miércoles, diciembre 31, 2014

Se acabó, a seguir

En esta travesía entre fines e inicios los personajes se mueven con los que entran y con los que salen, entre los que se paran, los que separan, los que pegan cabos por soltar, los que viven su eterno retorno, los que sufren y los que frivolizan por no saber sufrir a gusto, los que manejan su azar y los que remueven interiores. Son los que están aunque no sean todos. Son los que han tatuado este blog, que cada día distorsiona más la cara B de la crónica ficción. Desde Casimiro, Rubén El Mago, Martínez Asesinado, Justo Ahora, Rosa la florista, las monjas del estanque oxidado, Franca La Puta, el mimo idiota, el tuno bobo o Ramiro y sus parquímetros. Y cómo no, El Pegador freudiano. Pobladores de Castrunteriza, traficantes de adverbios, contracturados verbales, antenistas fiscales o arremetidos con bajos sin resolver...

Midnigth in Paris (Woody Allen, 2011)
Se acabó, a continuar sembrando el mundo adulto con alteraciones asimétricas. 2015 es el año de la recuperación geométrica, el año que va a ser tajante por no dejar de estar pendiente de los días contados. Tiempos transversales armados de paralelismos con ecos inconexos. Época de inquietudes inquietantes y deliciosas nebulosas. Y sobre todo va a ser lo que tenga que ser. Eso sí, cada uno va a ir a lo suyo, que es lo propio. Y en esa carrera por travesías separadas existe un canal que comunica la duda con la pregunta adecuada. La palabra con su amante el silencio.

La meta sólo la cruzarán los asuntos, las cosas y los personajes que más de atrevan a reventar las seguridades más imberbes. Aquellos dispuestos a partirse en dos, en tres y en los segmentos que haga falta para no tomarse en serio lo suficiente. Porque lo suficiente sólo se toma en serio con calma. La digestión es la clave de un trayecto coherente.


Ahora veo que llegan los primeros. Pero quedan muchos días para que terminen de pasar quienes decidieron trazar sin borradores. Ella es una de las últimas que cruza como pionera. Ella no quiere nombres, sólo hechos; por eso está ahí. Más allá del aquí de partida. Un logro. Se acabó, sigamos. E insisto con el último poso de fuerza que queda en la batería de 2014: ¡Seamos de esos!

martes, diciembre 30, 2014

Intención de cruce de ideas, de perfil...

El mismo amor, la misma lluvia (Juan José Campanela. 1999)
Todo ocurrió en un cruce interesante de intenciones. Ella encontró un gesto cercano y él la cara de la ilusión. No hubo postre al principio, decidieron concentrarse en el aliño de las primeras impresiones. Unos días después pasaron a una sala contigua donde nada pasa porque sí ni porque no, sino porque toca. O no. Proyectaban una película que ambos tenían pendiente. Un relato salvaje que hablaba de los miedos, de las ilusiones, de las frustraciones, y cómo no, de la autodestrucción de serie (de la positiva y de la 100% destructiva). Las sensaciones estaban en el aire, se podían respirar racionalmente; pero la emoción de uno se pegó un atracón irracional y casi acaba con las existencias de la otra. A la salida del cruce se lo tomaron con calma. También un vino, una cerveza, más vino y tantas palabras como invitaba el patio de butacas verbales que nunca abandonaron.

Lo relativo al relato sugirió: "Seguid por ahí". Lo racional del asunto contestó: "Id con cuidado, pero id". El pretérito por su parte dimitió, el presente se ofreció a recordar y plantear, y el futuro pasó un as por debajo de la puerta por la que entraron juntos la primera noche. Lo dicho dijo: "Mirad". Lo planteado se sintió ninguneado por el circulante. Lo prudente quiso jugar con su yo más imprudente. Todo era cuestión de tiempo, y en cuanto al espacio, tomaba forma invirtiendo en el fondo. La planilla de posibilidades (todavía sin postre) estaba en proceso. No había peros ni cuándos y sí muchos porqués por definir, diseñar, dibujar y escribir (al derecho y al revés).

Cuando llegó el momento se despidieron. Él pensó "cuidado que tiembla el suelo". Ella escribió un trazo al ritmo de la lógica y se marchó con una de esas sonrisas que tatúan recuerdos. Ambos habían colocado la primera raíz. Nada de piedras, cero losas. Sólo raices y sonidos emocionantes. Aquella noche fue especial en aquel cruce de tildes sin acentuar y espacios ante exclamaciones irreales. Nada se sabe sobre lo que va a pasar. "Así estoy yo sin ti o contigo", pensó él; "así está la media (nunca entera) maratón", suspiró ella.

Pasado el prólogo se plantea: Despedirse no es fácil. Recibirse tampoco. Estar es una utopía. Estar entre líneas, un placer obligado. Ser, una obligación. Pero querer es cosa de dos, el postre. Y querer querer es una cuestión de actitud que se resuelve en un restaurante japonés, en el cine o viajando a ese lugar en el mundo. "Seamos de esos", apostilló lo suyo

viernes, diciembre 19, 2014

Sin ánimo de luto, Escríbelo si agita

Su idea es sencilla: fundar una funeraria sin ánimo de luto. Un centro donde no sólo se gestione la muerte sino la defunción de intenciones e interiores; de ideas o de conversaciones empezadas. Para Carlo Parole la muerte tiene un precio exacto y emancipado de la justicia. Parte de una promesa, que no premisa: "Si no puedo devolver la vida a aquel recuerdo que tanto me acompañó durante... tantísimos años y que maté una noche sin nubes, al menos velaré con ganas procesadas por sus mermados intereses. Merecerá la pena. Se llamará Escríbelo si agita".

Tríptico (Crucifixión). Antonio Saura

Pero la idea a veces desaparece, como Carlo, que se mete para adentro y de paso se va hasta el fondo para reencontrarse con el sentido del invento; incluso con el extremo de sí mismo. Luego sufre un episodio de amnesia y vuelve a su intención fragmentada. Así son las ideas, fugaces, esquivas, traviesas, fieles, abiertas, sutiles. Saben tomar la forma adecuada en el fondo idóneo y en el momento correspondiente. Algunas se lo toman con más calma, otras, más ansiosas por cosificarse, pujan y empujan. Así es Carlo, mitad tranquilo, mitad nervioso; mitad adulto, mitad niño... Y en la mitad de la mitad se encuentra otra mitad (Escríbelo si agita) y que es más de vida que de muerte, aunque a veces tontee con el bueno de Tánatos. 

Enterrado el ánimo de luto junto al hacha de guerra, sepultada la rabia por saberse (a veces) incapaz, Carlo ya ha colocado la primera piedra para escribir y velar lo que agita. Pocos le comprenden, nadie le para, todos le animan y él se entiende. La piedra está echada. Y en el fondo del plano observa cómo se aproximan desde distintas perspectivas varias urnas llenas de frases descompuestas, de pensamientos huérfanos o en coma; de ocurrencias a medias, de vistazos torcidos o de ideas fraguadas que perdieron el hilo. Carlo se anima, tiene mucho trabajo que hacer, muchas respuestas que exhumar y más preguntas que plantear a medida que llegan las palabras. Esa es la idea.


viernes, diciembre 12, 2014

El día siguiente de la noche que viene

La noche fue mágica. Él consiguió escapar del cartel para el que había sido pensado. Ella abandonó toda desesperanza. Y ellos, que iban con 'ellos',  lo pasaron en grande mirando las luces que desprendía la música del espectáculo. Hasta entonces todo parecía destinado al proceso. Roto el cartel, abandonada la desesperanza y conectadas las luces de la música, el escenario ya nunca sería el mismo. Él lo sabía, ella lo intuyó y ellos hicieron las conexiones adecuadas. La magia, en ocasiones, consiste en desestructurar los trucos que le dan sentido. Y la noche, al menos la que cerró aquel viernes de diciembre, quiso despojarse de su sostén estructurado.
Elreferente.es / Circo Price

Cuando ella pensó que era el momento de pinchar el globo, él cogió aire y ellos se dejaron llevar por la fuerza de las luces con música. Después él contuvo el aire ajeno mientras sacudía el propio. Se trataba de habitar el trapecio pero sin el riesgo de caer al vacío; suficiente con que exista el suelo. Porque el suelo se puede entender de muchos modos. Se puede entender desde su misma horizontal, desde cierta perspectiva gravitatoria, desde un plano cenital o por la tangente más transversal. El suelo es capaz de sostenerte o de reventarte; según el contexto desde el que aterrices en él. Y ellos, él y ella, tenían que mirarlo bien todo desde arriba para entender la superficie que iban a pisar.

Caballos de mar, espacios en blanco con sentido, equilibristas en do mayor, bailarinas con parche en el ojo, trucos por colores, letras emancipadas de su frase, dobles direcciones y todo por venir. El escenario estaba lleno de argumentos para construir y diseñar la historia del espectáculo a la medida indicada. Indicada entre el sentido común y la dirección aparentemente inadecuada (una flecha dibujada con semillas en un restaurante pensado para fabricar listas de cosas por hacer; una flecha que apunta y apuesta). La noche fue mágica. Al día siguiente fue difícil asumir que no todas podrán serlo. El secreto está en las listas. El desenlace, en las manos de 'ellos' y su pisada ocurrente. 



 

domingo, noviembre 23, 2014

La mirada del tuerto

Anoche me miró un tuerto, al mismo tiempo me crucé con un gato negro al pasar bajo una escalera de color, con mi as de la suerte en la manga y tres dados trucados. Y sin cruzar los dedos. Pensé en dejarlo todo y agarrarme a la  parte más reconstruida... por mi parte. Tropecé, me caí, le di un beso tierno al suelo. Mis mentiras autoinmunes me sugirieron que no me levantara en un rato; querían que sintiera la textura del asfalto. Accedí y escuché a la superficie pisoteada. Me dijo cuatro cosas y yo contesté que no. Pero antes de levantarme, lo pensé mejor y amplié mi respuesta, le dije que el beso había sido sincero; había sido un beso de despedida. Mi último tropiezo en el mundo de los escondidos. 

Reconocí al tuerto por la calle, al día siguiente. Volvió a mirarme, pero esta vez con la cuenca sin ojo. Me mandó un guiño y casi se cae. Me alcanzó de lleno con una frase profunda, pero no me tumbó. Al contrario, me elevó hasta el término medio. Ese lugar que siempre pasa de mí y que yo siempre paso por alto. Subí por la escalera de faroles que rodea la tienda de discos. Los ases me los había dejado en la manga de otra camisa; cerca de los dados trucados. Seguí a mi ritmo, el nuevo. Le di una patada al balón de oxígeno y tiré el paraguas errante.
La música sonaba diferente, por más canales, con más matices, más viento, más percusión y notas de las que retan tanto como suenan. Me agaché para reconocer el terreno y me reconocí a mí mismo. 

No estaba feliz, pero sí muy alejado de la infelicidad. Aquella noche el tuerto vino a verme.  Entonces me di cuenta de que el que había estado toda la vida mirando a medias había sido yo. Primero, porque el tuerto era Anselmo Farola, mi vecino (puerta con puerta) y no me había dado cuenta hasta hace un rato; y segundo porque hay cosas que de pronto se saben (eso sí, después de años pidiendo -quizá a media consciencia- ver, mirar, entrar, estar en ese lado...) y ya está. No voy a decir que he tardado mucho en olvidarme de los ases, porque sencillamente he tardado el tiempo que he necesitado. Y aunque siempre lleve conmigo alguno de los datos trucados, sé que se acabó el juego; empieza una partida nueva sin miradas omnipotentes ajenas y redentoras. 

        
        

martes, noviembre 11, 2014

El acierto errático

Foto de Spinnerweb (Instagram)
Venía de cruzar una línea que no podía cruzar. En medio pensé que tenía que llegar al cruce antes de nada. Porque en el cruce estaba el flujo de ideas que pierdo cada noche por no apuntarlas. Me encontré con varios capítulos sin terminar. El primero estaba mal planteado; el planteamiento del segundo era el mal del primero; y el tercero no tenía ni pies ni cabeza, pero sí un codo indefenso. Me gustó estar en medio, también cruzar aquella línea tan recta. Sabía que ya nada iba a ser igual y que no iba a verlas venir. Tenía que apañarme con los retrovisores orgánicos que me había construido en el trayecto y con las luces (algunas más largas, otras más de cruce).    

Me gusta la sensación de suela desgastada. Sentir las tomaduras de pelo del suelo; la abrasión de los pasos dados y no dados; el frío de una pisada firme; el calor de algunas huellas inevitables. Crucé la línea por algo, no para quedarme en la pausa eterna. Si me duele es porque puedo tolerar el aguijonazo de las cosas que pasan. Lo que no pasa, ni te roza, y eso ya no me interesa... que pase. En una de las ideas que recuperé en medio del trayecto hacia la línea descubrí unos apuntes que no apunté y que decían mucho y contaban más. Hablaban de una ruta empezada en su día por partes. Lo mejor es que, a pesar de lo que parecía, nunca la había abandonado, había continuado su construcción por terrenos y áreas diferentes. No tenía la estructura de un camino convencional. De hecho empezaba en asfalto y seguía por terreno arenoso entre árboles (de hoja escrita a doble cara); pero también por charcos (a fondo perdido) o pistas antideslizantes de patinaje acrílico. 

Aquí, tras la línea se ve una vida de fallos acertados y de aciertos erráticos; y un horizonte incierto, que no confuso. Lo digo desde una mesa en un lugar que huele a madera y a prensa de ayer. Es una especie de palco que da al mejor de los escenarios, la calle. Pasan dos que piensan que son uno y se tropiezan con otra. Se para alguien a mirarse en el reflejo del local, ignorando que estoy observando cada gesto; y de pronto me doy cuenta de que el reflejo está al otro lado y quien se mira soy yo. Me asombro en parte, pero por otra me reconozco, lo reconozco. La calle me devuelve a mi sitio y continúo pintando los callejones de una travesía que se ensancha a marchas nada forzadas. Es lo que hay.    

viernes, noviembre 07, 2014

Contracturas verbales en la fiesta de la casa subordinada

Ayer me invitaron a una fiesta. No contaban conmigo en principio, pero alguien me lanzó un acento que me tildó de asistente.No estaba con mucho ánimo, llevaba unos días arrastrando una contractura en los tiempos verbales. Finalmente hice una pausa en las cosas que me cuento y pude decidir -sin interferencias- que iba a la fiesta sin previa idea de lo que me iba a encontrar. En la cocina elegí los temas musicales que me acompañarían hasta el cruce de la calle Desiempre con la avenida Puede que pase. Tardo unos 30 minutos en llegar si voy andando, que es lo que pienso hacer, caminar. Necesito ese espacio para  editarme a mí mismo un rato con mi música y mis cosas (esas que pasan por algo).
Foto del blog Are...!

A saber: un poco de fondos marinos para creerme único en la respiración, un brote de soul para animar la descompresión, destellos guitarreros para rejuvenecer y ver público que me jalee, jazz para sofisticar el ante que estreno y ska para no olvidar que tengo mi parte de rudo y de cretino. Y así con todo el equipaje me presento en una casa subordinada. Como sujeto, camino hasta el objeto directo. La puerta se abre marcadamente por el guion. No conozco a nadie, pero todos me resultan familiares. Me recibe una frase de Groucho Marx. Me aferro a ella con el lazo a una cita de Clint Eastwood. Nos paseamos por el espacio diáfano. Vemos mucha idea de éxito, otras que bailan (son las que menos consciencia tienen de sí mismas), mucho punto de inflexión tratando de convencer en sus círculos de la importancia de reconducir situaciones; por cierto, una de ellas se ha quedado encerrada en el baño de servicio. 

La frase de Groucho me deja por un rato para unirse a unas palabras que deambulan algo perdidas. Creo estar preparado para afrontar mi vacío. ¿Cómo hago para ser yo ante una teoría contraria? Lo intento. Y siendo yo recurro al truco de ir a buscar otra copa. Una historia imposible se acerca a mí. ¿Me sirves ese vino que tiene un plano en la etiqueta? Claro, contesto. Nos servimos dos y por un momento ella piensa que es posible y yo también. Nos acompaña una brisa de levante y después todo vuelve a su sitio. Ella a su imposibilidad de ser y la brisa al punto de inflexión que la reclama. Yo, cada vez más entusiasmado con aquel escenario paseo solo y observo sin implicarme. Me doy cuenta de que llevo un rato sonriendo sin forzarlo. Es hora de visitar el baño; siempre me intriga su diseño y confort...

...Está a la derecha de un palíndromo. Cuando entro, caigo en un océano compuesto por agua pasada. Es decir, por hechos que un día fueron relevantes y que hoy nadie ya quiere recordarlos. Es un ambiente cálido y de aceptación. Cuando salgo me doy cuenta de que la hora no coincide con la que supuestamente tendría que ser. El reloj no marca las horas. Lo hago, dice un adverbio de frecuencia. Con unos y con otras voy participando en contextos que me empiezan a sentir algo extraño... que no soy yo. Y eso que sólo me he bebido el vino blanco del mapa. 

Cada vez más ligero y buscando sin querer frases demasiado largas me encuentro... ¿Necesita una pausa? Le comento a un discurso. Afirma con ansiedad y me pide que me implique en sus ideas. Entro en ellas y las convenzo de que deben respirar. Están demasiado encerradas. Me pide el discurso que me quede hasta el final. No me importa así que reparto mis comas y sus elementos me dan cobijo. Pronunciada cada palabra la fiesta termina... Pero no ha hecho más que comenzar, y quiero ser parte de ello. Aquí hay mucho.

jueves, octubre 30, 2014

La causa por el tejado

Venía de escuchar un chiste muy malo. Llegaba de discutir a golpes consigo mismo. Regresaba de una vuelta atrás pensada hacia adelante. Había estado circulando en línea recta en torno a una idea con mucho recorrido circular. Pensó en ello y ello pensó en él; tanto como ella, pero hay cosas que pasan y otras que pasan de largo. Después se lo comentó todo (o casi todo) a la compositora de pausas y se guardó un tanto para consultarlo con el corredor de balsa (un auténtico salvavidas). Estaba en una travesía sin cuentos con muchos caminos para tomar en serio.    

Entre todos vieron lo que ocurría: tras dar el golpe en el banco de palabras para llevarse el botín más preciado (una maleta llena de respuestas), descubrió que... el gope de efecto había abierto un boquete en un cúmulo de sentidos con los que no contaba; y que estaban pendientes por ser propios. Incluso, dentro de este equipaje también había algunas de las ansiadas respuestas. En definitiva, motivos para hablar y razones para trabajar en direcciones adecuadas. 

La compositora de pausas le prestó un espacio aislado sin paredes, con mucha intimidad. Un lugar perfecto para no escapar más. El corredor de balsa le dio sus remos. Y una tercera persona que no cuadra donó a la causa una consecuencia. Y así, con todo el terreno preparado, esta vez sí, empezó a construir la causa por el tejado después de caer de golpe contra el suelo. El fondo empezaba a imponerse. Llegar a él es cuestión de tiempo.      

sábado, octubre 11, 2014

Martín, el chaleco anti-calas y la libertad anónima

Después del golpe Martín estaba cansado, sin ganas de pensar y con la herramienta de la emoción bajo mínimos. Sin nauseas pero sin prisas. Con pausa pero sin tripas. Estaba agotado tras una operación que duró casi dos años.
El cirujano sentía admiración. Por primera vez extraía, por propia voluntad del paciente, una venda de los ojos con ramificaciones defensivas en cada extremidad interior. Un golpe a su estado vital. Una necesidad que, como sujeto, supo manifestarse, definirse y proclamar la autodeterminación. Pero la factura era alta y Martín lo sabía: Vivir sin la protección que traía de serie y por tanto quedar expuesto (con lo puesto y adquirido) a emociones; a favor y en contra. 

La operación comenzó en una exposición de Sebastiao Salgado, donde se invirtió la realidad para que fueran las fotos quienes contemplaran a Martín. Eran ellas, siempre instantáneas, las que veían cómo él iniciaba el preoperatorio. El cirujano, el doctor Posible, operaba desde un plano contiguo, mientras sujetaba al motivo de la intervención. Un motivo difícil, de esos que no se entienden a primera vista. Una razón de peso que sólo puede entenderse sin filtros. Martín, primero lo intuyó, después lo dedujo, más tarde lo entendió y finalmente asumió que sólo podría acariciar motivo y razón expropiando esa parte de sí mismo. No había vuelta atrás, sólo la locura de la cobardía podía parar el proceso. El Dr. Posible comenzó a separarle de la venda, del cristal ahumado, del chaleco 'anticalas'*. 

Lo peor ya ha pasado, dijo la enfermera. Martín estaba triste, de bajón, flojo, vacío, solo... Sabía que el proceso hasta adaptarse a la nueva vida sin filtros no era inmediato. En cambio, pronto empezaron a visitarle síntomas de una libertad desconocida y anónima. A veces ácida, incluso cruel y sarcástica. Pero síntomas de que había llegado a un hábitat hecho a su medida. De hecho él mismo lo había construido. Estar solo ante el peligro de vivir y ser consciente de ello no mataba. Cada día más contento y satisfecho por la opción tomada, entendía que había llegado tarde, pero había llegado. Posible, dos años desde el desfile de realidades, le dio el alta y Martín bajó a la tierra. En un bote con formol el doctor le entregó la venda y sus raíces, pero prefirió donarlo todo a la ciencia. Hoy lleva las primeras gafas graduadas a su medida. La justa. La suya. 

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*Décima acepción de Cala: "Tienta que mete el cirujano para reconocer la profundidad de una herida". 

**La imagen pertenece a la obra de Sebastiao Salgado. http://thephotographersgallery.org.uk/sebastiaosalgado

jueves, septiembre 18, 2014

Cautivo y pronunciado...

El agente de policía se encontró un mensaje corto tirado en el suelo. Era una frase hecha que se había deshecho. No había sangre ni huellas ni rastro de sentido. Sí había, en cambio, una convicción suelta sin sujeto, una palabra sin vocales y una vocal abocada al fracaso. La frase parecía haber muerto de asfixia por un suspiro exacerbado. Clamó por una oportunidad de ser escuchada, entendida y contextualizada, pero cayó sin remedio; borrada y abandonada por una boca cerrada y unos dedos desganados. 

Cuando llegó el juez al escenario, el agente temió quedar en entredicho. Sentía tanta lástima de sí mismo como del mensaje a la deriva. Terror, mucho terror. Pánico al abismo del desuso, al no tener una boca que pronuncie su necesidad de existir. Pavor al punto y aparte. Pero se aferró a un texto que almacenaba en el cofre mental para salvarse de sus fantasmas. El juez no juzgó y dictó (para adentro): "Hay ideas que no pueden pensarse por pensar para evitar matarlas por no decir". Levantó acta y se marchó con el mensaje. El agente descansó entre espacios...

...El día anterior había soñado con una frase en un idioma que no podía traducir. Lo recordó al llegar a su casa. Estaba cansado, sobrescrito y carente de acentos. Pero relajado. Cuando se fue a la cama repasó los hechos previos a encontrar el mensaje corto. Uno por uno. Y uno de ellos (tropezar con la frustración de no haber hecho algo que debió asumir en su día) le llevó a entender que nada había sido casualidad. Es más, se rompió cuando (aparentemente sin querer) descifró el mensaje del sueño. Era la misma frase que encontró muerta en el suelo. La suya. Un sueño abandonado que, ahora sí, estaba preparado para asumir.

Hoy ha logrado pegar los trozos de sí mismo con palabras que pensó eran de otro. En el fondo era fácil. Una cuestión de... pronunciación.

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La ilustración es un collage de ErreGálvez, descubierto en su cuenta de Instagram. Toda una fuente de inspiración. 

miércoles, septiembre 10, 2014

Próximamente en su videoclub


La última vez que nos vimos fue en su regreso de las Montañas Llanas. Volvía de regresar dos veces al mismo punto, pero en este caso para partir; para marchar y para quebrarse por una parte, y por otra también. Pero como Él no es de repetirse, ha venido a buscarme para contarme que, aunque le ha costado 26 años, ha entendido de qué va su vida. Nos hemos sentado un rato en el banco del videoclub de las pelis descatalogadas (y de las sinopsis por encajar en su propio argumento). En este banco me siento cuando no veo nada claro (tirando a nublado). Me siento en él incluso sin sentarme para asentar ideas, deseos, desencajes, torturas, carreras, alegrías... Es el lugar perfecto para hablar con Él. Las conversaciones no son de las que se tienen habitualmente. Son de esas que hacen temblar, agitan, remueven, desalojan gilipolleces o pasan secuencias de cine interno. Es un banco para valientes, me dice Él. Es el banco del videoclub, contesto. Eso lo dice todo, amigo.

Hablamos de su vida y de paso de la mía. Me cuenta que todo empezó en un videoclub. Al principio alquilaba lo que pillaba. Un día le pillaron pillando. Otro día vio un ciclo (o bucle) sobre cine sin iluminación. Allí conoció a la mujer de su vida. Allí se despidió de ella. Aquí la recuerda y la espera. Pero no aquí no es aquí, matiza. Nos encontraremos en alguna parte de la fórmula. Entre regreso y partida, insiste, está el hecho de entender su vida y la hora (imperfecta) del no.

Me cuesta seguirle, pero le alcanzo. Lo hago asociando sus palabras a películas que he podido ver gracias a un reproductor especial que tuve que construir con mis propios verbos. Entiende que Él es de los de recorrer rodeos, atajos que no acortan y senderos sin gloria; comprende que su mecanismo indefenso se defiende como puede... O mejor, se ha construido como ha podido. Con la porción justa (o injusta) de trabajo y azar. Y concluye que ha llegado donde tenía que llegar para seguir, entendiendo "seguir" con límites a la tiranía de la extralimitación. Esa que tanto ha dictado sus días de prolongada pubertad.

En un momento dado nos levantamos y no nos vamos. Nos quedamos mirando lo que está por pasar. Sabemos que Él se va a ir. Sabe que yo a mi modo también. Sé que no volveremos a vernos. Sabemos que nuestras películas no están descatalogadas, sencillamente no las habíamos colocado en la temática correspondiente. Son películas que parten de un final que nunca sigue, se escriben como argumentos que se recrean en los nudos y proclaman aquello de "desenlaces, los justos". Comprendemos que nunca volveremos a faltar a la cita que nos unió (para siempre) a cada uno con nuestras cosas. Y al final, que no sabemos qué tipo de principio es, nos fundimos (a negro) en un abrazo.

Y esta película surge cuando alguien me pregunta ¿Qué te sugiere la lámina 2 de Rorschach?

viernes, septiembre 05, 2014

El punto de sutura de las cosas habladas

Las cosas no pasan y ya. Las cosas pasan, ramifican, enraizan con sus consecuencias; los sentimientos y las sensaciones son testigos (directos y participativos en el hecho). Aquel día tan surrealista pasó de todo. Una mirada, un canapé, una canción, un periódico (su titular), una frase acertada, una pregunta propia de la apropiación debida, el grifo, una mañana sin su tarde emancipada de la noche, una lista abierta y viva de cosas por hacer, una H con su D, una puerta sin abrir, un desfile de lugares, un salto de nivel en pleno desierto, dudas y la certeza de que todo... encaja. 

Después, las cosas que pasan necesitan que se hable de ellas. También requieren atención; llegar al espacio común. Comprobar que ese todo encaja. E incluso, que el verbo encajar cabe en sí mismo. Hablar, hablar, hablar. Y no por hablar; hay mucho que decir. A cada idea, mínimo, le corresponde un diálogo. A cada sentimiento, lo mismo. Aquel día fue surrealista, pero tan real como el surrealismo mismo. Aquel día me levanté para abrir la puerta y no cerrarla más. Aquel surrealismo me dio tal hostia de realismo que no hay precinto que eche el cierre. Afortunadamente, ante el frío siempre hay un cortavientos que lo calme; y submarinos amarillos helados contra el calor. Para la locura del entretiempo existe la cordura de su temperatura.  

Cada día vienen nuevas remesas de cosas que pasaron y que no se hablaron. O que sí, pero que luchan por gritar, piden materializarse, cumplirse, superarse, atravesar, lograrlo... Tras el párpado pasan más cosas, pasan por delante, pasan desapercibidas o pasan de ti, pero pasan. Nunca dejan de pasar. Aquel día las tres fueron las nueve; las ocho, las dos; las diez restó cinco; las cuatro se rebeló contra sus cuartos... Aquel día lo cambió todo. Las cosas se hablaron. Una mirada tan ausente como inocente arropó la duda de la decisión. Las cosas no pasan y ya, buscan su propia sutura y el hilo rojo conductor que amarre el sentido en el puerto correspondiente; al que no le importa la ruta de no retorno. 

lunes, septiembre 01, 2014

El grifo y la mezcla de lo vivido

Me incliné para enjuagarme los dientes. Pensaba en mis cosas -con todo lo que ello implica- pero por un milímetro de no sé qué espacio surgió un sutilísimo aroma que me recordó a ella. Una partícula superviviente de su perfume que flotaba por ahí. Entre dos mundos... El de mis neuronas y el universo de las tuberías internas en general. No podía, no quería, moverme de ese mínimo espacio, porque era lo más cerca que había estado de ella desde que decidimos marcharnos. Casi podía tocarla, sentir sus caricias sobre mi nuca, aquellos gestos de cariño con aleación propia. Olía, buscaba, me aferraba a la magia, recordaba, revivía aquella sensación de levantarme una mañana con el sueño a mi lado y serlo en realidad.

Entonces mi compañero de piso me dio una colleja para avisarme de que llevaba mucho tiempo bajo el grifo. En ese momento ella se esfumó. Y yo, sonriendo, pero inquieto por dentro al no saber cuándo podría volver a desequilibrarme con su presencia me reí y apagué la luz de la escena de fondo. Ese día me compré una batidora. Quería mezclar varias historias que tenía en la cabeza. Me habían recomendado una sencilla, de esas que pican, baten, agitan y remueven, pero que deja la mezcla para el toque final del autor. De hecho, disponen de un botón que activa o desactiva la fusión. Pasaban las horas, los días, los meses, los años y ella ya no estaba. Probé a guisar, amasar, aliñar, asar y a mezclar tantas impresiones y recuerdos que di con una línea de "menús degustación" que sedujeron y trascendieron a la reducción de lo heterogéneo. 

Uno de los seducidos que pasaba por ahí me ofreció una mesa de mezclas para animar la musicalidad que faltaba en su entorno. Le hablé de mis salsas y de mis sensaciones. Pero también de mis penas. Me dijo que mientras tuvieran ritmo, a él le parecía bien. Se llama Román y dejó el negocio de los ejes por de el de los giros. Es un experto del quiebro y de la vista de canguro, pero no tiene música. Decidió -sin decidir- pasar bajo mi balcón el día que mezclé higos con ideas sin pensar, pascuas y ramos no emancipados, taninos con ocurrencias... La nube de olores le cayó encima. Frenó y sintió algo parecido a mi experiencia en el grifo. Y de un giro se presentó en mi cocina. Ahora remezclo lo mío con lo sentido y con todo aquello que sentiría yo si ella... 

Así que degusto y hago degustar. Ella no está, pero sí el grifo, los aromas emancipados y el compuesto mezclado de lo vivido. 

jueves, agosto 28, 2014

El médico muerto y las plantas que inhalan sueños

Cuando Ricardo decidió matar a su médico de fondo, el Doctor Günter, ya era tarde. Rafaela, la propietaria de la floristería D'Abajo, se había adelantado. Ricardo debería haber adivinado sus intenciones. Sabía que Rafaela no pudo con el último diagnóstico, un hecho que se notó en todas las plantas del barrio de Orillas sin mar. Las plantas eran diferentes, las 'criaba' ella misma y tenían la peculiaridad de respirar sueños en vez de oxígeno. Lo hacían por la noche y durante el día exhalaban flores interpretativas. El doctor Günter le aseguró que el secreto de la peculiraridad de sus plantas estaba en un virus congénito. Pero Ricardo estaba tan centrado en sus ganas de acabar con Günter que no leyó el dolor de Rafaela; ya nunca podría matar a su médico de fondo.


Rafaela, feliz por dentro, horrorizada por fuera, consiguió que sus plantas no abandonaran sus intenciones mientras  permaneciera en la cárcel. Una de ellas quería estar junto a Ricardo. Ansiaba alimentarse de sus sueños frustrados de matar a su médico de fondo. El problema era cómo transformar sus deseos en ganas propias de Ricardo para poseerla y convertirla en parte de su vida. Como tenía una capacidad extraordinaria de sublimar y calar mentes, transformó el sueño de un cliente en mensaje para Rafaela. Rafaela lo entendió gracias a la conexión de un sueño propio. Llamó a Ricardo y le habló de su planta extraordinaria. Ricardo no tardó en enamorarse de la esencia de lo que estaba ocurriendo. Esa misma noche se entregó a la extracción de sus sueños más profundos. 

Al día siguiente su planta recién adquirida estaba muerta, pero llena de flores. Ricardo las olió una a una y recibió el sueño en bruto. Un año después lo ha entendido, ha encontrado las palabras, los verbos, algunos adjetivos y parte de los adverbios ajenos a frecuencias. La echa de menos, tanto como aquella sensación de verse capaz de matar a su médico. Ahora convive voluntariamente con la certeza de que un médico nunca muere sino que se transforma o se transporta... de sueño en sueño. Además, Rafaela siempre tendrá una planta para cada diagnóstico. Porque ella también trasciende.

jueves, julio 31, 2014

La pisada de la ocurrencia aspirante

Nació de un dibujo inconexo en el poso de una cerveza maltrecha. En un principio fue mala idea, pero como pasaba de maniqueísmos, mutó en ocurrencia a secas. Consistía en generar opciones dentro de un ecosistema ocupado por las ocasiones y dominado por una falsa alternativa reina. Una alternativa a un todo de nada, por lo tanto a priori no había nada que hacer contra ella. Pero la inconexión del dibujo de la cerveza maltrecha también mutó y conectó posibilidades entre sí para parir esta ocurrencia luchadora.

Empezó tímidamente. Se posó en una mente, después en otras dos y así poco a poco hasta que consiguió repartirse por los huecos de ingenio y arrojo habitables. Necesitaba desarrollo, compromiso y continuidad. La tarea no era sencilla. Algunas mentes no la toleraban, pero las que querían darle cabida tenían mucho poder de agitación, así que fueron removiendo arenas petrificadas para preparar el terreno. La ocurrencia, por su parte, cogía más y más cuerpo frente a las ocasiones inmóviles. Asumía su papel, su guerra contra el parecer, e incorporaba el ser para poder resultar. La alternativa era peligrosa, sigilosa y traicionera; no por alternativa sino por falsa. Algo que inquietaba a la ocurrencia, pero como ésta había nacido con la advertencia anclada al ADN, podía soportar la inquietud y todos los temores habidos. 

La conexión entre comunes tomó forma, la ocurrencia se consolidó, tomó los atributos de idea con derecho a hecho y la alternativa empezó a notar temblores, mareos e inseguridad; salió de su contexto para respirar y tomar perspectiva. La ocurrencia crecía, la alternativa moría. 

Cuando la falsa alternativa huyó yo tenía 5 años. No me enteré muy bien de lo que ocurría, pero hoy, 36 años después, he dejado un poso sobre una mesa que invita a pensar. Y eso hago: pensar -entre ocurrencias, una alternativa, opciones y ocasiones- en aquello que pasó y en lo que no pasó, y que ahora pasa, aunque no entra en la cabeza, pero que paradójicamente está dentro. Y al final me digo: No hay alternativa, pero sí ocurrencias que se posan para aspirar. ¡Cosas que pasan!    

martes, julio 29, 2014

Estaciones y maletas comunes

Fue en un pueblo con mar, una noche después de un concierto... Hasta aquí, todo normal. Una historia que surge de una canción. Pol (desarrollador de planteamientos) conoce a Sara (periodista especializada en altas tensiones) en un cruce de miradas ajenas. Pasaban por ahí y el planteamiento de dos personas 'exteriores' generó la tensión suficiente para llevarles a un encuentro de vista y porrazo. Como en un sueño se pusieron a hablar sin prejuicios, como si se conocieran de toda la vida y con la seguridad de que siempre "nos quedará despertar". Mientras tanto, la canción de Sabina continuaba en su propio bucle. Dieron las 10, las 12, la 1... Y Pol y Sara seguían en aquel puesto de horchatas de paso, dentro de la Estación

Él, muy profesional, entendía la vida como un perenne planteamiento. Ella, igual de profesional, era una experta en limar asperezas día a día. Pero en este contexto espontáneo y vacío de tensión, nadie planteó nada, sencillamente pasó todo sin que nada pasara. Unieron escenarios e incluso programaron funciones; charlaron de cine, realidades, miserias, salieron al plano confesiones verbalizadas por primera vez... Eran conscientes de que tenían delante un tren común que coger. Evidente. Más allá de conexiones y magias. El único problema que tenían y sabían, como buenos profesionales del planteamiento y de la tensión que eran (y son), era que faltaba una maleta común. Y ese hueco pesaba. Pero lejos de agobiarse, disfrutaron y absorbieron cada instante. Agarrados a esa extraña seguridad del despertar y a la certeza de compartir algo por definir (independientes de tiempos), no desperdiciaron ni una palabra ni un silencio, ni mucho menos una posible discusión. 

Después se despidieron. Igual que la canción, y sin miedo, se dijeron aquello de Ojalá que volvamos a vernos. Así que ese tren tan evidente partió y cada uno se subió al que inicialmente se habían encomendado. Aquel día ella venía y él se iba. O al revés. Nunca se sabe.

Hoy, me cuenta un amigo -que aún no tengo- que hace poco se cruzó la mirada con una chica con ojos intensos, y que además de darse un baño en la atracción del momento observó cómo en mitad de este contexto, una pareja se encontraba después de un tiempo sin verse. Aquello le obligó a hacer un alto en su camino hacia la chica de ojos intensos para seguir observando lo que pasaba en medio de la mirada. Y pasó que se cambiaron las maletas y se subieron juntos a un tren separado... de los demás. Sin duda eran Pol y Sara. Lo dice el planteamiento que viene de un pueblo con mar atado a otro sin puerto... Después de un concierto. 

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Foto de Daniel Lasalle (Las pequeñas miradas)

Contextos por el rabillo del ojo

Ayer estaba hablando con unos amigos en la calle cuando mi rabillo del ojo izquierdo enfocó un ángulo muerto. Por ahí pasó/encajó un tipo que no... encajaba (bajo no sé qué criterio) en el contexto. Tenía aspecto de gitano rumano. Vestía un chándal con piezas asíncronas; zapatillas sin puntera, pulseras doradas, barba por necesidad, mirada con historias detrás... Y el eje de todo, un cuadro de Dalí bajo el brazo derecho. Donde tenía que haber (por prejuicio o estadística visual) un kit de limpieza de parabrisas apto para semáforos hostiles, mi rabillo del ojo percibió una reproducción (con marco sin gusto) de La tentación de San Antonio de Dalí.

Como es propio de mí (o no), abandoné el contexto principal para pasar a un plano casi desapercibido. Entré por ese resquicio que deja a veces la percepción propia para buscar una historia ajena. Le seguí de cerca, luego se alejó para tomar perspectiva y finalmente le abordé en la frutería de Jacinta (la viuda del camello del barrio y vendedor de poemas sin finales ni ritmo). Antes él, Pedro se llama,  había pedido unas frutas ansiolíticas y yo un bucle fresco. Me hice pasar por alguien que un día tiró un cuadro y se arrepintió y que al ver a San Antonio se acordó de aquella metedura de pata.

¿Lo quieres? Me preguntó Pedro, con acento rumano. ¿No lo quieres? Contesté. A continuación empezó a llorar. Le invité a una horchata en el bar del chaflán más cercano. Se identificó con mi mentira. De hecho, había salido ese día a la calle dispuesto a deshacerse de "la tentación" que heredó de su tío tuerto en 2003, pero no encontraba el contenedor, el rincón o el portal donde abandonar a Dalí. ¿Lo quieres? Insistió. No, contesté. A cambio le confesé que, al contrario que él, yo busco un contexto que no sé si he perdido o no he terminado de pintar. Yo habito en un blucle, borré mi contexto, aseguró todavía entre lágrimas. Decía que su bucle tenía asperezas, opacidades y suaves salidas al exterior; un 'espacio' de ánimo que impedía construir su contexto. En Rumanía era ingeniero de Ramificaciones (especializado en mapear los caminos que las personas estructuramos para complicarnos la vida). Y muy bueno en su campo. Me enseñó un artículo del New York Times que hablaba sobre él. Ahora ahorcaba el tiempo. Bien estrangulando recuerdos o bien disparando contra esos minutos propios que en ocasiones te pican para que pienses... 

Me habló de su familia, de una mujer desaparecida y reaparecida -ante su sorpresa- entre dudas; de un primo hermano que adivinaba el futuro del pasado, o Malbec, heredó el cuadro 'médico' de Dalí.
sea que casi casi atinaba  con el presente, pero siempre terminaba tropezando con un intervalo inesperado que le llevaba al extremo de sí mismo; de un hermano que fabricaba oídos sordos; de un hijo-padre y de una madre en Do sostenido que, junto al padre, invirtió y ganaron con los arpegios imaginados en el seno familiar; y de un tío tuerto y apasionado que sólo estaba cuando tenía que estar... De éste, de

El bucle era su lugar. Su prisión buscada o malquerida. No entré a juzgar ni persuadir, pero le pedí una linterna y permiso para darme una vuelta por alguna de las grutas que había en su mundo. Me dio permiso, una linterna de ilimitada batería y las llaves de un coche que nunca condujo a nada. Entré. Antes tuve que salirme un poco de mí. Allí dentro no había continuidad. No era un espacio caótico, pero entre los desórdenes por los que caminaba (algunos más deslizantes que otros) encontré papeles perdidos, frases hechas sin pulir, huellas profundas, termómetros atemporales y un cúmulo extraordinario de asuntos propios abandonados para ser perdidos por ajenos. 

Sentí lástima, impotencia, frustración... Nunca había paseado por el interior de un bucle. Salí y Pedro me preguntó por el viaje. Para él habían pasado dos días, para mí, 10 minutos. En realidad mi paso por allí había durado tres horas. Le contesté. Le sugerí que se diera un chapuzón en su piscina porque, aunque en ella encontraría alguna corriente traicionera, el resto eran motivos que no hacían aguas. Me fui por dónde había venido y al llegar a mi contexto por hacer vi que le habían salido dos ramas. Una muy dura y la otra preguntona. Así que seguí... Pero antes de continuar busqué un cuadro que siempre he tenido, que nunca he colgado y que nunca he sido capaz de tirar. Me lo regaló de pequeño un extraño con sombrero, por la calle. Lo encontré, lo miré y entendí varios asuntos propios. ¡Como para menospreciar el ángulo sel rabillo del ojo! 

miércoles, junio 25, 2014

Vuelta y vuelta por ese sentido

Darío decidió hacerse un filete pensado a la plancha. Se cortó con una copa en estado de reposo y entre dos aguas. Los glóbulos, en un intendo de seguir un orden en su... pulsión, pensaron que lo mejor era lo peor que podía pasarles. Cortó la hemorragia y penó la pérdida de sus pequeños pensantes, expulsados de la circulación. Se hizo la luz (al baño maría), el loco (frente a sí mismo) y el filete (vuelta y vuelta). Por un lado halló un extremo y por otro, un punto medio poco hecho; pero acertado. Un glóbulo rojo que sobrevivió al proceso lo observaba todo. Pensó en no hacerlo, pero tuvo que mirar.

Con una nueva cicatriz, un glóbulo rojo inquieto observando y el hambre de entender el mapa de su propia asincronía, empezó a comer. Antes se sirvió un vino DO. Castrunteriza. Encendió una vela, abrió una caja pendiente. Brindó. Todo estaba en su sitio y el filete en su punto.  

Uno a uno iba digiriendo los motivos que le habían llevado a su tiempo. Los incontrolables y los razonables. Unos sabían a mar, otros a ahumado. Pero todos pasaban, naturalmente, por las vías procedentes. Alguno reclamaba más atención. Por ejemplo, el que hablaba de un tiempo en el que Darío picaba entre horas y caía en su propia trampa; u otro que denunciaba el intento de aniquilación de versiones sobre sus mismos hechos (demasiado crudos)... Y el glóbulo rojo, mientras, permanecía con el gran angular activo, enfocando cada razón de ser, deseando completar su proceso global para hablar. 

Darío no es muy de postres, así que siguió vinificando copas, sin miedo al estallido, a los cortes o al sufrimiento que regala una cicatriz ansiosa por pasar como estética escara. Continuó brindando y sabiendo que en algún momento tendría que interesarse por ese microscópico pensante. Por su parte, el glóbulo, más consciente que Darío de haber sido parte de un 'mismo', se pronunció. Y Darío, preparado por fin, escuchó. Sin reproches, se despidieron. No había ni tiempo ni espacio para decirse todo lo que querían decirse. No hizo falta. Ambos sabían en qué consistían las reglas del momento que bebían. 

Y a pesar de lo imposible del concepto, se dieron un abrazo interior para circular por el sentido elegido, madurado. 

jueves, junio 19, 2014

El hilo y los principios del fin

Se pasó la noche haciendo cola. Antes, mimetizándose con un armadillo (que estaba por ahí de paso antes de su extinción), había probado a protegerse del mundo y de sí misma para intentar convertirse en una coraza con forma de bola. La cola no avanzaba muy rápido, pero no iba a abandonar. Y eso que desconocía la meta, pero sí dónde tenía que llegar... Y tanta (coraza) como deseos de no necesitarla; pero a veces las cosas son así. ¿Así, cómo? Así, contradictorias. Querer cuando no quieres o no quieres querer; o crees querer cuando crees más de la cuenta o no te crees lo que quieres cuando quieres demasiado... Perdió el tiempo en algún rincón. Junto a algunos principios. Ocurrió sin querer, sin creer, pero ocurrió. Pero los finales esperaban pacientemente su llegada de fondo.

Paso a paso, la distancia con el fin se estrechaba. Y entre el "no quiero ver", pero "lo miro", se agarraba inconsciente a esa fila de personas sin rostro. Era el único argumento de continuidad que iba quedando en su vida. Si se salía, se perdería para siempre en un espacio (agujero, hoyo o universo) lleno de nada aunque parecía disponer de todo... Un todo construido con estructuras de filtros del pasado. Cada vez más agarrotada, la sólida armadura invadía la flexibilidad que un día cubrió sus intenciones. Se apagaba despacio, se endurecía. Apenas parpadeaba. Casi no aplaudía. Y en su mente empezaba a quedar espacio sólo para los recuerdos más fuertes; aquellos que deciden aporrearnos en esos momentos tan oportunos. Entonces ocurrió durante un rato. Como Pinocho, pero sin pronunciar una sola mentira, pasó a ser madera. 

Después, en un suspiro de sublimación, logró trascender a la rigidez. Ya podía ver el final de la cola. La noche estaba siendo tan larga que no sabía ya si era una sola o la sucesión (sin pausas) de muchas. Se preguntaba ¿Cómo voy a llegar hasta ahí? ¿Cómo voy a terminar de trazar el desierto yo sola? Con fuerzas, pero sin facultades. Con ganas, pero sin capacidad de ejecutarlas. Con alegría bajo la careta de la no expresión finalmente llegó. Una figura esperaba en mitad del contraluz. Ella cayó y por un momento pensó/sintió que se ahogaba en el pantano arenoso; que el desierto era ella y no el exterior. Por un momento palideció al pensar que regresaría a la madera gestual. Pero alcanzó el final de la cola y allí se encontró con lo puesto. Echó un vistazo por dentro, alrededor y por dentro del alrededor y aunque le chocó ver que todo estaba en el mismo sitio, todo había cambiado. El contraluz y una historia (que no un travelling) llevaban su nombre.

viernes, junio 13, 2014

Periodismo ficción y el libro del pelirrojo

Escribo este post desde el más absoluto misterio de saber qué me voy a encontrar en la caseta 320 (Antonio Machado) de la Feria del Libro de Madrid. Mi viejo amigo, el que me dice que voy a estar más solo que la "menos una", me susurra con cariño al oído para darme ánimos y aguantar el golpe de humildad. Acabo de publicar mi primer libro (Periodismo Ficción), algo que nunca pensé que ocurriría. De hecho, no lo he hecho yo, sino una editora valiente llamada Elena P. Jiménez; que con todo su empeño ha montado editorial (esferaED), colecciones y un contexto de letras muy prometedor. Y en medio, un hueco para las pequeñas crónicas que llevo escribiendo desde hace un tiempo. No necesito un golpe de humildad. Estoy tan curtido, que parezco un puto sparring al borde de la jubilación. Es más, estar aquí es como estar en un podio. Ahora, tras este elogio a la pasión de la autocompasión, tengo la sensación de que hoy algo termina y comienza un nuevo y largo episodio de Periodismo ficción. Veo un Ángel caído por ahí, muchas calles entre árboles, gente corriendo de un lado a otro, libros, mequetrefes que juegan a leer, otros que de verdad están fascinados con las letras, veo muchos pesonajes. Y entre ellos yo. 

Ayer, por circunstancias, acabé en una cabina de apenas seis metros cuadrados. En su día fue el eslabón con camastro de un viejo burdel. Ahora es un microteatro a cambio de dinero. En este espacio dos actores contaban una historia sobre alguien que de momento no se atreve a dar el paso... No porque no quiera, sino porque todavía no sabe si quiere. No sabe con qué parte de la vida quedarse. Duró poco. Pero me dio tiempo a oler el miedo, el mío y el de las decisiones encerradas. 

Cuando me marché descubrí que me había salido un pelo rojo en la barba. Entonces recordé el (también micro) cuento que me contaba mi tío de pequeño... Una historia que construyó para mí. Algo así como que aunque yo era moreno, mi pelo era rojo -como el de mi madre- pero sólo por dentro... y que éste saldría si encontraba el motivo de entregar el caparazón que mi tío me regaló cuando cumplí 5.  Algo dejé en aquella cabina. Iba más ligero y con un mechón rojo que parecía estar unido a una idea aún por verbalizar. El caso es que estaba a gusto con lo puesto. 

Y ahora, en una nueva vida... En una nueva cabina, caseta en este caso, hago lo posible por disfrutar desde la mirada desde dentro. No sé si podré atinar con alguna firma, si sabré dar puntadas con o sin hilo conductor. De momento, yo, sigo cosiendo cabos con pelo rojo y palabras que follan. Mañana será otro día.

                                                                         - FIN -

domingo, junio 08, 2014

Por la bocacalle desbocada

Acabo de pasar por un cruce y mientras caminaba en cierto sentido, en otro (en dirección contraria) me he cruzado conmigo mismo. Venía precipitado, anacrónico... Y me he terminado atropellando. Ahora, en el suelo, veo cómo me fundo en un solo cuerpo de texto; por un momento temí ser testigo de mi propia fuga. De no prestarme ayuda y huir. Afortunadamente me he quedado. Y tirado en este cruce de ideas y caminos me entretengo ignorando el dolor del golpe. Venía pensando en todos los esquemas que se van rompiendo con los años; en los límites que caen a medida que consagras los tuyos; en la foto que me gustaría tener abierta en mi teléfono si me mato en un accidente; en el capítulo 107; en lo irónico que es todo...

Venía en un sentido, me cruzaba en otro. Volvía del súper también, con bolsas llenas de argumentos de supervivencia. Entonces mi cuerpo de texto me mandó un mensaje a través de un tipo simpático y legible. Debía borrarme de aquel camino, sin prisa, sin pausa y a doble espacio. Dolorido, pero consciente, suscribí el mensaje. Me levanté como pude antes de ser arrollado por una caravana de realidades tangibles. Ahí ya no iba a estar mi doble sentido para socorrerme. Giré, torcí, miré y eché a andar por un silencio que salía de una bocacalle desbocada. 

Hice una foto del momento y la convertí en postal. La envié y creo que llegó. Y ahora, en este mismo instante estoy sentado en un café solo, solo. Observando el cruce que tengo delante. Quiero ver qué pasa sin pasar. Sólo mirar. Me doy cuenta de que nunca lo he hecho. Parar y observar. Entonces ocurre. Sucede. Empieza a pasar. Y me digo, "Dios no existe, son los cruces".
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La ilustración la adquirí (mientras pensaba en mi videoclub redentor) en el Mercado del diseño y es de Luis Alves.

viernes, mayo 30, 2014

Cruzando la línea

Se metió la última raya a cuadros que le quedaba aquella noche sin luna ni nubes ni claros. Rodrigo se metió sus rencores de una tirada nasal; pero también sus complejos, sus temores y las frases hechas que nunca hizo, pero que sí dijo. Era la despedida. El soplo del último momento. Tenía que irse puesto con lo puesto, sin mirar atrás y no rayarse en el intento. Tenía que romperle las piernas a ese contexto que había estructurado con empeño en los mejores años de su puta vida. Puta porque ella -la vida- fue la encargada de vender su cuerpo por "dos duros" a la misma muerte. Absorbió hasta la última mentira que él mismo amasó para no sufrir el ardor de crecer.

La raya, reconocida su cuadrícula, se rebeló por un momento y quiso bebérselo a él, pero Rodrigo sabía defenderse de la absorción ajena. Era un experto en meterse dentro de sí mismo, lo cual le proporcionaba una defensa perfecta contra los ataques de los aliados mejor disfrazados de aliados. Aún así, la geometría de la droga que te engancha al regreso, quiso intentarlo de nuevo, pero Rodrigo ya la había aspirado. Y en sus manos estaba pronunciarla o no, como ocurre con la hache...

Lo importante era salir de ahí, porque la droga era él, y la raya, una línea en la frontera entre él y lo que había hecho de sí mismo. Una división que se esnifa para penetrar en lo más profundo de la mente para no volver a profundizar y aceptar la anexión con el cajón entero adjunto. Tenía que prepararse para lo mejor... Rodrigo salió y entró. Salió para entrar a lo grande y a lo bestia. Con todo. La rampa le esperaba, la percepción de lo que estaba por venir también. Mareado, pero ilusionado por poder soportar su propio peso rompió amarras y partió. Estaba tan preparado (más de lo esperado) que supo disfrutar de la derrota, de la victoria y de la esperanza de volver (o empezar) a estar en paz.


lunes, mayo 19, 2014

Cuesta

El caso es que siempre hay cuestas. Salgas o entres, vengas o vayas, te sientes (cómod@) o trasciendas, te cagues en todo o en nada, asumas o cuestiones, barras o dejes acampar el polvo, corras o corras, huyas o viajes, planches o te arrugues, ganes o pierdas, te hundas o nades, vuelvas o te revuelvas, te alojes (en ese hotel) o desalojes la realidad... Siempre habrá una pendiente que hay que allanar. Aunque "cueste"!

miércoles, mayo 14, 2014

Sal de dudas

Entramos en Barrena para la entrevista. Rubén me contó que las últimas palabras que escuchó de ella, antes de que pusiera océano y montañas de por medio, fueron: Sal de dudas. El bar estaba lleno, pero se podía respirar. Las fotos naíf de las paredes y el cóctel de límites marcaban el ritmo y equilibrio entre ideas y palabras. Tardó en entender sus palabras. Sal de dudas. Pero en un tiempo razonable comprendió y entonces sazonó sus mejores recetas con la duda sobre sí mismo ante la muralla del océano impuesto.

Aquel día yo quería invertir los papeles y terminé por financiar una idea que Rubén no terminaba de verbalizar. Una inquietud más bien. No me molestaba, una entrevista es una entrevista. Lo curioso es que a veces yo no sabía dónde empezaban las respuestas y dónde terminaban las preguntas... Incluso muchas respuestas eran verdaderas cuestiones, y cantidad de éstas adoptaban el papel de contestación. Y sumando enteros diré que en más de un momento Rubén pensó que él era yo y yo me convertía en Rubén. Ella, de fondo, pero a miles de kilómetros de distancia y en pleno glaciar emocional seguía (lo sabíamos) el diálogo en tiempo irreal. 


Nos pedimos el especial de la casa: Colmenillas del Cómo a la sal de dudas. La sal procedía del extremo oriental de lo alto del Monte Sicilia; los hongos fueron extraídos de una decisión por tomar. La entrevista aumentaba su contenido. Rubén necesitaba conectar los sentimientos que ella le despertó (a lo bestia) con el sabor de la incertidumbre en que se había embarcado. Le pregunté sobre su punto de apoyo a la hora de huir. Me contestó que nunca huía de nada, pero sí que corría sin parar. Tenía la teoría de que había pasado demasiados años asentado sobre el talón y que para conectar realidades necesitaba cambiar de postura, erguirse e inclinarse al mismo tiempo, pero hacia adelante. Porque en más de una secuencia había pensado que tiraba hacia adelante, cuando en el fondo la línea del cuerpo empujaba para atrás...   

Y mienstras él teorizaba yo practicaba, recordaba todas las veces que he salido corriendo hacia atrás... Sus palabras empezaban a pesarme. Rubén se dio cuenta y giró el micro hacia mí, pero lo rechacé y me emplacé a una entrevista conmigo mismo más adelante. No, es tu momento, contesté. Ambos sabíamos de qué iba la película. De hecho, todos los que aquel día entramos en Barrena, sabíamos de qué iba la película. Un largometraje sin estructura ni nudos ordenados, con desenlaces entrelazados y planteamientos germinados pero sin fecha para descapullar. Una historia, al fin y al cabo, libre de influencias teóricas porque todas han sido destruidas... 

Nos despedimos de madrugada, a la hora de los perdedores de medio pelo. Esa en la que se cruzan los que llegan con los que salen; cruce que te obliga a posicionarte en un bando o en otro, y que termina por confundirte más aún de lo que estás. Lo mío es una mezcla entre vengo y voy... pero nunca "vuelvo"; por mucho que mi médico "el antenista" se empeñe en lo recomendable de volver de vez en cuando. Eso se lo dejo a otro personaje que un día despuntará: Javier J. Ruiz, el anacrónico forense. Nos despedimos de madrugada y dedidimos que lo destruído bien destruido está, porque logramos separar de los escombros lo peyorativo de 'destruír' para vincularlo a la película por construir (esa que nunca nadie nos explicó que llegaría en este momento de la vida... de la madrugada). 

Ya hablaremos. Y quedamos en vernos después de la tempestad para reservar un cinefórum sobre nuestras películas rodantes.