jueves, febrero 27, 2014

Cabizbajo

Durante un tiempo pensé que Ramiro (el viejo loco de la idea fija) había cambiado de barrio, pero ayer le volví a ver. Venía caminando cabizbajo desde el final (o el principio) de la calle y no pude evitar preguntarle. Él no me conoce, sé quién es por lo que imagino que es, pero no por lo que es en realidad... De lo contrario 'esto' no sería Periodismo ficción. Se sorprende por tanto cuando me intereso por su mirada triste. Por supuesto me interesa qué le pasa, pero me puede más la curiosidad de conocer esa idea fija que alimenta su locura; la que yo imagino que le acompaña, claro. Como buen tipo que es me contesta. Sufre porque ha visto cómo la mujer de su vida ha pasado delante de él y no se ha parado. Metiéndome en el papel de Proust, le planteo una pregunta más: ¿Cuánto ha tardado en pasar desde el extremo de un ojo a otro? 

Se queda pensando un minuto -exacto- y resuelve el problema: Más o menos un año. Pienso por dentro: Aquí cada loco con su tiempo. Me invita a un café, nos sentamos en una mesa y pasamos de las sillas. Así al menos nos sentimos más sostenidos que acordes... a las normas. Charlamos, imaginamos, compartimos teorías y resolvemos fórmulas sin solución. Al final, el ingenuo muere, sentencia. ¿Y eso? Le pregunto. Porque las reglas del juego dicen que cuando ves pasar la vida de un ojo a otro sin pestañear durante un minuto (equivalente a un año en su mundo) te conviertes en ingenuo ante el abismo o en cartón piedra con alegría... Y yo, como ves, sigo siendo de carne y huesos tristes. Al concluír me entra una lástima incontrolable y al minuto, Ramiro tropieza con su propia estima y cae al abismo. Salgo cabizbajo... Poco después alguien me para y me pregunta por mi mirada triste.

martes, febrero 25, 2014

Al hilo de noviembre

Por J.Noviembre

Hoy empieza una nueva historia. Pero lejos de ser eso, nueva, es más bien una historia añeja sobre la que un día preguntaste ¿Qué sentido tiene su causa? Y yo te contesté: No lo sé, no lo pienses. Para mí ya ha llegado ese momento. Sé que para ti no, pero el sentido va a su ritmo, la dirección a otro distinto y ambos campan a sus estrechas anchas. Esto es un cuento de navidad sin prólogo que transcurre en el frío verano de invierno. En algún momento entre noviembre y febrero. En algún instante entre tú y yo. Aquí estoy cimentando el continuará y eliminando las escorias del falso rácord. 

Ayer, cuando nos cruzamos en el videoclub, no teníamos ni idea de la que nos iba a caer encima. Hoy no puedo/quiero vivir sin caidas libres. 

Me he dejado la cartera en un local deslocalizado y he tenido que volver para entender por qué un día hui de ti. Al recuperar mis cosas entiendo por qué salí corriendo, pero no comprendo por qué lo hice. Sin embargo, sé que quise salvarnos de mí. Y tú quisiste protegernos de ti. Quiero volver a perder algo, pero sin empezar de cero. Como te digo, no quiero falsedad en el rácord, sólo continuidad en nuestra historia.

Me dices que me vaya, me dices que no me vaya. Y yo, sin control, me despierto de madrugada para escribir la historia que empieza en el día que nos cruzamos en aquel videoclub de pelis descatalogadas. Te digo que te vayas, te digo que te quedes. Y tú, despierta, me regalas pistas sobre el camino que tenemos que recorrer sin mirar para alcanzar el argumento que surgió aquella noche de noviembre.

Mañana dirás que lo sabemos y yo te diré que no lo desconocemos. Mañana volveremos al catálogo de cine que entendimos a través del libro secreto. Mientras tanto voy aceptando que no hay mañana; empezando por ayer ('durante' las fotografías en blanco y negro de aquella exposición). Todo está delante. Mejor así. Ya  sé de qué va esto. He tirado mi experiencia a la pared proyectada y se ha llevado la película a mejor ficción. No hay jurisprudencia ni precedentes. No hay pistas. Estamos solos ante el principio de Heisemberg. Sana inexactitud. Nada es como nos contaron.

...Nada es así. ¿Qué te parece si entramos por la salida? ¿Qué tal si nos vemos dentro? ¿Quieres que dejemos de lado la galería inmóvil? Te propongo un plan: Pasemos y veamos; pulsemos las sábanas de aquella habitación de invierno poco convencional frente a mi 'ruina' (reconstruida) natal. Veo el cuadro que pintaste. Decido encerrarlo en una fotografía con sábanas sin pulsar y liberarlo durante una de nuestras conversaciones de extremos. Los trazos vuelan y terminan uniéndose al hilo rojo inquebrantable. Decido aceptar que es parte de mí y por tanto no necesito romperlo; me une a ti.

Te veo en el videoclub. Por fin te veo. 

viernes, febrero 14, 2014

Utensilios y contextos

Había perdido dos dedos de la cara, una ceja de la rodilla y tres gestos mudos. Salió, como de costumbre, de sus clases de utensilios. Pero ese día no le cundió nada, aprendió poco... No pudo concentrarse. Tenía una idea clavada en la cabeza. Pero no era una idea cualquiera, sino una idea que no terminaba de entender. Los utensilios que construyó aquella semana le habían ayudado mucho con "lo suyo". El problema era buscar la superficie donde soltar lo propio y así ver qué perfil tiene la idea. ¿Por qué fabrico una idea que no entiendo? Se preguntaba. 

Conocí a Tomás en mitad de una marejada pensativa. Cruzamos unas palabras en la calle Francisco de Rojas. Me habló de un escenario con el que soñaba, también sin comprender del todo. Terminó la carrera de Ciencias del Contexto con nota. Desde que era muy joven jugaba con paisajes, calles, rincones, espacios... El juego consistía en vaciarlos y recomponerlos con los dedos de las sienes, los pelos como escarpias o la cicatriz de la mirada. Un espacio le estaba obsesionando más de lo normal, los utensilios con los que contaba le sabían a poco y reconocía tanto su deseo, como la carencia de darle forma y fondo. No era la primera vez que hablábamos, pero sí la primera que reconocía que empezaba a tambalearse. 

Esta mañana nos hemos encontrado entre dos recuerdos. Estaba contento porque -sin haber comprendido del todo la idea- había construido un utensilio que le hacía ver que lo importante era tenerla. Por lo tanto, se ha puesto a trabajar en un instrumento que mezcla música con capacidad de esculpir y agitar. La idea toma forma. No sabe cuándo, pero sí que esa es su idea y que llegará a su núcleo tarde o temprano. Lo más cachondo de Tomás es que sabe compartir y delegar, y me ha pedido que le escriba la sinopsis. Y en ello estoy, pero una idea me dice que por favor la haga caso. Y estoy un poco perdido...       

martes, febrero 11, 2014

Calaveras de cristal

Se puso una pistola bajo la mandíbula. Hizo todo el daño que pudo. Alteró los niveles al máximo. Se expuso. Se escondió. Cayó. Terminó empezando y empezó por terminar. Leyó la cartilla, con las botas puestas, cogió su fusil y aspiró la última hache que le quedaba. Se insultó, se abrazó, se escupió, soñó con ácido, despertó y regresó al momento de nacer antes de darse un baño caliente. ¿Y qué pasó? Que abandonó el puto sentimiento de culpa. 

Una ribera, una cepa y la última copa en el peor garito del barrio lumpen le devolvieron a su ilusión. La prohibida. Decidió vivir, con sus mierdas, pero vivir. ¡Qué cojones! Clamó. ¿Por qué tengo que perecer por no parecer lo que ella quiso que aparentara ser? Y quién es ella, se preguntó. Pues ella no es nadie habiéndolo sido todo; pero un todo que no fue porque no quiso estar. Y realmente ELLA no está aquí, sino en Nueva York. Y por qué. Porque la gran manzana, lejos de cantar en tono bíblico, tiene una tonalidad real disfrazada de ficción. Allí se construye la viñeta que siempre quiso dibujar, la película que siempre quiso rodar, la música que siempre sonó en los walkman de su hermano, el musical que nunca vio y la tienda de los horrores que germinó tras el espacio. 

Nueva York es parte. Y a ella... LE encontró en la calle. La espera, pacíficamente, sin prisas ni guerras absurdas. Espera porque sabe que llegará. No es que no quiera ir, es que hace falta un escenario sin apuntador. Un tablao tan flamenco como el ritmo que los descubrió en aquella puerta mirando a las américas. Pasa de dudarlo más. Si ellos, los caballeros de la tabla cuadrada, doblaron a los de la mesa redonda, ella y él tienen la vida por delante y a la culpabilidad en proceso de decadencia.