domingo, enero 19, 2014

Por los pistones de Baker

Patricio está alojado en un centro privado de sí mismo, pero mañana van a practicarle una reacción pública para verificar que puede respirar con autonomía en mitad de la calle. Para realizar la intervención con eficacia y prudencia cuentan con Gregorio Órbita, un conocido analista de resquicios.

Patricio entró en un bucle sobcutáneo meridional después de pasar, con Violeta, la llamada Noche del siglo XIX. Decidió privatizarse en parte, pero sin saber la fórmula ni el camino que recorrió para hacerlo; y lo peor, lo hizo como reacción a un error interpretativo. Violeta, desde entonces no sale de su asombro. Literal. Está encerrada en un estado sorpresivo que le impide parpadear y depende de un donante (mirada perdida perenne) de lágrimas ausentes para evitar que se seque la presencia de su mirada presente.

Privatizado, contrariado, sin instrucciones para salir del zulo en el que se halla, Patricio ha recurrido a lo único que podía recurrir para entrar en razón. Esto es, Gregorio Órbira, que en el fondo es una parte también de sí mismo, porque se conocieron en un sueño de madrugada, y de paso. El recurso seguramente le devuelva al lugar en el que tiene que estar y a tiempo; el tiempo que quiere ocupar, más allá de pérdidas inevitables.

Pero algo ocurre, como siempre, que rompe los planes y quiebra los esquemas. Sucede que Violeta sale de su asombro y decide intervenir. Una nota musical de Chet Baker ha provocado un parpadeo en ella y una lágrima no esperada en el donante de mirada ausente. Inmediatamente reacciona y entra en su máquina del tiempo (sin tiempo). Marca las coordenadas (una fecha común, un lugar de tonos azules y la receta del último beso)...

A los tres minutos y once segundos está sentada delante de Patricio, en el sofá que aquella Noche del XIX compraron en un viejo almacén de C/Gata con Pza. París. Patricio la reconoce, pero no puede reaccionar públicamente (entre ellos) por estar privatizado. Pero ella, no pierde el deseo y le coge de la mano. Ni caricias ni nada, sólo tacto y piel. Con ella viene Baker, suena por los codos y sus notas apuntan directamente al resquicio subcutáneo... Violeta respira, coge aire (para un rato) y bucea.

Un mes después ya es público (entre ellos), que no privado. Están libres de tergiversaciones. Conviven entre notas, frases, sueños de medianoche, lapsus de mediodía, viajes subcutáneos, ocurrencias esporádicas, fotos sin hacer, recetas de palabras o gestos imperceptibles. De vez en cuando resuenan asombros y el tiempo se pierde caprichosamente, pero lo importante es que el camino hacia la privatización interior ha sido descifrado y el sofá sigue sostenido por la melodía de los pistones de Baker.

martes, enero 14, 2014

Contextos y vínculos

El hermano habló con el ex, el enemigo con el colega, la madre con el amante; el jefe tonteó con la hermana; los conocidos se repartían los símbolos; la profesora valoraba a un ex alumno descarriado; un famoso se desfamosó y compartió vida tangible; la escritora se enamoró del astronauta... Y todo esto ocurría gracias a un comentario espontáneo de la persona que todos ellos tenían en común: Nicola.

Esa mañana se había levantado ocurrente y decidió compartir una frase en su muro social: "Hoy he soñado que Murphy confesaba haber robado la ley a un tipo que vendía frutos resecos". Los likes empezaron a caer como ranas en un dilubio apocalíptico. Los comentarios/respuesta se sucedían por segundo. Parecía que todos celebraban la onírica desarticulación de Murphy. Y todos eran ese conjunto de gente dispar; conocidos por Nicola y desconocidos entre ellos. Y ahí estaban, unidos por el contexto propuesto por ella gracias al comentario surgido de un sueño.

Poco después, "la escritora enamorada del astronauta" (miembro de esta entelequia) soñó que soñaba con Platón y su puta calavera, un grupo musical que nunca fue. Al despertar escribió el comentario posterior y reunió a un grupo, si cabe, más heterogéneo... A saber: un alumno hostil, una monja perdida (Sor Teófila), un quiosquero que odia el papel, un tío distante, una amiga del alma, un "follaamigo" despistado, un "anacronista" forense (Federico) y a Nicola.

Y todos, absolutamente todos, hablan del asunto en el mismo espacio. Pero solo ellas, Nicola y la escritora enamorada del astronauta, saben qué historias hay entre los vínculos espontáneos, tras los likes o delante de las asociaciones entre ajenos comunes. Solo ellas saben que así es la vida. Enlaces trazados, escritos, por unos o por otros y recorridos por ellos y los de más allá desde aquí y ahora. Y ahora, cada una desde su dimensión, sabe cómo viajar,  disfrutar de la experiencia y seguir soñando con sonidos que aún no han sido entonados.   

martes, enero 07, 2014

El rock de un reto en alto

Terminé y empecé. En medio del proceso pensé dos cosas. Una de ellas inviable, la otra tan imposible como invisible. Pero no me quedaba otra que imaginar y apostar. La cuarentena había perdido su valor y la única opción que valía era ir a por todas. Estrellarme era posible (incluso necesario) ¿Y qué? Empecé y terminé de empezar. 

Encontré un silencio que sosegaba y ayudaba a pensar que recular era también un camino posible. El silencio me cayó y me calló durante un rato. Le escuché hasta que su desagradable ruido implícito me jodió los oídos. Entonces soplé y se fue con su estridente fragor de fábrica. La dirección seguía siendo la misma; siempre con el miedo a resbalar, caer y sangrar.

Me había perdonado, así que, como ocurre en el ciclismo, decidí tirar en la cuesta más empinada. El resto del equipo que me acompañaba (fichado y entrenado a lo largo de un vida) me acompañaba... Pero iba mermándose a medida que subíamos a la cumbre (envuelta por la niebla). De vez en cuando me daban un relevo en el pedaleo del ascenso, lo justo para pensar... lo justo, coger aire y seguir avanzando.

Una semana después

...Llegó un falso llano, de esos que te hacen pensar que el objetivo es más sencillo de alcanzar tras lo recorrido; nada más lejos de la realidad (ni más cerca). El dolor empieza a pasar factura con dulzura. Es esa recta (que no es) en la que empiezas a aceptar que no va a ser posible. Después llega un ascenso inesperado con una pendiente (independiente de ti), donde el objetivo entra ya en la cesta de la resignación y el deseo de hacer las paces y asumir la derrota ya es un valor en sí mismo. Sin embargo algo (también independiente pero interno) te sigue impulsando en la carrera. 

Dos años antes

Aquí empezó todo. Pero no lo sabía. No era consciente de que empezaba nada. Estoy a punto de renunciar (eso sí no sin antes llegar a la cima aunque esté vacía). Mi escenario me impedía procesar que un objetivo estaba enfocándome al mismo tiempo que organizaba mi propio enfoque. Lo tuve delante de mí varias veces. Muchas. Lo vi primero, lo miré después. Y sabía que en algún momento se abriría una pista hacia el fin (que no final).

Dos semanas después

Sigue ahí. Y yo en la pista. No me rindo, que lo sepas, le digo a la cumbre mientras pedaleo (sin forma pero con fondo). No sé cómo, no sé cuándo, pero que sepas que pienso llegar, dejar la bici seguir caminando. Y por mucho que -aprovechándote de la niebla- me digas que hay otras cimas, solo quiero alcanzar la que me enseñaste. Y no digo "coronar" (siguiendo con el lenguaje del ciclismo), porque pienso organizar mi propia república de acuerdo con tu escena.

domingo, enero 05, 2014

Nicola y la mujer de la trompeta

Estaba hipnotizado, como Edward G. Robinson en La mujer del cuadro (Fritz Lang, 1944), pero ante una pantalla en lugar de un escaparate, como ocurría en la película. Y en lugar de un cuadro era una foto a la que llegué por casualidad. En ella aparece esta preciosa mujer, con sonrisa contagiosa, sosteniendo una trompeta y una bolsa en la acera de una calle (presumiblemente) de Nueva York. El magnetismo del retrato me captura de tal forma que me cuesta salir sin imaginar la historia que alberga. Además, en ese momento estoy escuchando la poderosa trompeta de Chet Baker y el ambiente no puede ser más propicio para imaginar... Así que me entrego e imagino. 

Entro en un bonito e interesante estado propio, entre Lousiana y Madrid; entre mi conciencia y el surrealismo deseado en los mejores sueños. Y entre la mujer de la trompeta y yo en mi pantalla de pronto surge Nicola Pinord. Una desconocida de París a la que una vez quise conocer, pero no pudo ser... Por tantos motivos, como errores que componen una vida. Me cuenta que está enganchada a la misma escena, pero desde el reverso que yo no veo; que se alegra de haberme encontrado, porque una vez quiso conocerme pero no pudo ser... Por tantos motivos, como los errores que componen una vida. Claro que esta frase, en ese momento la escribe ella; la anterior es cosa mía. Mi sorpresa revienta la emoción. 

Se llama Lorraine Glover y es la mujer del trompetista de jazz Donald Byrd, y quien aprieta el botón para secuestrar el momento para siempre es el fotógrafo William Claxton. Desde ese momento, en el que ya tengo resuelto el pie de foto de mi preciosa  trompetista (que no es), se abre otro margen... Al margen, el de Nicola. Seguimos hablando, con Chet de fondo y Lorraine entre nosotros. Encontramos la foto de Claxton a la vez, nos enganchamos a ella en diferentes momentos y después empieza una rítmica partida, sin competencia pero con mucho juego. Preguntas, respuestas (unas más directas y otras con todo tipo de filtros) y la intención de romper el plano en el horizonte... Y sabiendo que en cualquier momento todo puede desaparecer. Dependemos de una conexión.

Lorraine, por un momento, deja la trompeta, se sale de contexto y saca del bolso un pequeño espejo. Se acerca y me sugiere que mire por él. No es el futuro lo que veo, sino una parte de mí mismo tirando relojes sin pilas a un charco urbano. Nicola me mira. La miro. Chet interpreta Almost Blue... Tengo pilas, escribe Nicola. Pero yo me miro las manos y veo que me he quedado sin relojes. Lorraine vuelve a la foto. Lo más extraño y peliculero del asunto es que da la sensación (compartida) de que Nicola y yo nos conocemos de siempre. Estoy imaginando, me digo... No te emociones. Ella pregunta, yo pregunto. Respondemos como podemos. 

De prono algo pasa. Perdemos la conexión y desaparece.

Me pregunto por ella años después. Es raro que ya no esté en mi vida. Nunca estuvo, pero su presencia es total. Imaginación, ¡Puta imaginación! Me reprocho. Lorraine y su trompeta ocupan una pared de mi piso. Es lo que queda de ese todo al que llegamos por una parte. He cambiado de profesión, incluso, para borrarme de mi contexto anterior y devolver a Nicola al margen del que surgió. Me he especializado en análisis de escenarios sin escena. Esos que están, pero que nadie ve u olvida y que ocupan demasiado espacio. Me encargo de gestionarlos, situarlos y optimizar las historias que no arrancan dentro de ellos.

Y termino... Miro por la ventana y una mujer me hace señales. Es Piedad, la portera. Bajo y me pide que la ayude a limpiar un escenario que alguien ha dejado olvidado en un rincón de su portal. Encantado la ayudo. Es un escenario curioso. No es muy grande, un par de metros con volumen voluntario. Tiene aroma a madera y a tugurio de jazz. Me gusta ¿Me lo puedo llevar? Claro, contesta Piedada. Lo subo a mi piso y cuando lo encajo en mi escena aparece Nicola con un reloj y una trompeta. Es para ti, me dice y mientras me come a besos me susurra ¿Lo ves, todo tiene su contexto?  La escena es cuestión de pensarla.

viernes, enero 03, 2014

El cuaderno

La historia que viene a continuación ocurrió entre las 12 horas de ayer y las 13 de un mes antes...

Pol es un adulto que decide recuperar algo, y para hacerlo -llevado por la libre asociación de ideas y deseos- abre una caja metálica que guarda en un armario sin puertas y recupera uno de sus cientos de cuadernos Rubio. En él, sabe, escribió una historia más allá de los deberes de verano. Un cuento que imaginó, pero que cerró por miedo a imaginar sin tildes. Entonces tenía 12 años. Toda la vida esperando al momento de reabrir su ficción para conocer su matiz de realidad. 

En su cuaderno estaba Lea, que también había crecido. Lea era una analista de silencios y crítica de trucos y magias. Estaba ahí porque Pol la imaginó en un escenario sin acentos donde era muy feliz; un mundo cargado de estímulos sin tilde. Un contexto en el que Lea devoraba letras y exprimía sentidos en busca del énfasis que necesitaba imaginar, crear o diseñar. Una faceta que desarrolló a espaldas de Pol y que le valió para construir su propia necesidad. Y la necesidad -a su vez y paralelamente- le llevó a él a reencontrarse con la idea que imaginó el mundo de Lea.

En el tercer acto, entró un acento en juego, sin marchas forzadas, sino por la puerta principal. Ella, confundida, sintió curiosidad y quiso tildarse. Enfatizó en sí misma y se arriesgó a entrar en la turbulencia de los cambios de sentido. No fue inmediato. Poco a poco y junto a la tinta de Pol, fueron encontrando palabras para lo que sentían y pensaban. Para lo que no podían permitirse y se permitían. Hallaron expresiones más o menos significantes, más o menos significadas y sobre todo significativas. 

Pero había un asunto difícil que resolver. ¿Qué hacía ella con el paréntesis con el que convivía? Una pausa, fiel a sus principios, cómplice de sí misma y dispuesta a convertise en continuista si era necesario con tal de no separarse de Lea. La duda se instaló en el cuerpo de texto. Pol, autor de la historia, veía cómo se le escapaba del teclado y quedaba en manos de un acento sincero y Lea, un pesonaje entre dos mundos. Le miraban de reojo esperando un consejo, pero él sabía que no debía intervenir. La historia había trascendido... Así que dejó el cuaderno abierto y en lo alto del tejado. 

Al día siguiente subió y el cuaderno había volado. Sintió alivio y descargo de conciencia. Después, abrió otro Rubio, el único en blanco que le quedaba y se puso a escribir con todo tipo de acentuaciones, sin censura. Se tiró a la piscina de su imaginación y al salir, una tilde curiosa le esperaba. Fue un flechazo encuadernado que le llevó a entender el punto de la "i" y el silencio de una "h" que cala. Ahora todo está en el aire.

jueves, enero 02, 2014

Año nuevo, álbum loser

Se conocieron en un bar de losers 36 minutos antes de 2011. Así empieza la historia de Hana y John, una experimentada (48 años) amante del rock sonido garaje y un iconoclasta mod (50 años) adicto al power pop y al doo wap de los 60s.

Aquel nefasto 2011 había sumergido a ambos en un escenario sin cabezas de cartel ni teloneros. Lo habían perdido todo. Ni trabajos ni parejas ni nada. No dormían en la calle porque siempre quedaba alguien cerca que les daba alojamiento y poco más. Vívían del recuerdo (lo que les daba algo de valor) y de la supervivencia innata. Afortunadamente llegó la Nochevieja y ambos caminos se cruzaron en la barra de Paqui Dermo (apodo de Francisca Dermana); así se llamaba la propietaria del Bar más sórdido de Castrunteriza (una localidad donde se trafica con adverbios): El Hipopótamo Rosa y las desconsideradas de azul.

Dos perdedores que nunca han querido ser nada más que lo puesto. "Lo que llevo es lo que soy", reza el tatuaje en la espalda de Hana. Dos extraños (incluso de sí mismos) habitan junto a Paqui ese espacio, pasadas las 23:30 del 31 de diciembre de 2011. Se ven, se miran y se invitan a pasar a sus vidas... Aún sobrios pero sabiendo que acabarán entregados al manto etílico de la noche más catártica del año, apoyan los codos en sendos escaños de la infame barra del Hipopótamo. 

Hablan de música, repasan sus vidas con melodías roqueras de seducción. Un mod tan iconoclasta como ecléctico encuentra cobijo en la sabiduría de una doctora del rock, y viceversa. Paqui, consciente del universo de mierda que propone a sus clientes desde los años 70, enarbola su rostro de orgullo; no es la primera vez que logra unir a perdidos. Les dan las uvas y ni se enteran. Repasan los temas que más les han emocionado en sus vidas. Paqui, mientras, va pinchando... Porque tiene de todo en su discoteca.

Recuerdan, reeditan ideas abandonadas, beben, bailan... Cada vez más histriónicos y exagerados al ritmo del whisky emocional y pasional de Paqui. Ajenos al cambio de año. Ajenos a sí mismos. Solo pendientes del instante que les ha tocado vivir. El futuro es un intangible que desalojaron de sus contextos hace unos años; no cuentan con él, no creen en él. 

Tres años después, aquella canción, ya un álbum que apunta a ópera rock, sigue componíendose... Tan heterodoxo como evolutivo. Así que a dos minutos de 2014 se han dado el No quiero, se han sobrescrito y han volado a 1931... Hasta una taberna donde empieza la música que los parió.