domingo, diciembre 29, 2013

El suelo

Limpió el suelo. Apartó la mierda antes de aniquilarla; o transformarla en miserias, qué se yo. Abofeteó a la escoba de la bruja de su jefa 10 años menor; como si fuera un fantasma que por un momento se cubre con piel. Miró para otro lado. Se bebió un par de palabras. Arrastró introspectivamente las púas exfoliantes para esquinazos y suelos ásperos. Vomitó el vacío indigesto de una noche cualquiera. Se plantó y finalmente echó dos flores... 

Una tenía forma de hoja en blanco y fondo de blanco oscuro. Era inteligente e independiente. Salía de los dedos de las manos y servía para plantear cuestiones no cuestionadas. Y una vez expuestas, se convertía en soporte para darles forma o quemarlas a fuego lento. Con esta prolongación de sí mismo ganaba en seguridad a la hora de barrer miedos y complejos. "La perla entera", la llamó. 

La otra no tenía forma. Era una idea que únicamente podía verse guiñando un ojo y apretándose los verbos entre los dientes. Tenía la función de pegar fuerte a los esquemas más tóxicos. Los que tras su falsa y sólida estructura ocultan la puta intención de impedir construcciones paralelas; mundos prohibidos o espacios que se desmarcan de todo inventario. A ésta la apodó: "Valentina", porque dice "atina y cuestiona con valentía". 

Presente

Entiende que con las herramientas que ha conseguido construir puede tirar. Sabe lo que le ha costado. Intuye que tiene que seguir pegando a su escoba y exfoliando la mugre invisible. Concreta. Se sabe relevar a sí mismo cuando hace falta. Percibe aromas de dificultades necesarias. Asume derrotas sin sabor y otras degustadas con reducción de sal dulce. Provoca estímulos antiparones. Comprende que no hay más cojones que hacerlo porque él mismo manda. Y sobre todo apostata y atornilla; y dibuja un suelo que sostiene. 

miércoles, diciembre 25, 2013

Una idea a dos voces

Todo ocurrió tan rápido que se paró el tiempo de un colapso rebuscado. Aunque el mundo seguía a su bola, a lo suyo, a su ritmo tirano sin concesiones ni contratas. Dos voces que andaban buscando una idea en la que integrarse -y dar sentido desde la misma a sendas afonías- se chocaron en un espacio de nadie. Al principio pactaron un silencio respetuoso, pero duró poco. Entre puntos, comas, pausas suspensivas, silencios encubiertos e inseguridades permanentes comenzaron a ecualizarse al mismo tiempo; mutuamente y con nocturnidad y valentía. Tonos más altos, susurros más altos aún, datos que no se reconocen en el espejo y un montón de matices componían las voces. 

Mientras sucedía todo a la velocidad del rayo, el sosiego -paradójicamente- se hacía un hueco en esta incipiente historia. Un astronauta y una escritora espacial digitalizaban parte de sus contenidos para llegar a esa idea acogedora, porque desde el principio intuyeron que sólo juntos podían encajar en ella. Años luz entre ellos, seres casi incompatibles, pero profundamente unidos y atraidos por la resonancia de la voz ajena. La idea iba tomando forma, incluso más que la cosa. La ecualización, genialmente imperfecta, mantenía los niveles en un perfecto desequilibrio; justo el que necesitaban sus ecos que tanto retumbaban en aquel espacio de nadie.

Cambiaron de plano y sin verse se miraron. Al sonido, por tanto, se unía algo similar a una imagen: la intención de reconcerse y apretarse las manos. De un pacto pasaron a un romance y de aquí a un orgasmo cósmico. Y todo en una frecuencia que ni se ve ni se detecta ni mucho menos se toca; pero tan tangible como una huella dactilar que señala un punto en cualquier mapa, en ese plano ocupado por el astronauta y la escritora. Después llegó un pensamiento, una reflexión con pereza y hambre, un despropósito errante, un golpe de suerte y una palmada errática. Ya lo tenían todo para conquistar la idea...

...Entonces aterrizó la duda. Sabían que entrar en la idea era el objetivo, sí. Pero también el fin. El punto y final a una historia sin pies ni cabeza pero con el cuerpo del mejor tinto. Tenían que tomar una decisión, porque los elementos (de mierda) golpeaban y presionaban al tiempo tanto que nublaba el espacio. Así que decidieron romper estructuras y lanzarse al espacio, pero al otro, al que carece de gravedad y vende caro su alquiler. Y todo porque en medio encontraron matices en sus voces que podían hacer pensar que la idea era otra. Asumido lo cual, ahora mismo, puedo ver (desde mi ventana) sus ecos flotando entre textos, verbos, adjetivos y sentidos poco comunes y sí muy figurados. 

miércoles, diciembre 18, 2013

Borrón y trama sin empezar

Prometió subrayarla, ella apuntó. Un tachón ajeno -con tintes propios- les borró del mapa. Es la historia que no fue, o que no ha sido, pero está. Siempre está. Fueron borrados de sus deseos e intenciones. Apartados de sus afinidades y adheridos a externas aflicciones. Él salía de un punto y coma poco etílico, ella de un sueño roto (con taninos de pesadilla). En su día coincidieron en un videoclub sin películas que se mantenía por la inercia de una trama que tampoco fue, pero está. De esas que hay que mirar para poder verla. Entre el drama y la comedia con suspense y con el aliento sobrevolado de un supermercado cercano que solo vende fruta sin gas,  se cruzaron por primera vez. 

Antes se habían visto sobre el papel. Configurados por la mente de un escritor que no terminaba de escribir. Arrastraban sin ser del todo conscientes de ello, una sensación intensa de estar inacabados consigo mismos. Su error fue creer que lo que le faltaba a la una estaba en el otro y viceversa. Durante unos renglones les sirvió. Fue cuando él hizo la promesa de subrayarla para siempre sobre blanco y en negrita; y ella lo anotó. Y poco después llegó el borrón y cuenta nueva. Un tachón del exterior (muy interior) acabó con sus perfiles, con sus descripciones y la tinta que les daba entidad. No hubo dolor, solo desvanecimiento. Ni angustia ni punzadas... Inexistencia repentina.

Eran parte de un recuerdo olvidado de un escritor que no lo es y que no se acuerda de que un día dio vida a una pareja sin vínculo aparente. Nadie sabe nada de ellos, ni ellos mismos. ¿Dónde quedan todas esas efímeras intenciones y deseos; todas esas carencias cubiertas por la complementariedad necesaria? ¿Dónde quedan él y ella? Dos personas que están pero no son, o son sin estar. Un escritor sin tinta y con ideas que se pierden en el WC sin permiso de evacuación. ¡Dónde quedan!

No hay mago ni vidente capaz de devolver a la vida a dos personas que no terminan de... terminar de serlo. O de empezar. ¡Qué difícil! La idea, por su cuenta, continúa con su vida. Es la única esperanza. Que caiga en tierras adecuadas y germine para que vuelvan sobre el papel liberados de tachones o borrones incontables. Porque la aceptación de la realidad es cosa del después. La ficción es su antesala. Y él y ella, necesitan la ficción para entender la necesidad que no tienen de dibujarse sin miedo al borrón.
 

jueves, diciembre 12, 2013

El miedo suave

Había decidido apartarse del todo y arrimarse a una parte.Quería sentirse dentro, pero no sabía qué significaba "dentro". Hasta entonces había estado dentro y más alejado que nunca de sus cosas; y de él mismo claro. Tanto, que cuando intentaba mirarse las manos solo veía sus pies y nada más allá. La ceguera le impidió entender su alrededor e identificar su propia composición. Lo que le hacía sobrevivir, por tanto, era una fórmula ficción que consistía en sentirse (refugiarse y afirnarse) como víctima de las circunstancias,  verdugo (a sueldo 'de gratis') de causas sin causa y abandonado por el rechazo de sus superiores. La rabia y la reacción ante dicha fórmula le daba la razón de ser y el empuje para seguir viviendo en línea recta muy curva.

Así había ido forjando su vida. A base de reacciones ante una tergirversación de referencias. Errático, confundido, agobiado y alterado montó su escenario con hormigón desarmado; desnudo y expuesto. Vivía muerto. Muerto de miedo, pensando que era valiente. Pero cada noche tenía que hacer verdaderos esfuerzos para disfrazar el pánico. No lo hacía de forma consciente, al contrario, se cubría con mantas de alegría para arropar a su "yo, adalid de la seguridad". De este modo, el miedo quedaba bien  "dentro" y él, bien fuera de una parte de la realidad.

Ahora, más fuera que nunca y por tanto, más dentro, podía palpar ese miedo. Tenía un tacto áspero, pero sólo por encima. Si lo acariciaba con intensidad, podía notar cómo la suavidad ocupaba más superficie. Nunca pensó que el miedo tuviera esa versión de sí mismo; ni que un día (con su noche) vería el todo desde una parte. Pero ahora "todo" empezaba a encajar... por partes. No había armonía, pero sí calma. Ausencia total de crispación... Tanta como de euforia. Ni susto ni muerte; ni rabia ni halago; ni pesadillas ni hostias. Sólo un plano ajustado al marco correspondiente. Ni más ni menos. El miedo suave, por fin se había aliado con uno de sus clientes preferidos. Ahora se ríen juntos desde dentro, desde fuera.
 

  

jueves, noviembre 28, 2013

En marcha

Nos encontramos en mitad de la calle y en ese punto nos perdimos. Perdimos la pista de nosotros mismos y decidimos tirar pa'lante sin miedo a lo desconocido. Dejé de ver mis manos para solo intuír las suyas y parte de un pie (podía ser el izquierdo o el derecho). Todo lo percibía alterado; como cuando te presionas los ojos y 'ves las estrellas'. El camino se prometía interesante. Íbamos juntos, pero tan separados que podía tocar la distancia entre nosotros con la yema de mi espacio y la piel de mis ideas por pensar. El dolor había desaparecido y la ausencia de sufrimiento era total. 
¿No estarás borracho? Me pregunté. Soplé mi dedo pulgar y di negativo. Ambos dimos negativo. Así que sólo quedaba incertidumbre y mucho plano por enfocar por delante. Pero sin ver nada, o viendo bajo la influencia de la confusión, sabíamos que contábamos con el instrumental propio para hacernos camino al hablar. De vez en cuando me frotaba los ojos y los tobillos para no marearme. No era un truco, sencillamente una gilipollez que me venía bien para saber que 'este' era yo... Y el otro también. A continuación desalojaba una vieja idea (con sensación adjunta) y daba entrada a nuevas hipótesis más... ¿adultas? Sí. Como suena. 

En algún momento tropecé y caí a un charco. Pero antes de sumergirme, aproveché un plano congelado para mirarme en el reflejo y (sin peligro de ahogarme) reconocerme. Sí, sí, seguía siendo yo, que no el mismo. Y él también; aunque él sí era el mismo y él mismo. La distancia entre ambos era la misma que líneas arriba. Tan cercana como remota y tan cosida como desprendida. Todo seguía en marcha. 

Han pasado unos meses desde el encuentro en el punto de partida. O años, quién sabe. La ruta, aunque no figura en los mapas de Google, es y está. Y yo (con él) también. Somos un mismo compás con matices de lápiz y opciones de bolígrafo. Deseamos lo mismo: andar y respirar cada paso. ¡Cada paso! Nada de peregrinar. Caer, arrastrar, surcar, allanar, cabrear, encabronar, llorar, descojonarse, ver, mirar, decir, callar, clamar y proclamar, zapatear y patalear... En fin, que ahí estamos. Duele, pero estimula y espabila. Seguimos trabajando de la mano de un interesante final mientras 'vemos las estrellas'.
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La imagen viene de: www.arteneus.com

miércoles, octubre 30, 2013

El agua del florero tras la idea y el berenjenal

Estaba terminando de beberme el agua de mi último florero sin romper cuando surgió la idea entre el berenjenal. Intentaba abrirse paso con el ingenio de un susurro que está a punto de pronunciarse. El agua iba camelándose a mi esófago con todas las artimañas del mejor tinto. Por fin podía mirar de frente todas aquellas berenjenas; un bosque que llevaba cultivando (mitad consciente, mitad inconsciente) desde que alguien me arrancó de mi raíz. La altura de las ramas y la frondosidad habían aumentado tanto que apenas dejaban ver el fondo de la cuestión: un barrizal de dolor mezclado con fluidos originales, ganas de comer y la necesidad de salir.

La idea seguía su curso. El vino también. Y desde mi sitio -bien plantado- entendí que era hora de ponerme a parir. Una autocrítica con el atuendo de un comadrón. Y de fondo una salida posible: trazar un mapa una vez entendida la radiografía de aquel interior tan externo. Del techo surgió una liana y de la liana brotó un sueño asidero al que me agarré. Al elevarme pude capturar una perspectiva general de la jugada. Entonces lo vi todo tan claro como el empuje de la idea de la idea peleona. Decidí comenzar a segar despacio. Despacio significa al ritmo de las necesidades, es decir, no erradicando sino transformando (reconstruyendo). 

Alguna mala hierba (muy debilitada por la caducidad y la lógica) quiso parar el proceso sin éxito. Pero cuando uno dibuja el mapa, ya solo ve el tesoro. Otra cosa es qué se entienda por tesoro... Y en este escenario se trata de una composición de lugar, elementos, ideas, berenjenas, procesos, ideas, asideros oníricos, vino y unos labios ajenos que esperan el momento (con paciencia) de entender qué hay detrás del primer beso. No es ceguera, es realidad, sin embargo como la ficción lleva años fertilizando a sus anchas y los frutos son tan mutantes y tangibles, hay que realizar el doble de esfuerzo de lo 'normal' para entender la composición del todo...Un 'todo', travestido de 'parte' a lo largo de la vida. Y ahora toca repartir.  Esa es la idea.

viernes, octubre 25, 2013

La foto de un inquilino que pisa década firme y de paso mira atrás

Me dijo que "las fotos se pierden en la memoria". Pero lejos de jugar con la imagen de los significados, se refería a mis archivos, a mi disco duro. Ni metáforas ni hostias. Así es mi tío Román. Con esa mirada y esa forma tan intensa de hablar, siempre parece que te va a regalar alguna instantánea y anhelada lección, y cuando estás a punto de poner el cerebro en REC, pega una patada brutal a la silla y te caes de culo al suelo porque es una frase tan transparente como práctica. Y de fondo: Miles de instantes están perdidos en mi memoria sin derecho a recuerdo. Una simple clasificación por años los salva de descontextualizarse para siempre, pero los condena a la pena de olvido perpetuo.

Weezer 1994
Anoche entré a mis archivos por una puerta trasera, la del sueño. Con un ojo abierto y el otro... medio lleno, un pie en la tierra y el otro listo para salir corriendo, decidí revisar momentos del pasado. El vértigo siempre presente; el que provoca constatar el tiempo que ha pasado sin darte cuenta. Por ejemplo, abro una foto de un concierto al que fui en 1994...¡Casi 20 años ya! El directo de un grupo que sigue 'tocando' en Facebook. Por aquel entonces, cuando escuchábamos música de la generación de nuestros padres y nos los imaginábamos con los atuendos propios de los setenta, la sensación temporal de dos décadas era  tan holgada, que el paso de tanto tiempo parecía ajeno. Cualquier veinteañero que escuche Undone - The Sweater Song (de Weezer), sentirá lo mismo que sentí con 20 años menos ante mis padres. Me da vértigo.

Una foto me lleva adentro; otro archivo me saca de mis casillas; la carpera de principios de 2000 me sube a una montaña rusa... El invierno pasado me eleva la temperatura. Imágenes sin clasificar me mandan señales que desconozco. Una cara del pasado me estrella contra mi cruz. El contraplano al que nunca me enfrenté, y que parecía desenfocado, ahora está tan nítido que no deja lugar a la sombra. Un guiño se entremezcla con una idea que nunca tuve, mientras una decisión tomada a destiempo revela su importancia. El temblor del párpado derecho permanece retratado en la colección. Los nervios padecidos en aquella foto de grupo no se pasan. Aquel beso, aquel recuerdo, esa media sonrisa que no termina de pronunciarse... 

Me tomo un respiro que poco después se convierte en ardor. El tío Román me abraza y me pellizca el moflete. Una vez más parece que va a aleccionarme... Esa mirada, esa seguridad... "Las fotos que guardas hoy agitan las ojeras de un futuro, que si piensas en él, ya ha pasado". ¡Toma ya! Ahora sí que me ha descolocado. Me abrazo a él y por un instante me quito 20 años de encima, sin embargo, él me transfiere sus dos décadas y nos quedamos con lo puesto. El respiro sabe a gloria y los pies posan paralelos sobre el suelo de mi piso alquilado. Mi casera me llama cariñosamente "El inquilino que pisa década firme y de paso mira atrás". 

lunes, octubre 14, 2013

La tortilla, sus pedazos y las intenciones

Lleva varios meses recogiendo pedazos de sí mismo. Por el campo, ciudad, territorio virtual, mar, aire y caminos paralelos. Algunos son tan sólidos que parecen más enteros (con más cuerpo) que él, pero al intentar cogerlos con las dos manos vuelven a su lugar, al de ser pedazos de un todo. Se pierden en un camuflaje urbano que tiene un poco de todo. Al principio, le inquietaba que ocurriera esto, la ansiedad y la angustia le llevaban a pensar que jamás terminaría de recomponerse y todo quedaría en un camuflaje perenne de un plano subjetivo. Pero poco a poco, mientras sigue recolectando, va entendiendo que no se puede adelantar el tiempo ni adelantarle por un lado.

¿De cuántos pedazos estoy hecho? Se preguntaba en esos días de angustia. Ahora, no los cuenta, porque se lo cuenta. E incluso está aprendiendo a vivir y recolectar al mismo tiempo. A compaginar su existencia con la de los demás y sus pedazos. Envidia a todos aquellos que no necesitan contar nada para vivir; ni pensar en compaginar, porque les sale de forma natural. En este sentido, recuerda un verano (que luego siguió en otoño, invierno y primavera) que estuvo enfermo. Tenía 4 años y no podía jugar al mismo nivel que sus amigos, ni comer lo mismo que ellos. Pero vivía -limitado y a largo plazo- en el mismo plano subjetivo que ellos. Ahora vive y es autónomo, pero necesita (como algo vital) entender por qué un día no lo fue; por qué se engañó pensando en que la vida equivalía a no serlo. 

A veces se siente como un desconocido ante sí mismo... Como Frankenstein en pleno desglose. Buscando el origen de cada pedazo, porque necesita comprender por qué su mano derecha tiende a agarrarse a clavos incandescentes mientras su zurda puja por abrirse paso en aguas desconocidas e inseguras (como un calamar); o por qué su cadera gira por derroteros incomplatibles con los tobillos; o por qué su visión en ocasiones decide limitarse a un desenfoque pactado; por qué su pecho prefiere engañarse un poco y sus hombros proponen lo contrario.

Hoy ha encontrado un trozo con el que no contaba. En apariencia tiene poca chicha, es diminuto, pero agita con fuerza. Impulsa, propone, mueve, empuja, aprieta donde duele y aplaude donde se agradece. Ha podido sostenerlo e incorporarlo y aunque le ha provocado cierto cosquilleo, la risa no ha impedido entender lo serio del tema. En fin, ¡poco a poco! Se dice mientras se toma un pincho de tortilla y saborea cada una de las intenciones/ingredientes que la componen.

lunes, agosto 26, 2013

El dedo del ojo

 Anda por ahí con un dedo metido en el ojo que no es suyo, sino del otro. Lo lleva como puede, pero dice que lo prefiere a ir con el índice del mismo metido en recto. Y eso que el otro es un tocapelotas. Así que Raimundo camina y tira del lado más positivo de las cosas; porque asume que siempre va a haber una extremidad ajena dispuesta a pinchar donde más duele o molesta. Lo sabe porque durante algún tiempo él mismo ejerció de capullo, antes de que el insomnio terminara por hundirle en una pesadilla de día con final infeliz de noche. A veces, sólo a veces, se pregunta por qué, él es más de cuándo y hasta dónde. 

En una ocasión se encontró con un expatriado que le llevó a hacerse preguntas imprudentes y empezó a dudar hasta la extenuación. Entonces designó una de sus dos pupilas, la derecha, como motor selector de respuestas en ojo ajeno. Una pregunta llevó a otra, una respuesta condujo a otras tantas y al final del día terminó con el dedo meñique del expatriado incrustado en la garganta. Pero pronto salió del paso y aprendió a tragar igualmente. La batería de respuestas, por su parte, seguía su curso. Raimundo aprendía despacio, pero firme. 

Al finalizar un día cualquiera entró en una tienda que sólo abre una vez cada dos años bisiestos y vende productos que no sirven para nada, pero que consiguen resultados garantizados. Pedro el propietario le abrió la puerta y le ofreció una respuesta que no valía para nada, pero mucho para Raimundo. Porque la virtud de los productos de la tienda estaba en que, una vez pagados, adquirían sentido expreso. La respuesta maduró en su piso y desbloqueó algunas dudas de peso. Aquella noche durmió a gusto y sin molestia en el ojo. Por la mañana, después de asomarse al reflejo del espejo, se dio cuenta de que tenía inflamado el sentido de culpa. ¡Por fin! Exclamó. Después se lavó la cara y desayunó tranquilamente con sus impresiones desbloqueadas y con la ausencia de los molestos dedos acusadores.

martes, agosto 13, 2013

La última cena y el instante secuencia

Acabo de comprar una cámara de fotos que rueda y nada más pagar me he metido dentro de ella. Su mirada no es como siempre he imaginado. Es tan amplia que no hay gran angular que la iguale. Desde su introspección deduzco la mía; desde su vista enfoco mi objetivo, que ya no está en el futuro sino en lo que está, que es primo de lo que viene. Guiño un ojo y escucho su pupila. Dice ésta que aprende gracias a la síntesis que se abrió paso entre lo complejo y la cámara que la amamantó; que no parió.

Dice la cámara que está muy lejos de desear atraparme. Sólo quiere retratarme; aunque yo no admita retratos. Dice/susurra que no hay plano dentro de uno mismo que no proyecte argumento sin frases por hacer, porque las frases se construyen fotografiando el sentido común. Y yo contesto con paciencia -porque no me siento del todo mal dentro de un mundo que siempre percibí a través de proyecciones ajenas- que la fantasía es un lujo en vías de extinción. De hecho recuerdo ahora por qué un ilusionista (que a veces pienso soy yo, sin ser yo mismo) buscó la forma de convertirse en proyeccionista sin éxito a un palmo de mí.

Desde el fracaso más rico busco ahora el momento de rebelarme contra un revelado invasivo. No quiero desvelar el secreto de una cara no vista, gracias a la cruz que la tapó. Desde dentro de una cámara acorazada, con un objetivo tan discreto como la luz de la tarde, intento convertirme en quien soy. Y lo hago para ser amante de la fotografía nunca hecha, y enemigo por lo civil de un instante que nunca casó con el largo plazo. Y al final de esta película encuentro el fotograma de salida...

...Un marco sin marcar con las cartas sin trucar. Y en este lugar me encuentro con todo tipo de posibilidades para hacer el amor en el plano secuencia que ella me prometió cuando estábamos sentados frente a la costa de un flash que ilumina la línea que dibujó desde lo lejos. Y hoy, obturado el paisaje, entiendo desde mi sofá (ya lejos de lo rodado) que cuando una película recorre el recuerdo (incluso el que no es aún) un guión se escribe entre lo que fuimos y el dibujo que trazamos desde la primera cena; que no (ni nunca) será la última.

martes, julio 30, 2013

Martín y su tierra conclusa

Martín no es el tipo más inteligente del mundo, ni falta que le hace, porque es tan audaz y sensible que cede la inteligencia al bien común. Es tan imperfecto como quiere ser y tan feliz como su yo adulto le permite; y eso es mucho. Martín es especial por su naturalidad; y excepcional por su capacidad de expresar los miedos y valentías a contracorriente. Ayer sufrió el ataque repentino, y directo al ojo, de una coma; inmediatamente después su cuerpo respondió con un indeleble moratón... de esos que avisan para evitar la traición. Tras el golpe y forzado por la lesión se guiñó un ojo a sí mismo. Un acto reflejo que le llevó a recordar aquellos momentos en los que su madre le insuflaba ingentes dosis de valor para su propia autonomía. 

Acaba de heredar un pequeño terreno familiar aparentemente estéril. Impulsado por el valor y su querida imperfección vital no ha dudado en remover hasta las tierras más ensimismadas y petrificadas con el fin de sacar vida de debajo de las piedras. Comas, puntos, pausas, palabras en desuso, sujetos huérfanos, verbos con ganas o frases por hacer... Martín acaba de sembrar el campo con sus manos y con todos los recursos que tiene a su alcance. Estás sembrado se dice orgulloso. A los 5 minutos nace una intención de maduras raíces, acompañada de un ramo de hondas y reversibles abdominales (preparadas para amortiguar todo golpe provenga de fuera o de dentro). Martín observa cómo crece todo lo que nace de él. Un bosque de autonomía fundamentada en la imperfección de su vida. Sonríe encantado por lo que no deja de pasar. 

Se mira las manos teñidas de referencias que ha transformado en suyas. El saldo está su favor. Observa su espacio. Se tumba y se abraza al territorio; escucha sus entrañas, mide sus fuerzas y absorbe las réplicas de todo movimiento interior con el fin de darle su propio toque. Construído y agradecido por poder estar ahí disfruta con la realidad de saber que puede liberar energías e ilusiones sin temor a quedarse vacío o estéril como un terreno protegido en suspensión. Actúa y ejerce de él mismo gracias al valor manufacturado por su audacia en comandita con su sensibilidad. Y en medio de todo -ahora mismo y dentro de un rato- espera esperar más allá de lo esperado porque sólo así, deduce, podrá unir cada peldaño consecuente que ha pisado hasta llegar a su anhelada conclusión.    

viernes, julio 26, 2013

El bosque y el hipotálamo alumbrado

Me levanté asombrado, con un rayo de sol apuntándome directamente al hipotálamo derecho. Después leí un comentario que amaneció a la par en mi blog. Un comentario sobre una historia que, como de costumbre, había parido en mitad de un sueño, madurado a mediodía y escrito a la noche siguiente. El comentario a pesar de enganchar con el argumento, parecía nacido de la noche anterior. Tenía vida y soberanía propia. Una original independencia que le dotaba de paralelismo complementario. Antes había cenado solo, brindado por mi bosque de 50 metros cuadrados con vistas al mar de dudas (que ya no tengo pero que cuido con mimo) y estacionado mis pausas estancas; esas que alimentan las pérdidas de tiempo.

La historia hablaba de un silencio que pedía a gritos abrirse paso entre tanto ruido. Caminaba a susurros, las palabras sinceras eran sus mayores aliadas. Tenía que encontrarse con la soledad para abrir con su ayuda un hueco/tunel vital en mitad del caos (extraordinariamente ordenado) que se había asentado en aquel mundo de frágiles certezas. Pero el silencio no quería señales del exterior y menos aún de la soledad. La idea era sencilla, reconocer lo que ocurría y reconocerse en lo ocurrido dentro del bosque. Sólo así, silencio y soledad entenderían que son un binomio lleno de posibilidades frente a nada ni contra nadie, sino a favor de su propio sentido. Entonces surgió el comentario al amanecer.

Afectado todavía por la historia que me trajo hasta aquí, caí en el poder del comentario. Y cuando en soledad (y con el hipotálamo alumbrado) liberé energía junto al silencio entendí que el comentario formaba parte del mismo guión. Lo había escrito yo en mitad de otro sueño sin darme cuenta. Y por causalidad los uní casualmente. El sentido se fue abriendo paso con el te que silencio y soledad no llegaron a compartir en su día por temor al miedo de encontrarse. Todo encajaba. Incluso aquellas ocurrencias que nunca habían tenido cabida entre post y post. 

Este post me pide tiempo y un bosque por resolver, así que con la luz del susurro de madrugadas impares le daré un interlineado silencioso para que pueda dar la vida a los comentarios que están por venir. Y por supuesto unos compartidos puntos suspensivos (...). 

jueves, julio 11, 2013

La bofetada medio llena

Porque vivir en un sueño es morir en vida, así que ¡Despierta! Se lo dijo con dureza, con cariño, con la esperanza de verle reaccionar. Pero Mario estaba capturado de párpados para adentro, secuestrado por una vida que no era la suya. Como el yonqui que incondicional se entrega a su heroína o el bebé que inconsciente no ve más allá del todopoderoso pezón materno... Y ninguno de los dos quiere salir de su cuento, porque sólo en éste encuentran el consuelo de la placentera y letal mirada protectora.

Al final (o en medio) Mario despertó. Abrió los ojos. La luz le cegaba y sentía frío a pesar de los 35 grados a la sombra del madrileño julio. Perdido, avanzaba en su retroceso a la vez que retrocedía en sus avances, siempre buscando lo paradójico de sí mismo. Lo primero que hizo fue mirarse al espejo, pero no asomándose a su rostro sino enfrentándose al margen trasero del reflejo. Ahí encontró un breve consuelo con forma de cepillo de dientes y las llaves de su casa que abrían un espacio desconocido por él. 

Se agarró con fuerza a lo tangible para no despegar los pies de la tierra. Había despertado sin su eterna compañera hasta ese momento, la culpabilidad. Ausencia total. Miró en cada hueco, bajo la cama, sobre la mesa, entre libros, dentro de sus DVDs, en la nevera o en el lado oscuro del descansillo. Pero no estaba. Ahí sólo estaban él y su virginal vigilia. La luz le molestaba. Así que empezó a disfrutar del dolor que significa estar vivo; como cuando Superman tras dejar de serlo y recibir la paliza de un tipo desagradable se mira a la mano ensangrentada y sonríe al sentirse humano por fin. La vida duele, se dice a sí mismo... No Superman, sino Mario





viernes, junio 21, 2013

La sala del asiento vacío y la extraña sensación

Sentado frente a un escenario en el que pasan cosas. Las butacas, todas ocupadas menos una, la 10, fila 7. Justo la que está a mi lado. Estoy ahí porque no sabía dónde meterme. Con mi piso ocupado por una extraña sensación y la calle abarrotada de temibles burlones no me ha quedado otra que refugiarme en esta  sala del asiento vacío. Pasa el tiempo, pasan secuencias, no pasa nada, pasa todo, inlcuso yo paso por delante sin perderme por detrás. En escena una mujer se despide sin querer (queriendo decir "no te vayas") de un hombre que no quiere irse. En la butaca la vida... también pasa.

Recibo una llamada de mi piso; me dice que sigue ocupado por esa extraña sensación. En la calle la gente trata de situarse, pero nadie entra a ocupar la butaca vacía. Me abrazo a su respaldo y éste me da a entender que se debe a ella. Yo también la necesito, respondo. Pero ambos sabemos que, como en escena, ella decidió despedirse. No quiero moverme del sitio ni matar la oscuridad con un buen flash*. Quiero estar un rato refugiado de párapdos para adentro. Ahí no hay oscuridades y aunque retumba el sonido de la despedida, también suenan las 15 canciones que hablan de un noviembre sin retorno.  

Algún que otro temible burlón se cuela en la sala y sin perder de vista lo que pasa, no pasan de ahí. Una mirada se acerca a mí desde abajo y desde lo lejos ocupa la 10 fila 7. Veo la secuencia desde dentro, protegido por mis temores y conectado con mis párpados. También eres temible, dice la mirada que me ocupa. Sorprendido por su expresión decido enfocar y hablarla con los ojos. Ahora es una de las paredes de mi piso quien me llama. Ansiosa cuenta que no quiere hacer esquina con muro alguno. La mirada relaja la situación y me regala un guiño. Siempre estaré ahí, eres tú quien debes jugar con los párpados, asegura con firmeza. Y concluye: Yo ya me he fijado en ti.

En un instante noto que los músculos se destensan, me abrazo a sus pestañas y asumo una vida adjunta a una siempre presente despedida... Siempre hay tiempo para cerrar los ojos y soñar que sueñas. El aplauso es unánime y se cierra el telón. Mi piso se libera de la extraña sensación y los burlones abandonan sus temores. La calle, como la duda, se despeja.

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*Frase de Nadie por las calles, de Love of Lesbian.

lunes, junio 10, 2013

Sobre ruedas por tus cuadros

Nos encontramos en un escenario muy conocido: el espacio de La última cena. Pero allí no había ni Cristo, tan sólo ella y yo; dos agnósticos despojados de la realidad e incluídos por un sueño ajeno en un cuadro único. Nos mirábamos boquiabiertos y nos reíamos. No sabíamos qué hacer, dónde sentarnos, picar algo de la mesa, probar a encontrar límites en un sitio limitado a priori por un marco... Seguíamos riéndonos.

Por fin decidimos sentarnos y observar desde dentro lo que tantísimas veces habíamos visto desde fuera. Abrazados a la complicidad que nos llevó hasta aquí, disfrutamos de cada instante como si fuera real. Ambos sabíamos que en algún momento el portador del sueño nos sacaría bruscamente de la escena. No teníamos mucho tiempo. Entonces ella, escéptica, exclamó irónicamente ¡Cómo vamos a estar aquí, cómo vamos a acabar esto juntos en otro cuadro y cómo vamos a indepencizarnos de tu sueño!

En efecto, era mi sueño, pero circulaba por otro canal que no controlaba. Hagamos una lista. Le dije. Una lista con los cómos que nos han traido hasta aquí. La sellamos y la abrimos en el próximo cuadro. Si llegamos hasta éste, las leemos. Cuando abrí los ojos un rato después (10 años en realidad) me encontré 1 minuto después (1 segundo onírico) en la habitación donde Escher dibujó sus manos pintadas. Y ella seguía a mi lado. Entonces destapamos la lista de deseos imposibles. De sendos sobres salió uno de los cocodrilos de Escher para guiarnos por aquel laberíntico lugar. Nos dejó en un paisaje tranquilo de Sorolla, sin nadie. ¿Lo hemos conseguido? Pregunté. No lo sé, contestó. Pero aquí seguimos

Aquí seguimos. Esas dos palabras las llevo siempre conmigo. Por supuesto despertamos; por supuesto era un sueño, pero hoy, 20 años después (o no)... Por supuesto, continuamos pintando una historia que nunca termina por mucho que la lógica (aún no sé de quién) se empeñe en dictar su final. Con lo cual no paramos de pedalear porque sobre ruedas nada está escrito.

jueves, mayo 30, 2013

Charcos indefensos

Del charco sale una sombra, la sombra se chamusca mientras se debate entre la vida y la venta, de la compra no hay factura y del registro sólo queda un charco. En un momento dado alguien protesta, otro alguien asume y en el extremo, otro plantea una duda. Dentro de esta historia sienten que no van ni para adelante ni para atrás; quieren salir sin haber entrado del todo... Pasan sin atravesar y miran sin ver a su alrededor. Mojados hasta arriba nadie se moja, porque el montante de la prudencia aplasta al riesgo de saber. La sombra se aclara y la duda planteada por otro protesta pero no llega a ninguna conclusión. 

El brillo de un astro cae al suelo con violencia. La oscuridad asciende. Una piedra se resiste a la sepultura de los sedimentos propios del charco. La estrella que no brilla resbala por su propio peso, pero no tropieza. Un zapato sin cordones no ata cabos y se desata. Camina sin destino con el miedo de ahogarse en el charco. De la escena que acoge todos los elementos planteados en este post hasta ahora surge un guion nuevo. Una trama que no entiende de estupideces ni de opiniones destructivas... Ni de sabios que no saben nada. Ni mucho menos de consejos estériles que no entienden de ganas de cambiar las cosas.

Ella se levantó rara, pero con las cosas más claras. La confusión compró una parcela propia para tener terreno imposible de expropiar. La certeza sufrió un brote de acné, la alegría la pena de no ser ella 100%. La pena aprendió a alegrarse de los males propios y alejarse de los ajenos. Y la grima se enamoró de los pelos de punta. En "el rincón" de este espacio -cómodo- se sentó un sentimiento sin definir para no levantarse. Pero hoy, sin su protector (el convencimiento) ella se presentó ante los hechos, tomó las riendas y pidió explicaciones. No tenía por qué hacerlo pero lo hizo y mojada hasta el cuello nadó hasta llegar al bordillo. Y al final, como las cartas sobre la mesa... Sombra, luna, extremo, charco, brillo, trama e inquietud se expusieron ante el enemigo con el propósito de ser indultadas. 

El indulto llegó y tras éste una fila de soldaditos de plomo que no saben defenderse. Y aqui termina esta extraña crónica. En la no defensa y  en la asunción de los cargos que se autoimputan para no autoperdonarse nunca. En la charca que nunca se secó porque nunca tuvo agua. Y termina bien, con los y las implicadas conviviendo en OTRO escenario diferente con los matices que traen consigo. 

viernes, mayo 24, 2013

Palabra de un especialista de cine que encaja verbos de aleación pesada

Ayer una frase me tiró al suelo. Literal. Me llamo Sebastián Rojo, soy especialista de cine (especializado en mis propias películas) y suelo darme muchos golpes. Estoy acostumbrado a tropezar, a quemarme con el asfalto y a vivir con la piel en carne viva... Sé mucho de caídas y de patadas en el estómago. Tengo tantas cicatrices que parezco una cordillera, y unos abdominales tan duros como el acero más blando. Pero anoche una frase atravesó mi escudo y me reventó por dentro... Como esas sofisticadas balas diseñadas que penetran y una vez dentro sacan toda su metralla. 

He ido al fisio, al traumatólogo, al médico de cabecera... Incluso a la consulta del antenista. No ven más allá de mis heridas, de mis señales. No hay escayola que me contenga la rotura ni cabestrillo que sostenga mis brazos quebrados... Las piernas no responden, tampoco los párpados ni el labio inferior. Es un dolor insoportable del que no tengo experiencia. Es agudo, ácido, frío y abrasador, corrosivo, incómodo, angustioso, literal, matemático, extraño, acaparador, celoso de otros síntomas, ensordecedor, invasivo... ¡Tómese esto cada 8 horas, con calma! Indica el Dr. Filancio.

El frasco de pastillas vacío (y metafórico) me sugiere que no hay más remedio que encajar. Encajar el golpe de la palabra y encajarme en mí mismo... a ver qué pasa. Lo que he omitido es que esa frase salió de dentro. Y al expulsarla -presuntamente dirigida y diseñada para otra persona- se giró inesperadamente y me abrió en canal. Palabra tras palabra salieron al ritmo de un pensamiento precipitado y sin reflexión... Y a medida que se fundía verbalización con luz se transformaban en una aleación muy pesada y con forma de sierra.

Nunca pensé que algo tan intangible pudiera provocar una herida tan palpable. Y aquí estoy, sufriendo los daños colaterales de un bombardeo lanzado desde mi propia flota. Sin poder ejercer de especialista por haber perdido la especialización, la especialidad y la fuerza por la boca... Convertido en sujeto, sujeto a la pena que mi propio verbo sentenció. Y aquí no hay viento que se lleve las malditas palabras.
 


lunes, mayo 20, 2013

Las palabras y el entendedor

Ayer conocí la verdadera historia de un personaje clásico. Muy clásico. La del buen entendedor al que le basta con pocas palabras. Se llama Martín Abreviado y -cómo no- se desahogó conmigo entre café y café... Descargándose de su red todas las palabras que nunca ha utilizado y cuya ausencia tanta fama le han dado. Finalmente reconoció, tras 3 horas de monólogo, que no entiende nada.

Esto debería de suponer un trastorno para él, o al menos una agitación interior brusca... ¡Un golpe! Pensaba yo. Pero nada más lejos de la realidad. Estaba encantado de necesitar más palabras para entender algo. Decía que era un descanso reconocer no ser ese buen entendedor. Estaba harto de fingir que no necesitaba preguntar. Claro, ahora tenía tantas preguntas que hacer... Tantas dudas... Tantas tensiones no resueltas por haber aparentado captar el fondo de las cuestiones cuando necesitaba tantas explicaciones... Tanta incertidumbre...

Debí de faltar los días de clase en que los profesores insistían en que no nos quedáramos con dudas. Eso o que directamente me nacieron para ser el elegido, el buen entendedor... Y jamás recibí más que las palabras justas para comprenderlo y entenderme. Pero eso ya se acabó. Insiste. Ha apostatado y quiere concentrarse en un futuro de preguntas por hacer e imaginar. Y empedrar un camino con respuestas.

miércoles, mayo 01, 2013

Suelo

Está solo frente a un cuarto vacío. Solo frente a un baño que asoma a tres metros. Nadie va a llegar. La pared le mira, no le juzga, pero tampoco le quita ojo. El contraplano, es decir, el muro de carga sobre el que él se apoya, susurra ideas propias de hormigón. Pero al estar desarmado, no las capta. Está tranquilo, observando y dejándose llevar simplemente por la ausencia. Imagina cómo serán las próximas horas... Y como mucho, tirando de proyección propia, llega a visualizar el día de mañana y poco más.

A lo Steve McQueen en La gran evasión (John Sturges, 1963), lanza una y otra vez una pelota imaginaria que vuelve a él, eso sí, con reticencias. Acepta esa especie de reticencia ajena, que en comandita con la propia, sienten los elementos (internos e iva incluídos) a tratar con él. Es una cuarentena sin fecha de caducidad, piensa. Un silencio que tiene que escuchar con auriculares para no perder detalle de lo que nunca escuchó. Sabe que tiene que hacerlo -escuchar al milímetro- porque los restos de lo ignorado (consciente o inconscientemente) pasan la minuta a final de mes... o de los años, con consecuencias corrosivas.

No quiere distracciones (o al menos las justas). La pelota, una voz en off, alguna palmadita condescendiente, una taza de te, un partido de fútbol perdido, una cita con cinturón de seguridad, una D.O que tinte el momento de necesaria soledad... Compañeros de viaje que hacen la vista gorda cuando uno se está quedando flaco (por aquello de aislar lo esencial). Y Una historia del Bronx (Robert De Niro, 1993) para no desanimarse.

La espera da para mucho. Y sobre todo da una perspectiva horizontal en la que actúan -compartiendo protagonismo y escenario- dos sentimientos incompatibles a priori. Querer y no querer. Ver y no mirar. Es lo más difícil de entender. Pero ahora tiene tiempo (y una pared sin prejuicios) por delante para comprenderlo e incorporar sus propias gafas que le permitan otear esa perspectiva llena de dimensiones sin catalogar. Las reticencias de los elementos son amigas y la lógica de él ya no es ilógica; es sencillamente la suya. Ahora sólo faltan los muebles, mientras tanto el suelo vacío le sirve de observatorio.

jueves, abril 18, 2013

La nota del autor

...En el capítulo 108 entra Alguien por la puerta. No se sabe muy bien quién es, pero tiene alguna relación con el autor. El autor se pierde de vista y se reencuentra un rato después consigo mismo y con ese alguien frente a un espejo sin reflejo. Se miran, se examinan, no se reconocen, pero se conocen de siempre. Miden sus palabras, que no usan para hablar, sino para callar. Alguien le da las llaves al autor. El autor hace una copia fotográfica de cada detalle, de cada engranaje que accede a los interiores, de cada dentellada, y decide quedarse con ella y guardar la llave maestra que todo lo abre y en la que siempre se apoyó para entrar. Él le explica lo de Ella; le cuenta que ha entrado por la puerta (sin cierre) del capítulo 108.

Es un misterio, dice Alguien. A continuación se sientan en una taberna secreta e íntima a la que Ella solía llevar -de cabeza- al autor, y antes de seguir con el 108, se adentran (con un pie dentro y otro fuera) en las rarezas del capítulo 109. El autor, extrañado (extraviado también) por la circunstancia no puede ni quiere evitar dejarse llevar por este sendero entre lo real, lo irreal y lo probable; incluso por la posibilidad de que todo sea fruto de un tumor o una neurosis severa. Alguien, que empieza a adquirir forma femenina a medida que caminan entre episodios, actúa con mucha complicidad. Y aunque no es Ella, algo recuerda. El autor pide dos vinos de lo más alto del Moncayo. Sí ese, le sugiere al barman.

La novela sigue. Con la segunda botella entienden que hay capítulos imposibles. Imposibles de cerrar en un sentido editorial o convencional. O imposibles de concluir... De la misma forma que hay historias que no debería empezar, otras que nunca deberían terminar, algunas que siguen y otras tantas que están ahí, cuyos protagonistas no saben no contestan a las posibilidades de guionizarlas/vivirlas. O quizá todas son la misma o parte de ésta. O puede que sea el punto de vista del autor el que tenga una trama (perceptible únicamente desde un subconsciente más visible de lo habitual) entre la calle y el párpado. Y en este capítulo, puente entre el 107 y 'el seguir', todo pasa mientras no pasa; pero donde en definitiva todo ocurre. Y ahí nos movemos, dice Alguien. Brindan y entonces Ella aparece...

...Entra en escena, discreta, sincera, con calma, convencida de lo que hace, extrañada de hacer eso que hace; y haciendo lo que puede. Única, cansada del periplo fuera de los márgenes del capítulo 107. Impresionada por haber palpado lo tangible (no teórico). Sedienta de permanecer; hambrienta de existir; satisfecha por estar. Alguien, el autor y Ella se saludan con un toque solemne que se explotará con la siguiente copa de vino. Todo ocurre desde el azimut, desde ese punto en el que las cosas cuadran partiendo de un horizonte que se jacta de dominar el espacio de lo visible y lo intocable. Y en efecto eso todo crece en identidad cuando el vino hace su trabajo y ELLOS el suyo: lo que pueden.

Ella se explica, pero ni el autor ni Alguien se lo piden. A continuación cada uno escenifica su propia explicación. Luego se echan a reír y juegan con ellas (las explicaciones). Las intercambian y deciden vivir el momento. Poco después entran con certeza en otro capítulo; uno que no figura en las leyes narrativas. Y es ahí cuando el autor rompe moldes y lo incluye en un interlineado invisible pero cierto. Y en ese terreno rodeado de sentido, y sentidos, empieza a empezar la novela que nunca empieza. Ella le coge la mano y el autor se sujeta la cabeza, Alguien retoma la risotada y la primera página pasa definitivamente de todo para pasar por alto (habiéndolo situado) todo aquello que fluyó por lo bajo. El autor finalmente... Se nota.

lunes, marzo 25, 2013

Capítulo 107

Estaba escribiendo el capítulo 107 cuando Ella, la protagonista de mi novela desapareció. No dejó ni rastro. El teclado dejó de responder a su nombre y el disco duro se cerró en banda. La soledad de aquella habitación improvisada me cayó encima, de golpe, y me hizo una brecha estanca. Mi rabia rebotaba contra el insoportable eco de la pared, la noche llegaba a su fin y el día prometía tortura... Venganza. Ella se me escapó de las manos y mi vida empezó a desparramarse detrás... por el alcantarillado.

Retomé el futuro, busqué en el presente y pasé del pasado. Miraba mis manos, empañaba el espejo con la esperanza de encontrar pistas al vapor, buscaba entre los manojos de mensajes acumulados en el teléfono, caminaba por las brasas que en su día asaron los cimientos del cuento en el que me metí por escrito (hasta el cuello). Pero ni rastro de Ella. La novela se llenó de huecos y perdió su sentido. Convertido en nada bajé a esnifarme la calle con la esperanza de llenarme de tierra firme y vomitar vacío, pero los pies no pisaban el suelo, sino barro movedizo. 

En mitad de no sé qué, salí a flote practicamente ahogado. Empecé a escribir otro capítulo, respetando el hueco que me había dejado. Asumí el dolor y me propuse vivir con ello sin Ella. Estaba dispuesto a matar por volver a escribirla. Pero ni rastro ni capacidad. Nada de nada. Mis dedos no eran capaces de tocar su nombre y el teclado pasaba de mí. Escribía con dolor y tristeza. Deseaba tanto volver al papel de la obsesión compartida, de la irrealidad tatuada en la suela de los pies, que no podía pensar sino actuar por inercia. Mitad adolescente, porción infante y muy adulto terminé por rendirme a la no certeza y abrazarme desesperadamente a esa duda perenne que golpea con rabia.

Ahora que leo para olvidar y bebo para no escribir; ahora que camino para no mirar atrás y deseo para no desaparecer del todo; ahora que he aprendido a seguir no sé cómo empezó todo. Junté las primeras palabras y surgió el encuentro con Ella, y nunca imaginé un final tan extraño. Un cuento con huecos donde Ella se marcha sobre sus palabras para que yo ponga  FIN.


viernes, marzo 15, 2013

Papables, palpables, mamables...

Me cuenta Isidoro, un vecino con...clave de acceso a sus interiores, que ha pensado mucho en el Papa a la vez que se pierde en el recuerdo de la mama de su madre en pleno momento original de succión. ¡Es palpable! Exclama. ¿Qué hecho? Le pregunto. El hecho de que el padre de tantos sea papable y no recuerde el lado mamable de la aventura. Pongo gesto entenderle y trato de no juzgar mientras escucho su versión de las cosas.

Dice sentirse perdido, absorbido por ideas desterradas de su lugar de origen. Pero, por lo poco que conozco a Isidoro, sé que encontrará la salida de su crisis. La mama, la mama... repite sonriendo -con acento italiano forzado- una y otra vez. El Papa, el Papa... continúa, pero con el ceño fruncido. Sigo convencido de que... saldrá. No me separo de su lado, tomando nota y grabando con mi cámara cada detalle que deja salir a través de sus muecas. Al fin y al cabo, él es una idea mía. Perdida, pero mía, en definitiva...

 Tras una jugada psicotrópica, algo sucia por mi parte, consigo que se duerma. Salgo a la calle y me pierdo. Sueño (en do traidor) que me convierten en papable contra mi voluntad, pero Isidoro insiste. Trato de evitarlo; con la fuerza se me caen dos dientes con fundas (con forma de sotana). La mama de mi madre aparece vestida de Superhéroe en decadencia, desde el púlpito. Sólo yo la veo, sólo Isidoro la reconoce. Me saco un santo grial de la chistera. Un conejo me niega. El tonto del pueblo se encierra en sí mismo. 

Isidoro despierta del sueño lisérgico. Yo no. Isidoro sigue escribiendo este post. Yo abandono y me tomo una sobredosis de decisiones. Me retiro a la habitación 203 de un hotel (tipo existencia, como el de Brooklyn follies). Isidoro reza por mí. Yo no. Es palpable, pienso. ¿Lo ves? Exclama Isidoro. Lo veo, contesto y me entrego a una hoja que se ha dado la vuelta a sí misma. Ese es tu papel, sentencia Isidoro al mismo tiempo que dibuja una cruz con los dedos índice y corazón de la mano derecha.

Afortunadamente puedo contarlo. Me gusta sobrevivir a las embestidas propias de circunstancias ajenas. Isidoro se siente Papa y claro, mama. Yo ya no niego nada, ni mucho menos juzgo, con o sin, cátedra. Ahora toca vivir.



martes, marzo 05, 2013

Diálogos sin espera

Dudé en cogerlo, pero lo hice. Alguien se dejó un teléfono con una conversación activa en una sala de espera cualquiera. Era última hora de la tarde (esa que nunca termina) y aquella mañana decidí romper las reglas. En el diálogo abierto una tal Mira sugería que tenían que verse, pero por alguna razón, el interlocutor se había fugado sin contestar (o estaba fuera de cobertura en ese momento). Asumiento mi nuevo rol, libre de normas morales, decidí seguir con la conversación.

Le dije que sí, que teníamos que vernos. Te leo extraño, contestó. Eso es porque sigo esperando, reaccioné. Tras unos segundos de duda, siguió escribiendo. Hablaba de contradicciones, de hundimiento de esquemas, de suelos temblorosos, de dudas, de llantos por venir y risas necesarias. Decía que quería sin querer y que eso la sacaba de órbita, pero no podía renunciar. Yo asentía, animaba y preguntaba porqués, cómos y cuándos. Ella lloraba, callaba y encallaba, y después se levantaba una y otra vez.

La espera no cesaba. Pero a mí siempre me gustó esperar. Mientras tanto, seguía leyendo sus palabras, sus motivos, sus reflexiones... Y yo pensaba en contraindicaciones. La batería empezaba a mermar. Estaba al 10%, pero Mira, tenía mucho que contar. ¿Serían siempre así sus diálogos? ¿Quién era la persona fugada, cómo sería? La curiosidad me llevó a caminar por el móvil. En las fotos había mucha gente, fiestas, palabras sueltas captadas en recortes de prensa, desenfoques, esquinas urbanas e ideas sin asidero tangible.

¿Qué te pasa? Me preguntó. Y algo ocurrió con la pregunta. Me partió en dos y entonces dejé de esperar. A mi nuevo rol sin moral, se unió un yo sin paciencia... harto de sí mismo como paciente. Entonces empecé a hablar. Y cuando quise darme cuenta la batería había convertido aquello en un monólogo. Enchufé mi cable de alimentación, pero la tecnología me pedía una clave que no supe encontrar. Desesperado por aquel aislamiento irrumpí en la consulta del antenista. Con él había un tipo que bien podría ser el dueño del móvil.

En efecto, era él. Le supliqué que me diera la clave. El antenista, violento, me pedía que me fuera. Y el interlocutor fugado, con cara de tranquimazín gritó entre carcajadas: ¡Mira76! Agradecido le di mi teléfono. Recuperé el diálogo y el aliento y seguí hablando con ella. Ha pasado un mes de aquello y seguimos hablando, pero yo no soy yo, sino él. Un él con letra de yo que desea estar con ella fuera de salas de espera, consultas ni antenistas.

domingo, febrero 17, 2013

Sí habrá paz para los malditos losers

Vengo del videoclub. Hacía más de un año que no me pasaba por ahí... De hecho, pensé que ya no existía. Lucía, su propietaria, ha cumplido 20 años en 5. Por ahí sigue sin pasar nada, a la vez que pasa todo. Los argumentos de las pelis (estrenos o descatalogadas) conviven con la vida de una persona que decidió fantasear. Lucía es una soñadora que no puede soñar, porque su película está en un estuche perdido entre comedias y dramas, y que asoma por bulerías... Y eso que odia el flamenco; aunque sigue rodando.

No sabía  muy bien qué hacía ahí. Hace mucho que no tengo una peli en mente que ver. Y más desde que el cine quedó en un segundo plano... Y yo, como maldito loser que soy, de reparto. Pero ahí me he plantado delante de una parte de mí que desconocía y que se llama Lucía, como la canción. Seguro que yo también represento algo en ella, mañana lo sabré porque antes de terminar este post hemos quedado para hablar de cine sin estuche. Y esa peli aún no sé de qué va, pero sé que es del género que más me gusta. 

Antes de entrar en el local de Lucía pensé en culparla de mi frustración, por no haber podido escribir el argumento que siempre me rondó el estómago y la cabeza. Cuando iba más a menudo a verla, dejaba que me recomendara la película que más me convenía. Depositaba en sus manos mi estado emocional, el presente y el que estaba por venir. Eran los días de estreno adulto. Por ejemplo, ella puso título al primer viernes que no salí con mis amigos: Comer, beber, amar. Tenía sudores fríos y miedo ante ese vacío... Mi piso, yo y un DVD. Y por si acaso, una versión remasterizada de Quadrophenia. La jodía sabía que aquella noche temblaba tanto como Jimmy ante los acantilados de Brighton.

Eligió bien. Y pasé la prueba. Ahora, casi dos décadas después, Lucía necesitaba su película, y por eso pienso aterricé entre tanto título descatalogado... Yo entre ellos. Pero como estaba dispuesto a reestrenarme, entré en este nuevo escenario. Lucía dio el acción y la cinta empezó a recoger cada plano, cada estímulo. Nos pusimos a buscar por autor, por género, por escenas, por países, por escenarios... Y al final, como pasa en la ficción, nos dimos cuenta de la realidad: queríamos estar juntos, pero no sabíamos desde qué fotograma ni secuencia. Dos malditos losers sin catálogo. En estos momentos estamos en ese raro proceso de montaje de un filme sin nudo, alérgico a los desenlaces, pero con un interesante planteamiento.

sábado, febrero 09, 2013

Aquí, un gilipollas en su sentido

Se paró en un semáforo y se dio cuenta de que era un gilipollas. Después avanzó un paso más y continuó pensándolo, y cruzando la calle a la vez. Era 6 de marzo. Una fecha que no dice nada para alguien que sentía habérselo dicho todo sin haber intercambiado palabra alguna consigo mismo. Y además ese día, cumplía 45. Aquel cruce le destaponó tanto que tuvo que echarse las manos a las orejas para contener el ruido que procedía de dentro. Ruido de llantos no llorados, de pataletas estériles o silencios tan agudos que retumbaban tanto como los más graves. Y todo en mitad de la calle. Simplemente pasó. ¡Pero qué gilipollas que soy!

Aquí un cruce, aquí un gilipollas. Hecha la presentación quiso conciliar el sueño que nunca tuvo; dormir despierto para no despertar a la misma bestia que le estaba insultando por fuera y por dentro... Por tierra, mar y caspa. Y en este cruce de cruces seguía parado, bajo un semáforo que marcaba las horas, ignoraba a los segundos y perdonaba a los minutos. Entonces le cayó un tributo del cielo para dejarle inconsciente en plena consciencia. Se acordó de su platónica amante y de la ama de llaves que perdía los papeles de su padre; pensó en el libro que siempre cita como su favorito y que nunca ha leído. Aquí la consciencia, aquí el gilipollas del libro abierto.

Acto final:
Asumida la gilipollez decidió tomar una dirección. En ese sentido se encuentra hoy. Resentido por el tributo que le cayó del cielo; dolido por los segundos ignorados o los minutos pasados; entristecido por no llorar en su día; inquieto como un niñato que no recibe su merecido. Claro, que siempre puede volver atrás. Pero esa, dice, no es una opción. Al menos para él, por muy gilipollas que sea. Si está en este sentido es por algo, así que el problema no es que sea gilipollas, sí lo sería el hecho de no averiguar el porqué del sentido elegido. Gilipollas y cruce se ponen de acuerdo, estrechan la mano y abren el tráfico. Todo vuelve a la circulación.

miércoles, enero 09, 2013

Enrique Meneses que estás en las redes

Esta semana el periodismo perdía a uno de sus más fieles militantes, Enrique Meneses.  Embajador de la información de pura cepa y... trinchera, ha sido sencillamente un ejemplo. Un ejemplo para periodistas de primera línea y también para otros de reparto y aquellos que no pueden ejercer ni desde el banquillo, porque no ha existido traba, filtro o tapa capaz de mermar la capacidad de informar de Meneses. Y cómo dice Georgina Cisquella (fundadora del programa en el que tengo el privilegio de militar, Cámara abierta 2.o, e ideóloga del documental Oxígeno para vivir, que el viernes 11 se estrena en La2) "...El periodismo era su oxígeno, lo llevaba en vena".

De él estos días se han contado, de manera concentrada multitud de anécdotas, datos y virtudes, así que me limitaré a dar dos pinceladas más de propia cosecha. Cuando fiché por Cámara abierta 2.0 venía con el sentido del periodismo algo tocado (semihundido), pero trabajar bajo al ritmo de la batuta  de Georgina Cisquella, te obliga a ponerte las pilas y a aparcar los restos de tontería que te queden por la sangre. Georgina redescubrió a Meneses mientras rastreaba (sin descanso) la red en busca de contenidos interesantes para el programa; lo que le sirvió para potenciar su propia reconversión periodística. En 2007 (incluso antes), o empezabas a reinventarte a través del periodismo digital (permitidme que lo resuma con este término tan manido) o estabas perdido, y Georgina puso en marcha un programa en la tele que hablaba sobre actualidad a través de internet y sus redes sociales; programa que acaba de cumplir 5 años en antena y que está cerca del capítulo número 300.

De pronto se encuentra con él, un periodista octogenario incombustible enganchado a una bombona de oxígeno,  a un ordenador y a su blog personal.  Un medio de comunicación en sí mismo llamado enriquemeneses.com. De ahí surgió una pieza (podéis verla en el link), que fue el germen de Oxígeno para vivir. Un documental que nos invita a convivir 'unos días' con Enrique Meneses. El resultado es (entre otras cualidades) una joya periodística que retrata con sutil desgarro el Eros y el Tánatos de un periodista que lo es con todas las consecuencias... No quiero destripar el contenido para quien no lo haya visto, por eso no voy a dar más detalles. Avanzo, eso sí,  una secuencia donde presenciamos una tensa discusión entre Meneses y su hija que, a mi juicio, describe perfectamente una relación marcada por el periodismo en vena o el particular Big Bang de Enrique Meneses.

La cosa va de eso, de Big Bangs que uno gestiona como puede dentro o fuera del periodismo para desarrollar su propia película. Y Meneses, como los grandes artistas, ha rodado la suya siendo consecuente... y eligiendo, que es el gerundio más difícil de contar. Mientras tanto, aquí seguimos muchos periodistas (alejados de trincheras y primeras filas) reinventándonos cada día -con el aliento y la resaca encima en tiempo real de la crisis-  y a golpe de catarsis periodística.