lunes, julio 30, 2012

La prima de Riego

La conocí por casualidad. Unos amigos y yo comentábamos la vida mientras custodiábamos la barra del bar "De siempre". Entonces ella entró por la puerta por la que nadie pasa. Por esa que convierte en invisible al más pintado, pero por una extraña conexión yo la vi en todo su esplendor... Y ella a mí también, pero con menos brillo. Camuflados por el bullicio empezamos a hablar, no de la vida, sí de nuestras cosas. Se presentó como la prima de Riego, una republicada convencida (sí, con D) que necesitaba contrastar lo que mi viejo amigo Riego le había contado sobre mis personajes.

Aunque sabía con certeza que no era un personaje de ficción sacado de este blog, albergaba alguna sospecha de estar encarnando una posición ajena. Al parecer, un tipo de interés que le tiraba los tejos también le rondaba la cabeza: la intención de asaltar un hecho real y devaluar su moneda hasta taparle la cara con una cruz. Tienes motivos para dudar, le dije. Entonces abandonamos la barra y nos sentamos en la vieja mesa de madera que el tabernero había adquirido en una subasta del Norte.

 Me contó que Riego había emigrado después de perderlo todo. Una semana antes ella empezó a notar los primeros síntomas de irrealidad: bajadas alteradas de tensión; calambres en las piernas producidos por ideas no verbalizadas por Riego; cosquillas en un mal sueño; agujetas en el músculo del arrojo; picores en el tobillo del centro; ausencia de deseo canalla ante un mar de tentaciones; y la más clara de todas las señales, una ansiedad irrefrenable provocada por las frases recicladas por otros.

Años antes, Riego y yo salvamos la vida de un personaje que iba a ser ejecutado, Ramón Car. No supimos que era una ficción hasta el amanecer, con la última copa. Ramón había salido de una entreplanta en entredicho y nosotros nos habíamos convertido en parte de su obsesión. Nos buscaba en el momento en que Riego y yo nos dejábamos llevar por ese estado en el que la palabras salen sin censura previa. Palabras amables, vitales y dispuestas a tejer entredichos con tanta ficción como realidad de fondo; como ocurría en la entreplanta de origen de Ramón. Nos encontró o le invocamos, no lo sé, pero huía ante nosotros de un malo de cine que no aceptaba ser malo de libro y le responsabilizaba de su realidad. Matamos al malo y reescribimos la historia de Ramón Car...

...Y ese día, en ese mismo momento, la prima de Riego, después de 6 años militando en el Frente de Liberación Racional, decidió que ya había madurado lo suficiente como para saltar a la ficción. Así que, sin saberlo, Riego, Ramón y yo habíamos participado en otra realidad. 

Y ahí estábamos, la prima y yo buscando el sentido a las cosas, sentados en aquella mesa adquirida en la subasta del Norte. Entonces entró el camarero en escena con una bandeja llena de hielos. Probad uno, os va a gustar, nos dijo con exquisita profesionalidad. Saboreados los pequeños bloques empezamos a sublimar. Ella volvió en sí y yo salí del no, y finalmente nos encontramos en un punto común. Ese espacio/tiempo en el que no sabes muy bien donde estás, aunque pises suelo firme y dispongas de una hoja de ruta/vida tan sólida como la mesa del Norte. Ese rincón tan sublime por la ausencia de amarguras que da pena abandonarlo. Lo llamamos la Republicada, por lo mucho que nos gustaba releer lo reescrito por nadie.

Cuando nos despedimos ella desapareció y yo seguí trabajando en la construcción.

miércoles, julio 25, 2012

Un aplicado y latente asesino

Ayer leí un mensaje en un móvil ajeno. Se lo mandó alguien a alguien en el autobús y alguien como yo (un entrometido nato), en medio del asunto lo recibió sin querer. Hablaba de mí; describía cómo y cuándo debía ser ejecutado. Antes de bajarme del autobús miré los ojos de mi latente asesino para comprobar si me reconocería. Jugaba con ventaja, porque sabía -por lo que indicaba el mensaje- que no me mataría ahí, en ese momento. Ni me miró. No se inmutó. Era casi un treintañero con cara de haberlo suspendido todo sin aprobar más que lo justo, y mueca de desear romper sus primeros platos... Seguramente, acomplejado por ser un experto en pagar los rotos por sistema.

Volví a subir al autobús. Para no llamar la atención, compré el billete de nuevo. Sólo una señora al verme puso cara de déjà vu. Es más fácil así (volver a entrar); cómo va a pensar la señora que un tipo baja y vuelve a pagar para subir al mismo autobús. Para darle más emoción al asunto, me senté junto a mi latente asesino, deseando preguntarle ¿por qué, quién y cuánto? Mantuve la compostura para permanecer invisible y seguirle hasta su destino. ¿Qué haría 24 horas antes de matarme?

No pude contestar a la pregunta, porque a la señora del déjà vu se le encendió una bombilla y me disparó con un spray anti violadores mientras me llamaba asesino. Los pasajeros uno a uno se fueron animando y sumando a la fiesta, y terminaron por patearme en el suelo. Entonces llegó el momento más extraño, una persona me defendió y paró el linchamiento: mi latente asesino. Pudo con todos, como si estuviera acostumbrado a resolver conflictos de ese tipo. Me ayudó a bajar y me acompañó al hospital más cercano, que curiosamente fue el mismo en el que nací. 

Cuando recuperé el conocimiento ahí estaba él, esperando a que me encontrara mejor para acribillarme a  tiros, tan paradójicos como letales. No entendía nada de lo que estaba pasando, repasé los hechos en silencio: "Me subo a un autobús, me entero por casualidad de que me van a matar y mi latente asesino me salva de un linchamiento después de que una señora me haya confundido con otro asesino"...

No se movía, más pendiente de su móvil inteligente que de mí. Pensé en salir corriendo, pero me habían roto las rodillas. Le di las gracias para ver qué me daba él a cambio. Me guiñó un ojo. Me preguntó qué recordaba del episodio. Todo, le contesté. Le hablé de la señora y de que me sumergí en una neblina blanca anestesiante mientras me llovían las hostias. Desvié el tema todo lo que pude, pero me preguntó qué recordaba en concreto antes de la paliza. Nada, respondí. Todo, replicó apoyado en una sonrisa de seguridad.

Empecé a oler mi muerte. Pero agarrándome al pretexto del dolor, oculté las muecas de pánico. ¿Todo? Pregunté. Entonces se acercó sigiloso hasta mi ojo derecho y me puso su móvil delante. Sólo pude leer caracteres sueltos, mi nombre entre ellos, la palabra accidente, martes, que sufra, rápido, entierro, Cerro del Desgraciado. Como no soy de los que aguantan mucho una mentira o una cara de póquer, decidí preguntar directamente: ¿Cuándo lo harás?

Entonces llegó lo más sorprendente de todo. ¿Por qué? Me preguntó. ¿Por qué, qué? Contesté. Mi latente asesino no entendía que me diera por muerto sin antes tratar de entender la razón que lleva a una persona a encargar a otra mi muerte. Y digo que es sorprendente porque no es frecuente que un mercenario se haga tantas preguntas antes de acabar con el primo de turno. Y de pronto, no sé cómo, le maté yo a él con mis propias manos. No quería hacerlo. Es más, necesitaba responder a sus preguntas, pero una fuerza interior le fulminó con mi mirada. Cayó al suelo y fingí estar inconsciente cuando entraron las enfermeras. Después, sin querer, entré en coma.

Punto y seguido después, salí de la UVI y en la entreplanta del hospital supe que el asesino era yo, pero con la sensación de no tenerlo claro. Acababa de matar a alguien que recibió un mensaje de alguien para acabar con alguien como yo. Cuando se cerró el telón y la gente comenzó a aplaudir el tramoyista me lanzó un saco lleno de frustraciones que me partió el cuello. Los aplausos no paraban y me consta que muchos eran para mí...

Lo cuento ahora porque un adolescente compró mi alma en una subasta irónica y decidió desarrollarme y sublimarme en una aplicación móvil. Una aplicación que detecta los objetivos de las miradas ajenas. De hecho, fue él quien pagó al tramoyista para formatearme; fue él quien creó el escenario y fue él quien mandó el mensaje a mi latente asesino para que yo lo viese y así testar el poder de mi mirada y de mi capacidad innata por detectar intenciones ajenas. Y cómo no, fue él quien inhibió mi capacidad de preguntarme por qué.

Hoy, aunque muerto, soy el más aplicado. 

viernes, julio 06, 2012

Fiscalía cuántica

Fue Chuménez el fiscal, quien me lo advirtió. No se equivocó. Ayer a las 21:21h mi sombra me apuñaló por la espalda. Era un día luminoso y apenas tenía donde autopotenciarse, pero encontró un rayo sin luz del que sacó la energía suficiente para ejecutar un supuesto plan. Ahora, con el flexo apagado, trato de entender sus motivos. No es fácil. Está parcialmente desglosada y separada de mi talón;  su cobijo predilecto. 

Siembre la tengo en cuenta para todo. Le cedo el paso, chocamos las manos, contrastamos, peleamos, compartimos reflejos y siempre terminamos fundidos en la oscuridad de los sueños que no tenemos. Pero Chuménez, que es perro viejo en esto de la desconfianza por defecto, me invitó a practicarlo con mis propios pasos. ¡No te fíes ni de tu sombra! Pensé que no era más que un tópico, vertido por la típica necesidad de un letrado de retorcer el camino más recto. No le hice caso y ahora, como decía, intento entender.

Será porque debo de ser de los pocos que se para a escuchar a su propia sombra, a invitarle a adelantarme incluso; a dejarle que me haga eso... sombra. Compañera de viaje, fiel reflejo claroscuro de mí mismo, cómo no voy a tenerla en cuenta. Chuménez, que no se mueve del sillón de plástico (roto y parcheado), imitación piel que ocupa la esquina de la habitación del hospital, me mira con preocupación. Pero no puede evitar, al mismo tiempo, lucir ese gesto clásico del que se sabe en posesión de la razón, del que ha acertado en su predicción. ¡Te lo advertí! Tienes que ignorarla o te matará.   

De pronto, se me ocurre observar el talón de mi amigo el fiscal y descubro un movimiento extraño. A través de un resquicio (entre Aquiles y una tortuga imaginaria) empieza a engullir mi propia sombra, a golpe de cuantos. Chuménez se da cuenta de mi sorpresa, mira con ternura mi cara de terror. Entonces, sin abandonar su paradójica preocupación por mí, sentencia: No te la estoy robando, yo soy tu sombra, te dije que no te fiaras ni de mí. Estoy perdido.

PD.: En la imagen: el despacho de Chuménez en un día nublado.