jueves, diciembre 15, 2016

Entrada nueva

Pulsó en "Entrada nueva" para escribir su próximo post, se abrió una puerta y subió a una sala donde le esperaba parte de sí mismo. Allí, para el bien y el sentido común, había montada una mesa llena de aperitivos soñados, vino en prosa y recortes de historias que nunca han sido contadas. Se sentía relajado, cómplice de la ironía que le hacía cosquillas entre una oreja y la palabra; como aquella vez que olvidó su contraseña y tuvo que aceptarse fuera de su perfil. Era una especie de resignación y victoria a la vez. Una batalla ganada a la necesidad de "tener que". Una sonrisa no forzosa acompañaba mejor al vino que corría por su garganta. Era la alegría de saber y de saberse. Y todo esto ocurría gracias a la decisión de salir de aquella entrada que nunca llevaba a nada y que aparentaba dar acceso a todo. 

En aquella sala también había un árbol y un mapa. Eran una misma cosa. Unidos por un link de invierno que llevó su sentido al verano. Él dialogó con muchos de los personajes que formaban parte de su historia. Brindaron, jugaron a las palabras, verbalizaron los contextos y corrieron por las pistas que dejó el misterio de no saber qué va a pasar... El mapa había decidido ignorar las banderas para cambiar de parecer; el árbol quiso ir más allá de las raíces para apoyar y dar más vidilla a sus ramas. La conversación crecía jaleada por los deseos de descubrir.

Abrió un regalo que nadie le había hecho. Era una caja que no se contenía. Quería dedicarle todo su interior. Un viaje por los límites de sí mismo, de los que nunca fue muy consciente. Ahora los tenía en forma para verlos, entenderlos y darles el lugar adecuado. Descorchó un vino con determinación, y origen desconocido para celebrar el hallazgo regalado. Quiso abrazar a todos los matices que componían aquella película que estaba viviendo. Y aunque había alguno algo despegado, todos quisieron ser parte de ese momento; de esa reunión espontánea que tanta importancia tendría para su camino de vuelta a la ficción. 

domingo, noviembre 06, 2016

El enunciado y la palabra reproducida

Daniel Seseña. El enunciado y la palabra reproducida 
Se sentó entre puntos suspensivos. Tres a un lado y otros tres al otro. Sabía que tenía temas pendientes. Contextos por descubrir y describir. No muchos, pero suficientes para encender los focos. Escenarios interiores con alguna función en pleno nudo y otras casi al final del desenlace. Tenía, por tanto, que conocerlos o reconocerlos y así terminar de relatar la funciones. Un deber compuesto por las conclusiones de los demás contextos de los que está hecho: Experiencias, historia, palabras (dichas, pensadas y no dichas, tal vez soñadas), errores y aciertos (o errores acertados y aciertos por error). 

Por delante le esperaban dos horas para parar y observar. Estaba sentado en un banco sin red. Sin distracciones, solo las que quisiera invocar. Con el vacío y el contenido por delante. Resignificando el vértigo. Dos horas surgidas de un error que no quedaba otra que asumir y aprovechar. Los primeros 15 minutos sirvieron para adaptarse al ritmo y escuchar los rebotes de una respiración más tranquila. A partir de entonces comenzó el baile de diálogos entre ideas autónomas. Eran muchas y de diferentes procedencias. Las dos horas se iban a quedar cortas. Entonces, en lugar de intentar quedarse con todas  las ideas, abrió una carpeta en su cabeza para actualizarlas y relacionarlas. Una especie de árbol con ramas cargadas de historias por relacionar y contextualizar.

En mitad de un tango entre dos temas pendientes reconoció una historia, una pauta recurrente. Consistía en vender (o regalar, según el caso) su alma a otra persona para olvidarse de lo importante de sí mismo y encerrarse en el valor ajeno. Esta historia bailaba sola, pero aparentaba estar en equilibrio con otros temas. La pista era grande y la música no paraba. Luces y acción. La trampa consigo misma acababa de ser descubierta por un foco nuevo. Por fin se había dado cuenta de que podía manejar las luces de su propia dirección artística. Acababa de cerrar un capítulo decisivo. 

La cepa que había condicionado miles de guiones en su vida estaba desmantelada. No quería cortarla, sino darle un nuevo lugar entre otras ideas. Miró hacia los lados y entendió el valor y significado de estar entre puntos suspensivos,  "el enunciado continúa más allá de la última palabra reproducida". Se levantó del banco, cerró las carpetas y se dio el lujo de disfrutar de ser enunciado. Después puso una canción de Don Mclean y empezó a reescribirse junto a la chica del violín. 

martes, septiembre 27, 2016

El baile de las contemplaciones

Saliendo del trabajo me encontré con una vieja idea que se había renovado. Estuvimos charlando un rato. Me habló del tiempo que llevaba dando vueltas sobre sí misma. Confesé mi parte de culpa. No le dio importancia, al contrario, me lo agradeció, porque si no hubiera hecho tantos círculos alrededor de nada, seguramente no habría llegado al punto sólido en el que se encuentra ahora. Algo poco habitual en su entorno, me decía. Cuando llegué a casa me di cuenta de que me gustaba desde hacía tiempo, pero fue al mirarla ahora a sus ojos autónomos cuando lo entendí. Y mientras lo entendía, notaba como una parte de mí quería pasar un poco de mí para pensar. Antes de abrir una lata de motivos y cerveza, escribí en la esquina de un periódico un nombre que se me pasó por la cabeza. Lo dejé reposar. Después bebí y procesé. Algo se estaba moviendo desde que me crucé con ella.

Un container abierto a contenidos con ganas de llenar. Un escenario rodeado de historias que no han pasado. El cartel que me acompaña siempre a en los pisos de transición: "Bonnie and Clyde" redibujados en tierra de nadie. La trompeta de Chet y el violín de Bach. El caballo negro que no entiende de obstáculos. El lista de música que empieza por Sam y decide que seguimos. Un verso suelto titulado Nosotros que no quiere solapas. La Estación E y el Tribunal S. Y así uno tras otro, fueron sucediéndose argumentos durante una noche infinita y en vela. Aquella idea había apretado el gatillo de un contenedor sin fondo. Ya no había vuelta de hoja. Tenía que ordenar el baile, el batiburrillo fabricado en apenas unas horas... El escenario.

Los tres días siguientes pasaron por su cuenta. Al cuarto me preparé las bambalinas. De nuevo ella estaba conmigo. No sé cómo nos reencontramos, pero lo hicimos en el momento justo. Entre atrezzos y planteamientos. Como si llevásemos toda la vida planeando el "a partir de" a golpe de pies de plomo, tratamos cada fotograma como se merecía. Con delicadeza, cuidado, observando cada plano. Era nuestra película. Disfrutamos de cada microsegundo del momento. Nos recreamos con los sabores que olían a canciones grandiosas. Unas más guitarreras, otras de puro puño y letra, de terciopelo, instrumentales, criticonas, solitarias o de las que miran a los ojos y agitan interiores.

Cuando me confesó que yo también era una idea, como ella, sufrí un colapso repentino. Descubrir que en cierto aspecto eres mentira no es fácil de encajar. Me desperté en el suelo en un charco de palabras. Ella me abrazaba. Al fin y al cabo yo también era su idea; no una idea cualquiera. Quise alargar el momento así que prolongué la inconsciencia consciente un rato más. Cuando abrí los ojos del todo ella los abrió también. Desde ese día decidimos que pensar era el único generador capaz de iluminar las calles de una ciudad que no necesita contener, sino componer.Y el nombre que había escrito y reposado en la esquina del periódico era precisamente una parte del título de nuestra primera composición: Contemplados, escénicos...  

miércoles, agosto 31, 2016

...Pues ya está


Me acosté un poco más tarde de las 3 de la mañana. Ya no quedaba nadie en las redes. Los bares habían cerrado. Agosto en Madrid no perdona. Las pupilas pedían una tregua. Demasiados pantallazos para mis ojos. Apenas dormiría 4 horas, tenía que levantarme pronto no sé por qué, pero debía hacerlo, así que ¡había que empezar a soñar ya! Para ello cree un escenario que mezclaba todo tipo de conceptos cinematográficos, musicales, canallas... Fusión de recuerdos (no vividos) y sensaciones (intuidas) recreadas a partir de historias jamás contadas, que sí anheladas. Deseos que se reivindicaban. A dormir, ¡acción! La película había empezado. 

Todo empezaba en la noche de mi debut en el NoteShot, un club de segundas oportunidades para músicos con dudas. Era pianista, tocaba un poco de jazz, algo de soul y soñaba en sueños con blues. Mi nombre era Palermo, así, sin más. Tenía muchas dudas y poca seguridad en mis notas. Pero era mi noche. Me había preparado una batería de monólogos por si mis dedos fallaban, algo nada desdeñable. Quedaban dos horas para empezar. Tocaba a las 00, la hora del músico residual. Fui a la barra de los taburetes desconchados y me pedí explícitamente un vino aguerrido, muy peleón. En el escenario azul tocaba una banda que no dejaba lugar a dudas. Pero como no quería ahondar en mis miedos les presté solo un oído, el otro lo empleé en percibir una voz de terciopelo que pedía otro vino a pocos centímetros de mí... 

...Pertenecía a Erika Azartz, una contrabajista que cantaba en los mejores clubs de lo imposible*, estaba a mi lado y había pedido el mismo vino que yo. Por un momento me imaginé con ella en el mismo escenario, fusionando intenciones, mezclando ritmos y puntos de vista. No quería mirarla, temía descubrir mi cara con su cruz adjunta. Antes de que acabara mi pasaje imaginado se acercó ella para decirme sin tapujos que tenía muchas ganas de verme actuar y conocerme. Casi me despierto del impacto. Afortunadamente seguí aferrado al sueño. ¿Erika Azartz había venido para verme tocar y conocerme? Parecía que sí. Me contó que llevaba tiempo siguiéndome en mis invisibles conciertos, pero que nunca encontraba el momento de conectar conmigo. Me bebí el vino de un trago y miré el poso por si había sido víctima de una broma ajena entresueños. 

Cuando superé la duda le hablé (intentando no recrearme demasiado) de los efectos que su música provocaban en mí. También le confesé (soy un bocachanclas hasta dormido) que más allá de la música seguía sus pasos como investigadora del entorno de lo no verbalizado. Abrumados los dos por ese marcaje mutuo en la distancia, nos pedimos una ronda más de peleones. Pasaron los minutos como cometas, apenas quedaba cuarto de hora para mi concierto. 

Aquella sorprendente sorpresa estaba reventando mis estructuras. Tan emocionada como yo, sus confesiones se parecían a las mías. Decía que disfrutaba como una cría escuchando mis podcasts sobre dudas, acordes y tendencias sin lugar. Poco a poco aquello se convirtió en una partida de emociones que ni en el sueño más soñado habría podido plantear. ¿Es posible que Erika Azartz y yo sintiéramos los mismo? A eso empezaba a sonar. Quedaban dos minutos para subirme al escenario. Hubo un silencio ante esta ¿evidencia? Y enfatizó: Bueno, pues ya está. Sus ojos, su voy, sus manos su piel iniciaron el estribillo más increíble que nunca había escuchado. La besé y me abracé a ella sin filtros ni resistencias. Nos miramos a los ojos, ella retomó el beso... Después comencé a tocar sin dudas. 

Lo mejor del NoteShot es que aunque no asistiese público, los focos nunca no te abandonan. Y lo mejor de improvisar y soñar es que ella estaba conmigo. Toqué los temas que nunca toco por miedo a no terminarlos y quebrarme. Incluso canté las letras que nunca canto por miedo a desafinar conmigo mismo. Es más, compuse mientras tocaba y cantaba en una fase desconocida. La invité a subirse al escenario. Aceptó encantada y terminamos interpretando una de las letras que nos habían unido: Bring it on home to me de Sam Cooke. El recital iba terminando. Se acercaba la hora de despertar. Quería tocar hasta la última cuerda de aquel instrumento que habíamos construido en un intervalo de viento y sin límites. Bajamos del escenario. Ignoro si alguien nos aplaudió.

Volvimos a la barra. Brindamos. Nos besamos. Nos abrazamos y finalmente nos deseamos suerte. Ambos supimos disfrutar del concierto; de un momento que nunca pasa. Posamos para hacernos una foto sin cámara. Le conté mi secreto y ella respondió con el suyo. Nos miramos a los ojos, a los labios y a las letras por componer. Cerramos los párpados y nos despedimos. Era la hora. 

Sonó el despertador y cuando abrí los ojos descubrí que no había sido un sueño. Al menos solo mío. Fue el sueño que compartimos, imaginado y deseado antes de nuestra primera cita. Me lo contaba mientras pasábamos al segundo vino. Ese instante en que ambos ya sabíamos que aquel encuentro no había sido casual. Ni mucho menos causal. Sencillamente había sido fruto de un cruce de ideas que terminaron en un concierto y que está empezando en estos momentos en el escenario azul. 

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*Los clubs de lo imposible son locales donde tocan los músicos que solo componen en la primera fase del sueño. Son un grupo muy selecto. La mayoría compone en vigilia o en la segunda fase del sueño. Hay ocho locales en todo el mundo, repartidos entre Nueva York, Madrid, Hastings, Siena, Lion, Hamburgo, Amsterdam y Montevideo. Erika Azartz es una de las voces y contrabajos más demandados en todos los niveles oníricos.

Comienza una gran historia. #periodismoficción #periodismoinvoluntario #noteshot #madrid #letras #caféyletras #tryalittletenderness #thecommitments

viernes, agosto 26, 2016

La trompeta y el deseo


La gente inhala humo, vapores huérfanos, suspiros, orgullo, palabras... Pero Pol, por accidente, respiró una frase que abandonó una mujer con la que se cruzó en un momento dado. Decía algo así como que quería alinearse con Lorraine, la trompetista de un cuento no contado. Atrapado por un deja vù o por la extraña sensación de un sueño reciente, Pol quería saber más. Pero cómo. No podía abordarla en medio de la calle para preguntarle por Lorraine. La inquietud y cierto grado de ansiedad le alteraron la noche. Ella se alejaba. Gesticulaba mucho mientras hablaba con su amiga. Movía las manos con tanta expresividad que parecía muda. Entonces empezó a caminar tras ella. Tenía delante un volumen suficiente de gente como para camuflar su persecución. Sin embargo su inexistente entrenamiento como espía la llevó  a desaparecer. 

Con mucho ruido en la cabeza y una creciente ansiedad, siguió caminando sin destino fijo. Entró en un club de jazz atraído por el cartel y por la ausencia de muchedumbre. Apenas habría 20 personas en su interior que se distribuían entre la barra, los servicios y el pie de escenario. Se sentó en una banqueta descosida, bien pegado a la barra. Pidió una cerveza y un deseo. La cerveza llegó inmediatamente, el deseo tenía sus tiempos. La banda, entregada al vacío de un local decadente tocaba como si fuera el concierto de su vida. Era de agradecer. Pol se animó a pesar de su sentimiento perenne de perdedor y de su frustración por haber... perdido a la mujer de la frase. El trompetista conquistó el escenario con un solo de los que te llevan en volandas. Y Pol cayó en su melodía.

Empezó a soñar sobre la banqueta vieja. Imaginó que ella entraba por la puerta y que, atraída por su misma inquietud, se acercaba a él para compartir preguntas sobre el escenario que unió a Lorraine, sus notas y a ellos dos a través de un cruce en plena calle Absurda. Eran preguntas y respuestas sobre historias que no pasan, películas que sólo se ruedan y proyectan en la cabeza, guiones en versiones por debajo del planteamiento... Dudas sobre cómo lo inesperado seduce a la certeza sin concesiones; o cómo un mensaje que llega a un buzón deslocalizado abre una carta dispuesta a escuchar propuestas. En el sueño, donde el tiempo se tomaba un respiro, nada afectaba por encima de sus posibilidades y todo tenía sentido, incluso algunos significantes que renunciaron en su día a abandonar su codificación. Los algoritmos más complejos tocaban acordes de terciopelo.

Hoy hace un año de aquel cruce de la calle Absurda con el callejón de Cautela. Hoy hace un año que Pol compró una trompeta sin ánimo de conocer sus secretos ni de tocarla, lo hizo solo para recordar que por un momento un cuento no escrito casi escribe una capítulo real. La gente inhala humo, vapores huérfanos, suspiros, orgullo, palabras... Pero Pol respira deseos que tienen sus tiempos y uno de ellos anda suelto.

viernes, agosto 19, 2016

El jinete sin truco


Intenta cada día ponerse de acuerdo consigo mismo; también sin él. Es un juego de escapadas y escapistas. Y él es un mago sin magia en sus manos, pero con ideas claras. Un jinete que cabalga a pie. Se dedica a la gestión de gestos espontáneos en una agencia de puntos sobre las íes. Un trabajo que le obliga a empatizar (o intentarlo) constantemente con las nubes más oscuras que circulan por dentro. 

A veces se deshace de un yo y en ocasiones de la segunda persona, pero nunca en plural. Es un tipo muy singular que solo en ese juego de escapadas y escapistas consigue creer que circula magia por sus venas, entonces se saca trucos de una manga ancha que no existe. No tiene público, pero descarga de la nube los aplausos que necesita.

En la tormenta diaria, con las ideas claras, los gestos ajenos (gestionados sin trucos), y con esas íes que quieren conectar con el punto que les falta, trata de construir un escenario donde contarlo. Un contexto en el que desplegar su no magia y sus afirmaciones. Su vida está llena de bambalinas, personajes, historias contadas por contar, principios que no quieren atarse con nudos que condenan a un final. 

Pero hoy, apenas hace unos minutos, ha encontrado el trozo de un final que nunca terminó. Estaba escondido en la costura secreta de una chaqueta diseñada sin principios para vestir continuidades. Se la ha puesto y al mirarse en el espejo ha entendido que todo no ha sido un sueño, sino un truco que pasa de magias. 

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La imagen corresponde a la Serie Crónica de una carrera de Fernando Bellver - Rembrandt y Murillo, 1987.



martes, julio 26, 2016

La mirada de Carla

Daniel Seseña. Foto realizada en el Mckittrick hotel (Manhattan)
 Llevaba tiempo de ocupa en un bucle nublado y hermético, sin salidas de emergencia. Ni de las normales. Ese día tardé en levantarme más de lo habitual. Me pesaba el cuerpo y eso que llaman alma. El mes de agosto había arrasado Madrid y yo sin planes y con un teléfono mudo. El panorama resultaba deprimente. Webber había muerto en un atentado terrorista. El resto de los amigos, Carlos, Pol y Luck estaban de vacaciones con sus parejas. El diccionario se escondía de mí para no prestarme sus mejores palabras. El sexo estaba de huelga junto a una diosa anarquista que me dio portazo por no querer jugar con ella en el suelo.

Aunque no salí renovado de la ducha, al menos me sirvió para explotar algún coágulo de lágrimas que me invadían como el acné juvenil. Los sollozos los envolví entre acordes de The Clash y lo gritos de Roger Daltrey. Y antes de cortarme un pelo con mi vieja Gillette me dediqué una contundente carcajada frente al espejo a lo Fernando Bellver con sus retratos; un maestro en el arte de vaciar su ego de ego y de trascendencia artística. No me creía ni yo a mí mismo. Pero es lo que hay, me dije. Entonces cuando estaba apunto de nada (es decir, de nada) me llamó Carla para invitarme a su concierto. Fue como un salvavidas en mitad del océano.

Abrí la puerta de aquel local. Oscuro, antiguo. Fue como entrar en los años 30. Y ahí estaba ella. En el centro del plano. Al fondo, delante de todo. Clavó su mirada en mí y me siguió como el foco a ella por el escenario. Me senté como pude en una mesa para uno. ¿Qué desea? Me susurró un camarero de época al oído. Whisky, contesté, con voz de duro. Y todo esto sin dejar de mirarnos Carla y yo durante las casi dos horas que duró el concierto. Cuando terminó y ella consiguió liberarse del agasajo colectivo y de los piropos, se sentó en mi mesa. Hablamos y bebimos hasta que cerramos aquel día/noche del calendario.

Al día siguiente me puse a escribir, inspirado por la mirada de Carla. Sabía que no volvería a verla hasta dentro de 5 años. Así funcionaban las reglas del Jazz... Y así han pasado 20 años desde que nos conocimos en aquel comercio que vendía medias tintas al por mayor. Ella en su escenario y yo en el mío. Siempre me quedará el contrabajo para refugiarme en sus graves ante los agudos de un verano sin compasión.

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Y este es mi pequeño homenaje a mi amiga Carla Revuelta. Murió hace tres años en un tren que viajaba a Santiago de Compostela.

lunes, julio 25, 2016

Sentido y (actualizada) estabilidad

Daniel Seseña. Foto realizada en Gran vía (Madrid) el 9 de julio.
Salió porque no le quedaba más remedio; quería entrar en realidad. Entrar para salir del todo. Salir para entrar sin pedir permiso. Ser dueño de una vida donada y desordenada. Llevaba tres días sin vender una descarga de su app: OjoXojoH2. Una aplicación para profundizar en planos ocultos. Arrancó con éxito al principio, pero de pronto se paró. Y aunque no le quitaba el sueño -tenía dos proyectos más en desarrollo- estaba inquieto, poque uno de sus planos ocultos se había movido del sitio y algo tan firme como el suelo ahora quemaba y temblaba, así que decidió encerrarse. Pero ya no podía más. 

En la calle observaba la caótica mirada colectiva. Alguna caía sobre él. Otras se cruzaban, pero la mayoría se perdían. Salió sin objetivo, solo con el plano angular en la cabeza. Un fin con principio pero sin final. Andar, recuperar la estabilidad... O encontrar una versión nueva de la misma. No ocurría ni una cosa ni otra y aun así seguía caminando. Se refugiaba en cornisas que nunca había visto, en un hueco en el rincón más anodino del ardiente suelo madrileño, en un pensamiento perdido de alguien que ya piensa en otra cosa, en un cartel que perdió su actualidad, en el sueño que tuvo hace un més o en los ojos de aquella chica que nunca le miró.

¡Qué dura es la calle! Pensaba. ¿Dónde voy? Seguía pateando. Y así hasta que se encontró con una una sombra de sí mismo que caminaba desde hacía años por una calle paralela. Desde 2005, confesó. Se reconocieron al instante y se dieron un fuerte abrazo, de los que hacen ruido en silencio. Al día siguiente, actualizada la estabilidad y el sentido poco común, hizo la compra -sin lista previa- y reajustó los planos. Por fin empezó a escribir lo que no estaba escrito y sobre todo reforzó el fondo de la sombras ante la luz cegadora.

miércoles, abril 13, 2016

Preguntas que responden

Fernando Bellver
Todo ocurrió entre prejuicios. Un acento se salió de contexto para ser entrevistado por una mayúscula. Venía de presentar una tesis sobre el derecho a la exclamación. Ella, que formaba parte de un texto lleno de significados, hacía tiempo que no encontraba el suyo. Acento y letra se encontraron sobre el papel. Para un acento sin tilde, una letra mayúscula, no encajaba en la búsqueda exclamativa. Para un tipo como ella, un acento sin tilde resultaba demasiado pretencioso. Sin embargo, tras el tablero de preguntas y respuestas fueron cayendo -por su propio peso- las palabras vacías. Luego entraron en juego las que no hacen falta ser pronunciadas para ser entendidas. Y así poco a poco el blanco de la hoja se llenó de exclamaciones y significados que venían a cuento, con la intención de quedarse.

Cuando terminó la entrevista. Letra y acento siguieron sendas sinopsis, con las que partían. Pasaron los días. Algún mes que otro. Alguien, en algún punto deslocalizado, abrió un libro que llevaba tiempo almacenado en un cajón. Antes le pasó un paño. No quiso empezar por el principio, sino por donde le dio la gana y entonces una historia comenzó a contar. Hablaba de un sentido que quiso ser doble y para conseguirlo tuvo que hallar su auténtico significado. Se lo dio una mayúscula que buscaba un nuevo libro, una nueva historia más acorde a su fondo. Agradecido dicho sentido, le dedicó una canción que llevaba a un texto. Ella, aceptó la invitación y comenzó a leer entre líneas. En otra página, una nota abandonada encontró su lugar gracias a un acento melancólico. Agradecida, le invitó a visitar un epílogo secreto. 

El lector que había abierto el libro, entusiasmado por la vida inesperada de esta historia, decidió enlazar cada coma con el momento. Y en el vínculo que creó, mayúscula y acento se reencontraron. Pero no fue casualidad. Más o menos, sin querer, ambos en sus tiempos verbales se habían buscado con sutileza, sin forzar -con un dulce toque de subconsciencia- sin tirar demasiado de las costuras virtuales de las tapas. Se saludaron y comenzaron a preguntarse mutuamente, pero más allá de entrevistas con formatos ajenos. El lector, consciente de la emancipación de sus personajes, del hallazgo, dejó el libro abierto. Con la distancia debida se dio cuenta de que llevaba toda su vida leyendo en una misma dirección y por tanto perdíendose muchas historias. Así que se preguntó el porqué. Y una respuesta que pasaba por el prólogo le invitó a dejarse de epílogos para independizarse de los finales. 

miércoles, abril 06, 2016

El fondo y el anzuelo

Un plano de The Black List
 Conté hasta 7. No sé por qué. Soñé en blanco y me fundí a negro al amanecer. La pesadilla quedó atrás. La imaginación quiso que pensara en esa pantalla que no todo lo exhibe. La certeza destapó el paraíso sin renta. La duda arrasó el territorio interno hasta no dejar nada vertical en pie. El dolor de piel no valía como excusa para evadir mis imposiciones. La calma ya no era obligada. La puerta estaba tan abierta como parca en palabras e ideas pensadas. Mi decisión tenía cuerpo, pero necesitaba madera. Hacía falta más volumen de puntos de vista, porque los ojos que me acompañaban pedían una tregua de sí mismos y un descanso de empatía. Siempre tan tirante. La habitación buscaba límites en el sueño y el sueño anhelaba una ruptura con lo intangible para tocarle las tetas al paraíso tangible. Y así se travestía una realidad que se negaba a ocupar su escaño. Que se resistía a serlo. Y en medio, yo. Un pescador que no termina de lanzar el anzuelo para evitar picar en su propia elección.
Aún así me he subido a la barca. He llenado la caja con cebo vivo, hilo, intenciones, certezas y un plan b que nunca pensé subiría a mi embarcación. He llegado a la lejanía de la costa. Estoy en aguas firmes. Hacen que me sienta como el que es consciente de que puede hundirse o entender la superficie por la que navega. Como el que puede vivir, sobrevivir, morir en vida o confirmar una muerte perenne. Estoy ante el fondo. Ese que hace temer y desear por partes iguales. Pero también tengo delante unas hojas llenas de sentidos. Tomos rellenos. Libros con brasa y sangre. Palabras y venas. Textos de espacios. Interlineados que aspiran a ser parte. Estoy. 

Lanzo el cebo, que soy yo en parte. Pronto pican. Tiro del hilo y llego a un pez que llega a mí. La seda se parte de risa y se divide en dos. El pez cae sobre la madera. Yo termino en el agua. La barca se aleja con ese pez que soy en parte. No puedo hacer nada. Nadar no es una opción. Buceo y respiro. El agua llena mis sueños y cuando noto que me ahogo, empiezo a respirar. La habitación en paz con sus límites ha crecido, como quiso Boris Vian. Cuando llego a puerto, desde el fondo, nadie me recibe, pero consigo auparme y seguir fondeando por la superficie. Ahora vuelvo a  contar, pero no hasta 7. Cuento para mí. Ya sé por qué. Sólo tengo que entrar en ese piso lleno de pantallas que cuentan tantas cosas que de vez en cuando se apagan para tirarse al agua y sentirse cebo; ajustarse a un anzuelo que se sabe dónde se forja pero no donde se rinde.

jueves, marzo 17, 2016

Estás

La vi en una imagen de Street View. La reconocí inmediatamente. Ese pelazo es único. Me da igual que Google intente desenfocar su paso por el cruce de la calle Nadie con la travesía del Todo. Ella pasó por ahí con la misma fuerza con la que atravesó mi vida. Desde entonces tengo una autopista en construcción que lleva su nombre. Y cómo no, una plaza con su apellido. Cuando moví el ratón a su favor noté cómo aquella sensación de verla por primera vez removía mi estabilidad; pero sin arrastrarme a la papelera, que es como decir hasta "la calle de la amargura". Esa no figura explícitamente en Google, aunque cada uno la tiene marcada en un punto concreto.
Smoke (Wayne Wang, Paul Auster. 1995)


Caminaba sola. Iba hablando por teléfono. Me imaginé al otro lado. Soñé con lo que tantas veces soñé, que habíamos quedado para ir a nuestra propia fiesta. Entonces entré en mi teléfono y me reuní con ella. Entre las fotos que nunca borro. Esa colección de instantes que certifican que lo nuestro fue real. Recuerdo cuando las fotos eran un concepto estático. Querías recordar, entonces ibas al cajón o álbum concreto y pasabas las imágenes. Era un proceso paralelo al deseo. Había un camino que recorrer; lo que te daba un tiempo también para recapacitar, pensar y previsualizar la realidad fotografiada. Hoy, en cambio, en el mismo carrete del móvil conviven épocas e historias distintas capaces de emerger y cruzarse en cualquier momento sin apenas proceso, sin revelado. Basta con una caricia del dedo sobre la pantalla para destapar una vida archivada. Un cargamento de emociones.

No podía dejar de mirarla. Hacía tiempo que no nos veíamos y la instantánea de 360 me devolvió el olor, los pálpitos, los nervios, lo mejor de conocerla, la entrada de aquel videoclub de pelis que nadie ve, el armónico sonido de lo imposible, la distorsión de lo evidente, la duda ante lo incuestionable, los porqués aguerridos contra los cómos, las miradas permitidas, las palabras que ganan ligas, los silencios que hacen callar al más charlatán, los pasos dados, la luz de aquellas tardes sin prisa, los temblores... 

Y todo por una foto que intenta, desde todos los ángulos, que me centre para no perderme en el mapa de mis calles.  

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jueves, febrero 18, 2016

El plano mudo y la secuencia accidental

Han pasado 10 años desde el accidente. Digamos que en general no arrastro secuelas. Pero en lo local, por dentro, llevo conmigo todo un serial de fallos de sistema que me impide ser alguien normal. Por ejemplo, cada año cambio, mudo o me transformo, como cada temporada en una serie de ficción. Añado  personajes. Después -hablando en términos televisivos- mato a unos y me engancho a otros, en función de la audiencia que hay en mi organismo. No duermo, engaño a la vigilia. No vivo, actúo. Hago que pienso... Lo hago pensando en los estímulos que provoca el hecho de pensar. ¿Suben los datos de atención en la zona abdominal? Entonces reflexiono. ¿Que siento flojera? Cierro párpados y me anulo. Aparco la actividad cerebral. 

Pero en general, soy uno más. Cumplo con la vida, con mi trabajo, con mis amigos, con mi novia, con mis padres, con mis tíos, con mi jefe, con mis socios. Cumplo con todo, menos con mi guion. No es que me preocupe, pero sí me irrita porque en ocasiones, cuando se da una paradoja de esas que te obligan a decidir entre lo importante y lo imprescindible me bloqueo. Y últimamente han crecido tantos momentos así que siento un noqueo permanente. Me muevo entre un extremo y otro, entre decisiones absurdas, bocanadas de despropósitos que me devuelven una imagen (con fondo) de mí que me deja temblando. Soy normal, me digo. Soy normal, reivindico. Pero al final acabo cagándome en las fórmulas de autoayuda que trato de incorporar a mi reflejo. 

El día del accidente aprendí dos cosas. Una, que hay más asesinos sueltos que palabras sin decirse. Y dos, que una parte de mí -que escapó a mi control- intentó acabar conmigo. El asesino, fráncamente, me da igual. No depende de mí. Pero el terrorista que habita en mí y que casi me lleva al precipicio, sí me preocupa, porque está aquí dentro. Latente, con el cuchillo entre los dientes, esperando una grieta por la que colar sus ideas destructivas; que muere por acabar con todo lo que implique construir, hacer las paces, reconciliar, reconocer que hay espacio para todos. Es un auténtico cabrón. Como "Judas, el Miserable". Aún me viene de vez en cuando el olor del accidente. El sonido del asombro de los testigos. El ruido del silencio de las personas enmudecidas. La distorisión que provoca el desequilibrio de un hecho descontrolado. 

Normal o no, herido o recuperado, vivo o muerto, dialogante o callado... No sé quién soy, aunque me veo en el espejo. Me intuyo, pero me alejo. Sé quién creo ser, sé que quiero ser. Quiero creer que de aquí a allá hay una distancia asumible. Las palabras se pegan con la certeza de que es así. Pero en este escenario, donde no falta nadie, todos cuentan: palabras, deseos, frustraciones, complejos, tiranteces, personajes que empujan o personajes que arrastran al retroceso, cabrones, razonables, dialogantes, dictadores, lógicos, absurdos, lectores de la "entrelínea", observadores de las pausas, amantes de la pesadilla, críticos del sueño... Anoche me caí de la silla coja y reaccioné a tiempo. 

Vivo entre golpes. Vivo de los golpes. Soy un actor de reparto que mira a los ojos a la cámara que no sonríe. Intento ser vivo, tanto como visto. Intento guiñar un ojo, pero no encuentro complicidad. Soy socio de una muerte en vida que no me corresponde, pero que no me queda otra que asumir. Ayer hablé con alguien que un día sintió lo que ahora yo confirmo: soy un perfil, la coartada de alguien que está deseando echarme las culpas. El plano mudo que no dice nada, sólo cuando proyección y actor deciden coincidir en la misma secuencia. 

jueves, enero 28, 2016

El verbo y el tren coloquial

Estación de Atocha, Madrid. Enero 2016
Esperaba subirse a un verbo que le llevara lejos. Lejos del último adjetivo que le arrastró hasta el reverso del suelo que pisaba. La mente en blanco y un mapa por recomponer, una geografía por reubicar. La frase de su amiga fue letal. Cada letra iba cargada con verdades que ni él mismo había valorado. Las comas, las pausas, los silencios y lo malditos puntos suspensivos quemaban. Así esperaba ese vehículo redentor. Inquieto, teneroso, tembloroso, entusiasta del desaliento, sabedor de sus miserias, conocedor accidental de las verdades que le dan cuerpo a la mente...

...Y en su maleta tan sólo llevaba un verso contagioso que no escribió. Un texto que recibió por azar de un sueño a través de un diálogo que no sabe cómo empezó pero sí adónde le llevaba. 

El murmullo del vagón susurraba desde el fondo del plano. Podía oler el reflejo de su escapada. Imaginaba una huída para empezar, no de cero, pero sí desde un quiebro de sí mismo. Enraizar en su propia vida a partir de un fallo de sistema, de una grieta en su interior. El tren, ese salvador verbal, enseñaba sus luces, sus opciones, su poder. Sonreía desde la melancolía. Soñaba con un futuro sin torturas ni asperezas. En esa vía estaba el trayecto que le devolvería a la mejor versión de sí mismo. Esa cara en la que la cruz representaría una parte más; compatible con sus contradicciones. Las palabras allanaban la llegada. 

El murmullo ya era un estruendo adulto que retrataba la certeza de que sólo podía seguir adelante. Nada de retrocesos. Antes de que frenara ante él el tren coloquial  recordó las veces que había retrocedido en su avance. La cantidad de ocasiones en las que había vivido algo similar. La espera de algo que le llevaría a otro lugar mejor; alguien o algo. Muchas veces, demasiadas pensó. El tren se hizo literal. Paró ante él. Abrió sus puertas de par en par. El verbo que tanto deseaba tocar, le hizo un hueco en su sentido. Se quedó en blanco de nuevo. El andén le sostenía. Demasiadas veces, repitió. ¡Demasiadas! Entonces sonó la última llamada y las puertas se cerraron. Cerró los ojos y se abrió en carnes. El tren pasó... Cuando llegó a su piso todo había cambiado, incluso un pretérito imperfecto (olvidado bajo la alfombra) que había mutado en futuro. Relajado, que no resignado, abrió su vino favorito y lo compartió con su mejor sonrisa.

jueves, enero 21, 2016

El epílogo de un link al agujero negro

Lleva dos días perdido en internet. Nadie sabe nada de él. Nada sabe él de sí mismo. Está ahí, pero no. Dicen los que le conocen que ha pasado por una plaza cercana a la gran plataforma de ventas. Los que no le conocen comentan que hace un rato que se le ha visto por la librería del Tres. Él lo niega, pero no del todo.Una amiga "de sie
MC Escher, "Bond of Union", 1956.
mpre" sabe algo más. 

...Se vieron en una bandeja de entrada. Estuvieron repasando diálogos archivados. En uno de estos había un sueño adjunto. El que tuvo ella sobre él en los años de universidad. Veía un parto de una novia inexacta e inexistente que daba a luz un preámbulo. Él abrazaba a los dos y completaba el epílogo (aparentemente) innato. Después cambiaba la secuencia y todo se convertía en un ventanal desde donde se apreciaba cómo el panorama ganaba en nitidez. Y todo el sueño era parte de otro. Qué cosas.

Pero la realidad, al menos la que dicen los expertos en perdidos, es que pinchó en un enlace que ocultaba un agujero negro digital. Muy poco se sabe de estos fenómenos, tan sólo que quien cae en ellos desde su cuenta (y riesgo) se sumerge en una dimensión desconocida. Tan desconocida como esa parte de uno mismo imposible de conocer del todo. Una dimensión -teorizan- compuesta por links rotos, errores fatales, mesajes no enviados (o enviados sin asunto), archivos que nunca pudieron adjuntarse, documentos inconexos... Una entelequia de abandonos y desarraigos provocados por la acción de no acceder a nada

A la espera de noticias, los que le buscan, esperan a que un fallo de sistema devuelva por error a su amigo a su cuenta. Pero incluso el concepto "esperar", "errar" o la realidad de comprobar no son del todo reales en este nuevo contexto donde un vínculo vale más que mil palabras huérfanas. Así que este post podría concluir como empezó: desde la lectura azarosa de un texto que empezó, que fue enviado con acierto, que clama por su continuidad y que arde en su contacto con el silencio.

viernes, enero 15, 2016

Sangre con buena letra

"Aquí no ha pasado nada", dijo el propietario de la Taberna Imposible. Minutos antes dos hombres sin motivos, que no desmotivados, habían roto su palabra. Cinco letras que no tenían culpa de nada, más allá de su formación. Se ensañaron sin contemplaciones con ella. Un corte por la mitad, una patada en todo su acento, aplastamiento en su agudeza vertebral, puñetazos al núcleo del diptongo... Y así, agresión tras agresión hasta dejarla rota, moribunda, despedazada y despojada de su sentido. Apartada de su lugar, expulsada del espacio en blanco. 

Automat  (Edward Hopper, 1927)
Ejecutada la pena, nadie quiso hablar, salvo el propietario... Que lo hizo para callar y hacer callar. Sin embargo, en la escena había un tipo ciego, ciego de alcohol y mudo, mudo porque alguien, horas antes, le quitó la palabra en una reunión. No había visto nada obviamente, y deseaba articular argumento. No tenía miedo de los tipos aquellos. Sólo temía perder palabras no dichas. Su depósito de letras. Se expresó, vomitó la sensación de injusticia y trató de rescatar la palabra muerta. Apenas podía con el hartazgo sobre sí mismo. Sin embargo, como ocurre cuando se verbaliza una idea por primera vez, dio igual el  cansancio, porque parió el sentido que minutos antes se desangró en el piso de la taberna Imposible. 

Los asesinos, impotentes ante el poder de la palabra, sacaron un machete venido abajo y se cortaron la lengua; el tabernero, por su parte, ni un pelo... O sea, también la lengua. Silencio, sangre y nuevos sentidos empezaron a pedir un hueco en la barra. Un brindis cómplice y el deseo de unir puntos en suspenso cambiaron el tono de la luz y el punto de la música. La fiesta no ha hecho más que empezar.  

viernes, enero 08, 2016

Resistencia balística

Mario salió a la terraza de aquella casa que no era suya. Hizo una pausa en la serie policíaca que no quiso ver. Miró a la calle y vio una secuencia real que no debió presenciar. Como ocurre en tantas pelis, un tío se baja de una furgoneta verde y le pega un tiro al conductor que tenía delante. Después mira hacia arriba y ambas miradas se cruzan. Cuando Mario quiso procesar lo que estaba pasando tenía una pistola apuntándole a la cabeza y al segundo una bala en el cerebro. El malo se fue y Mario se quedó tendido en la terraza donde empezó esta historia. 

La nueva Babilonia (Constant)
Tuvo suerte. Cuando el proyectil iniciaba su introspección destructiva se topó con una idea sólida que frenó su paso y le salvó la vida. Fue una idea que se había fraguado noches atrás, empapada en vino chileno e impulsada por la proyección de una ocurrencia temporal. Tenía tejido a prueba de balas, elaborada con altas dosis de empeño. Resistente y reticente. Cada noche, desde hace un año, Mario salía a su terraza a proponerse planes que nunca cumplía, pero que sí almacenaba. Planes de evolución, algunos imposibles, otros factibles, también costosos pero asequibles, había de todo. Era su cita con la calle. 

Cuando despertó pensó, y al apretar las sienes, la bala salió despedida. Bienvenida dijo. No podía evitar sonreír por doble motivo. Primero, por estar vivo y segundo, porque aquella idea ya tenía forma. Era consciente de que había tenido que venir un criminal llamado Beltrán para dar sentido a lo pensado. Un criminal que daba por muerto a Mario. Un criminal que disparó a varias personas aquella noche. Un criminal que terminó rindiéndose a la evidencia. Personaje al que disparaba, personaje al que desataba su nudo. El problema era que el personaje que financiaba sus crímenes no obtenía resultados y por tanto no pagaba. 

Reconocido su atasco, tras varias semanas, meses..., sin eliminar un sólo objetivo, decidió tejer una idea: dispararse para desatar el problema. No lo pensó dos veces. Buscó su mejor bala, la sacó brillo, la besó, se la frotó contra el codo (recordando su época de estudiante bebedor) y se la disparó. No hubo idea que frenara su trayecto. Cuando Beltrán abrió los ojos al rato, se debió a que una extremidad de su neurosis no reconocida tocó un nervio relajado. Estaba muerto. Eso sí, antes de terminar consigo mismo, escupió una palabra no vacía que aún no ha aparecido. Al parecer Mario sabe algo, pero aún... no lo sabe.