viernes, enero 23, 2015

La sandalia y el paradigma

Quería investigar en un nuevo estado de ánimo, pero no encontraba ni el qué ni el cómo, aunque sabía dónde podría surgir. La noche anterior le dio una pista. Un sueño ajeno que se coló en el suyo. Unas palabras en paradero conocido entraron en el almacén de ausentes perdidos para gritar en tono de susurro: "Ya está, ha ocurrido". Era la misma voz que pisaba tierra firme con sandalias fabricadas con un mapa de color malva y rosa, y vino blanco. Sólo tenía que dar los pasos adecuados para llegar a la ribera que une la emoción con el fondo de las cosas que tienen que pasar. En otras palabras, tenía que empezar, de una vez, por el principio. Nada de finales terminados por un nudo condicionado por las sombras de otras vidas.
En ese mismo momento voló hacia el Oeste para recuperar el Norte. No es que lo hubiese perdido; digamos que lo había dejado en depósito, como tantas listas de temas pendientes (del hilo rojo y leal). En la travesía fue abriéndose paso por distintos sentidos. En una dirección se encontró lo contrario, en otra, lo opuesto, y en todas direcciones decidió circular con lo puesto y las contrariedades que hicieran falta. Ese peso, que no carga, iba a enriquecer la fórmula que llevaría hasta el, tan deseado, nuevo estado de ánimo. No le faltaba mucho; como a Tim Robbins en Cadena perpetua (The Shawshank Redemption. , 1994), desafiando a la ansiedad para cavar el canal (de comunicación) que le llevaría hasta la libertad de sentir lo propio. No era cuestión de tiempo, sino de saber leer la marca de los pasos dados. Todos. 

Hizo una parada, sin alto en el camino, para preguntarse si quería pelea. Hizo un camino en lo alto de su intención para hacer el ejercicio de separarse parcialmente la piel de los huesos y agruparse en el nuevo borrador. Ya podía sentir el trazo final. Bebió un trago de sueño destilado y brindó con (y por) el recuerdo de aquella tarde/noche absoluta en la que saltó al vacío sin forma.  

Continuó la marcha. Siguió firme. Peleó. Se separó la piel de los huesos. Escupió el agua del grifo mientras se reía en la cara de la pena. Rompió los moldes. Cantó la canción de la flota de los zorros. Volvió al escenario circular. Se hizo el listo para hacer la lista que faltaba. Paró. Reanudó. Aceleró. Frenó. Pensó. Asentó. Gritó. Generalizó en particular. Se ajustó a los parámetros que iban llegando... Estaba cerca. Muy cerca. Y por fin, llegó. 

Se bajó del calzado que le había llevado hasta allí. Cerró los ojos para dejarse seducir por la brisa que él mismo había cavado. Torció el gesto y se estiró del todo. "Ya está, ha ocurrido", le volvió a decir la voz, su propia voz. Acababa de concluir la investigación con éxito. Acababa de construir un nuevo Estado para su ánimo. Una preciosa patente con estructura culinaria. No era alegría, no era tristeza, no era euforia ni apatía... Era una sandalia y el paradigma de su entramado. Como suena. Una sandalia individual fabricada con un mapa color malva, una rosa, un vino blando y la foto de un beso al viento con la luz especial de la textura del momento.    

lunes, enero 19, 2015

The end, fallo de sistema

"Perdida" (Lyon, 2014)
Cuando recibieron su mensaje y la foto perdida (como la última llamada) él ya había muerto. Lo dejó todo programado para que todos leyeran sus palabras una vez tomada la decisión de darse de baja de sí mismo. No era un castigo, sino el extraño proyecto de un tipo con fallo de sistema reconocido. Su suicidio ponía la guinda a una vida dedicada a planificarlo con todo detalle, con cuidado, con mimo para que nadie tuviera que hacerse cargo de nada. "Estaba programado para morir en el momento preciso", escribía en sus mails. Nadie le encontró, él mismo se envió por una bandeja de salida especial, empaquetado en frío y conservado en esencia de pensamientos aplazados.

Los papeleos, la donación de órganos e ideas (incluidos los sentimientos en depósito) estaban organizados para resolverse matemática y físicamente. 50 años dedicado a... "su obra" sirvieron para que todo saliese según lo planeado. Incluso logró mermar el dolor entre su círculo a través de un sistema que diseñó para empatizar con su propósito. Ni una gota de sangre ni una mancha, ningún eslabón fuera de su cadena de causas; ni un pero... Y sobre todo, ni una sospecha derramada en ninguna fase de su vida. Nadie se lo explicaba al mismo tiempo que conseguían explicárselo sin dramatismo. No hubo funeral. Así lo dispuso. Pero sí quiso concentrar a todos en un concierto de piano y maracas sin Machín. El recital que escribió y compuso para el momento. 

Días después y como despedida definitiva llegó un mensaje más. Un archivo que contenía una película rodada en los últimos 10 años. Una cinta viva que evolucionaba de forma distinta en función del espectador que la veía. No era una comedia ni mucho menos un drama; tampoco un documental. Era una especie de western con influencias asiáticas y 'poéticas' (por Edgar Alan Poe). Tan extraño como él, tan indescifrable como sus intenciones, tan entrañable como su transparencia opaca.  Eso sí, el final, el The End, era común a todas las películas que se había montado... Y aquí llegó el fallo de sistema (sobre el propio fallo de sistema sistematizado por él con tanto cuidado). Un final donde se manifestaba una duda. La duda de si al final, con el último parpadeo se arrepintió de tomar la decisión que lo mató. 

THE END

jueves, enero 08, 2015

Nota a cuatro melodías

La historia que viene a continuación no tiene que ver con nada. De hecho, nunca ha ocurrido. De hecho es producto de la imaginación anónima. De hecho, es una anécdota que nunca sucedió entre las 20 horas de un día cercano a las 8 horas de un día cualquiera que se aleja. De hecho, los hechos son parte una idea que nunca se pasó por la cabeza de nadie, sino que se coló en un lapsus ingenuo en mitad de un cruce por azar entre cuatro personas inconexas. 

alviento.cuatrovientos.org
 Si fuera una película arrancaría con un plano medio de una persona que se acerca al objetivo subjetivo de alguien que observa sin prestar atención a lo que ve. Esa persona es un tipo que va pensando algo mientras vocaliza (no sabemos si verbaliza) lo que parece una canción. Lleva auriculares y varias noches sin dormir. Intenta no pensar más de la cuenta. Intenta distraerse con los recursos que le quedan. Intenta no mirar al punto crítico que le ha torcido parte del gesto y del tobillo intolerante. Lo intenta, pero no lo consigue. Esos son verbos mayores. Cae una y otra vez en el mismo charco. Tropieza siempre con la misma castaña que él mismo coloca con mimo en sus travesías interiores.

Por otro plano se aproxima al final de un espacio una chica que duda de todo. Lo sabemos porque una voz en off nos lo sopla con complicidad y sin que ella lo sepa. Es su propia voz, que tiene una vida independiente de la garganta que la hace vibrar. No quiere llegar al final, sino explorar los rincones pendientes, las macetas sin agua ni plantas que se niegan a abandonar las medias fronteras. Desea atar tantos cabos como cordones forzadamente anudados; y levar el ancla de un fondo sin fondo. Pero con ganas de conectar con la superficie. Sin embargo, la salida clama y genera una atracción hacia sí misma que hace difícil ignorarla. Sabe que cruzarla depende del equilibrio entre su fuerza y el esfuerzo por reforzar la palabra seguir. 

El tercero del cruce es un hombre transparente. Que no invisible. Sin embargo, con tanto elemento propio a la vista cuesta descifrar sus códigos. Mira para un lado, guiña un ojo al cielo, suspira hacia adelante, cuestiona al viento que insiste en conmoverle, pero él de ahí no se mueve. Pasa desapercibido, pero no ignora sus límites. Y ellos, los límites, se comunican con él cuando cierra los ojos y pierde el Norte. Se citan en el Este, pero terminan por encontrarse al alba de un Sur que niega su parte oriental. Sabe que es el tercero. Es consciente de que nunca pasará a primeros planos. Es un dulce dolor que necesita para ponerse en su sitio. Sea éste cual sea.

La cuarta es una nota discordante emancipada de una orquesta confundida. Quiere sonar de manera diferente a la que se le atribuye. Cuando pasa por un fagot, se enfada; cuando vibra con las cuerdas de un piano, se conciencia; cuando retumba entre platillos, se expone; y cuando una voz ajena se apropia de ella, ella expropia parte de su pensamiento. Darse como nota no es lo suyo. Y como le ocurre al primer tipo del cruce se acerca a un primer plano sin pensar en las consecuencias de alcanzar un objetivo subjetivo. No por ello deja de tener una melodía por explorar

Cuando se produce el cruce, las cuatro partes de esta historia (que jamás tendrá lugar) se produce un sonido melódico que influye en una ocurrencia que termina en un dibujo compuesto por palabras. Es una ilustración con colores que cambian en función del sentido de la lectura. Es una historia triste que no quiere serlo y niega sus atributos y defectos para evitar desgastar las callejuelas que aún le quedan para encontrar una salida al plano impuesto. Nunca ha ocurrido. Jamás pasará. Es probable que nadie se fije en el dibujo del choque, porque los cruces no existen, son las mentes que los desvían. 

martes, enero 06, 2015

Fuera de lugar, en el sitio

El mando de la tele apareció en la nevera; el cepillo de dientes, entre las novelas negras; las gafas recién estrenadas, junto a la lista de cosas pendientes y hechos favoritos; su sudadera predilecta, encima de la caja de las promesas (que antes albergó unas llaves de una puerta que nunca se abrió); el sapito congelado, cerca de una frase escrita en una entrada de cine; el mando del coche, entre dos discos de los Who; las zapatillas de colores, detrás de los pimientos verdes tatuados; y el último recuerdo, pegado involuntariamente a un bote en blanco lleno de vacío.

Es el panorama que se encontró Martín al despertar al día siguiente. El día siguiente de la noche que nunca tuvo lugar. Un escenario que él -sin él, pero con parte de sí mismo- diseñó para darse un golpe con la sorpresa de no entenderse (en parte) del todo. Alucinaba con el descoloque, pero no podía evitar partirse de risa, sin fisuras. No tocó nada. Dejó todo fuera de lugar. Quería disfrutar del fenómeno. No recordaba nada. Tenía una laguna que abarcaba desde las once de aquella noche que no tuvo lugar hasta las 13 horas del día posterior a lo no sucedido. Intentaba pensar, reconstruir, pero sabía que era inútil. 

 Sólo podía encontrar el sentido en una sola dirección: Una gran pantalla ubicada entre la Calle Impersonal con la Avenida de la Precipitación. Así que cerró los ojos, centró la vista en la trama de unos párpados burlones y empezó a ver la película. En el planteamiento aparecía una actitud imprudente con ganas de comerse la pantalla; en el nudo, un desenlace prematuro; y en el desenlace, un principio que siempre empezaba por el final y nunca seguía. Cuando volvió se entendió un poco más. Voluntariamente decidió cambiar de sitio una idea que se había colado entre dos fotos que sólo él podía ver. 

Hoy (tras un lapso sin sentido) está escribiendo un texto en el que intenta redefinir el lugar. El suyo y el de los elementos (pronunciados y aparentemente descontextualizados). El texto, de vez en cuando se sale de la pantalla, pero vuelve; y si no, Martín lo atrapa fuera de lugar. Aunque en ocasiones es él quien se va y el texto el que lo recupera. Así está el patio, lleno de butacas y tramas que necesitan corresponderse con sus entradas

sábado, enero 03, 2015

El arte de la boquita cerrada (FIN)

Hay quien se lamenta amargamente de los palos. Esto que suena muy flamenco (por aquello de los lamentos y los palos) es pura obviedad, lo sé. Cómo no te vas a lamentar por un palo recibido. Claro, que hay palos y palos. Está el palo por suspender un examen, el palo de la baraja, la soledad del palo ya sin helado, el palo por una mala conducta, el palo de la vida misma o el palo por abrir demasiado la boca. Y éste es el palo que ocupa su sitio en un extraño capítulo de Periodismo ficción. La crónica que hoy me lleva a escribir desde otro… Palo (permitidme el chiste fácil), es una historia que me ha inspirado un diálogo ajeno en el Metro entre dos amigos. No lo voy a reproducir, extraeré e interpretaré la raíz de su conversación.


 El amigo 1, al que llamaremos así, Amigo1, se lamenta porque se ha pillado por una chica de una manera desorbitada. Apenas la conoce, pero afirma a Amigo2, que con lo poco que sabe de ella le ha reventado por dentro. Se ríe al mismo tiempo que se le escapa una lágrima de rabia cuando dice: “¡No son mariposas lo que tengo en el estómago, tío, son elefantes, canguros, rinocerontes, abejonejos, estorninos, periquitos, velociraptores!”. Y añade un sufrido: “Me cago en todo”. Con la misma exclamación. Amigo2 le escucha con atención y le pide que le cuente qué ha pasado. Quiere conocer la naturaleza de los hechos, porque pocas veces ha visto así a Amigo1. 

Amigo1 a partir de aquí pasa a llamarse él, y ella, lógicamente, ella. Se conocieron por casualidad, al salir de un cine al que ambos fueron solos y el azar les ubicó en dos butacas parejas de la misma fila. Se reían en los mismos puntos, resoplaban en los mismos giros, asociaban con alguna idea propia en idénticos intervalos… Era evidente que había casualidad y conexión. Cuando acabó la película se quedaron hasta el último crédito. Y cuando ya no quedaba nadie en la sala decidieron que era el momento de partir. Él le cedió el paso a ella y ella le cedió una parte de sí misma cuando le preguntó por el lugar donde situaría la película. Él contestó ¿“A qué lugar te refieres”?

El siguiente escenario
es un pequeño restaurante al que naturalmente el guion les llevó. Disfrutaron con la cena, con las palabras, con las coincidencias, con lo bueno de vivir una experiencia así. Él afirma a Amigo2 que ambos parecían sentir lo mismo, es decir, una clara conexión prometedora. De hecho, hablaron claro del... hecho y pronto salió la propuesta de volver a verse. En otro cine, como no podía ser de otro modo. 

Dos días después él estaba inquieto. Ella seguía riéndose en los mismos puntos de (ya) otra película. Él estaba más pendiente de comprobar el cableado de la conexión que de la historia que tenía delante. Deseaba explicarle lo que sentía, con cables o sin ellos. Sin esperar a otros argumentos ni guiones ni a ella. Estaba feliz con sus rinocerontes recorriendo venas y estómago. Inquieto, sobrepasado, agitado, tembloroso… Y ella, también parecía feliz disfrutando de la película empezada. Cuando llegó el último crédito él sintió que era el fin. Sin embargo llegaron a la barra de un sitio poco especial. Sólo ellos podían convertirlo en escenario prolongado de una película propia y excepcional…

Él abrió la boca. Ella escuchó. Él no se dejó ni un as en los pulmones; como mucho, un trébol sin suerte en la manga sin planchar. Ella aguantó hasta el último crédito de la peli de él… Y cuando la palabra fundió a negro, le dio un beso en la mejilla y se marchó.

Amigo1 se lamenta, se golpea repetidamente contra el asidero del Metro. Amigo2 le pide que lo acepte y le recomienda clases de arte de la boquita cerrada. Me dan ganas de intervenir, pero estoy demasiado pendiente de retener la historia para escribirla con más o menos detalles. Con más o menos matices, con más o menos implicación. Así que cierro la boquita con arte  y me pongo a teclear en el mismo escenario (escuchando flamenco a través de mis auriculares), en el mismo Metro... En la misma línea. Espero haber aprendido algo. Esta frase, la escribo ya desde mi sitio y con la boquita pequeña.

PD.: No me saco el consejo de Amigo2: "Acéptalo". 

                                                                  

                              ----FIN----

jueves, enero 01, 2015

El detalle de los matices tatuados

Collage de Erregalvez.com
Se tatuó tres matices pendientes entre el brazo y su racionalidad. Lo hizo al atravesar eso que llaman -en los ámbitos de autoayuda- "la zona de confort". No lo tenía claro del todo, pero inyectó una sutil sombra para romper esquemas consigo misma y así decidirse. Dice que en ese espacio entre tejidos epidérmicos (algunos más ásperos) existe un canal de comunicación que necesita contenidos de producción propia. Y más allá de los contenidos ella necesita generar respuestas en ese espacio; respuestas que pasan por los matices pendientes que acaba de dibujarse. Nunca fuera de su piel. Sólo las preguntas vienen del exterior. Lo decidió aquella noche, en un pueblo con mar después de un concierto; la noche en la que los matices hablaron. La noche en que todos callaron y ella no encalló por culpa del silencio.

Ella es un matiz, el pequeño detalle de una familia de 5 hermanos. Su madre lo fue antes, su padre también marcó el camino. El conjunto es un dibujo que aunque parece definido no deja de ser un mapa por indefinir para ser definido por ella con la información que pasa por ese canal bajo razón. Los tatuajes trazaron la historia. Su propia trama. Y los argumentos ya desfilan con naturalidad gracias a la indefinida construcción. Ella sonríe. No sabe si el tiempo pondrá todo en su sitio, pero sí tiene claro que ella colocará su guion en sintonía con los matices que afloran. Ella es causa y consecuencia. Un detalle. Una parada dentro de un hilo conductor ajeno. El paso hacia el ecuador de una certeza por entender. El tatuaje, por su parte, quiere ganarse el derecho a ser parte de ella...

...Y aunque ella no quiere ser sólo trazos, sí es consciente del valor de forjar sus propias líneas de pensamiento y actuación a través de un tatuaje de matices que ayuda a entender lo que pasa por sus interiores. Un día soñó que quería escribir una idea -para retenerla antes de despertar- en una pared de agua y ladrillos de pausas y causas, pero no tenía con qué; un intervalo le prestó una pluma que sólo escribe en superficies con base profunda. Hizo lo que pudo. El intervalo se resolvió con el tiempo y ella tatuó la idea en aquel charco vertical. Cuando despertó no recordaba nada, pero sí que tenía algo que recordar. Dejó pasar el tiempo y el recuerdo perdió cuerpo. 

Ayer, mientras se tatuaba el último de sus guiones soñó despierta que alguien le susurraba al oído sin decir nada. Pensó en los miedos y los aparcó en un espacio ad hoc con todo respeto. Entonces lo recordó. ¡Para! Exclamó al tatuador... Esa I lleva tilde. Y después viene otra frase que no es la que te he pasado por escrito. Estamos a tiempo, suspiró el tatuador. Entonces ella sonrió al comprobar cómo la idea que soñó iba tomando forma dentro de su cuerpo comunicado. Todo empezaba a ponerse en su sitio, en su mundo de preguntas y respuestas, con una certeza a medio cocer y una historia que empieza a condicionar a otra que empezó el año pasado antes de los primeros matices.