domingo, diciembre 29, 2013

El suelo

Limpió el suelo. Apartó la mierda antes de aniquilarla; o transformarla en miserias, qué se yo. Abofeteó a la escoba de la bruja de su jefa 10 años menor; como si fuera un fantasma que por un momento se cubre con piel. Miró para otro lado. Se bebió un par de palabras. Arrastró introspectivamente las púas exfoliantes para esquinazos y suelos ásperos. Vomitó el vacío indigesto de una noche cualquiera. Se plantó y finalmente echó dos flores... 

Una tenía forma de hoja en blanco y fondo de blanco oscuro. Era inteligente e independiente. Salía de los dedos de las manos y servía para plantear cuestiones no cuestionadas. Y una vez expuestas, se convertía en soporte para darles forma o quemarlas a fuego lento. Con esta prolongación de sí mismo ganaba en seguridad a la hora de barrer miedos y complejos. "La perla entera", la llamó. 

La otra no tenía forma. Era una idea que únicamente podía verse guiñando un ojo y apretándose los verbos entre los dientes. Tenía la función de pegar fuerte a los esquemas más tóxicos. Los que tras su falsa y sólida estructura ocultan la puta intención de impedir construcciones paralelas; mundos prohibidos o espacios que se desmarcan de todo inventario. A ésta la apodó: "Valentina", porque dice "atina y cuestiona con valentía". 

Presente

Entiende que con las herramientas que ha conseguido construir puede tirar. Sabe lo que le ha costado. Intuye que tiene que seguir pegando a su escoba y exfoliando la mugre invisible. Concreta. Se sabe relevar a sí mismo cuando hace falta. Percibe aromas de dificultades necesarias. Asume derrotas sin sabor y otras degustadas con reducción de sal dulce. Provoca estímulos antiparones. Comprende que no hay más cojones que hacerlo porque él mismo manda. Y sobre todo apostata y atornilla; y dibuja un suelo que sostiene. 

miércoles, diciembre 25, 2013

Una idea a dos voces

Todo ocurrió tan rápido que se paró el tiempo de un colapso rebuscado. Aunque el mundo seguía a su bola, a lo suyo, a su ritmo tirano sin concesiones ni contratas. Dos voces que andaban buscando una idea en la que integrarse -y dar sentido desde la misma a sendas afonías- se chocaron en un espacio de nadie. Al principio pactaron un silencio respetuoso, pero duró poco. Entre puntos, comas, pausas suspensivas, silencios encubiertos e inseguridades permanentes comenzaron a ecualizarse al mismo tiempo; mutuamente y con nocturnidad y valentía. Tonos más altos, susurros más altos aún, datos que no se reconocen en el espejo y un montón de matices componían las voces. 

Mientras sucedía todo a la velocidad del rayo, el sosiego -paradójicamente- se hacía un hueco en esta incipiente historia. Un astronauta y una escritora espacial digitalizaban parte de sus contenidos para llegar a esa idea acogedora, porque desde el principio intuyeron que sólo juntos podían encajar en ella. Años luz entre ellos, seres casi incompatibles, pero profundamente unidos y atraidos por la resonancia de la voz ajena. La idea iba tomando forma, incluso más que la cosa. La ecualización, genialmente imperfecta, mantenía los niveles en un perfecto desequilibrio; justo el que necesitaban sus ecos que tanto retumbaban en aquel espacio de nadie.

Cambiaron de plano y sin verse se miraron. Al sonido, por tanto, se unía algo similar a una imagen: la intención de reconcerse y apretarse las manos. De un pacto pasaron a un romance y de aquí a un orgasmo cósmico. Y todo en una frecuencia que ni se ve ni se detecta ni mucho menos se toca; pero tan tangible como una huella dactilar que señala un punto en cualquier mapa, en ese plano ocupado por el astronauta y la escritora. Después llegó un pensamiento, una reflexión con pereza y hambre, un despropósito errante, un golpe de suerte y una palmada errática. Ya lo tenían todo para conquistar la idea...

...Entonces aterrizó la duda. Sabían que entrar en la idea era el objetivo, sí. Pero también el fin. El punto y final a una historia sin pies ni cabeza pero con el cuerpo del mejor tinto. Tenían que tomar una decisión, porque los elementos (de mierda) golpeaban y presionaban al tiempo tanto que nublaba el espacio. Así que decidieron romper estructuras y lanzarse al espacio, pero al otro, al que carece de gravedad y vende caro su alquiler. Y todo porque en medio encontraron matices en sus voces que podían hacer pensar que la idea era otra. Asumido lo cual, ahora mismo, puedo ver (desde mi ventana) sus ecos flotando entre textos, verbos, adjetivos y sentidos poco comunes y sí muy figurados. 

miércoles, diciembre 18, 2013

Borrón y trama sin empezar

Prometió subrayarla, ella apuntó. Un tachón ajeno -con tintes propios- les borró del mapa. Es la historia que no fue, o que no ha sido, pero está. Siempre está. Fueron borrados de sus deseos e intenciones. Apartados de sus afinidades y adheridos a externas aflicciones. Él salía de un punto y coma poco etílico, ella de un sueño roto (con taninos de pesadilla). En su día coincidieron en un videoclub sin películas que se mantenía por la inercia de una trama que tampoco fue, pero está. De esas que hay que mirar para poder verla. Entre el drama y la comedia con suspense y con el aliento sobrevolado de un supermercado cercano que solo vende fruta sin gas,  se cruzaron por primera vez. 

Antes se habían visto sobre el papel. Configurados por la mente de un escritor que no terminaba de escribir. Arrastraban sin ser del todo conscientes de ello, una sensación intensa de estar inacabados consigo mismos. Su error fue creer que lo que le faltaba a la una estaba en el otro y viceversa. Durante unos renglones les sirvió. Fue cuando él hizo la promesa de subrayarla para siempre sobre blanco y en negrita; y ella lo anotó. Y poco después llegó el borrón y cuenta nueva. Un tachón del exterior (muy interior) acabó con sus perfiles, con sus descripciones y la tinta que les daba entidad. No hubo dolor, solo desvanecimiento. Ni angustia ni punzadas... Inexistencia repentina.

Eran parte de un recuerdo olvidado de un escritor que no lo es y que no se acuerda de que un día dio vida a una pareja sin vínculo aparente. Nadie sabe nada de ellos, ni ellos mismos. ¿Dónde quedan todas esas efímeras intenciones y deseos; todas esas carencias cubiertas por la complementariedad necesaria? ¿Dónde quedan él y ella? Dos personas que están pero no son, o son sin estar. Un escritor sin tinta y con ideas que se pierden en el WC sin permiso de evacuación. ¡Dónde quedan!

No hay mago ni vidente capaz de devolver a la vida a dos personas que no terminan de... terminar de serlo. O de empezar. ¡Qué difícil! La idea, por su cuenta, continúa con su vida. Es la única esperanza. Que caiga en tierras adecuadas y germine para que vuelvan sobre el papel liberados de tachones o borrones incontables. Porque la aceptación de la realidad es cosa del después. La ficción es su antesala. Y él y ella, necesitan la ficción para entender la necesidad que no tienen de dibujarse sin miedo al borrón.
 

jueves, diciembre 12, 2013

El miedo suave

Había decidido apartarse del todo y arrimarse a una parte.Quería sentirse dentro, pero no sabía qué significaba "dentro". Hasta entonces había estado dentro y más alejado que nunca de sus cosas; y de él mismo claro. Tanto, que cuando intentaba mirarse las manos solo veía sus pies y nada más allá. La ceguera le impidió entender su alrededor e identificar su propia composición. Lo que le hacía sobrevivir, por tanto, era una fórmula ficción que consistía en sentirse (refugiarse y afirnarse) como víctima de las circunstancias,  verdugo (a sueldo 'de gratis') de causas sin causa y abandonado por el rechazo de sus superiores. La rabia y la reacción ante dicha fórmula le daba la razón de ser y el empuje para seguir viviendo en línea recta muy curva.

Así había ido forjando su vida. A base de reacciones ante una tergirversación de referencias. Errático, confundido, agobiado y alterado montó su escenario con hormigón desarmado; desnudo y expuesto. Vivía muerto. Muerto de miedo, pensando que era valiente. Pero cada noche tenía que hacer verdaderos esfuerzos para disfrazar el pánico. No lo hacía de forma consciente, al contrario, se cubría con mantas de alegría para arropar a su "yo, adalid de la seguridad". De este modo, el miedo quedaba bien  "dentro" y él, bien fuera de una parte de la realidad.

Ahora, más fuera que nunca y por tanto, más dentro, podía palpar ese miedo. Tenía un tacto áspero, pero sólo por encima. Si lo acariciaba con intensidad, podía notar cómo la suavidad ocupaba más superficie. Nunca pensó que el miedo tuviera esa versión de sí mismo; ni que un día (con su noche) vería el todo desde una parte. Pero ahora "todo" empezaba a encajar... por partes. No había armonía, pero sí calma. Ausencia total de crispación... Tanta como de euforia. Ni susto ni muerte; ni rabia ni halago; ni pesadillas ni hostias. Sólo un plano ajustado al marco correspondiente. Ni más ni menos. El miedo suave, por fin se había aliado con uno de sus clientes preferidos. Ahora se ríen juntos desde dentro, desde fuera.