lunes, marzo 25, 2013

Capítulo 107

Estaba escribiendo el capítulo 107 cuando Ella, la protagonista de mi novela desapareció. No dejó ni rastro. El teclado dejó de responder a su nombre y el disco duro se cerró en banda. La soledad de aquella habitación improvisada me cayó encima, de golpe, y me hizo una brecha estanca. Mi rabia rebotaba contra el insoportable eco de la pared, la noche llegaba a su fin y el día prometía tortura... Venganza. Ella se me escapó de las manos y mi vida empezó a desparramarse detrás... por el alcantarillado.

Retomé el futuro, busqué en el presente y pasé del pasado. Miraba mis manos, empañaba el espejo con la esperanza de encontrar pistas al vapor, buscaba entre los manojos de mensajes acumulados en el teléfono, caminaba por las brasas que en su día asaron los cimientos del cuento en el que me metí por escrito (hasta el cuello). Pero ni rastro de Ella. La novela se llenó de huecos y perdió su sentido. Convertido en nada bajé a esnifarme la calle con la esperanza de llenarme de tierra firme y vomitar vacío, pero los pies no pisaban el suelo, sino barro movedizo. 

En mitad de no sé qué, salí a flote practicamente ahogado. Empecé a escribir otro capítulo, respetando el hueco que me había dejado. Asumí el dolor y me propuse vivir con ello sin Ella. Estaba dispuesto a matar por volver a escribirla. Pero ni rastro ni capacidad. Nada de nada. Mis dedos no eran capaces de tocar su nombre y el teclado pasaba de mí. Escribía con dolor y tristeza. Deseaba tanto volver al papel de la obsesión compartida, de la irrealidad tatuada en la suela de los pies, que no podía pensar sino actuar por inercia. Mitad adolescente, porción infante y muy adulto terminé por rendirme a la no certeza y abrazarme desesperadamente a esa duda perenne que golpea con rabia.

Ahora que leo para olvidar y bebo para no escribir; ahora que camino para no mirar atrás y deseo para no desaparecer del todo; ahora que he aprendido a seguir no sé cómo empezó todo. Junté las primeras palabras y surgió el encuentro con Ella, y nunca imaginé un final tan extraño. Un cuento con huecos donde Ella se marcha sobre sus palabras para que yo ponga  FIN.


viernes, marzo 15, 2013

Papables, palpables, mamables...

Me cuenta Isidoro, un vecino con...clave de acceso a sus interiores, que ha pensado mucho en el Papa a la vez que se pierde en el recuerdo de la mama de su madre en pleno momento original de succión. ¡Es palpable! Exclama. ¿Qué hecho? Le pregunto. El hecho de que el padre de tantos sea papable y no recuerde el lado mamable de la aventura. Pongo gesto entenderle y trato de no juzgar mientras escucho su versión de las cosas.

Dice sentirse perdido, absorbido por ideas desterradas de su lugar de origen. Pero, por lo poco que conozco a Isidoro, sé que encontrará la salida de su crisis. La mama, la mama... repite sonriendo -con acento italiano forzado- una y otra vez. El Papa, el Papa... continúa, pero con el ceño fruncido. Sigo convencido de que... saldrá. No me separo de su lado, tomando nota y grabando con mi cámara cada detalle que deja salir a través de sus muecas. Al fin y al cabo, él es una idea mía. Perdida, pero mía, en definitiva...

 Tras una jugada psicotrópica, algo sucia por mi parte, consigo que se duerma. Salgo a la calle y me pierdo. Sueño (en do traidor) que me convierten en papable contra mi voluntad, pero Isidoro insiste. Trato de evitarlo; con la fuerza se me caen dos dientes con fundas (con forma de sotana). La mama de mi madre aparece vestida de Superhéroe en decadencia, desde el púlpito. Sólo yo la veo, sólo Isidoro la reconoce. Me saco un santo grial de la chistera. Un conejo me niega. El tonto del pueblo se encierra en sí mismo. 

Isidoro despierta del sueño lisérgico. Yo no. Isidoro sigue escribiendo este post. Yo abandono y me tomo una sobredosis de decisiones. Me retiro a la habitación 203 de un hotel (tipo existencia, como el de Brooklyn follies). Isidoro reza por mí. Yo no. Es palpable, pienso. ¿Lo ves? Exclama Isidoro. Lo veo, contesto y me entrego a una hoja que se ha dado la vuelta a sí misma. Ese es tu papel, sentencia Isidoro al mismo tiempo que dibuja una cruz con los dedos índice y corazón de la mano derecha.

Afortunadamente puedo contarlo. Me gusta sobrevivir a las embestidas propias de circunstancias ajenas. Isidoro se siente Papa y claro, mama. Yo ya no niego nada, ni mucho menos juzgo, con o sin, cátedra. Ahora toca vivir.



martes, marzo 05, 2013

Diálogos sin espera

Dudé en cogerlo, pero lo hice. Alguien se dejó un teléfono con una conversación activa en una sala de espera cualquiera. Era última hora de la tarde (esa que nunca termina) y aquella mañana decidí romper las reglas. En el diálogo abierto una tal Mira sugería que tenían que verse, pero por alguna razón, el interlocutor se había fugado sin contestar (o estaba fuera de cobertura en ese momento). Asumiento mi nuevo rol, libre de normas morales, decidí seguir con la conversación.

Le dije que sí, que teníamos que vernos. Te leo extraño, contestó. Eso es porque sigo esperando, reaccioné. Tras unos segundos de duda, siguió escribiendo. Hablaba de contradicciones, de hundimiento de esquemas, de suelos temblorosos, de dudas, de llantos por venir y risas necesarias. Decía que quería sin querer y que eso la sacaba de órbita, pero no podía renunciar. Yo asentía, animaba y preguntaba porqués, cómos y cuándos. Ella lloraba, callaba y encallaba, y después se levantaba una y otra vez.

La espera no cesaba. Pero a mí siempre me gustó esperar. Mientras tanto, seguía leyendo sus palabras, sus motivos, sus reflexiones... Y yo pensaba en contraindicaciones. La batería empezaba a mermar. Estaba al 10%, pero Mira, tenía mucho que contar. ¿Serían siempre así sus diálogos? ¿Quién era la persona fugada, cómo sería? La curiosidad me llevó a caminar por el móvil. En las fotos había mucha gente, fiestas, palabras sueltas captadas en recortes de prensa, desenfoques, esquinas urbanas e ideas sin asidero tangible.

¿Qué te pasa? Me preguntó. Y algo ocurrió con la pregunta. Me partió en dos y entonces dejé de esperar. A mi nuevo rol sin moral, se unió un yo sin paciencia... harto de sí mismo como paciente. Entonces empecé a hablar. Y cuando quise darme cuenta la batería había convertido aquello en un monólogo. Enchufé mi cable de alimentación, pero la tecnología me pedía una clave que no supe encontrar. Desesperado por aquel aislamiento irrumpí en la consulta del antenista. Con él había un tipo que bien podría ser el dueño del móvil.

En efecto, era él. Le supliqué que me diera la clave. El antenista, violento, me pedía que me fuera. Y el interlocutor fugado, con cara de tranquimazín gritó entre carcajadas: ¡Mira76! Agradecido le di mi teléfono. Recuperé el diálogo y el aliento y seguí hablando con ella. Ha pasado un mes de aquello y seguimos hablando, pero yo no soy yo, sino él. Un él con letra de yo que desea estar con ella fuera de salas de espera, consultas ni antenistas.