El graduado sostenido


Aquella tarde Pol asumió que tenía que graduarse, la vista en este caso. Fue después de llegar a la mitad del libro de John C. Pash, The Train and Hold (1942)*. En sus páginas encontró: enfoques nuevos; fundidos a negro entre ideas claras; visión doble; horizontes con filtros de colores propios; ojos exteriores; estrés ocular en viñetas; lentillas desapegadas; y un archivo de despelículas** por visionar. Entonces salió a darse una vuelta y volvió -sin marearse en exceso- convertido en otra versión de sí mismo. Es lo que ocurre cuando uno se replantea.


Sentía una necesidad desconocida por preguntar y recibir respuesta. La duda, como tal, había perdido su poder absoluto para ser parte de un yo que soluciona cosas, problemas... Un hecho que tuvo mucho que ver con que en mitad del trayecto tropezara con un vídeo, muy compartido en redes, que le llevó hasta una bandeja de salida que a su vez le mandó rumbo a un destino inesperado donde se tomó su tiempo.  Entonces sucedió. 

...Sucedió que el tiempo, una vez ingerido, pasa a sus anchas a la sangre con el fin de impregnar el cuerpo de sensación de soledad, ansiedad y vulnerabilidad ante la pérdida de mando en beneficio del tiempo todoporeroso y su paso firme. El ritmo cardiaco de Pol se aceleraba. Se hacía difícil sujetar convicciones pasadas. De fondo una paradoja: Sentía -y casi confirmaba- ser feliz. Sin sonrisa, pero feliz. Cosa extraña. Cosa propia.

Extraño, algo cansado y feliz decidió acudir a la óptica del Dr. Cramse, quien no dudó en recibirle. Se sentó -de pie- con la esperanza de graduar su mirada. "Porque ya no era la misma", le comunicó con vehemencia al oftalmólogo (y antenista). Ésta había dejado de ser un canal orgánico, receptor de información visual. No, aquello era mucho más complejo. Un campo de visión y emisión a la vez. Un espacio que se dilata y encoge, que crece, pero no decrece ni aumenta. Que escucha y aprende, que se transforma. ¡Mucho que graduar! Exclamaba.    

El Dr. Cramse escuchó con lupa y ajustó el punto de vista de Pol. Era un experto en coser puntos inconexos de una misma cavidad. Además conocía a Pol desde su adolescendia y sabía desde qué óptica se enfocaba a sí mismo. Hablaron de planos contrapicados (desde abajo), cenitales (desde arriba), subjetivos, amplios, 360°, exagerados, nítidos, borrosos, tímidos, opacos... Trabajaron en una nueva lente que necesitaba más contacto... Más contacto con ambas caras de la mirada. Y concluyeron que ya no necesitaba sus gafas de siempre, sino un mapa (ya descifrado) de puntos de encuentro. 

Cuando Pol llegó a casa, de noche, estaba renovado, tranquilo, agotado. Por fin el párpado derecho había dejado de temblar. Los niveles estaban estables. El cuerpo le pedía retomar el libro de Pash. Lo hizo y, previo pacto con sus demonios, afinó su banjo y se puso a tocar palabras, página a página. Y siempre sostenido por las mejores versiones de sus notas. 

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*John C. Pash es un escritor que solo existe en la mente de un personaje de Periodismo ficción que dio su voz en un post sobre El Turco. En The Train and Hold (1942), su primera y única novela, cuenta la historia de un violinista que vendió su alma al diablo con una condición: Que el Do siempre estuviera sostenido por Melisa, su difunta amada. Una cantante de blues amante del Fa. El diablo aceptó, compró y recompuso su alma. Dicen que desde ese día el violinista pudo con todo hasta que se ahogó en una marea entre sus dudas y el tren que siempre cogía, pero al que nunca se subía.

**Despelículas. Cintas que desaparecieron misteriosamente antes de ser proyectadas. John C. Pash afirmaba en su libro haber poseído todas. Y que las "(des)realizadas" posteriores a su muerte "quedarán en manos de una heredera violinista", cuya indentidad solo conoce el personaje que creó a "El Turco". 

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