podemos hacer nada por evitarlo. El remedio es ese... No entendí muy bien la receta, pero es cierto que no sentía tanto los golpes recibidos y además podía reírme. No te preocupes. Lo entenderás poco a poco. Si mañana ves que vuelves a tomarte demasiado en serio, no vuelvas a la consulta. Corre hacia la pared más próxima y agáchate al saltar. Busca la contradicción más grande que tengas y asegúrate de que ese eres tú. Gracias doctor.

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PD.: La imagen viene del blog Justo Berjano.

martes, junio 12, 2012

El lado lento de la rapidez

Se dio cuenta tarde, pero decidió seguir adelante. Fueron los 100 metros más largos de su carrera al mismo tiempo que incomprensiblemente batía el récord olímpico de velocidad. Hablo de Usain Bolt. Sí, sí, el mismo. El más rápido. Ayer me envió un email y después quedamos para tomarnos un vinito en la taberna del Tío Fausto de Castrunteriza. Nadie, ni los miles de fotógrafos congregados en su día en el estadio olímpico se dieron cuenta... Pero el hombre récord salió a la pista con el pie izquierdo calzado en la zapatilla derecha y viceversa. 

De él ha quedado su hazaña para la galería, para la historia, pero me cuenta Usain que lo que pasó por su cabeza durante esos 9,58 segundos es mucho más relevante que haber volado sobre las principales portadas del mundo. Escuchó un diálogo que provenía de las tripas de un rival (sin rumbo) e intervino para contar (desde el estómago) detalles de su dura infancia. No se conocían, pero ambos pusieron sobre la cancha sus aspectos más competitivos y odiosos. De estómago a tripa y con los pies corriendo en direcciones opuestas, se entendían a la perfección. No quiero ser así, pero no puedo dejar de ganar, coincidían en gritar.

Observo, mientras brindamos que mantiene la posición de las zapatillas, cada una apuntando al lado opuesto del dedo pulgar que la gobierna. Me mantengo más relajado así, confiesa. Me conmentó que su entrenador le decía que no hay que forzar las cualidades humanas, porque éstas ya vienen de fábrica; que cuando uno es bueno por aquí, no merece la pena ir por allá. Pero el día que se consagró como el más rápido del planeta, comprendió que en ocasiones merece la pena forzar para modificar lo a priori inamovible. Sobre todo, porque si lo haces -concluye- consigues hacerlo sin forzar, forzando lo justo.

Cuando cerramos el diálogo, me ofrecí a acercarle a su mundo, vale me dijo, te echo una carrera hasta el coche. Y yo, que nunca compito, noté que mi manga estaba por hombro y mi anular hacía de índice... Corrimos y al final, le dejé en su portal.

sábado, junio 09, 2012

Entrada de párpados para adentro

Mañana me voy a encontrar mal, hasta entonces, tengo tiempo para estar mejor. Me pondré un libro en la cabeza para paliar la cosa. No dejes para un rato lo que no puedas dejar de hacer en extrañas circunstancias, me decía mi abuelo; después cerraba los ojos y se echaba una siesta de dos horas. Estoy y soy un enfermo, portador de una enfermedad que no figura en los mapas, sin embargo yo la padezco, por eso sé que mañana me voy a encontrar peor que hoy. Lo jodido sería que no te encontrases, bromea siempre mi amigo Pol Regata. Lo que no sabe es que me ocurre a menudo; en concreto, las noches de luna menguante, después del pis de media noche. Me miro al espejo y en mi lugar hay una taberna inglesa llena de gente que se encuentra bien.

Me gusta encontrarme mejor sin dejar de hacer esas cosas en extrañas circunstancias que decía mi abuelo. No me molesta perderme invisible en esta tasca llena de humos cargados de notas sin narrar en inglés. No sé qué relación tiene mi malestar con esa ausencia ante el espejo, pero reconozco que no me importa padecerla si me permite ver más. El mejor encuentro, es el que uno disputa consigo mismo antes del campeonato mundial de los adultos, decía antes de despertar Carmencita, la restauradora de brazos a torcer.

Hoy estoy con todos en la taberna. No sé cómo, pero he pasado al otro lado y tengo una jarra de cerveza azul agarrada con mi mano izquierda; desde aquí lo veo todo en plan zurdo. Qué cosas. Miro hacia mí y me veo, pero lo que no termino de visualizar es el reflejo del espejo que me trajo hasta aquí. Estás quedao', me dice un irlandés con gesto de intervenido. Será eso, pienso. Me encuentro mejor. Debe de ser por tanto, que me he quedado en este lado. No sé qué queda a los lados de la taberna, pero por lo pronto voy a empezar esta cerveza y brindar con la gente; después ya buscaré mis nuevos límites.

PD.: La imagen viene del blog Amigos del Kraken.

viernes, junio 01, 2012

Parado a toda velocidad

Perplejo quedé, y sin perder tiempo me metí en una caja de zapatos con los cordones dentro. No sin antes, claro, hacer unos agujeros pensados para recibir ese aire que me faltaba por dentro. No me quedaba otra salida que la expiración. Terminé. Aquel mal sueño me tiró de la cama. Así fue como construí mi puente subterráneo y entré hacia afuera de forma entrecortada rozando los exteriores del interior.

En ese puente cedí el paso a las vicisitudes e idiosincrasias de los vecinos más molestos. Después comencé a recorrer sus kilómetros mientras no avanzaba. Ahí, completamente parado a toda velocidad, sentía pasar la vida vivida de la mano de la no engullida. ¡Y todo...! -Me repetía una y otra vez- ¡...Por un mal sueño! Una pesadilla en la que un político con cabeza flexible y oblonga me invitaba a una partida de dardos.

Desde su invitación me iban desapareciendo centimetros. Empezó por un meñique, siguió por un recuerdo, después el primer beso con lengua e inmediatamente después perdí la mitad del codo. Cuando perdí la partida no quedaba nada de mí. El político, sin embargo, no desaparecía de mi vista, y eso que ya no tenía ojos. Se acercaba más y más hasta que finalmente interviene y me arranca algo vital... Es cuando me despierto perplejo.

Estoy en la mitad del puente subterráneo. Sigo sin moverme, pero más rápido que antes. A lo lejos veo lo más cercano. Delante de mis narices tengo que graduar la vista. A los lados siento me roza un viento que transporta ideas sueltas e indómitas que pertenecen al pasado de un hipotético futurible. El suelo es de madera. De pronto, me agarra del brazo una idea y me pone la zancadilla. Cuando despierto, me doy cuenta de que nada ha sido un sueño.