miércoles, noviembre 14, 2012

Foto de un detalle extraviado

Llegué a la consulta del dentista con muchas cosas en la cabeza. Me senté, previa radiografía, en el diván dental. El doctor Saturno fue claro: He de anesteriarle antes de proceder. Como nunca pregunto, dada la confianza que tengo en su proceder, me relajé, dando por hecho que con su habitual silencio sanearía mi palabra. Nunca siento dolor durante la cura y salgo a la calle con la confianza de saber que lo que digo es cierto. Lo pienso entre dientes y lo verbalizo con eco en el estómago al andar. Pero esta vez pasaba algo extraño. El doctor Saturno me colocó un espejo delante para que no perdiera detalle de lo que pasaba por ahí dentro (la antesala del interior). 

No sé qué necesidad o empuje le llevó a tomar esta iniciativa. El caso es que del espejo salté directamente a los bronquios y me perdí un rato en mi propia respiración. Aquello no era como imaginaba, un mundo desconocido lleno de pequeños detalles; todos esos que pisamos sin querer. Por ejemplo, me encontré con mi abuelo. Él tenía 50 años y yo 12. Vamos, que le resucité en un momento y yo retrocedí más de media vida. Vida es lo que yo no tengo, dijo Saturno. Era la primera vez que suspiraba. Se sentó a nuestro lado y me enseñó por lo bajo una foto que captó desde su Iphone en extrañas circunstancias. Se trataba de la cara de una persona desconocida asomándose (con asombro) a su pantalla. El teléfono disparó por su cuenta y atrapó el rostro de aquel espectro, y desde luego no había sido Saturno el autor del disparo.

Mi abuelo entró en la conversación, sin experiencia móvil. Estaba tan sorprendido que quedó atrapado en un plano que, sin previa revelación, se fue volando. Imendiatamente comprendimos el hecho. En algún momento, en algún lugar, a alguien se le habrá colado una cara ajena en su teléfono. Y ese sólo es uno de los miles de pequeños detalles que había en ese mundo bronquial. Unidos por los nervios, nos relajamos. Después, con el enjuague, volví a la consulta de Saturno con la garantía de haber cerrado un episodio a base de amalgama. Me acuerdo mucho estos días de su abuelo, me dijo antes de irme. Me guardo el espejo. Cuando llegué me eché unas lagrimillas que tenía pendientes, parece ser. En mi teléfono ha aparecido una foto espontánea. Es la imagen de un detalle extraviado.

lunes, noviembre 12, 2012

La última tecla

Muerto internet se acabó la rabia, muerto internet se acabó la rabia... Lo repetía una y otra vez mientras absorbía, como si fuera un fideo, la penúltima tecla de su ordenador. La última la conservó de recuerdo. Y ahora, muerto internet se acabó la rabia. Tras este eructo compuesto, se fundió en un abrazo consigo mismo y se guiñó un ojo por detrás (también a sí mismo) en un claro gesto de complicidad con quien nunca fue (y que siempre fue). 

Al día siguiente Darío Zaco respiraba mejor, tenía los dientes libres de restos de palabras incómodas, las fosas nasales algo cabizbajas pero dispuestas a ver por dónde respiraba la cosa ahora, y los sentidos a flor de piel. Había recuperado la mirada tras haberla perdido entre pantallas. La voz, eso sí, aún seguía algo desincronizada con su boca. Entraba tarde. Unos segundos más tarde que el gesto. Aturdido y feliz por haber acabado con la rabia, no cayó en el más obvio de los errores: pensar que internet se disolvería con sus ácidos interiores.  

Mientras, Zaco seguía disfrutando de la supuesta liberación. Miraba al cielo, al suelo, al medio y después se metía hacia adentro. Entonces se palpaba ansioso. Necesitaba saber que era él, que todo estaba en su sitio. Estómago delgado, intestino sabio, riñones parlantes, corazón desdentado, pulmones alérgicos al aire bruto -yonquis de la esencia neta-, garganta rotunda... Sonreía, sentía vivir. Pero algo le decía que poco más podría disfrutar de ese momento tangible. La resignación volvía, como los primeros síntomas de una gripe. 

Y al final, como sucede con las intoxicaciones, el volcán empezó a vomitar bilis. Las llamas líquidas impregnaron su segunda piel. Se retorcía de dolor. Gritaba, lloraba, seguía vomitando. Se resistía. Pero volvió a su conexión. Abrió los ojos como platos y recuperó esa mirada perdida que le moldeaba hacia el horizonte de su portátil panorámico. Puedo verle desde mi ventana en estos momentos, iluminado por la luz azul, buscando yo qué sé qué... Zaco vuelve a ser quien siempre fue, mientras pierde el guiño de quien nunca fue. Y esta vez, como ya no quiere correr riesgos, ha decidido romper el espejo, no vaya a ser que tenga ganas de volver a abrazarse por la espalda otra vez.