martes, diciembre 30, 2014

Intención de cruce de ideas, de perfil...

El mismo amor, la misma lluvia (Juan José Campanela. 1999)
Todo ocurrió en un cruce interesante de intenciones. Ella encontró un gesto cercano y él la cara de la ilusión. No hubo postre al principio, decidieron concentrarse en el aliño de las primeras impresiones. Unos días después pasaron a una sala contigua donde nada pasa porque sí ni porque no, sino porque toca. O no. Proyectaban una película que ambos tenían pendiente. Un relato salvaje que hablaba de los miedos, de las ilusiones, de las frustraciones, y cómo no, de la autodestrucción de serie (de la positiva y de la 100% destructiva). Las sensaciones estaban en el aire, se podían respirar racionalmente; pero la emoción de uno se pegó un atracón irracional y casi acaba con las existencias de la otra. A la salida del cruce se lo tomaron con calma. También un vino, una cerveza, más vino y tantas palabras como invitaba el patio de butacas verbales que nunca abandonaron.

Lo relativo al relato sugirió: "Seguid por ahí". Lo racional del asunto contestó: "Id con cuidado, pero id". El pretérito por su parte dimitió, el presente se ofreció a recordar y plantear, y el futuro pasó un as por debajo de la puerta por la que entraron juntos la primera noche. Lo dicho dijo: "Mirad". Lo planteado se sintió ninguneado por el circulante. Lo prudente quiso jugar con su yo más imprudente. Todo era cuestión de tiempo, y en cuanto al espacio, tomaba forma invirtiendo en el fondo. La planilla de posibilidades (todavía sin postre) estaba en proceso. No había peros ni cuándos y sí muchos porqués por definir, diseñar, dibujar y escribir (al derecho y al revés).

Cuando llegó el momento se despidieron. Él pensó "cuidado que tiembla el suelo". Ella escribió un trazo al ritmo de la lógica y se marchó con una de esas sonrisas que tatúan recuerdos. Ambos habían colocado la primera raíz. Nada de piedras, cero losas. Sólo raices y sonidos emocionantes. Aquella noche fue especial en aquel cruce de tildes sin acentuar y espacios ante exclamaciones irreales. Nada se sabe sobre lo que va a pasar. "Así estoy yo sin ti o contigo", pensó él; "así está la media (nunca entera) maratón", suspiró ella.

Pasado el prólogo se plantea: Despedirse no es fácil. Recibirse tampoco. Estar es una utopía. Estar entre líneas, un placer obligado. Ser, una obligación. Pero querer es cosa de dos, el postre. Y querer querer es una cuestión de actitud que se resuelve en un restaurante japonés, en el cine o viajando a ese lugar en el mundo. "Seamos de esos", apostilló lo suyo

2 comentarios:

Anónimo dijo...

“...juro que yo había escrito ya un comentario a esta entrada. Esta mañana; de madrugada y escrito en la cama, como Onetti.

Bien pues no está y recuerdo que era laudatorio. Un reconocimiento a esta capacidad de Daniel para encontrar a las palabras sus rincones, para darles cuerpo y lengua, para concebir diálogos entre verbos, para convertir los rígidos latiguillos en frases de misterioso significado...

Es mucho...

Que el 2015 te reconozca.

Abrazos,

Tapón.

Y del otro comentario, que era más sutil quizá, ¿qué se hizo?”

Daniel Seseña dijo...

Qué decir, más allá de las "gracias" de turno. Es un halago, una emoción y un incentivo incalculable que me dediques tus palabras en relación a las mías y a sus latiguillos misteriosos, como dices. Como digo en el último post: Sigamos. El reconocimiento llega con opiniones como la tuya y las que otras personas comparten en otros espacios. Es un lujo inspirador. Feliz año, Tapón.