viernes, junio 21, 2013

La sala del asiento vacío y la extraña sensación

Sentado frente a un escenario en el que pasan cosas. Las butacas, todas ocupadas menos una, la 10, fila 7. Justo la que está a mi lado. Estoy ahí porque no sabía dónde meterme. Con mi piso ocupado por una extraña sensación y la calle abarrotada de temibles burlones no me ha quedado otra que refugiarme en esta  sala del asiento vacío. Pasa el tiempo, pasan secuencias, no pasa nada, pasa todo, inlcuso yo paso por delante sin perderme por detrás. En escena una mujer se despide sin querer (queriendo decir "no te vayas") de un hombre que no quiere irse. En la butaca la vida... también pasa.

Recibo una llamada de mi piso; me dice que sigue ocupado por esa extraña sensación. En la calle la gente trata de situarse, pero nadie entra a ocupar la butaca vacía. Me abrazo a su respaldo y éste me da a entender que se debe a ella. Yo también la necesito, respondo. Pero ambos sabemos que, como en escena, ella decidió despedirse. No quiero moverme del sitio ni matar la oscuridad con un buen flash*. Quiero estar un rato refugiado de párapdos para adentro. Ahí no hay oscuridades y aunque retumba el sonido de la despedida, también suenan las 15 canciones que hablan de un noviembre sin retorno.  

Algún que otro temible burlón se cuela en la sala y sin perder de vista lo que pasa, no pasan de ahí. Una mirada se acerca a mí desde abajo y desde lo lejos ocupa la 10 fila 7. Veo la secuencia desde dentro, protegido por mis temores y conectado con mis párpados. También eres temible, dice la mirada que me ocupa. Sorprendido por su expresión decido enfocar y hablarla con los ojos. Ahora es una de las paredes de mi piso quien me llama. Ansiosa cuenta que no quiere hacer esquina con muro alguno. La mirada relaja la situación y me regala un guiño. Siempre estaré ahí, eres tú quien debes jugar con los párpados, asegura con firmeza. Y concluye: Yo ya me he fijado en ti.

En un instante noto que los músculos se destensan, me abrazo a sus pestañas y asumo una vida adjunta a una siempre presente despedida... Siempre hay tiempo para cerrar los ojos y soñar que sueñas. El aplauso es unánime y se cierra el telón. Mi piso se libera de la extraña sensación y los burlones abandonan sus temores. La calle, como la duda, se despeja.

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*Frase de Nadie por las calles, de Love of Lesbian.

lunes, junio 10, 2013

Sobre ruedas por tus cuadros

Nos encontramos en un escenario muy conocido: el espacio de La última cena. Pero allí no había ni Cristo, tan sólo ella y yo; dos agnósticos despojados de la realidad e incluídos por un sueño ajeno en un cuadro único. Nos mirábamos boquiabiertos y nos reíamos. No sabíamos qué hacer, dónde sentarnos, picar algo de la mesa, probar a encontrar límites en un sitio limitado a priori por un marco... Seguíamos riéndonos.

Por fin decidimos sentarnos y observar desde dentro lo que tantísimas veces habíamos visto desde fuera. Abrazados a la complicidad que nos llevó hasta aquí, disfrutamos de cada instante como si fuera real. Ambos sabíamos que en algún momento el portador del sueño nos sacaría bruscamente de la escena. No teníamos mucho tiempo. Entonces ella, escéptica, exclamó irónicamente ¡Cómo vamos a estar aquí, cómo vamos a acabar esto juntos en otro cuadro y cómo vamos a indepencizarnos de tu sueño!

En efecto, era mi sueño, pero circulaba por otro canal que no controlaba. Hagamos una lista. Le dije. Una lista con los cómos que nos han traido hasta aquí. La sellamos y la abrimos en el próximo cuadro. Si llegamos hasta éste, las leemos. Cuando abrí los ojos un rato después (10 años en realidad) me encontré 1 minuto después (1 segundo onírico) en la habitación donde Escher dibujó sus manos pintadas. Y ella seguía a mi lado. Entonces destapamos la lista de deseos imposibles. De sendos sobres salió uno de los cocodrilos de Escher para guiarnos por aquel laberíntico lugar. Nos dejó en un paisaje tranquilo de Sorolla, sin nadie. ¿Lo hemos conseguido? Pregunté. No lo sé, contestó. Pero aquí seguimos

Aquí seguimos. Esas dos palabras las llevo siempre conmigo. Por supuesto despertamos; por supuesto era un sueño, pero hoy, 20 años después (o no)... Por supuesto, continuamos pintando una historia que nunca termina por mucho que la lógica (aún no sé de quién) se empeñe en dictar su final. Con lo cual no paramos de pedalear porque sobre ruedas nada está escrito.