viernes, mayo 30, 2014

Cruzando la línea

Se metió la última raya a cuadros que le quedaba aquella noche sin luna ni nubes ni claros. Rodrigo se metió sus rencores de una tirada nasal; pero también sus complejos, sus temores y las frases hechas que nunca hizo, pero que sí dijo. Era la despedida. El soplo del último momento. Tenía que irse puesto con lo puesto, sin mirar atrás y no rayarse en el intento. Tenía que romperle las piernas a ese contexto que había estructurado con empeño en los mejores años de su puta vida. Puta porque ella -la vida- fue la encargada de vender su cuerpo por "dos duros" a la misma muerte. Absorbió hasta la última mentira que él mismo amasó para no sufrir el ardor de crecer.

La raya, reconocida su cuadrícula, se rebeló por un momento y quiso bebérselo a él, pero Rodrigo sabía defenderse de la absorción ajena. Era un experto en meterse dentro de sí mismo, lo cual le proporcionaba una defensa perfecta contra los ataques de los aliados mejor disfrazados de aliados. Aún así, la geometría de la droga que te engancha al regreso, quiso intentarlo de nuevo, pero Rodrigo ya la había aspirado. Y en sus manos estaba pronunciarla o no, como ocurre con la hache...

Lo importante era salir de ahí, porque la droga era él, y la raya, una línea en la frontera entre él y lo que había hecho de sí mismo. Una división que se esnifa para penetrar en lo más profundo de la mente para no volver a profundizar y aceptar la anexión con el cajón entero adjunto. Tenía que prepararse para lo mejor... Rodrigo salió y entró. Salió para entrar a lo grande y a lo bestia. Con todo. La rampa le esperaba, la percepción de lo que estaba por venir también. Mareado, pero ilusionado por poder soportar su propio peso rompió amarras y partió. Estaba tan preparado (más de lo esperado) que supo disfrutar de la derrota, de la victoria y de la esperanza de volver (o empezar) a estar en paz.


lunes, mayo 19, 2014

Cuesta

El caso es que siempre hay cuestas. Salgas o entres, vengas o vayas, te sientes (cómod@) o trasciendas, te cagues en todo o en nada, asumas o cuestiones, barras o dejes acampar el polvo, corras o corras, huyas o viajes, planches o te arrugues, ganes o pierdas, te hundas o nades, vuelvas o te revuelvas, te alojes (en ese hotel) o desalojes la realidad... Siempre habrá una pendiente que hay que allanar. Aunque "cueste"!

miércoles, mayo 14, 2014

Sal de dudas

Entramos en Barrena para la entrevista. Rubén me contó que las últimas palabras que escuchó de ella, antes de que pusiera océano y montañas de por medio, fueron: Sal de dudas. El bar estaba lleno, pero se podía respirar. Las fotos naíf de las paredes y el cóctel de límites marcaban el ritmo y equilibrio entre ideas y palabras. Tardó en entender sus palabras. Sal de dudas. Pero en un tiempo razonable comprendió y entonces sazonó sus mejores recetas con la duda sobre sí mismo ante la muralla del océano impuesto.

Aquel día yo quería invertir los papeles y terminé por financiar una idea que Rubén no terminaba de verbalizar. Una inquietud más bien. No me molestaba, una entrevista es una entrevista. Lo curioso es que a veces yo no sabía dónde empezaban las respuestas y dónde terminaban las preguntas... Incluso muchas respuestas eran verdaderas cuestiones, y cantidad de éstas adoptaban el papel de contestación. Y sumando enteros diré que en más de un momento Rubén pensó que él era yo y yo me convertía en Rubén. Ella, de fondo, pero a miles de kilómetros de distancia y en pleno glaciar emocional seguía (lo sabíamos) el diálogo en tiempo irreal. 


Nos pedimos el especial de la casa: Colmenillas del Cómo a la sal de dudas. La sal procedía del extremo oriental de lo alto del Monte Sicilia; los hongos fueron extraídos de una decisión por tomar. La entrevista aumentaba su contenido. Rubén necesitaba conectar los sentimientos que ella le despertó (a lo bestia) con el sabor de la incertidumbre en que se había embarcado. Le pregunté sobre su punto de apoyo a la hora de huir. Me contestó que nunca huía de nada, pero sí que corría sin parar. Tenía la teoría de que había pasado demasiados años asentado sobre el talón y que para conectar realidades necesitaba cambiar de postura, erguirse e inclinarse al mismo tiempo, pero hacia adelante. Porque en más de una secuencia había pensado que tiraba hacia adelante, cuando en el fondo la línea del cuerpo empujaba para atrás...   

Y mienstras él teorizaba yo practicaba, recordaba todas las veces que he salido corriendo hacia atrás... Sus palabras empezaban a pesarme. Rubén se dio cuenta y giró el micro hacia mí, pero lo rechacé y me emplacé a una entrevista conmigo mismo más adelante. No, es tu momento, contesté. Ambos sabíamos de qué iba la película. De hecho, todos los que aquel día entramos en Barrena, sabíamos de qué iba la película. Un largometraje sin estructura ni nudos ordenados, con desenlaces entrelazados y planteamientos germinados pero sin fecha para descapullar. Una historia, al fin y al cabo, libre de influencias teóricas porque todas han sido destruidas... 

Nos despedimos de madrugada, a la hora de los perdedores de medio pelo. Esa en la que se cruzan los que llegan con los que salen; cruce que te obliga a posicionarte en un bando o en otro, y que termina por confundirte más aún de lo que estás. Lo mío es una mezcla entre vengo y voy... pero nunca "vuelvo"; por mucho que mi médico "el antenista" se empeñe en lo recomendable de volver de vez en cuando. Eso se lo dejo a otro personaje que un día despuntará: Javier J. Ruiz, el anacrónico forense. Nos despedimos de madrugada y dedidimos que lo destruído bien destruido está, porque logramos separar de los escombros lo peyorativo de 'destruír' para vincularlo a la película por construir (esa que nunca nadie nos explicó que llegaría en este momento de la vida... de la madrugada). 

Ya hablaremos. Y quedamos en vernos después de la tempestad para reservar un cinefórum sobre nuestras películas rodantes.