miércoles, octubre 30, 2013

El agua del florero tras la idea y el berenjenal

Estaba terminando de beberme el agua de mi último florero sin romper cuando surgió la idea entre el berenjenal. Intentaba abrirse paso con el ingenio de un susurro que está a punto de pronunciarse. El agua iba camelándose a mi esófago con todas las artimañas del mejor tinto. Por fin podía mirar de frente todas aquellas berenjenas; un bosque que llevaba cultivando (mitad consciente, mitad inconsciente) desde que alguien me arrancó de mi raíz. La altura de las ramas y la frondosidad habían aumentado tanto que apenas dejaban ver el fondo de la cuestión: un barrizal de dolor mezclado con fluidos originales, ganas de comer y la necesidad de salir.

La idea seguía su curso. El vino también. Y desde mi sitio -bien plantado- entendí que era hora de ponerme a parir. Una autocrítica con el atuendo de un comadrón. Y de fondo una salida posible: trazar un mapa una vez entendida la radiografía de aquel interior tan externo. Del techo surgió una liana y de la liana brotó un sueño asidero al que me agarré. Al elevarme pude capturar una perspectiva general de la jugada. Entonces lo vi todo tan claro como el empuje de la idea de la idea peleona. Decidí comenzar a segar despacio. Despacio significa al ritmo de las necesidades, es decir, no erradicando sino transformando (reconstruyendo). 

Alguna mala hierba (muy debilitada por la caducidad y la lógica) quiso parar el proceso sin éxito. Pero cuando uno dibuja el mapa, ya solo ve el tesoro. Otra cosa es qué se entienda por tesoro... Y en este escenario se trata de una composición de lugar, elementos, ideas, berenjenas, procesos, ideas, asideros oníricos, vino y unos labios ajenos que esperan el momento (con paciencia) de entender qué hay detrás del primer beso. No es ceguera, es realidad, sin embargo como la ficción lleva años fertilizando a sus anchas y los frutos son tan mutantes y tangibles, hay que realizar el doble de esfuerzo de lo 'normal' para entender la composición del todo...Un 'todo', travestido de 'parte' a lo largo de la vida. Y ahora toca repartir.  Esa es la idea.

viernes, octubre 25, 2013

La foto de un inquilino que pisa década firme y de paso mira atrás

Me dijo que "las fotos se pierden en la memoria". Pero lejos de jugar con la imagen de los significados, se refería a mis archivos, a mi disco duro. Ni metáforas ni hostias. Así es mi tío Román. Con esa mirada y esa forma tan intensa de hablar, siempre parece que te va a regalar alguna instantánea y anhelada lección, y cuando estás a punto de poner el cerebro en REC, pega una patada brutal a la silla y te caes de culo al suelo porque es una frase tan transparente como práctica. Y de fondo: Miles de instantes están perdidos en mi memoria sin derecho a recuerdo. Una simple clasificación por años los salva de descontextualizarse para siempre, pero los condena a la pena de olvido perpetuo.

Weezer 1994
Anoche entré a mis archivos por una puerta trasera, la del sueño. Con un ojo abierto y el otro... medio lleno, un pie en la tierra y el otro listo para salir corriendo, decidí revisar momentos del pasado. El vértigo siempre presente; el que provoca constatar el tiempo que ha pasado sin darte cuenta. Por ejemplo, abro una foto de un concierto al que fui en 1994...¡Casi 20 años ya! El directo de un grupo que sigue 'tocando' en Facebook. Por aquel entonces, cuando escuchábamos música de la generación de nuestros padres y nos los imaginábamos con los atuendos propios de los setenta, la sensación temporal de dos décadas era  tan holgada, que el paso de tanto tiempo parecía ajeno. Cualquier veinteañero que escuche Undone - The Sweater Song (de Weezer), sentirá lo mismo que sentí con 20 años menos ante mis padres. Me da vértigo.

Una foto me lleva adentro; otro archivo me saca de mis casillas; la carpera de principios de 2000 me sube a una montaña rusa... El invierno pasado me eleva la temperatura. Imágenes sin clasificar me mandan señales que desconozco. Una cara del pasado me estrella contra mi cruz. El contraplano al que nunca me enfrenté, y que parecía desenfocado, ahora está tan nítido que no deja lugar a la sombra. Un guiño se entremezcla con una idea que nunca tuve, mientras una decisión tomada a destiempo revela su importancia. El temblor del párpado derecho permanece retratado en la colección. Los nervios padecidos en aquella foto de grupo no se pasan. Aquel beso, aquel recuerdo, esa media sonrisa que no termina de pronunciarse... 

Me tomo un respiro que poco después se convierte en ardor. El tío Román me abraza y me pellizca el moflete. Una vez más parece que va a aleccionarme... Esa mirada, esa seguridad... "Las fotos que guardas hoy agitan las ojeras de un futuro, que si piensas en él, ya ha pasado". ¡Toma ya! Ahora sí que me ha descolocado. Me abrazo a él y por un instante me quito 20 años de encima, sin embargo, él me transfiere sus dos décadas y nos quedamos con lo puesto. El respiro sabe a gloria y los pies posan paralelos sobre el suelo de mi piso alquilado. Mi casera me llama cariñosamente "El inquilino que pisa década firme y de paso mira atrás". 

lunes, octubre 14, 2013

La tortilla, sus pedazos y las intenciones

Lleva varios meses recogiendo pedazos de sí mismo. Por el campo, ciudad, territorio virtual, mar, aire y caminos paralelos. Algunos son tan sólidos que parecen más enteros (con más cuerpo) que él, pero al intentar cogerlos con las dos manos vuelven a su lugar, al de ser pedazos de un todo. Se pierden en un camuflaje urbano que tiene un poco de todo. Al principio, le inquietaba que ocurriera esto, la ansiedad y la angustia le llevaban a pensar que jamás terminaría de recomponerse y todo quedaría en un camuflaje perenne de un plano subjetivo. Pero poco a poco, mientras sigue recolectando, va entendiendo que no se puede adelantar el tiempo ni adelantarle por un lado.

¿De cuántos pedazos estoy hecho? Se preguntaba en esos días de angustia. Ahora, no los cuenta, porque se lo cuenta. E incluso está aprendiendo a vivir y recolectar al mismo tiempo. A compaginar su existencia con la de los demás y sus pedazos. Envidia a todos aquellos que no necesitan contar nada para vivir; ni pensar en compaginar, porque les sale de forma natural. En este sentido, recuerda un verano (que luego siguió en otoño, invierno y primavera) que estuvo enfermo. Tenía 4 años y no podía jugar al mismo nivel que sus amigos, ni comer lo mismo que ellos. Pero vivía -limitado y a largo plazo- en el mismo plano subjetivo que ellos. Ahora vive y es autónomo, pero necesita (como algo vital) entender por qué un día no lo fue; por qué se engañó pensando en que la vida equivalía a no serlo. 

A veces se siente como un desconocido ante sí mismo... Como Frankenstein en pleno desglose. Buscando el origen de cada pedazo, porque necesita comprender por qué su mano derecha tiende a agarrarse a clavos incandescentes mientras su zurda puja por abrirse paso en aguas desconocidas e inseguras (como un calamar); o por qué su cadera gira por derroteros incomplatibles con los tobillos; o por qué su visión en ocasiones decide limitarse a un desenfoque pactado; por qué su pecho prefiere engañarse un poco y sus hombros proponen lo contrario.

Hoy ha encontrado un trozo con el que no contaba. En apariencia tiene poca chicha, es diminuto, pero agita con fuerza. Impulsa, propone, mueve, empuja, aprieta donde duele y aplaude donde se agradece. Ha podido sostenerlo e incorporarlo y aunque le ha provocado cierto cosquilleo, la risa no ha impedido entender lo serio del tema. En fin, ¡poco a poco! Se dice mientras se toma un pincho de tortilla y saborea cada una de las intenciones/ingredientes que la componen.