viernes, marzo 28, 2014

Ficción, papel y palabras

Es raro, extraño, tangible, real, huele a los libros de texto del colegio... Es absurdo, peleón. Es un libro. Sí, Periodismo ficción, gracias al empeño de Elena P. Jiménez (fundadora de EsferaEd) tiene un brazo de papel con lomo, portada, hojas, índice, capítulos... ¡Código QR! Y no es ficción. El próximo 3 de abril lo presentamos en La Fábrica
 
Esto podría arrancar tipo Breaking Bad, es decir, vemos cuatro planos sobre símbolos y personajes cosechados aquí (pero cuando el blog estaba vacío), y todos ocupando una portada con fondo azul. Después nos preguntamos ¿Qué ha pasado o qué tiene que pasar llegar hasta aquí? Y el único modo de respoder(se) es ir post a post, atando cabos, para tejer la historia de fondo que da forma.

El resultado es este objeto gobernado/custodiado por personajes y contextos que no entienden de lógicas. Personajes preocupados por graduar su vista para entender (de una vez) qué tienen delante, detrás, a los lados y en dimensiones interiores (y/o posteriores). 

 Para los que no estén muy metidos en este mundo extraño de PF, recomiendo leerlo de vez en cuando; abandonarlo en una repisa, sobre una idea fallida o cerca de una duda. Nunca del tirón, porque entonces pueden pasar dos cosas: una que me odiéis u otra, sufrir el efecto de las palabras; que puede ser muy contraproducente a corto/medio/largo plazo según el caso... O no. 

Por lo demás, todo bien. Si sobrevivo al 3 de abril, prometo que Scarlett O'Hara nunca volverá a pasar hambre. Y termino con un GRACIAS a Isabel Molina, prologuista y mujer de ciencia que ha sido fundamental, con sus comentarios inventariados y revestidos por el anonimato, una fuente de inspiración agitadora; y otro GRACIAS a Elena por creer en esta locura y apostar por ella en su aventura editorial.

martes, marzo 25, 2014

La tregua de un 'Todo' en Re menor

Estaba muerto, la gente le miraba, nadie le tocaba. Tenía los ojos abiertos y una sonrisa cómplice con el mundo que dajaba. El dedo corazón de la mano derecha estaba tan erguido como él el día que consiguió adentrarse en los mundos de Sofía Travesía. Los pies decían una cosa y sus pestañas otra. Su conciencia, en reposo, había viajado horas antes junto al resto de particularidades no expuestas. Y los codos, interlocutores y su canal de diálogo favorito, habían decidido plantarse y empezar a trabajar en dirección a la aceptación de los hechos.

Cuando me tocó reconocerle no me impresionó, pero me rompí en la mitad de los mil pedazos que suelen protagonizar esta típica frase. Sabía que era cuestión de días encontrármelo sin vida, con esa sonrisa cómplice. Además, sabía que su muerte era un reactor para mi propio reconicimiento... Porque eso es lo que pasó, ese fiambre con el dedo corazón al viento era parte de mí. Había muerto de miedo, pero sonriendo al terror;  al pánico de asumir que yo viviría/cargaría para siempre con la culpa de haberle matado. La culpa ni se crea ni se destruye, ni mucho menos se transforma, con la culpa sólo se puede convivir y dejarle su sitio. Lo llevaba escrito en una servilleta arrugada dentro de la mano izquierda.

De vuelta a casa, tras haber reconocido el cuerpo, voy con todo. ¿Qué es todo? Me preguntó ELLA en su día en un contexto diferente. Todo es todo, contesto ahora; contesté entonces. Todo es abrir los ojos por la mañana y saber leer el lugar que ocupas; comprender que tú mismo te escribes sobre blanco; saborear la certeza de que sobre ti, ya sólo decides tú... con Todo. Y todo no es poco. Son las taras, las virtudes, las cargas, las culpas, las miserias, lo errático de uno mismo y lo acertado. Un enorme e imperceptible mejunje de conceptos e inhalaciones de conciencia... Y antes de entrar, aunque me cae otro muerto encima, sigo mis pasos y levanto el dedo corazón al viento, pero como no puedo reprocharle nada a nadie, subo a mi lugar y bajo el volumen para poder escuchar -deltodo-el aroma de las letras que salen de la tregua.

viernes, marzo 14, 2014

El picor que resbala y la lona de desprotección

Esta mañana, apenas hace una hora, he resbalado con una conclusión ajena que alguien ha tirado al suelo de madrugada (aún estaba fresca y poco adherida a la acera). Me duele el codo, el tobillo, la rodilla y parte la región occipital donde se fraguan los resultados de una noche pensando. No se ha roto nada, son contusiones sin importancia; salvo que alguien abandone una exageración y ésta me reviente la prudencia. Pero como de momento no ha ocurrido, no voy a dar la espalda a ninguno de los golpes recibidos. Al contrario, estoy saludando uno a uno, en plan protocolo monárquico, político o futbolístico, para conocer el dolor individual.
Foto: Especial/Síntesis

Uno de los espacios contusionados me demuestra que existe una relación directa entre el resbalón y el exceso de vueltas dadas sobre un mismo planteamiento. Otro, que prefiere hacerse el nudo (que no el loco),  encuentra una explicación a aquel dolor que -de siempre- arrastra el contexto que nos ocupa. Uno a uno, cada hueco, va encontrando desenlaces, motivos y motivaciones. Y todo este movimiento de fondos y superficies conectadas... ¡por un resbalón cuyo culpable es alguien que prefiere desprenderse de toda conclusión (o al menos de la que ha provocado mi caida)! ¡Coño, tiene cojones

Hace un rato que el dolor ha pasado de mí. Estoy tranquilo y tengo la tentación de olvidarme de ese movimiento de superficies y fondos... La tentación se convierte en un hecho y el hecho se traviste de chispazo inmediatamente. Vuelvo al lugar donde empecé a dar vueltas de campana sobre mí mismo y me encuentro con un tipo enjuto que me pregunta por una conclusión extraviada. ¡Eres tú! Exclamo. ¡Es mía! Reclama. Le cuento la historia, me cuenta su búsqueda. Tropezamos juntos con el nudo propio que une nuestras taras y terminamos tejiendo una lona de desprotección y asunción de agravios incomparables. 

Muy cerca veo a un obrero picando la superficie,  y por su cara, parece que está tocando fondo. Ahí vamos.

lunes, marzo 10, 2014

Transición


---Retornar: (3. tr.) Hacer que algo retroceda o vuelva atrás---



Salía de fuera cuando entró hasta dentro. En el camino alquiló dos películas descatalogadas. Y antes había tirado a la basura las pisamierdas que aún le vinculaban a su otra vida; con ellas había deshecho mil caminos, un recorrido y pateado una calle con rumbo. Pero ahora camina por una cuerda que se ha estrechado justo en el momento en el que su argumento ha ganado peso. Así es la vida, dice el asidero de turno. Mira hacia un lado, hacia otro, hacia arriba, abajo... Reconoce el espacio, se identifica consigo mismo y sigue discurriendo por la cuerda floja.


http://www.narayoshitomo.com/
Apenas se ve nada ya. Todo está tan oscuro que no reconoce ni sus pies, pero prefiere oscurecer y fundirse con la oscuridad que morir por no intentarlo. Incluso, por qué no, darse una vuelta por la tenebrosa oscuridad. Entonces se da cuenta de que los viejos monstruos que le inspiraban la creación de mil escudos para protegerse de ellos, ya solo asustan... No matan. Y el susto, es eso, un susto. El tercero pierde su efecto. Qué curioso fenómeno: tener miedo del miedo por encima de la fuente que lo provoca. Sigue paseando con sus inseparables auriculares que le suavizan un poco el estruendo del silencio real.

La cuerda sigue perdiendo grosor, apenas queda un hilo rojo imperceptible, pero sigue caminando por ella en medio de la oscuridad. A veces parece hundirse. Ha llegado a un punto en el que no sabe si ha adelantado, retrasado, girado o se ha elevado del terreno. Eso sí, sabe que tiene que dar entre 107 o 1.044 pasos para llegar a aquel pasillo que atravesó la tarde/noche cuando salió -sin retorno- hacia adentro. Más que un pasillo, es una transición, un corredor que une contextos. Y mientras, el hilo rojo empieza a sublimar; es su definitiva transición hacia el sólido mundo del vapor.

Camina ya sin pensar en el terreno; lo hace entre recuerdos y experiencias, entre reflexiones y cosas por pasar... Y sobre todo, empieza a hacerlo porque sí. Demasiado tiempo avanzando porque no. Charla con unos y con otros o calla para siempre. Tantas lágrimas han dejado la superficie perfecta para el cultivo de ideas no planteadas, e incluso no padecidas. No tiene una sonrisa idiota, pero no está mal. Puede con ello. Llora y disfruta llorando... Antes no podía. Seguramente porque los monstruos acojonaban demasiado... O porque el dolor escuece más en la mente que en la piel. 

Se llama Pacho Nara, he coincidido con él en mitad del camino; yo iba en mi mundo, pensando en un post concreto y al chocar con él, he caído sobre esta idea y he llegado a una entrada discontinua. Hemos hablado mucho de miedos y hemos jugado con ellos, sin red protectora. Ahora, teniendo en cuenta los pasos dados y las cifras descifradas me voy a tomar un respiro con calma. Así todo se saborea mejor. Y mañana no será otro día.