martes, julio 30, 2013

Martín y su tierra conclusa

Martín no es el tipo más inteligente del mundo, ni falta que le hace, porque es tan audaz y sensible que cede la inteligencia al bien común. Es tan imperfecto como quiere ser y tan feliz como su yo adulto le permite; y eso es mucho. Martín es especial por su naturalidad; y excepcional por su capacidad de expresar los miedos y valentías a contracorriente. Ayer sufrió el ataque repentino, y directo al ojo, de una coma; inmediatamente después su cuerpo respondió con un indeleble moratón... de esos que avisan para evitar la traición. Tras el golpe y forzado por la lesión se guiñó un ojo a sí mismo. Un acto reflejo que le llevó a recordar aquellos momentos en los que su madre le insuflaba ingentes dosis de valor para su propia autonomía. 

Acaba de heredar un pequeño terreno familiar aparentemente estéril. Impulsado por el valor y su querida imperfección vital no ha dudado en remover hasta las tierras más ensimismadas y petrificadas con el fin de sacar vida de debajo de las piedras. Comas, puntos, pausas, palabras en desuso, sujetos huérfanos, verbos con ganas o frases por hacer... Martín acaba de sembrar el campo con sus manos y con todos los recursos que tiene a su alcance. Estás sembrado se dice orgulloso. A los 5 minutos nace una intención de maduras raíces, acompañada de un ramo de hondas y reversibles abdominales (preparadas para amortiguar todo golpe provenga de fuera o de dentro). Martín observa cómo crece todo lo que nace de él. Un bosque de autonomía fundamentada en la imperfección de su vida. Sonríe encantado por lo que no deja de pasar. 

Se mira las manos teñidas de referencias que ha transformado en suyas. El saldo está su favor. Observa su espacio. Se tumba y se abraza al territorio; escucha sus entrañas, mide sus fuerzas y absorbe las réplicas de todo movimiento interior con el fin de darle su propio toque. Construído y agradecido por poder estar ahí disfruta con la realidad de saber que puede liberar energías e ilusiones sin temor a quedarse vacío o estéril como un terreno protegido en suspensión. Actúa y ejerce de él mismo gracias al valor manufacturado por su audacia en comandita con su sensibilidad. Y en medio de todo -ahora mismo y dentro de un rato- espera esperar más allá de lo esperado porque sólo así, deduce, podrá unir cada peldaño consecuente que ha pisado hasta llegar a su anhelada conclusión.    

viernes, julio 26, 2013

El bosque y el hipotálamo alumbrado

Me levanté asombrado, con un rayo de sol apuntándome directamente al hipotálamo derecho. Después leí un comentario que amaneció a la par en mi blog. Un comentario sobre una historia que, como de costumbre, había parido en mitad de un sueño, madurado a mediodía y escrito a la noche siguiente. El comentario a pesar de enganchar con el argumento, parecía nacido de la noche anterior. Tenía vida y soberanía propia. Una original independencia que le dotaba de paralelismo complementario. Antes había cenado solo, brindado por mi bosque de 50 metros cuadrados con vistas al mar de dudas (que ya no tengo pero que cuido con mimo) y estacionado mis pausas estancas; esas que alimentan las pérdidas de tiempo.

La historia hablaba de un silencio que pedía a gritos abrirse paso entre tanto ruido. Caminaba a susurros, las palabras sinceras eran sus mayores aliadas. Tenía que encontrarse con la soledad para abrir con su ayuda un hueco/tunel vital en mitad del caos (extraordinariamente ordenado) que se había asentado en aquel mundo de frágiles certezas. Pero el silencio no quería señales del exterior y menos aún de la soledad. La idea era sencilla, reconocer lo que ocurría y reconocerse en lo ocurrido dentro del bosque. Sólo así, silencio y soledad entenderían que son un binomio lleno de posibilidades frente a nada ni contra nadie, sino a favor de su propio sentido. Entonces surgió el comentario al amanecer.

Afectado todavía por la historia que me trajo hasta aquí, caí en el poder del comentario. Y cuando en soledad (y con el hipotálamo alumbrado) liberé energía junto al silencio entendí que el comentario formaba parte del mismo guión. Lo había escrito yo en mitad de otro sueño sin darme cuenta. Y por causalidad los uní casualmente. El sentido se fue abriendo paso con el te que silencio y soledad no llegaron a compartir en su día por temor al miedo de encontrarse. Todo encajaba. Incluso aquellas ocurrencias que nunca habían tenido cabida entre post y post. 

Este post me pide tiempo y un bosque por resolver, así que con la luz del susurro de madrugadas impares le daré un interlineado silencioso para que pueda dar la vida a los comentarios que están por venir. Y por supuesto unos compartidos puntos suspensivos (...). 

jueves, julio 11, 2013

La bofetada medio llena

Porque vivir en un sueño es morir en vida, así que ¡Despierta! Se lo dijo con dureza, con cariño, con la esperanza de verle reaccionar. Pero Mario estaba capturado de párpados para adentro, secuestrado por una vida que no era la suya. Como el yonqui que incondicional se entrega a su heroína o el bebé que inconsciente no ve más allá del todopoderoso pezón materno... Y ninguno de los dos quiere salir de su cuento, porque sólo en éste encuentran el consuelo de la placentera y letal mirada protectora.

Al final (o en medio) Mario despertó. Abrió los ojos. La luz le cegaba y sentía frío a pesar de los 35 grados a la sombra del madrileño julio. Perdido, avanzaba en su retroceso a la vez que retrocedía en sus avances, siempre buscando lo paradójico de sí mismo. Lo primero que hizo fue mirarse al espejo, pero no asomándose a su rostro sino enfrentándose al margen trasero del reflejo. Ahí encontró un breve consuelo con forma de cepillo de dientes y las llaves de su casa que abrían un espacio desconocido por él. 

Se agarró con fuerza a lo tangible para no despegar los pies de la tierra. Había despertado sin su eterna compañera hasta ese momento, la culpabilidad. Ausencia total. Miró en cada hueco, bajo la cama, sobre la mesa, entre libros, dentro de sus DVDs, en la nevera o en el lado oscuro del descansillo. Pero no estaba. Ahí sólo estaban él y su virginal vigilia. La luz le molestaba. Así que empezó a disfrutar del dolor que significa estar vivo; como cuando Superman tras dejar de serlo y recibir la paliza de un tipo desagradable se mira a la mano ensangrentada y sonríe al sentirse humano por fin. La vida duele, se dice a sí mismo... No Superman, sino Mario