Ir al contenido principal

Coma empírico. Una letra de fondo

@danisesena
Las ideas saltaron por los aires. Llevaba tiempo cebando una bomba de relojería en su cabeza. Ocurrió una noche de junio, cerca del solsticio. Se había acostado con la convicción de que no pegaría ojo y fue el ojo derecho quien le pegó a él. El interior del párpado estaba tatuado con muchos asuntos pendientes. 

En un momento dado, sin saber cómo, se durmió. Entonces volvió a ocurrir. Su ‘bocadillo’ (ese que sirve para poner palabras en las viñetas) estalló. Literal. Como sucede con una tubería cuando revienta, el caudal de imaginación y textos escritos en mente, paralelos a lo dicho, era imparable y abundante. El Sr. Dado, su vecino, le encontró en el suelo, en un charco de palabras, ocurrencias, expresiones, anotaciones, genialidades, puntos y giros. 

Ya en la unidad de cuidados cognitivos la doctora Quicio se encargó de su “Coma empírico”. Un término que ella acuñó por ser el segundo que sufría Pol en dos meses. Tenía sentido. Ambos provocados por idéntica causa, un enfrentamiento directo con los textos guardados en la cara B de sus párpados. Se hizo el ciego durante demasiado tiempo. Y los textos eran incómodos, hablaban de romper mitos y entender que todo -en parte- era mentira.

Ahora estaba despertando del coma, un coma empírico con diagnóstico reservado. Una pausa entre dos tiempos; el de hacerse el ciego, el sordo, el sueco, el loco, etc., y el de dejar de hacerlo para asumir que tras el bruto siempre hay un neto con intereses propios e impuestos ajenos. “Despertar lleva su tiempo”, comenta Quicio a un paciente que siente curiosidad. Pol tenía buen oído. 

Cuando abrió los ojos se encontró con un lapsus y unos viejos cordones ajenos a todo calzado. Todo estaba en su cabeza, la idea, la horma, el suelo e incluso la pisada. Quicio firmó el seguimiento de su rehabilitación. Pol lo agradeció. Y Dado se encargó de la cena; a la que, por cierto, puso nombre, Entre tiempos el vino. A aquella mesa no le faltó nada. 

Desde el primer descorche, Pol ya tenía los ojos abiertos de par en par. Quicio y Dado estaban con él. El vino se había elegido a sí mismo. Las palabras cuadraban con las ideas en común. Había mucha articulación que rearticular, mucho que leer y tanto por hacer.  

Y de fondo sonaba una canción: Sin comas, que cuenta la historia de una letra que -sin sangre- pierde su palabra y se encuentra con la frase que la pronunció. Ésta le intenta hacer entender que como letra no puede aspirar a ser ni sílaba. Pero recupera su palabra y decide ser expresión. Al final (en continuidad) termina componiendo un concepto. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Salidas emergentes, manos que pintaron

Madrid, agosto, primero. Metro poco vacío. Algunos/as quedamos entre líneas, ‘peatoneando’ entre contenidos y olas de calor. Y en medio, esa crónica que asoma cuando otras son arrancadas de su espacio. Los pasillos narran de cuajo. Palabras, avisos y sentidos se unen en direcciones contrapuestas para mostrarse a un público que mira de reojo...
...O en contraplanos que son poco dados a la exhibición explícita, porque prefieren las historias bajo relieve visto. Unas manos que escenifican un gesto, una actitud de relajación tensa. Es lo único que queda de un contexto que pasó a mejor brida; atado a la superposición de tramas, ideas y decisiones.  Una sonrisa de salida que no permite encontrar la entrada.

Y quienes miramos sentimos un calor frío que recorre el objetivo de la cámara antes disparar. Luego llega la captura, la descarga de resultados y emociones en bandeja de salida. Y al final del recorrido, intentamos reconciliarnos con la lógica caótica de fotografiar con un teléfono que…

Murió en lugar de la palabra

El cadáver aún tenía mucho que decir, pero no había nadie al alcance a través del cual poder expresar... Se mordía la lengua con los últimos suspiros. Las ideas que nunca sublimaron se desvanecían. La sonrisa se iba transformando en relieve, el rock en adagio y el mito en una frase por decir. Los músculos ocultaban poemas escondidos entre líneas. La rabia y el sosiego tonteaban. Quería expresar, usar su codo izquierdo para hablar lo que no estaba dicho.
...El telón caía y el público tenía un pie en la cena. Y él, como cadáver, perdía su peso como actor. Se acababa el tiempo entre vivos por mucha palabra que tuviera pendiente. Su identidad era ya lo de menos; de la pausa pasaba al corredor del olvido. Nadie estaba pendiente de él. Lo que no expusiera en ese momento se desintegraría con él para siempre. Hasta pronto, hasta nunca. El tiempo seguía su curso y no parecía hallarse ningún traductor de cadáveres por su causa en la escena.
Estaba muerto y además, muerto de miedo. Acojonado po…

El recorte tendido

Cuando Carlos se levantó todo estaba en su sitio, menos él, que se sentía de vuelta y media. Echó de menos el recorte de periódico que la noche anterior había tendido en la cuerda de las historias pendientes; junto a la ropa que no usa pero lava. Con el ritual del desayuno tuvo que combinar tostadas con hipótesis. La primera consistía en cuestionar la existencia del recorte, ¿habría sido parte de un sueño? La segunda, en desestimar la primera duda, ya que recordó que había escrito una nota en su móvil que aludía a la historia recortada. Tercera, pensó que se había levantado de madrugada y en un acto surrealista se la había ocultado a sí mismo. Y en la cuarta se preguntaba, si se lo había ocultado, ¿por qué lo había hecho?

Concluido el ritual y el desayuno, la respuesta llegó de forma natural. Sentado en el inodoro observó la posible escena delante de él. Se veía a sí mismo levantado de madrugada. Leía la historia del recorte entre la consciencia y el sueño. Su cara reflejaba dolor, rab…