martes, diciembre 29, 2015

La foto desarraigada

Quería ir a aquella exposición de la que tanto había leído. Llevaba dos meses intentándolo. Soñaba con ella; aparecía en conversaciones propias y ajenas. Se colaba en los recuerdos y en las ideas más absurdas; incluso entre palabras que nunca pronunciaría estando solo en mi salón. Ahí estaba, dando guerra​ una colección de fotografía que no me quitaba ojo. Instantáneas que cambiaban de fondo según la forma de mirarlas. Una sala a la que, deseando ir no podía ni acercarme. Lo intentaba, llegaba incluso a poner la directa, pero  algo ​siempre terminaba expulsándome de la ruta. Un mensaje, 140 caracteres, un link vacío, acordarme de un asunto pendiente, de una llamada... Todo valía para no ir.



Y así un día tras otro... Noche tras noche. Las fotos con fondos cambiantes me llamaban, pero no podía estar delante de ellas. Era todo un boicot a mi intención.



​Ayer, sin embargo, en una jugada consciente -mientras me desvelaba a las 4 de la mañana- encontré una fórmula para engañar al engaño con mentiras sinceras y distraerlo durante unas horas. El problema fue que la exposición había terminado y en su lugar di con una sala llena de información inconexa que agitaba por dentro al observarla. Se titulaba El dato de reojo y consistía en un conjunto de hechos, datos (netos y brutos), noticias que nunca habían sido comunicados. De todas la formas y fondos. Me quedé perplejo, no podía parar de leer, de mirar, de interpretar, de preguntarme por ésto y lo otro. Y así pasaron las horas hasta que me quedé solo y cerraron; casi tuvieron que echarme.



Decidí volver dando un paseo. Tenía una extraña sensación de desarraigo difícil de procesar. Sólo haciendo el camino al andar -pensé- podría depurar este malestar; porque es lo que era, puro malestar. Una agria sensación de ser pero no estar o de estar pero no ser del todo. Y para colmo se mezclaba con la típica paranoia de que la gente me miraba, en concreto los mayores. Mayores imaginar​ios que me decían: “Tú eres de por ahí”. Tras tanto contacto con los datos; con tanta pregunta surgida de la nada cuando me dirigía a un todo anhelado y prohibido, aquellas fotos con fondo variable; con tanto esfuerzo realizado contra la parálisis propia... Me había quedado, de pronto, sin sitio. El camino a casa se había convertido en una huida, en un regreso, en un progreso, en una afirmación, en una búsqueda del origen ​que consolidara mis decisiones. 



Lo más absurdo y esperanzador de este trayecto es que cuando llegué, con cierta ansiedad, alguien me había dejado en la puerta de mi casa una foto sin marco y con contexto por escribir. En el reverso una nota decía: “Por ahí se llega al fondo del instante. Fdo.: Una desarraigada de libro”.
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* Entrada inspirada en este "tuit" de la periodista Violeta Molina: "No pareces andaluza, tienes pinta de 'por ahí' acaban de decirme en mi pueblo #Desarraigo. Gracias @violetamolina!

domingo, diciembre 27, 2015

Soul

Levantarse, autoconvencerse, reanimarse, no lamentarse, mirarse, palmearse, sentarse, dirigirse a, puntuarse, afinar, dejar de prepararse, reaccionar... Son reglas que Ella gestiona cada mañana. O en mitad de la noche. Da igual 'la trama' horaria. Lo importante es construir cada día ese fuerte que sostenga su estructura, porque la coyuntura se hace. Se lo repite una y otra vez, siempre añadiendo un elemento nuevo, una nota más. Ella es así, muy de incorporar y reciclar, nunca de aniquilar.

Todo este ritual empezó cuando perdió a su hermana pequeña en un accidente de tráfico. Viajaban juntas, pero sólo llegó ella. Lo superó con cada centímetro que compone el tiempo. Pero todavía le cuesta entender que su gran amiga y hermana no va a ser su cómplice nunca más en tiempo real. Gracias a los infinitivos y las subordinadas que nunca pronuncia puede con ello, que no con todo. 

Aquel viaje que nunca empezó iba a ser el despegue para ambas. Un trayecto por convicción a la tierra prometida del soul. Lo habían preparado durante todo el año. Durante toda la vida. Les esperaba el escenario más anhelado. Ahora está sola ante un público ansioso por escuchar sus conclusiones, envuelta en la penumbra de la luz azul, entre viento y percusión, rodeada de letras que se abstraen por su cuenta. Ajenas al suelo.

Esta noche es el concierto. Está lista. Con ella comparte escena su banda, su fuerte, su parte por el todo reconstruido, una batería de recuerdos vivos y un alma dispuesta a ser reeditada por la nueva ola de sí misma. Ante el espejo funde su cara junto a lo verbalizado en el reflejo. Se aferra a su saxo barítono y llora por dentro, emocionada, porque sabe que ya no puede retroceder, sólo... ¡Tocar!

jueves, diciembre 17, 2015

Rescoldos archivados

Se había quedado dormido mientras concentraba su mirada en el fondo de la forma. En la primera parte del sueño viajó a una ciudad que flotaba en mitad de una idea, más o menos pensada. Antes de llegar al ecuador construyó dos castillos en un aire poco respirable. Antes de despertar tuvo una pesadilla consigo mismo: se levantaba prematuramente y en lugar de tobillos tenía el mundo a sus pies; pero era... todo un mundo caminar por él. Así que sólo podía andarse con rodeos. Y cuando despertó se había transformado en un rumor. Y eso ya no era un sueño.

El día anterior la chica que tenía interés por él giró la cabeza (mirada incluida) y del quiebro le provocó un esguince cerebral. Quizá de ahí que mutara de cierto a rumor. Se sentía cierto, pero muy de pasada y como no podía confirmarlo se cosió a una duda tan sólida como razonable. Ella, la chica, no era consciente porque nunca vivió el vínculo con la misma intensidad que él aplicaba a cada momento de su vida. Y era más de negar que de dudar. Eso sí, cuando le abandonó empezó a afirmar. Sabía que no podía caminar junto a un rumor que se dejaba sus días entre actos oníricos. Así es él, se justificaba ella. 

Días después un sueño se hizo autónomo y puso una sede alternativa de sí mismo. Segúramente se trataba de un leucocito sublimado que decidió por su cuenta, más allá de rumores. La cosa fue tomando forma, con la nutrición adecuada. Incertidumbres y afirmaciones discutían en todo tipo de formatos: sueños, canciones, pensamientos, frases, diagramas, vasos, frases (poco) hechas... Dialogaban, se gritaban, hacían pactos. Y así, poco a poco él volvía a ser él sin la obligación/necesidad de ser el mismo. Lo importante era estar en el sitio, en su lugar. 

Y ahora yo -un servidor, un glóbulo aclarado, alguien que escribe sin resistencias- he decidido apagar un rato la luz para trabajar con aquellos rescoldos que nunca debí archivar.

domingo, octubre 11, 2015

Página siguiente

Después de una pedorreta, dos cortes de manga y una hostia con la mano abierta al mismísimo aire, Roberto decidió que era el momento de saltar por donde había venido y continuar escribiendo aquella página que nunca estuvo en blanco. La pedorreta se la dedicó a sí mismo tras una discusión con un mal gesto; el corte de manga era pura descarga de adrenalina sin filtrar; y la hostia, un movimiento de impotencia contra nada (el todo que pasa por delante y nunca se para a mirar). La hoja, que durante muchos años se disfrazó con letras, espacios, verbos y giros sin sentido, ya no dominaba la situación. Roberto desveló el secreto después de muchas vueltas, que no a lo mismo. Había mucho que escribir. Y ya con la ansiedad desalojada del cuadrilátero.


"Calor. Collage sobre papel" (Erre Gálvez - erregalvez.com)
La primera frase salió por sí sola. El resto fue llegando por su propio pie. Un capítulo, el que correspondía a los primeros días del cambio de siglo, tiñó la habitación de azul: una mezcla de fondo de piscina con pintura que no pinta nada. La semana antes (antes de no sé qué), Roberto tuvo que remar contra la corriente de una relación que no tenía relación con nada. Ella, inició la travesía y él, sin los remos del pasado, cogió el timón para pasar de flotar a navegar. Fue el argumento -color azul- que le abrió la puerta de la primera parte de su novela. Nada encajaba, pero los personajes se encontraban a gusto en el planteamiento. Digamos que estaban calentando antes de la partida... Es decir, antes del arranque. Y él, Roberto, era uno más. Eso era lo difícil precisamente, situarse desde el terreno de juego que él mismo estaba diseñando.

Ya no había vuelta atrás. Salió de cuentas, parió dos ideas más, con ellas llegaron tres personajes nuevos poco introspectivos. Dos gajos de sí mismo con los que tuvo que negociar una hoja de ruta llena de rincones expropiados por tramas ajenas. La novedad es que el verbo "negociar" encajaba por fin. Impuso y propuso una base de normas. Destapó un conducto y continuó con la historia. Continúa con una historia... continua. ¡Ha costado! Suspira el mismo... Macguffin.

lunes, agosto 10, 2015

Se alquila su vida

Cayó rendido y después depositó el último suspiro en un vaso vacío con forma de zapatilla sin pisada. Antes de morir tuvo tiempo para jugar una partida de tetris, basado en su vida. Unas piezas encajaban, otras no y otras tantas, a medias. Cuando completaba una línea liberaba fórmulas inacabadas al espacio, lo que le hacía perder peso y provocaba sensación de apretón. Murió con 4 kilos y medio menos, pero fue enterrado con 15 de más, porque retuvo un líquido a última hora que pesaba mucho; por él fluían todos los despropósitos acumulados y el acierto de su vida...

https://instagram.com/p/6Leos8A4dE/Para cuando llegó al otro barrio no quedaba nada de él, tan sólo una coma abandonada por aquel punto infantil. No se trataba de empezar de nuevo, porque aquello no era una reencarnación, sino un trasvase unilateral. Una imposición contractual que figuraba en su partida de nacimiento. Su padre, tras unas elecciones perdidas pactó con el opositor a diablo... El resultado estaba ahora por ver. Para empezar llegó a una junta municipal de distintos; un pleno al 12 sin piedad; una reunión desunida pero con intención de recomponer piezas urbanas y éticas; un foro de vecinos con ganas de rehacerse un hueco con ellos mismos y entre yos ajenos. Cuando empezó a tomar conciencia se le hizo bola un viejo anhelo de prisión. Un freno ante deseos de ambición por encima de las líneas rojas trazadas en algún rincón de su cabeza; deseos de superar la barrera que le protegió siempre de tempestades. Lo paradójico es que muerto estaba más vivo que nunca. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo puede ser? Si soy un fiambre, se planteaba, cómo puedo tener tantas ganas de no privarme en actuar en público.

Pasaron los sueños, los días, los malos tragos y los fantásticos segundos etílicos. La memoria de su padre tiraba con fuerza. La mezcla de indignación ancestral y esperanza de vida (obligada y de serie) daban fuerza a ese café que nunca se tomaba... Y con calma, se tomó los siguientes episodios. Unos, con esos malos tragos como protagonistas; otros, con las decepciones propias pegándose con las ajenas... El caso es que no había un capítulo tranquilo. Y eso que estaba muerto.

Pasado un tiempo se levantó en mitad de la noche, inquieto por una idea que no terminaba de manifestarse. El calor era soportable, aunque agotador; así que agarró el pensamiento por el pescuezo y salió a la calle a darse una vuelta de tuerca a sí mismo... Y lo hizo tan a conciencia que -como si escurriera una toalla mojada- extrajo de dentro un torrente de palabras por decir, ocurrencias pendientes, guiños no realizados e insultos no dirigidos. Y en ese torrencial también cayó él. Fue en ese momento cuando se encontró al mismo nivel que la tímida idea que le había robado el sueño aquella noche. Y en medio de tanto sudor como lágrimas sin sangre se abrazaron. Por la mañana se puso a escribir. Lo tenía claro, estaba muerto, pero eso no le iba a impedir colocarse con las palabras. Y alquilar su vida por un precio razonable. El que marcan los silencios que habitan entre las líneas de su texto. El precio que hay que pagar por ser inquilino de una historia abierta. Pero propia.

viernes, mayo 22, 2015

Las doce y cinco


Su reloj siempre marcaba la misma hora, algo más de las 12:05. Sólo cambiaba el día. Pero no le importaba el día en que vivía, tampoco consultaba la hora en su muñeca; ya lo hacía en las paradas del autobús en el móvil. Para Fermín las cosas venían dadas. Pasaban. No podía parar, volver, pasar página o acelerar el paso del tiempo, con lo cual prefería no contar. Además, siempre fue una sombra a quien la información (como la luz en una cueva) llegaba indirectamente a través las paredes limitadoras en las que debía apoyarse para no caer al suelo. ¿Para qué mirar a los ojos al tiempo interpretado? ¿Por qué aceptar la fragmentación de los tiempos? ¿Por qué hacerse preguntas? No merecía la pena, pensaba. 

Una mañana que no quiso levantarse sufrió una caída en cuenta. Del golpe pensó. Y de la idea nació un minuto con deseos de despuntar y no sólo pasar en 60 segundos. Tenía una pregunta en la cabeza: ¿Qué es lo peor que puede pasar? Desconocía la procendencia y no sabía a qué atribuirla o asociarla. Normalmente para consultar estas paradojas o acertijos inconscientes recurría a Paquito el kiosquero, pero se había jubilado, ya no había prensa en la calle... Y su pregunta, en el aire. Entonces decidió someterse al sueño de la noche siguiente para lo cual necesitó ceder el paso a 12 horas con las que no contaba. Doce horas que no tenían prisa y se lo tomaban con calma. Le miraban; coquetas se reían. No entró en su provocación, prefirió fotografiarlas para inmortalizarlas. Porque, como dice, "no hay cosa que le joda más al tiempo que ser capturado". El instante les borró la sonrisa de la cara y perdieron sus milésimas. Por fin llegó la noche y durmió. 

Cuando se lanzó al fondo de sus párpados empezó a abrirse camino entre dudas, mareas de palabras, huracanes de sinsentidos, maremotos de contradicciones, movimientos de tierras inmovilizadas, mareos, vómitos de aguas tan tibias como turbias... Y al mismo tiempo pequeños retales iban uniéndose al gran tejido de una respuesta que sólo podía encontrar ya en tierra. Al final llegó. Exhausto por descanso, jadeando por la calma trepidante que mueve los interiores se contestó por sus propios canales: Lo peor que puede pasar es que pase de largo de mí mismo y termine por ignorame... Y en tonces termine. Dos semanas después escribió en una pared: "Yo paso". Al día siguiente soñó que entraba. Hoy está. 

viernes, mayo 08, 2015

El autor, algo y la causa

Tenía el proyecto claro, prácticamente cerrado. Pero algo se interpuso entre los archivos que lo custodiaban. Un algo que encontró su razón de ser en esa posición entre argumentos; pura salvación para éste. Daba igual qué contenidos ocupaban los extremos, lo importante para ese algo era el espacio transversal creado por su irrupción. El autor estaba confundido.  No entendía nada ni podía identificar el obstáculo interpuesto. Era lógico. Pura protección porque la última vez que algo (otro) se interpuso en su vida sufrió una parálisis en su mentalidad abierta que le provocó una cerrazón en la entrada y salida del recto (decidido a ser insurrecto).

Ahora no tenía conciencia de que hubiera algo en medio de su creatividad, por tanto, si bien es cierto que estaba confuso, al menos no sufría por dentro. Sólo por fuera y parcialmente. Sin embargo, ese algo sí conocía al sujeto creador del ecosistema ocupado (el proyecto), quería cuidarlo por motivos tan lógicos como medioambientales. Porque si el autor volvía al conflicto rectal sería una catástrofe. Por tanto tenía que trabajar en una simbiosis dirigida. Tenía que presentarse al autor, pero sin sustos; debía parecer un encutentro accidental consigo mismo. 

Ha pasado una semana desde el bloqueo. Una semana desde que pensador y algo se cruzaron. Ese algo ya se ha hecho con un nombre propio: Miguel Ángel Sustituido. El pensador ha cedido parte del suyo. De Renato Empar ha pasado a Pareto Sin Más. Y en mitad de una reunión interna ha llegado al asunto; ha aterrizado en la interposición, ese algo que ya es argumento, idea y ser. Se han sentado sobre sus ganas de crear y han decidido que el uno forma parte del otro. Han bastado dos conversaciones sin nudos, sin planos de transición para unir los archivos de la verdad por el mismo vínculo. Es decir, transformar los conceptos y resignificarlos (como diría el doctor Kastorcillo) para dar sentido a la nueva estructura no lineal.

Empeñados y unidos en el hecho de emprender por los pies, desde el suelo impulsor (que no carcelario), han ascendido hasta el lado material de la idea y después se han fundido en dos palabras. Han surgido tres frases y unos pocos verbos sin tiempos. El proyecto ya funciona con sus engranajes. Es autónomo. Y después de tanto tiempo invertido en entender quiénes eran algo y autor, Sustituido y Empar, saben que no pueden dominar la consecuencia, el proyecto (llamado Ruedas) no puede esperarles. Es la causa.

jueves, abril 30, 2015

El suelo discrepante

Era la tercera "o" que hacía con aquel canuto maldito. Tanto tiempo en la sala de espera le dio para pensar y dejar de hacerlo. Lo que no sabía era a qué estaba esperando, hasta que la tercera "o" le dio una pista. Entonces se aferró a ella para no resbalar, tomar carrerilla y despegar. Salió despedido con un contrato firmado por sí mismo bajo el brazo torcido. No quería volver a pararse. Estaba harto de salas huecas y de las esperas sin pistas. Inevitablemente tropezó con el aire y cayó al suelo de siempre.

Cuando logró despegar la mejilla del paso de peatones tuvo que cederlo. Como no venía nadie cruzó con los ojos cerrados delante de su propia memoria, pero ésta no le reconoció y llegó al otro lado sin recuerdos molestos. Sólo lo puesto. Pensó en saltar de nuevo y no lo hizo. Siguió andando en dirección discrepante. La memoria abrió los ojos y esta vez sí le vio, pero de refilón. Lo justo para devolverle la imagen que se dejó olvidada de sí mismo cuando se descalzó antes del despegue.

Anclado en las consecuencias no veía el momento de reconciliarse con las causas. Ya en su casa pensó que había llegado el momento de remodelar el suelo. Se trataba de que el nuevo no repitiera la textura ni los muros del que que ocupó en la infancia y adolescencia. Picó donde picaba, para rascar y encontrar muchos argumentos ocultados. Aquellos que no pudo entender en su momento. Fue rescatándolos uno por uno. había unos 100. Los colocó en orden sin orden. Estructurados. Pero a medida que iba leyéndolos se colocaban en su sitio, en su tiempo correspondiente.

Las lágrimas se alternaban con las risas. Ellas mismas, las lágrimas, se descojonaban de sí mismas; y algunas risas lloraban de pena. Él seguía atando cabos... despegando más aún la mejilla del paso. Hizo una parada técnica para tomar una taza de conciencia. Sola, sin azúcares de más. La saboreó como a la consecuencia de Victoria. Como si fuera la experiencia más consciente jamás vivida. La primera elección sin condicionantes externos. Eran las 4 de la mañana cuando terminó la colección. Aquella transición durmió como nunca.

Al día siguiente comenzó por el suelo y comió pulpo inverso con la mejor consecuencia frente él; pero de su lado.

viernes, abril 10, 2015

100.000 Ideas y una sombra de perfil

Me mandé un mensaje a través de un perfil que no me sigue. Y claro, nunca me llegó aunque me explotara en la cara. Hay cosas que técnicamente no pueden pasar aunque pasen. De hecho pasan de largo, como el mensaje. Entonces, eso sí, pensé que me quedaba en el mismo sitio mientras el mensaje se alejaba. Pero no, seguía en movimiento; más lento, pero sin parar. Me pregunté por qué no me seguía y me respondí de manera poco objetiva cuando me puse de perfil; o sea de su parte. Tendemos a pensar que nuestro perfil es como la sombra. Incondicional por el hecho de partir de nosotros... Pero no, el perfil aprende por lo bajini y el capullo se independiza en parte. Y seguir sus pasos para recuperarlo es (del todo) imposible. Así que mi perfil y yo tenemos un debate eterno. 

Los hechos ocurrieron el día que se me cayó una idea a una papelera que contenía material de película. Se fundieron y acabaron en la química de un vídeo que se hizo viral. Llegó a unas 100.000 personas en poco menos de una hora. Esas 100.000 personas siguieron con sus vidas, pero un tiempo después empezaron a desarrollar (inconscientemente) la idea que se me cayó a la papelera y se fundió con la película... Un acontecimiento accidentalmente subliminal que sólo yo conozco porque me estalló en la cara un mensaje propio, desde lo ajeno (de mí). El mensaje que hablaba de las consecuencias que tiene no ciudar lo que pienso.

Un día, mezclado entre semanas impuestas, coincidimos los 100.001 en un recinto onírico, tan surrealista como los hechos. Como la idea que no fue. Charlamos como si fuéramos dos. Nos enviamos mensajes desde los soportes que nos permite la sombra. Intercambiamos perfiles y posturas encontradas. Y al final hicimos consciente la idea derramada a la papelera. Del lado individual viajó hasta el colectivo y cuando emergió no hubo duda de que cada uno tiene lo suyo, la suya. Pero aquella era mía y hoy, de tantos. Por eso no importa de qué va, lo que importa es que ni siquiera es verdad. Es tan sólo una ficción pensada por una persona -que no soy yo, ni ninguna de las 100.000- que trata de amarrar claridad dentro de miles de voces que pasan por su cabeza. 

lunes, abril 06, 2015

Sentada al borde del libro


Tenía que subirse a un tren incierto. Debía pensar en las causas de las consecuencias. Hizo la maleta sin pensar en la mochila que llevaba ni en el peso de una vida sin clasificar. Salió disparada hacia el prólogo de una historia por construir. El disparate la llevó a tomar prestado el portaequipajes de otra persona que viajaba en dirección opuesta, sin bultos. Antes había dudado si ejecutar una flexión o una impostura; en una pausa pensó que lo mejor era no parar y demarrar (y derramar) para coronar el prólogo en solitario. Reanudada la marcha reclutó tres ideas y se agarró al texto.

Una mañana amaneció sentada al borde de un libro sin tapas . La experiencia le recordó -sobre todo por el olor- a una vieja ocurrencia de su padre, cuando pescaban en una poza sin agua, pero llena de verbos corretones y submarinos. Antes de marcar la página sobre la que se había sentado se sumergió un poco más en aquella ocurrencia y pescó desde aquellos verbos. Uno, el más inquieto, la reconoció inmediatamente. Pocas personas como ella le habían dado tantos sentidos en el fondo. Y sobre todo, nadie como ella había empatizado tanto con una palabra así. El otro, más amoldado a su medio y sus formas, no se resistió y declinó cualquier voluntad de cobrar sentido alguno. Ella, con el verbo del pasado en su mano, se reconcilió con su padre. La ocurrencia recuperada fue el vehículo; consistió en implicarla en un proceso de búsqueda submarina a través de una caña con (en apariencia) pocas ganas de pescar.

Ya en el tren, ya en el camino entre la impostura y la flexión, se se dio una vuelta por sus consecuencias conscientes y regresó con todo el equipaje de mano; la parte facturada tardaría un tiempo en llegar. Era un ejercicio necesario, lleno de matices de libertad. El prólogo la esperaba con las tramas abiertas y los brazos sin solapas. Sabía que todo lo que estaba por llegar ya sólo dependía de ella y de los verbos administrados en sus maletas. Palabras propias, salvavidas, redentoras, animadoras de crecimiento.

Un día llegó a su destino: el lugar donde todo sigue y concurre. Y lo mejor de todo, suspira, es que por fin sé estar; ella, el verbo, el recuerdo ocurrente y su sitio preciso, añado yo (un narrador ni fu ni fa... sostenido entre palabras). El libro se abrió de tapas, ella ocurrió y a mí se me ocurrió que era el momento.

viernes, marzo 06, 2015

Caídos por la división del guindo

Parcela, Mula, Campos y Herrero son cuatro amigos que lo han dado todo por pisar la tierra que ni plantan en firme. Darlo todo para ellos significa tirarse al vacío desde el guindo. Un guindo que plantó -y planteó- el tío de Parcela en algún lugar centrado en el extremo de sí mismo. Durante la adolescencia se columpiaban cada día y se lo pasaban todo por el forro de las raíces. Antes, en la infancia buscaron un punto de conexión entre los deseos de venganza y el rechazo propio. Hoy, tras entregarse al suelo, desde la altura del mundo adulto, los cuatro amigos están cimentando sendas vidas (más la común) con pasta rellena de carne de suicidio superado. 

El mismo mes antes del suceso Campos tuvo un accidente, Mula vio un túnel con dobles sentidos, Herrero giró los ojos hacia el lado oscuro del párpado y Mula imaginó un mundo sin comas. Entonces llevaban dos años sin verse. Los contextos les llevaron a un espacio común: el aula/bar Poso sin forma. Se bebieron las partituras de un sueño que perseguían desde las ramas del guindo; es decir, desde que se conocieron en aquel colegio sin clases. Comentaron las cosas ocurridas desde lo personal. Intercambiaron procedencias y destinos sin final. Retomaron los vínculos.  Después accedieron a las reflexiones de los hechos por vivir. Hoy lo pueden contar. 

Hace una hora he recordado una palabra que ya no recuerdo. Y en mitad del recuerdo se ha reactivado la sensación de una experiencia que compartí en su día con Mula después de hablarme de lo mucho que echaba de menos a sus amigos. Todos esos momentos no se perderán. Ningún momento se pierde... Otra cosa es que en la caída libre desde lo alto del guindo uno pierda parte de la conciencia que decidió despertar. Pero eso no significa que desaparezca, sino que se camufla o readapta a nuevas situaciones, a otros momentos. Y no lo digo yo. Los cuatro amigos lo comentan en sus ratos libres mientras se toman unos vinos en tierra firme; firmada por un cuento... escrito.    

lunes, febrero 02, 2015

No tienes ni puta idea...

...Pero ni puta ida! La conversación había decidido hacer una media maratón por su cuenta, de recorrido incierto y meta a lo lejos, pero a la vista. Lo del medio siempre quedaba en un maldito imposible. Como el eterno nudo que precede al desenlace. El resto eran sufrimientos en paradero desconocido y orígenes comunes. Ni puta idea teníamos cuando nos conocimos en aquel rascacielos, donde un diálogo llevó al otro y de ahí a 1044 razones de maneras de enlazar motivos. Sin medir las consecuencias y sin patinar sin patines por el camino de la dulce amargura. Sin redes ni chalecos salvavidas. Matar o morir

Sobre la mesa, sobre las sábanas, sobre los planes que escribimos y nunca hicimos, sobre la lluvia que no cala, sobre el asfalto de lona circense, sobre un mar que casi no probamos y sobre la idea de probarlo, sobre el sobre que contiene esa carta que nos enviamos sobre el asunto de fondo... Sobre todo, no tienes ni puta idea... Pero lo sabes de sobra.  

Anoche encontré un archivo adjunto que contenía el silencio que siempre queda cuando te vas. Después soñé que te quedabas conmigo para siempre. Más tarde me caí de la cama y el suelo era una esfera de arena, sin leones, pero con payasos sin gracia. Y yo, un equilibrista con miedo a las alturas superficiales. Al día siguiente escribí la canción que mañana estreno en el concierto de invierno. En dos semanas grabaré la película debajo de la primera capa de mi piel. La sinopsis ya te la sabes. La escribimos un viernes sin red. 

Nota: Es la primera parte de un texto que me encontré esta mañana enrollado y tirado al pie de mi portal. Es reciente, la tinta estaba templada. Las emociones tienen relieve. La segunda parte está cosida a una tercera que ata cabos y que requiere un trabajo de asociaciones que me va a llevar unos días realizar.

viernes, enero 23, 2015

La sandalia y el paradigma

Quería investigar en un nuevo estado de ánimo, pero no encontraba ni el qué ni el cómo, aunque sabía dónde podría surgir. La noche anterior le dio una pista. Un sueño ajeno que se coló en el suyo. Unas palabras en paradero conocido entraron en el almacén de ausentes perdidos para gritar en tono de susurro: "Ya está, ha ocurrido". Era la misma voz que pisaba tierra firme con sandalias fabricadas con un mapa de color malva y rosa, y vino blanco. Sólo tenía que dar los pasos adecuados para llegar a la ribera que une la emoción con el fondo de las cosas que tienen que pasar. En otras palabras, tenía que empezar, de una vez, por el principio. Nada de finales terminados por un nudo condicionado por las sombras de otras vidas.
En ese mismo momento voló hacia el Oeste para recuperar el Norte. No es que lo hubiese perdido; digamos que lo había dejado en depósito, como tantas listas de temas pendientes (del hilo rojo y leal). En la travesía fue abriéndose paso por distintos sentidos. En una dirección se encontró lo contrario, en otra, lo opuesto, y en todas direcciones decidió circular con lo puesto y las contrariedades que hicieran falta. Ese peso, que no carga, iba a enriquecer la fórmula que llevaría hasta el, tan deseado, nuevo estado de ánimo. No le faltaba mucho; como a Tim Robbins en Cadena perpetua (The Shawshank Redemption. , 1994), desafiando a la ansiedad para cavar el canal (de comunicación) que le llevaría hasta la libertad de sentir lo propio. No era cuestión de tiempo, sino de saber leer la marca de los pasos dados. Todos. 

Hizo una parada, sin alto en el camino, para preguntarse si quería pelea. Hizo un camino en lo alto de su intención para hacer el ejercicio de separarse parcialmente la piel de los huesos y agruparse en el nuevo borrador. Ya podía sentir el trazo final. Bebió un trago de sueño destilado y brindó con (y por) el recuerdo de aquella tarde/noche absoluta en la que saltó al vacío sin forma.  

Continuó la marcha. Siguió firme. Peleó. Se separó la piel de los huesos. Escupió el agua del grifo mientras se reía en la cara de la pena. Rompió los moldes. Cantó la canción de la flota de los zorros. Volvió al escenario circular. Se hizo el listo para hacer la lista que faltaba. Paró. Reanudó. Aceleró. Frenó. Pensó. Asentó. Gritó. Generalizó en particular. Se ajustó a los parámetros que iban llegando... Estaba cerca. Muy cerca. Y por fin, llegó. 

Se bajó del calzado que le había llevado hasta allí. Cerró los ojos para dejarse seducir por la brisa que él mismo había cavado. Torció el gesto y se estiró del todo. "Ya está, ha ocurrido", le volvió a decir la voz, su propia voz. Acababa de concluir la investigación con éxito. Acababa de construir un nuevo Estado para su ánimo. Una preciosa patente con estructura culinaria. No era alegría, no era tristeza, no era euforia ni apatía... Era una sandalia y el paradigma de su entramado. Como suena. Una sandalia individual fabricada con un mapa color malva, una rosa, un vino blando y la foto de un beso al viento con la luz especial de la textura del momento.    

lunes, enero 19, 2015

The end, fallo de sistema

"Perdida" (Lyon, 2014)
Cuando recibieron su mensaje y la foto perdida (como la última llamada) él ya había muerto. Lo dejó todo programado para que todos leyeran sus palabras una vez tomada la decisión de darse de baja de sí mismo. No era un castigo, sino el extraño proyecto de un tipo con fallo de sistema reconocido. Su suicidio ponía la guinda a una vida dedicada a planificarlo con todo detalle, con cuidado, con mimo para que nadie tuviera que hacerse cargo de nada. "Estaba programado para morir en el momento preciso", escribía en sus mails. Nadie le encontró, él mismo se envió por una bandeja de salida especial, empaquetado en frío y conservado en esencia de pensamientos aplazados.

Los papeleos, la donación de órganos e ideas (incluidos los sentimientos en depósito) estaban organizados para resolverse matemática y físicamente. 50 años dedicado a... "su obra" sirvieron para que todo saliese según lo planeado. Incluso logró mermar el dolor entre su círculo a través de un sistema que diseñó para empatizar con su propósito. Ni una gota de sangre ni una mancha, ningún eslabón fuera de su cadena de causas; ni un pero... Y sobre todo, ni una sospecha derramada en ninguna fase de su vida. Nadie se lo explicaba al mismo tiempo que conseguían explicárselo sin dramatismo. No hubo funeral. Así lo dispuso. Pero sí quiso concentrar a todos en un concierto de piano y maracas sin Machín. El recital que escribió y compuso para el momento. 

Días después y como despedida definitiva llegó un mensaje más. Un archivo que contenía una película rodada en los últimos 10 años. Una cinta viva que evolucionaba de forma distinta en función del espectador que la veía. No era una comedia ni mucho menos un drama; tampoco un documental. Era una especie de western con influencias asiáticas y 'poéticas' (por Edgar Alan Poe). Tan extraño como él, tan indescifrable como sus intenciones, tan entrañable como su transparencia opaca.  Eso sí, el final, el The End, era común a todas las películas que se había montado... Y aquí llegó el fallo de sistema (sobre el propio fallo de sistema sistematizado por él con tanto cuidado). Un final donde se manifestaba una duda. La duda de si al final, con el último parpadeo se arrepintió de tomar la decisión que lo mató. 

THE END

jueves, enero 08, 2015

Nota a cuatro melodías

La historia que viene a continuación no tiene que ver con nada. De hecho, nunca ha ocurrido. De hecho es producto de la imaginación anónima. De hecho, es una anécdota que nunca sucedió entre las 20 horas de un día cercano a las 8 horas de un día cualquiera que se aleja. De hecho, los hechos son parte una idea que nunca se pasó por la cabeza de nadie, sino que se coló en un lapsus ingenuo en mitad de un cruce por azar entre cuatro personas inconexas. 

alviento.cuatrovientos.org
 Si fuera una película arrancaría con un plano medio de una persona que se acerca al objetivo subjetivo de alguien que observa sin prestar atención a lo que ve. Esa persona es un tipo que va pensando algo mientras vocaliza (no sabemos si verbaliza) lo que parece una canción. Lleva auriculares y varias noches sin dormir. Intenta no pensar más de la cuenta. Intenta distraerse con los recursos que le quedan. Intenta no mirar al punto crítico que le ha torcido parte del gesto y del tobillo intolerante. Lo intenta, pero no lo consigue. Esos son verbos mayores. Cae una y otra vez en el mismo charco. Tropieza siempre con la misma castaña que él mismo coloca con mimo en sus travesías interiores.

Por otro plano se aproxima al final de un espacio una chica que duda de todo. Lo sabemos porque una voz en off nos lo sopla con complicidad y sin que ella lo sepa. Es su propia voz, que tiene una vida independiente de la garganta que la hace vibrar. No quiere llegar al final, sino explorar los rincones pendientes, las macetas sin agua ni plantas que se niegan a abandonar las medias fronteras. Desea atar tantos cabos como cordones forzadamente anudados; y levar el ancla de un fondo sin fondo. Pero con ganas de conectar con la superficie. Sin embargo, la salida clama y genera una atracción hacia sí misma que hace difícil ignorarla. Sabe que cruzarla depende del equilibrio entre su fuerza y el esfuerzo por reforzar la palabra seguir. 

El tercero del cruce es un hombre transparente. Que no invisible. Sin embargo, con tanto elemento propio a la vista cuesta descifrar sus códigos. Mira para un lado, guiña un ojo al cielo, suspira hacia adelante, cuestiona al viento que insiste en conmoverle, pero él de ahí no se mueve. Pasa desapercibido, pero no ignora sus límites. Y ellos, los límites, se comunican con él cuando cierra los ojos y pierde el Norte. Se citan en el Este, pero terminan por encontrarse al alba de un Sur que niega su parte oriental. Sabe que es el tercero. Es consciente de que nunca pasará a primeros planos. Es un dulce dolor que necesita para ponerse en su sitio. Sea éste cual sea.

La cuarta es una nota discordante emancipada de una orquesta confundida. Quiere sonar de manera diferente a la que se le atribuye. Cuando pasa por un fagot, se enfada; cuando vibra con las cuerdas de un piano, se conciencia; cuando retumba entre platillos, se expone; y cuando una voz ajena se apropia de ella, ella expropia parte de su pensamiento. Darse como nota no es lo suyo. Y como le ocurre al primer tipo del cruce se acerca a un primer plano sin pensar en las consecuencias de alcanzar un objetivo subjetivo. No por ello deja de tener una melodía por explorar

Cuando se produce el cruce, las cuatro partes de esta historia (que jamás tendrá lugar) se produce un sonido melódico que influye en una ocurrencia que termina en un dibujo compuesto por palabras. Es una ilustración con colores que cambian en función del sentido de la lectura. Es una historia triste que no quiere serlo y niega sus atributos y defectos para evitar desgastar las callejuelas que aún le quedan para encontrar una salida al plano impuesto. Nunca ha ocurrido. Jamás pasará. Es probable que nadie se fije en el dibujo del choque, porque los cruces no existen, son las mentes que los desvían. 

martes, enero 06, 2015

Fuera de lugar, en el sitio

El mando de la tele apareció en la nevera; el cepillo de dientes, entre las novelas negras; las gafas recién estrenadas, junto a la lista de cosas pendientes y hechos favoritos; su sudadera predilecta, encima de la caja de las promesas (que antes albergó unas llaves de una puerta que nunca se abrió); el sapito congelado, cerca de una frase escrita en una entrada de cine; el mando del coche, entre dos discos de los Who; las zapatillas de colores, detrás de los pimientos verdes tatuados; y el último recuerdo, pegado involuntariamente a un bote en blanco lleno de vacío.

Es el panorama que se encontró Martín al despertar al día siguiente. El día siguiente de la noche que nunca tuvo lugar. Un escenario que él -sin él, pero con parte de sí mismo- diseñó para darse un golpe con la sorpresa de no entenderse (en parte) del todo. Alucinaba con el descoloque, pero no podía evitar partirse de risa, sin fisuras. No tocó nada. Dejó todo fuera de lugar. Quería disfrutar del fenómeno. No recordaba nada. Tenía una laguna que abarcaba desde las once de aquella noche que no tuvo lugar hasta las 13 horas del día posterior a lo no sucedido. Intentaba pensar, reconstruir, pero sabía que era inútil. 

 Sólo podía encontrar el sentido en una sola dirección: Una gran pantalla ubicada entre la Calle Impersonal con la Avenida de la Precipitación. Así que cerró los ojos, centró la vista en la trama de unos párpados burlones y empezó a ver la película. En el planteamiento aparecía una actitud imprudente con ganas de comerse la pantalla; en el nudo, un desenlace prematuro; y en el desenlace, un principio que siempre empezaba por el final y nunca seguía. Cuando volvió se entendió un poco más. Voluntariamente decidió cambiar de sitio una idea que se había colado entre dos fotos que sólo él podía ver. 

Hoy (tras un lapso sin sentido) está escribiendo un texto en el que intenta redefinir el lugar. El suyo y el de los elementos (pronunciados y aparentemente descontextualizados). El texto, de vez en cuando se sale de la pantalla, pero vuelve; y si no, Martín lo atrapa fuera de lugar. Aunque en ocasiones es él quien se va y el texto el que lo recupera. Así está el patio, lleno de butacas y tramas que necesitan corresponderse con sus entradas

sábado, enero 03, 2015

El arte de la boquita cerrada (FIN)

Hay quien se lamenta amargamente de los palos. Esto que suena muy flamenco (por aquello de los lamentos y los palos) es pura obviedad, lo sé. Cómo no te vas a lamentar por un palo recibido. Claro, que hay palos y palos. Está el palo por suspender un examen, el palo de la baraja, la soledad del palo ya sin helado, el palo por una mala conducta, el palo de la vida misma o el palo por abrir demasiado la boca. Y éste es el palo que ocupa su sitio en un extraño capítulo de Periodismo ficción. La crónica que hoy me lleva a escribir desde otro… Palo (permitidme el chiste fácil), es una historia que me ha inspirado un diálogo ajeno en el Metro entre dos amigos. No lo voy a reproducir, extraeré e interpretaré la raíz de su conversación.


 El amigo 1, al que llamaremos así, Amigo1, se lamenta porque se ha pillado por una chica de una manera desorbitada. Apenas la conoce, pero afirma a Amigo2, que con lo poco que sabe de ella le ha reventado por dentro. Se ríe al mismo tiempo que se le escapa una lágrima de rabia cuando dice: “¡No son mariposas lo que tengo en el estómago, tío, son elefantes, canguros, rinocerontes, abejonejos, estorninos, periquitos, velociraptores!”. Y añade un sufrido: “Me cago en todo”. Con la misma exclamación. Amigo2 le escucha con atención y le pide que le cuente qué ha pasado. Quiere conocer la naturaleza de los hechos, porque pocas veces ha visto así a Amigo1. 

Amigo1 a partir de aquí pasa a llamarse él, y ella, lógicamente, ella. Se conocieron por casualidad, al salir de un cine al que ambos fueron solos y el azar les ubicó en dos butacas parejas de la misma fila. Se reían en los mismos puntos, resoplaban en los mismos giros, asociaban con alguna idea propia en idénticos intervalos… Era evidente que había casualidad y conexión. Cuando acabó la película se quedaron hasta el último crédito. Y cuando ya no quedaba nadie en la sala decidieron que era el momento de partir. Él le cedió el paso a ella y ella le cedió una parte de sí misma cuando le preguntó por el lugar donde situaría la película. Él contestó ¿“A qué lugar te refieres”?

El siguiente escenario
es un pequeño restaurante al que naturalmente el guion les llevó. Disfrutaron con la cena, con las palabras, con las coincidencias, con lo bueno de vivir una experiencia así. Él afirma a Amigo2 que ambos parecían sentir lo mismo, es decir, una clara conexión prometedora. De hecho, hablaron claro del... hecho y pronto salió la propuesta de volver a verse. En otro cine, como no podía ser de otro modo. 

Dos días después él estaba inquieto. Ella seguía riéndose en los mismos puntos de (ya) otra película. Él estaba más pendiente de comprobar el cableado de la conexión que de la historia que tenía delante. Deseaba explicarle lo que sentía, con cables o sin ellos. Sin esperar a otros argumentos ni guiones ni a ella. Estaba feliz con sus rinocerontes recorriendo venas y estómago. Inquieto, sobrepasado, agitado, tembloroso… Y ella, también parecía feliz disfrutando de la película empezada. Cuando llegó el último crédito él sintió que era el fin. Sin embargo llegaron a la barra de un sitio poco especial. Sólo ellos podían convertirlo en escenario prolongado de una película propia y excepcional…

Él abrió la boca. Ella escuchó. Él no se dejó ni un as en los pulmones; como mucho, un trébol sin suerte en la manga sin planchar. Ella aguantó hasta el último crédito de la peli de él… Y cuando la palabra fundió a negro, le dio un beso en la mejilla y se marchó.

Amigo1 se lamenta, se golpea repetidamente contra el asidero del Metro. Amigo2 le pide que lo acepte y le recomienda clases de arte de la boquita cerrada. Me dan ganas de intervenir, pero estoy demasiado pendiente de retener la historia para escribirla con más o menos detalles. Con más o menos matices, con más o menos implicación. Así que cierro la boquita con arte  y me pongo a teclear en el mismo escenario (escuchando flamenco a través de mis auriculares), en el mismo Metro... En la misma línea. Espero haber aprendido algo. Esta frase, la escribo ya desde mi sitio y con la boquita pequeña.

PD.: No me saco el consejo de Amigo2: "Acéptalo". 

                                                                  

                              ----FIN----

jueves, enero 01, 2015

El detalle de los matices tatuados

Collage de Erregalvez.com
Se tatuó tres matices pendientes entre el brazo y su racionalidad. Lo hizo al atravesar eso que llaman -en los ámbitos de autoayuda- "la zona de confort". No lo tenía claro del todo, pero inyectó una sutil sombra para romper esquemas consigo misma y así decidirse. Dice que en ese espacio entre tejidos epidérmicos (algunos más ásperos) existe un canal de comunicación que necesita contenidos de producción propia. Y más allá de los contenidos ella necesita generar respuestas en ese espacio; respuestas que pasan por los matices pendientes que acaba de dibujarse. Nunca fuera de su piel. Sólo las preguntas vienen del exterior. Lo decidió aquella noche, en un pueblo con mar después de un concierto; la noche en la que los matices hablaron. La noche en que todos callaron y ella no encalló por culpa del silencio.

Ella es un matiz, el pequeño detalle de una familia de 5 hermanos. Su madre lo fue antes, su padre también marcó el camino. El conjunto es un dibujo que aunque parece definido no deja de ser un mapa por indefinir para ser definido por ella con la información que pasa por ese canal bajo razón. Los tatuajes trazaron la historia. Su propia trama. Y los argumentos ya desfilan con naturalidad gracias a la indefinida construcción. Ella sonríe. No sabe si el tiempo pondrá todo en su sitio, pero sí tiene claro que ella colocará su guion en sintonía con los matices que afloran. Ella es causa y consecuencia. Un detalle. Una parada dentro de un hilo conductor ajeno. El paso hacia el ecuador de una certeza por entender. El tatuaje, por su parte, quiere ganarse el derecho a ser parte de ella...

...Y aunque ella no quiere ser sólo trazos, sí es consciente del valor de forjar sus propias líneas de pensamiento y actuación a través de un tatuaje de matices que ayuda a entender lo que pasa por sus interiores. Un día soñó que quería escribir una idea -para retenerla antes de despertar- en una pared de agua y ladrillos de pausas y causas, pero no tenía con qué; un intervalo le prestó una pluma que sólo escribe en superficies con base profunda. Hizo lo que pudo. El intervalo se resolvió con el tiempo y ella tatuó la idea en aquel charco vertical. Cuando despertó no recordaba nada, pero sí que tenía algo que recordar. Dejó pasar el tiempo y el recuerdo perdió cuerpo. 

Ayer, mientras se tatuaba el último de sus guiones soñó despierta que alguien le susurraba al oído sin decir nada. Pensó en los miedos y los aparcó en un espacio ad hoc con todo respeto. Entonces lo recordó. ¡Para! Exclamó al tatuador... Esa I lleva tilde. Y después viene otra frase que no es la que te he pasado por escrito. Estamos a tiempo, suspiró el tatuador. Entonces ella sonrió al comprobar cómo la idea que soñó iba tomando forma dentro de su cuerpo comunicado. Todo empezaba a ponerse en su sitio, en su mundo de preguntas y respuestas, con una certeza a medio cocer y una historia que empieza a condicionar a otra que empezó el año pasado antes de los primeros matices.