jueves, mayo 30, 2013

Charcos indefensos

Del charco sale una sombra, la sombra se chamusca mientras se debate entre la vida y la venta, de la compra no hay factura y del registro sólo queda un charco. En un momento dado alguien protesta, otro alguien asume y en el extremo, otro plantea una duda. Dentro de esta historia sienten que no van ni para adelante ni para atrás; quieren salir sin haber entrado del todo... Pasan sin atravesar y miran sin ver a su alrededor. Mojados hasta arriba nadie se moja, porque el montante de la prudencia aplasta al riesgo de saber. La sombra se aclara y la duda planteada por otro protesta pero no llega a ninguna conclusión. 

El brillo de un astro cae al suelo con violencia. La oscuridad asciende. Una piedra se resiste a la sepultura de los sedimentos propios del charco. La estrella que no brilla resbala por su propio peso, pero no tropieza. Un zapato sin cordones no ata cabos y se desata. Camina sin destino con el miedo de ahogarse en el charco. De la escena que acoge todos los elementos planteados en este post hasta ahora surge un guion nuevo. Una trama que no entiende de estupideces ni de opiniones destructivas... Ni de sabios que no saben nada. Ni mucho menos de consejos estériles que no entienden de ganas de cambiar las cosas.

Ella se levantó rara, pero con las cosas más claras. La confusión compró una parcela propia para tener terreno imposible de expropiar. La certeza sufrió un brote de acné, la alegría la pena de no ser ella 100%. La pena aprendió a alegrarse de los males propios y alejarse de los ajenos. Y la grima se enamoró de los pelos de punta. En "el rincón" de este espacio -cómodo- se sentó un sentimiento sin definir para no levantarse. Pero hoy, sin su protector (el convencimiento) ella se presentó ante los hechos, tomó las riendas y pidió explicaciones. No tenía por qué hacerlo pero lo hizo y mojada hasta el cuello nadó hasta llegar al bordillo. Y al final, como las cartas sobre la mesa... Sombra, luna, extremo, charco, brillo, trama e inquietud se expusieron ante el enemigo con el propósito de ser indultadas. 

El indulto llegó y tras éste una fila de soldaditos de plomo que no saben defenderse. Y aqui termina esta extraña crónica. En la no defensa y  en la asunción de los cargos que se autoimputan para no autoperdonarse nunca. En la charca que nunca se secó porque nunca tuvo agua. Y termina bien, con los y las implicadas conviviendo en OTRO escenario diferente con los matices que traen consigo. 

viernes, mayo 24, 2013

Palabra de un especialista de cine que encaja verbos de aleación pesada

Ayer una frase me tiró al suelo. Literal. Me llamo Sebastián Rojo, soy especialista de cine (especializado en mis propias películas) y suelo darme muchos golpes. Estoy acostumbrado a tropezar, a quemarme con el asfalto y a vivir con la piel en carne viva... Sé mucho de caídas y de patadas en el estómago. Tengo tantas cicatrices que parezco una cordillera, y unos abdominales tan duros como el acero más blando. Pero anoche una frase atravesó mi escudo y me reventó por dentro... Como esas sofisticadas balas diseñadas que penetran y una vez dentro sacan toda su metralla. 

He ido al fisio, al traumatólogo, al médico de cabecera... Incluso a la consulta del antenista. No ven más allá de mis heridas, de mis señales. No hay escayola que me contenga la rotura ni cabestrillo que sostenga mis brazos quebrados... Las piernas no responden, tampoco los párpados ni el labio inferior. Es un dolor insoportable del que no tengo experiencia. Es agudo, ácido, frío y abrasador, corrosivo, incómodo, angustioso, literal, matemático, extraño, acaparador, celoso de otros síntomas, ensordecedor, invasivo... ¡Tómese esto cada 8 horas, con calma! Indica el Dr. Filancio.

El frasco de pastillas vacío (y metafórico) me sugiere que no hay más remedio que encajar. Encajar el golpe de la palabra y encajarme en mí mismo... a ver qué pasa. Lo que he omitido es que esa frase salió de dentro. Y al expulsarla -presuntamente dirigida y diseñada para otra persona- se giró inesperadamente y me abrió en canal. Palabra tras palabra salieron al ritmo de un pensamiento precipitado y sin reflexión... Y a medida que se fundía verbalización con luz se transformaban en una aleación muy pesada y con forma de sierra.

Nunca pensé que algo tan intangible pudiera provocar una herida tan palpable. Y aquí estoy, sufriendo los daños colaterales de un bombardeo lanzado desde mi propia flota. Sin poder ejercer de especialista por haber perdido la especialización, la especialidad y la fuerza por la boca... Convertido en sujeto, sujeto a la pena que mi propio verbo sentenció. Y aquí no hay viento que se lleve las malditas palabras.
 


lunes, mayo 20, 2013

Las palabras y el entendedor

Ayer conocí la verdadera historia de un personaje clásico. Muy clásico. La del buen entendedor al que le basta con pocas palabras. Se llama Martín Abreviado y -cómo no- se desahogó conmigo entre café y café... Descargándose de su red todas las palabras que nunca ha utilizado y cuya ausencia tanta fama le han dado. Finalmente reconoció, tras 3 horas de monólogo, que no entiende nada.

Esto debería de suponer un trastorno para él, o al menos una agitación interior brusca... ¡Un golpe! Pensaba yo. Pero nada más lejos de la realidad. Estaba encantado de necesitar más palabras para entender algo. Decía que era un descanso reconocer no ser ese buen entendedor. Estaba harto de fingir que no necesitaba preguntar. Claro, ahora tenía tantas preguntas que hacer... Tantas dudas... Tantas tensiones no resueltas por haber aparentado captar el fondo de las cuestiones cuando necesitaba tantas explicaciones... Tanta incertidumbre...

Debí de faltar los días de clase en que los profesores insistían en que no nos quedáramos con dudas. Eso o que directamente me nacieron para ser el elegido, el buen entendedor... Y jamás recibí más que las palabras justas para comprenderlo y entenderme. Pero eso ya se acabó. Insiste. Ha apostatado y quiere concentrarse en un futuro de preguntas por hacer e imaginar. Y empedrar un camino con respuestas.

miércoles, mayo 01, 2013

Suelo

Está solo frente a un cuarto vacío. Solo frente a un baño que asoma a tres metros. Nadie va a llegar. La pared le mira, no le juzga, pero tampoco le quita ojo. El contraplano, es decir, el muro de carga sobre el que él se apoya, susurra ideas propias de hormigón. Pero al estar desarmado, no las capta. Está tranquilo, observando y dejándose llevar simplemente por la ausencia. Imagina cómo serán las próximas horas... Y como mucho, tirando de proyección propia, llega a visualizar el día de mañana y poco más.

A lo Steve McQueen en La gran evasión (John Sturges, 1963), lanza una y otra vez una pelota imaginaria que vuelve a él, eso sí, con reticencias. Acepta esa especie de reticencia ajena, que en comandita con la propia, sienten los elementos (internos e iva incluídos) a tratar con él. Es una cuarentena sin fecha de caducidad, piensa. Un silencio que tiene que escuchar con auriculares para no perder detalle de lo que nunca escuchó. Sabe que tiene que hacerlo -escuchar al milímetro- porque los restos de lo ignorado (consciente o inconscientemente) pasan la minuta a final de mes... o de los años, con consecuencias corrosivas.

No quiere distracciones (o al menos las justas). La pelota, una voz en off, alguna palmadita condescendiente, una taza de te, un partido de fútbol perdido, una cita con cinturón de seguridad, una D.O que tinte el momento de necesaria soledad... Compañeros de viaje que hacen la vista gorda cuando uno se está quedando flaco (por aquello de aislar lo esencial). Y Una historia del Bronx (Robert De Niro, 1993) para no desanimarse.

La espera da para mucho. Y sobre todo da una perspectiva horizontal en la que actúan -compartiendo protagonismo y escenario- dos sentimientos incompatibles a priori. Querer y no querer. Ver y no mirar. Es lo más difícil de entender. Pero ahora tiene tiempo (y una pared sin prejuicios) por delante para comprenderlo e incorporar sus propias gafas que le permitan otear esa perspectiva llena de dimensiones sin catalogar. Las reticencias de los elementos son amigas y la lógica de él ya no es ilógica; es sencillamente la suya. Ahora sólo faltan los muebles, mientras tanto el suelo vacío le sirve de observatorio.