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Mostrando entradas de noviembre, 2014

La mirada del tuerto

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Anoche me miró un tuerto, al mismo tiempo me crucé con un gato negro al pasar bajo una escalera de color, con mi as de la suerte en la manga y tres dados trucados. Y sin cruzar los dedos. Pensé en dejarlo todo y agarrarme a la  parte más reconstruida... por mi parte. Tropecé, me caí, le di un beso tierno al suelo. Mis mentiras autoinmunes me sugirieron que no me levantara en un rato; querían que sintiera la textura del asfalto. Accedí y escuché a la superficie pisoteada. Me dijo cuatro cosas y yo contesté que no. Pero antes de levantarme, lo pensé mejor y amplié mi respuesta, le dije que el beso había sido sincero; había sido un beso de despedida. Mi último tropiezo en el mundo de los escondidos. 
Reconocí al tuerto por la calle, al día siguiente. Volvió a mirarme, pero esta vez con la cuenca sin ojo. Me mandó un guiño y casi se cae. Me alcanzó de lleno con una frase profunda, pero no me tumbó. Al contrario, me elevó hasta el término medio. Ese lugar que siempre pasa de mí y que yo si…

El acierto errático

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Venía de cruzar una línea que no podía cruzar. En medio pensé que tenía que llegar al cruce antes de nada. Porque en el cruce estaba el flujo de ideas que pierdo cada noche por no apuntarlas. Me encontré con varios capítulos sin terminar. El primero estaba mal planteado; el planteamiento del segundo era el mal del primero; y el tercero no tenía ni pies ni cabeza, pero sí un codo indefenso. Me gustó estar en medio, también cruzar aquella línea tan recta. Sabía que ya nada iba a ser igual y que no iba a verlas venir. Tenía que apañarme con los retrovisores orgánicos que me había construido en el trayecto y con las luces (algunas más largas, otras más de cruce).    
Me gusta la sensación de suela desgastada. Sentir las tomaduras de pelo del suelo; la abrasión de los pasos dados y no dados; el frío de una pisada firme; el calor de algunas huellas inevitables. Crucé la línea por algo, no para quedarme en la pausa eterna. Si me duele es porque puedo tolerar el aguijonazo de las cosas que …

Contracturas verbales en la fiesta de la casa subordinada

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Ayer me invitaron a una fiesta. No contaban conmigo en principio, pero alguien me lanzó un acento que me tildó de asistente.No estaba con mucho ánimo, llevaba unos días arrastrando una contractura en los tiempos verbales. Finalmente hice una pausa en las cosas que me cuento y pude decidir -sin interferencias- que iba a la fiesta sin previa idea de lo que me iba a encontrar. En la cocina elegí los temas musicales que me acompañarían hasta el cruce de la calle Desiempre con la avenida Puede que pase. Tardo unos 30 minutos en llegar si voy andando, que es lo que pienso hacer, caminar. Necesito ese espacio para  editarme a mí mismo un rato con mi música y mis cosas (esas que pasan por algo).
A saber: un poco de fondos marinos para creerme único en la respiración, un brote de soul para animar la descompresión, destellos guitarreros para rejuvenecer y ver público que me jalee, jazz para sofisticar el ante que estreno y ska para no olvidar que tengo mi parte de rudo y de cretino. Y así con …