lunes, agosto 26, 2013

El dedo del ojo

 Anda por ahí con un dedo metido en el ojo que no es suyo, sino del otro. Lo lleva como puede, pero dice que lo prefiere a ir con el índice del mismo metido en recto. Y eso que el otro es un tocapelotas. Así que Raimundo camina y tira del lado más positivo de las cosas; porque asume que siempre va a haber una extremidad ajena dispuesta a pinchar donde más duele o molesta. Lo sabe porque durante algún tiempo él mismo ejerció de capullo, antes de que el insomnio terminara por hundirle en una pesadilla de día con final infeliz de noche. A veces, sólo a veces, se pregunta por qué, él es más de cuándo y hasta dónde. 

En una ocasión se encontró con un expatriado que le llevó a hacerse preguntas imprudentes y empezó a dudar hasta la extenuación. Entonces designó una de sus dos pupilas, la derecha, como motor selector de respuestas en ojo ajeno. Una pregunta llevó a otra, una respuesta condujo a otras tantas y al final del día terminó con el dedo meñique del expatriado incrustado en la garganta. Pero pronto salió del paso y aprendió a tragar igualmente. La batería de respuestas, por su parte, seguía su curso. Raimundo aprendía despacio, pero firme. 

Al finalizar un día cualquiera entró en una tienda que sólo abre una vez cada dos años bisiestos y vende productos que no sirven para nada, pero que consiguen resultados garantizados. Pedro el propietario le abrió la puerta y le ofreció una respuesta que no valía para nada, pero mucho para Raimundo. Porque la virtud de los productos de la tienda estaba en que, una vez pagados, adquirían sentido expreso. La respuesta maduró en su piso y desbloqueó algunas dudas de peso. Aquella noche durmió a gusto y sin molestia en el ojo. Por la mañana, después de asomarse al reflejo del espejo, se dio cuenta de que tenía inflamado el sentido de culpa. ¡Por fin! Exclamó. Después se lavó la cara y desayunó tranquilamente con sus impresiones desbloqueadas y con la ausencia de los molestos dedos acusadores.

martes, agosto 13, 2013

La última cena y el instante secuencia

Acabo de comprar una cámara de fotos que rueda y nada más pagar me he metido dentro de ella. Su mirada no es como siempre he imaginado. Es tan amplia que no hay gran angular que la iguale. Desde su introspección deduzco la mía; desde su vista enfoco mi objetivo, que ya no está en el futuro sino en lo que está, que es primo de lo que viene. Guiño un ojo y escucho su pupila. Dice ésta que aprende gracias a la síntesis que se abrió paso entre lo complejo y la cámara que la amamantó; que no parió.

Dice la cámara que está muy lejos de desear atraparme. Sólo quiere retratarme; aunque yo no admita retratos. Dice/susurra que no hay plano dentro de uno mismo que no proyecte argumento sin frases por hacer, porque las frases se construyen fotografiando el sentido común. Y yo contesto con paciencia -porque no me siento del todo mal dentro de un mundo que siempre percibí a través de proyecciones ajenas- que la fantasía es un lujo en vías de extinción. De hecho recuerdo ahora por qué un ilusionista (que a veces pienso soy yo, sin ser yo mismo) buscó la forma de convertirse en proyeccionista sin éxito a un palmo de mí.

Desde el fracaso más rico busco ahora el momento de rebelarme contra un revelado invasivo. No quiero desvelar el secreto de una cara no vista, gracias a la cruz que la tapó. Desde dentro de una cámara acorazada, con un objetivo tan discreto como la luz de la tarde, intento convertirme en quien soy. Y lo hago para ser amante de la fotografía nunca hecha, y enemigo por lo civil de un instante que nunca casó con el largo plazo. Y al final de esta película encuentro el fotograma de salida...

...Un marco sin marcar con las cartas sin trucar. Y en este lugar me encuentro con todo tipo de posibilidades para hacer el amor en el plano secuencia que ella me prometió cuando estábamos sentados frente a la costa de un flash que ilumina la línea que dibujó desde lo lejos. Y hoy, obturado el paisaje, entiendo desde mi sofá (ya lejos de lo rodado) que cuando una película recorre el recuerdo (incluso el que no es aún) un guión se escribe entre lo que fuimos y el dibujo que trazamos desde la primera cena; que no (ni nunca) será la última.