Ir al contenido principal

El acierto errático

Foto de Spinnerweb (Instagram)
Venía de cruzar una línea que no podía cruzar. En medio pensé que tenía que llegar al cruce antes de nada. Porque en el cruce estaba el flujo de ideas que pierdo cada noche por no apuntarlas. Me encontré con varios capítulos sin terminar. El primero estaba mal planteado; el planteamiento del segundo era el mal del primero; y el tercero no tenía ni pies ni cabeza, pero sí un codo indefenso. Me gustó estar en medio, también cruzar aquella línea tan recta. Sabía que ya nada iba a ser igual y que no iba a verlas venir. Tenía que apañarme con los retrovisores orgánicos que me había construido en el trayecto y con las luces (algunas más largas, otras más de cruce).    

Me gusta la sensación de suela desgastada. Sentir las tomaduras de pelo del suelo; la abrasión de los pasos dados y no dados; el frío de una pisada firme; el calor de algunas huellas inevitables. Crucé la línea por algo, no para quedarme en la pausa eterna. Si me duele es porque puedo tolerar el aguijonazo de las cosas que pasan. Lo que no pasa, ni te roza, y eso ya no me interesa... que pase. En una de las ideas que recuperé en medio del trayecto hacia la línea descubrí unos apuntes que no apunté y que decían mucho y contaban más. Hablaban de una ruta empezada en su día por partes. Lo mejor es que, a pesar de lo que parecía, nunca la había abandonado, había continuado su construcción por terrenos y áreas diferentes. No tenía la estructura de un camino convencional. De hecho empezaba en asfalto y seguía por terreno arenoso entre árboles (de hoja escrita a doble cara); pero también por charcos (a fondo perdido) o pistas antideslizantes de patinaje acrílico. 

Aquí, tras la línea se ve una vida de fallos acertados y de aciertos erráticos; y un horizonte incierto, que no confuso. Lo digo desde una mesa en un lugar que huele a madera y a prensa de ayer. Es una especie de palco que da al mejor de los escenarios, la calle. Pasan dos que piensan que son uno y se tropiezan con otra. Se para alguien a mirarse en el reflejo del local, ignorando que estoy observando cada gesto; y de pronto me doy cuenta de que el reflejo está al otro lado y quien se mira soy yo. Me asombro en parte, pero por otra me reconozco, lo reconozco. La calle me devuelve a mi sitio y continúo pintando los callejones de una travesía que se ensancha a marchas nada forzadas. Es lo que hay.    

Comentarios

Entradas populares de este blog

Salidas emergentes, manos que pintaron

Madrid, agosto, primero. Metro poco vacío. Algunos/as quedamos entre líneas, ‘peatoneando’ entre contenidos y olas de calor. Y en medio, esa crónica que asoma cuando otras son arrancadas de su espacio. Los pasillos narran de cuajo. Palabras, avisos y sentidos se unen en direcciones contrapuestas para mostrarse a un público que mira de reojo...
...O en contraplanos que son poco dados a la exhibición explícita, porque prefieren las historias bajo relieve visto. Unas manos que escenifican un gesto, una actitud de relajación tensa. Es lo único que queda de un contexto que pasó a mejor brida; atado a la superposición de tramas, ideas y decisiones.  Una sonrisa de salida que no permite encontrar la entrada.

Y quienes miramos sentimos un calor frío que recorre el objetivo de la cámara antes disparar. Luego llega la captura, la descarga de resultados y emociones en bandeja de salida. Y al final del recorrido, intentamos reconciliarnos con la lógica caótica de fotografiar con un teléfono que…

Murió en lugar de la palabra

El cadáver aún tenía mucho que decir, pero no había nadie al alcance a través del cual poder expresar... Se mordía la lengua con los últimos suspiros. Las ideas que nunca sublimaron se desvanecían. La sonrisa se iba transformando en relieve, el rock en adagio y el mito en una frase por decir. Los músculos ocultaban poemas escondidos entre líneas. La rabia y el sosiego tonteaban. Quería expresar, usar su codo izquierdo para hablar lo que no estaba dicho.
...El telón caía y el público tenía un pie en la cena. Y él, como cadáver, perdía su peso como actor. Se acababa el tiempo entre vivos por mucha palabra que tuviera pendiente. Su identidad era ya lo de menos; de la pausa pasaba al corredor del olvido. Nadie estaba pendiente de él. Lo que no expusiera en ese momento se desintegraría con él para siempre. Hasta pronto, hasta nunca. El tiempo seguía su curso y no parecía hallarse ningún traductor de cadáveres por su causa en la escena.
Estaba muerto y además, muerto de miedo. Acojonado po…

El recorte tendido

Cuando Carlos se levantó todo estaba en su sitio, menos él, que se sentía de vuelta y media. Echó de menos el recorte de periódico que la noche anterior había tendido en la cuerda de las historias pendientes; junto a la ropa que no usa pero lava. Con el ritual del desayuno tuvo que combinar tostadas con hipótesis. La primera consistía en cuestionar la existencia del recorte, ¿habría sido parte de un sueño? La segunda, en desestimar la primera duda, ya que recordó que había escrito una nota en su móvil que aludía a la historia recortada. Tercera, pensó que se había levantado de madrugada y en un acto surrealista se la había ocultado a sí mismo. Y en la cuarta se preguntaba, si se lo había ocultado, ¿por qué lo había hecho?

Concluido el ritual y el desayuno, la respuesta llegó de forma natural. Sentado en el inodoro observó la posible escena delante de él. Se veía a sí mismo levantado de madrugada. Leía la historia del recorte entre la consciencia y el sueño. Su cara reflejaba dolor, rab…