jueves, abril 30, 2015

El suelo discrepante

Era la tercera "o" que hacía con aquel canuto maldito. Tanto tiempo en la sala de espera le dio para pensar y dejar de hacerlo. Lo que no sabía era a qué estaba esperando, hasta que la tercera "o" le dio una pista. Entonces se aferró a ella para no resbalar, tomar carrerilla y despegar. Salió despedido con un contrato firmado por sí mismo bajo el brazo torcido. No quería volver a pararse. Estaba harto de salas huecas y de las esperas sin pistas. Inevitablemente tropezó con el aire y cayó al suelo de siempre.

Cuando logró despegar la mejilla del paso de peatones tuvo que cederlo. Como no venía nadie cruzó con los ojos cerrados delante de su propia memoria, pero ésta no le reconoció y llegó al otro lado sin recuerdos molestos. Sólo lo puesto. Pensó en saltar de nuevo y no lo hizo. Siguió andando en dirección discrepante. La memoria abrió los ojos y esta vez sí le vio, pero de refilón. Lo justo para devolverle la imagen que se dejó olvidada de sí mismo cuando se descalzó antes del despegue.

Anclado en las consecuencias no veía el momento de reconciliarse con las causas. Ya en su casa pensó que había llegado el momento de remodelar el suelo. Se trataba de que el nuevo no repitiera la textura ni los muros del que que ocupó en la infancia y adolescencia. Picó donde picaba, para rascar y encontrar muchos argumentos ocultados. Aquellos que no pudo entender en su momento. Fue rescatándolos uno por uno. había unos 100. Los colocó en orden sin orden. Estructurados. Pero a medida que iba leyéndolos se colocaban en su sitio, en su tiempo correspondiente.

Las lágrimas se alternaban con las risas. Ellas mismas, las lágrimas, se descojonaban de sí mismas; y algunas risas lloraban de pena. Él seguía atando cabos... despegando más aún la mejilla del paso. Hizo una parada técnica para tomar una taza de conciencia. Sola, sin azúcares de más. La saboreó como a la consecuencia de Victoria. Como si fuera la experiencia más consciente jamás vivida. La primera elección sin condicionantes externos. Eran las 4 de la mañana cuando terminó la colección. Aquella transición durmió como nunca.

Al día siguiente comenzó por el suelo y comió pulpo inverso con la mejor consecuencia frente él; pero de su lado.

viernes, abril 10, 2015

100.000 Ideas y una sombra de perfil

Me mandé un mensaje a través de un perfil que no me sigue. Y claro, nunca me llegó aunque me explotara en la cara. Hay cosas que técnicamente no pueden pasar aunque pasen. De hecho pasan de largo, como el mensaje. Entonces, eso sí, pensé que me quedaba en el mismo sitio mientras el mensaje se alejaba. Pero no, seguía en movimiento; más lento, pero sin parar. Me pregunté por qué no me seguía y me respondí de manera poco objetiva cuando me puse de perfil; o sea de su parte. Tendemos a pensar que nuestro perfil es como la sombra. Incondicional por el hecho de partir de nosotros... Pero no, el perfil aprende por lo bajini y el capullo se independiza en parte. Y seguir sus pasos para recuperarlo es (del todo) imposible. Así que mi perfil y yo tenemos un debate eterno. 

Los hechos ocurrieron el día que se me cayó una idea a una papelera que contenía material de película. Se fundieron y acabaron en la química de un vídeo que se hizo viral. Llegó a unas 100.000 personas en poco menos de una hora. Esas 100.000 personas siguieron con sus vidas, pero un tiempo después empezaron a desarrollar (inconscientemente) la idea que se me cayó a la papelera y se fundió con la película... Un acontecimiento accidentalmente subliminal que sólo yo conozco porque me estalló en la cara un mensaje propio, desde lo ajeno (de mí). El mensaje que hablaba de las consecuencias que tiene no ciudar lo que pienso.

Un día, mezclado entre semanas impuestas, coincidimos los 100.001 en un recinto onírico, tan surrealista como los hechos. Como la idea que no fue. Charlamos como si fuéramos dos. Nos enviamos mensajes desde los soportes que nos permite la sombra. Intercambiamos perfiles y posturas encontradas. Y al final hicimos consciente la idea derramada a la papelera. Del lado individual viajó hasta el colectivo y cuando emergió no hubo duda de que cada uno tiene lo suyo, la suya. Pero aquella era mía y hoy, de tantos. Por eso no importa de qué va, lo que importa es que ni siquiera es verdad. Es tan sólo una ficción pensada por una persona -que no soy yo, ni ninguna de las 100.000- que trata de amarrar claridad dentro de miles de voces que pasan por su cabeza. 

lunes, abril 06, 2015

Sentada al borde del libro


Tenía que subirse a un tren incierto. Debía pensar en las causas de las consecuencias. Hizo la maleta sin pensar en la mochila que llevaba ni en el peso de una vida sin clasificar. Salió disparada hacia el prólogo de una historia por construir. El disparate la llevó a tomar prestado el portaequipajes de otra persona que viajaba en dirección opuesta, sin bultos. Antes había dudado si ejecutar una flexión o una impostura; en una pausa pensó que lo mejor era no parar y demarrar (y derramar) para coronar el prólogo en solitario. Reanudada la marcha reclutó tres ideas y se agarró al texto.

Una mañana amaneció sentada al borde de un libro sin tapas . La experiencia le recordó -sobre todo por el olor- a una vieja ocurrencia de su padre, cuando pescaban en una poza sin agua, pero llena de verbos corretones y submarinos. Antes de marcar la página sobre la que se había sentado se sumergió un poco más en aquella ocurrencia y pescó desde aquellos verbos. Uno, el más inquieto, la reconoció inmediatamente. Pocas personas como ella le habían dado tantos sentidos en el fondo. Y sobre todo, nadie como ella había empatizado tanto con una palabra así. El otro, más amoldado a su medio y sus formas, no se resistió y declinó cualquier voluntad de cobrar sentido alguno. Ella, con el verbo del pasado en su mano, se reconcilió con su padre. La ocurrencia recuperada fue el vehículo; consistió en implicarla en un proceso de búsqueda submarina a través de una caña con (en apariencia) pocas ganas de pescar.

Ya en el tren, ya en el camino entre la impostura y la flexión, se se dio una vuelta por sus consecuencias conscientes y regresó con todo el equipaje de mano; la parte facturada tardaría un tiempo en llegar. Era un ejercicio necesario, lleno de matices de libertad. El prólogo la esperaba con las tramas abiertas y los brazos sin solapas. Sabía que todo lo que estaba por llegar ya sólo dependía de ella y de los verbos administrados en sus maletas. Palabras propias, salvavidas, redentoras, animadoras de crecimiento.

Un día llegó a su destino: el lugar donde todo sigue y concurre. Y lo mejor de todo, suspira, es que por fin sé estar; ella, el verbo, el recuerdo ocurrente y su sitio preciso, añado yo (un narrador ni fu ni fa... sostenido entre palabras). El libro se abrió de tapas, ella ocurrió y a mí se me ocurrió que era el momento.