martes, abril 22, 2014

El hombre del piano y el telón


Se dieron la mano, un beso y se lo contaron al hombre del piano. Era su última noche juntos. Ella se iba al fin y él, al cabo. Tenían apenas tres horas para emborracharse del cuento que habían destilado. La graduación era la máxima y el equilibrio perfecto. Y el pianista lo sabía todo. Era el único espectador ante un escenario que empezó a construirse en América y decidió convertirse en contexto. Así que pianista y contexto dieron cobijo a Lucian y Prosa. Bailaron sobre sus palabras, rimaron y se arrimaron. Lejos de torturarse disfrutaban de cada nota, devoraban lo imposible como si fuera cierto, se amaban por encima de la prohibición de hacerlo. Ni penas ni culpas, envueltos en las teclas del pianista daban esquinazo a la censura para comerse a besos por la puerta grande de las bulerías y las alegrías. Lo vivido entre ellos tenía su propio estribillo. Lo no vivido salía de las entrañas de un bajo con cuerdas autónomas. Lo no dicho era el coro de fondo... Y lo dicho se lo llevarían al fin y al cabo.

En el segundo acto todos aplaudían ante la autenticidad de la ficción que estaban constatando. A lo suyo, Prosa y Lucian siguieron acariciando el acceso a lo inaccesible. No había resistencias ni asperezas, sólo sentido poco común, incluso fuera de él. Los aplausos procedían de sus cofres (los de serie) entre bastidores. El pianista entre nota y nota, anotaba cada detalle para inmortalizar lo que a ellos en pocos minutos se les escaparía entre los dedos; todo aquello que jamás podrían poseer. Lucian se perdía por su cuello y Prosa se agarraba a su mirada. El hombre del piano afinando... Y matiz a matiz entre todos iban componiendo la melodía de un disco imposible de rayar. 

En el tercer acto empezaron a notar el escozor, las primeras punzadas de la guadaña de la despedida. Pero no les impedía restregarse por los rescoldos de su historia. Esa que jamás moriría, aunque quedase a la deriva, o perdida, sin dueños, pero con dos protagonistas que un día miraron a través números impares, se encontraron tras recorrer pasillos retorcidos, expusieron sus miradas y presentaron sus ficciones ante la atenta mirada de miles de motivos a favor. Empezaron con un empacho de perdices e inventaron su felicidad. Se entregaron sin pensar y pensaron que nada se crea ni se destruye sino que se entrega... y después se comparte. Lloraron hasta la extenuación con dolor. Y al final se cerró el telón. Y cuando el hombre del piano se giró para aplaudir, se encontró con miles de palabras flotando en el aire... A la deriva. Abrió su piano y una a una las fue incorporando a sus cuerdas. Mi piano, dijo, es inmortal. La vida es afinar en el escenario adecuado. Bebió un trago y apagó la luz. 

jueves, abril 17, 2014

La santa procesión que va por dentro

Se acercó a cada paso, habló con costaleros, devotos y con una virgen consensuada. Sintió la emoción, esnifó todo el incienso que demandaba su intención, creó un círculo vicioso tras un sueño y después salió del paso. Pensó. Dejó de pensar. Sintió. Cayó al suelo y se comió una piedra que intentaba ser menos dura. Se levantó y entendió lo que pasaba: Había estado en todas las procesiones, pero no había encontrado la suya, porque la suya va por dentro. Y a esa no hay Dios ni pasión que la saque a las calles. 

Construyó un arca unipersonal para recorrer la procesión que va por dentro. Hizo las maletas con lo justo sin restar valor a lo puesto. Es más, nunca lo puesto había tenido tanto valor para él, como el de la pasión por meterse por esos lugares y afluentes interiores que no sabía muy bien dónde iban a desembocar. Al principio iba muerto de miedo, porque se movía entre temperaturas que no conocía; más allá del frío y del calor. El miedo pasó a ser pánico por los tenebrosos ruidos que provocaban las corrientes al chocar con los músculos y las entrañas. Y ahí nadie cantaba ni jadeaba... Sólo él podía tatarear alguna melodía de refugio. Pero el terror bloqueaba la opción.

Después de perder el conocimiento durante un rato, lo recuperó, lo metió en el bolsillo y le salió por la culata. Estaba tumbado en una cueva, había naufragado, aunque seguía a bordo de la procesión. El miedo había desaparecido. Era otra sensación. La sensación de ser consciente de que viajaba por su propio interior y que contaba con un botón rojo para iniciar el camino de retorno. Lejos de usarlo, siguió. Tenía que llegar hasta el final del paso. Decidió parar por un momento en un campo base improvisado para reciclar aire, sentir lo vivido en aquella habitación y revisar la defensa de sus mecanismos.

Pasaron dos semanas, tres de ellas santas; un verano, la repetición del mismo; tres errores cometidos (más uno por cometer); dos vertientes sin arrojo; un par de ofrendas sin más; un caballito de mar macho, preñado de planes por hacer; un devoto desertor; y una herida que ha decidido aceptarse y convertir la cicatriz en escarificación... Y llegó al final, a la desembocadura de la cumbre. Dulcemente dolorido por lo aprendido, por lo aceptado, agotado, rendido y orgulloso, emocionado, se regaló una sonrisa de satisfacción...

lunes, abril 14, 2014

Descalzos

Decidieron descalzarse para siempre, andar de puntillas y caminar con pies de plomo. No pensaban morir aquella noche de domingo, y no lo hicieron, pero se encomendaron a la pausa del coma antes que a la muerte sin remedio del punto final. Ya no había signos aparte... Todo estaba sobre el papel; en el mismo plano y a la deriva. Sólo queda dejar que el viento, el tiempo, la corriente, las corrientes, los remos y los elementos hagan su trabajo. Ellos ya han hecho el suyo: descubrirse, crearse, creerse y transformarse. Desde que se calzaron la primera vez no habían dejado un renglón sin su sentido correspondiente. Habían caminado sobre espacios en blanco incandescentes, huecos tipográficos japoneses; asomado a puertas (entreabiertas) a contextos continentales; visitado exposiciones de situación; y pensado en todo lo vivido. 
 
El suelo quema, no abrasa. Se clava, raspa, pero regala solidez e invita a recorrer, investigar sus corrientes y aguas subterráneas. El suelo duele, pero sin él sólo queda el vacío. Los neuróticos creamos e imaginamos castillos en el aire, los psicóticos los habitan. Dicen que una tarántula nunca te pica cuando la estás sosteniendo en tu mano porque, salvo que sea una suicida, intuye que si daña la superficie que pisa, acabará en el hoyo. Aunque el Tánatos temprano hace estragos por ejemplo entre los marsupiales,  si se salen del tiesto (de la bolsa materna en este caso), y se caen, la madre no les rescatará, por débiles. Así que el suelo puede ser la salvación, pero también el final. Lo que está claro (sin confusos sentidos subordinados) es que un castillo en el aire siempre terminará engullido por la gravedad (...de un asunto no resuelto).

Hoy he visto en contextos independientes a dos personas descalzas. Ambas llevaban ladrillos con cimientos divididos, y elementos para dar forma. He tenido una enorme tentación de hacerles una foto para ver qué pasaba después. Pero casi mejor que sean ellos los que den forma al fondo sobre el que han decidido caminar en estado de coma. 

El booktrailer de Periodismo ficción

jueves, abril 10, 2014

Lucian y la prosa que pensaba en verso

Venía metido en lo mío, o en lo tuyo, no sé muy bien. En ese momento no distinguía. Salía de mis clases de Pronunciación e Introducción a la Hache Muda cuando Lucian me paró en el 107 de la calle Exacto. Por lo menos hacía un año que no sabía nada de él. En concreto desde que se separó del concepto de sí mismo. Entramos en Barrena, un bar de notas al que solía ir a atar cabos cuando se me desataba la impaciencia; o cuando abusaba de los plurales mayestáticos. 

Foto tomada en serio en medio de unas obras...
Ocupamos la mesa del fondo y nos pedimos unos vinos (yo uno de California traído de Boston y Lucian un Toro de pura tinta), y tras el brindis empezó a contarme su historia. Yo, que estaba en un momento de sensibilidad afilada no tardé en soltar una lágrima tras otra (y así hasta 1044,  la hache muda hace estragos). Le pedí que no se dejara distraer por ellas. Siguió. Me dijo que llevaba tres días sin saber nada de su prosa. Habían decidido -en consenso- despedirse para darse la oportunidad de poner las palabras en el texto y lapso adecuados. Los dos nos emocionamos y acabamos desoxidando armaduras a base de llantos extremos y palmadas sobre hombros dispuestos. Ojo, que también nos reímos.

Él y la prosa habían vivido una historia sin encuadernar, un cuento -poco chino- que empezó sin más y acabó sin fin. La realidad lo pedía, la ficción lo impugnaba; y de vez en cuando se intercambiaban los papeles, la realidad agitando y la ficción calmando. Un año de pasión entre palabras, giros y cambios de sentido; un regalo narrativo para un Lucian redescubierto y para una prosa con más verso en su interior que palabras dichas (las no dichas llenan cofres intangibles... y futuros).

Lucian se marchó y yo volví a la calle por la que venía -metido en lo mío o en lo tuyo- pensando en todo lo que pasa sin que haya pasado. Pensé en todo, y sobre todo... en todo lo que tenía que pensar. Me sentí parte, así que decidí (una vez más) empezar la casa por el subsuelo para olvidarme del tejado. Y ahora, así estoy yo...

domingo, abril 06, 2014

La huella del espejo, una despedida libre de restos que restan

Venía de transcribir una parte del todo y de tatuarse un todo por dentro. Conducía bajo los efectos del temor y bebía para conducir por algunas de las carreteras secundarias de su vida que nunca había tanteado. Delante no había un fin, sino un objetivo que solo enfoca cuando lo ve claro; el típico instrumento al que le da por mirar con lupa sin contar con el ojo que lo dirige. Venía -que no volvía- para mirar de frente a la huella del espejo. Un gesto impreso en el reflejo que le daba tanta fuerza que le asustaba despedirse de él; un guiño tan incondicional y profundo que había trascendido hasta los cofres internos. No tenía por qué hacerlo, pero sabía que para construir un escenario real, tenía que incorporar la huella, borrarla y desalojar el reflejo... que no era más (ni menos) que eso, un reflejo que tuvo su momento. La silueta de un hecho que pujaba por entenderse a sí mismo. Sabía que llevaba su tiempo, al ritmo de la independencia que marca el espacio propio. No podía impedirlo ni frenar el proceso. 

Por fin se sentó y empezó a mirar de frente sin perder de vista todo (o parte) lo que pasa rozando el párpado. Sabía que lo imposible es cuestión de tiempo, como dice la pintada que alguien contrapuso al muro que le mira cada mañana. Así que ahora tocaba hacer un inventario de los sucedido, de lo pensado, de la transformación, de la evolución (y sus elementos), de lo imaginado, de lo descartado, de lo dicho, de lo no dicho, de las balas (que agitan sin matar) disparadas, de los silencios de las comas no usadas, de los parpadeos calados, de los componentes del capítulo 107... Una lista infinita de "cómos" que merecía la pena sublimar para prepararla para su momento. Tenía, en definitiva, mucha tarea por delante. Pero a cambio, disponía del tiempo necesario para dedicarla.

La despedida fue triste, pero como alguien dijo, también dulce. Porque hay despedidas libres de restos (que restan). Y ésta era una de ellas; una bienvenida al mundo de las cosas bien amasadas. Después llegó el turno de la hoja en blanco que venía exigiendo su oportunidad desde hacía un tiempo. Los cimientos eran sólidos... Ya sólo quedaba pintar, esculpir, dramatizar, dibujar, idear y escribir la historia. Y aquí es donde empieza todo...