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Nicola y la mujer de la trompeta

Estaba hipnotizado, como Edward G. Robinson en La mujer del cuadro (Fritz Lang, 1944), pero ante una pantalla en lugar de un escaparate, como ocurría en la película. Y en lugar de un cuadro era una foto a la que llegué por casualidad. En ella aparece esta preciosa mujer, con sonrisa contagiosa, sosteniendo una trompeta y una bolsa en la acera de una calle (presumiblemente) de Nueva York. El magnetismo del retrato me captura de tal forma que me cuesta salir sin imaginar la historia que alberga. Además, en ese momento estoy escuchando la poderosa trompeta de Chet Baker y el ambiente no puede ser más propicio para imaginar... Así que me entrego e imagino. 

Entro en un bonito e interesante estado propio, entre Lousiana y Madrid; entre mi conciencia y el surrealismo deseado en los mejores sueños. Y entre la mujer de la trompeta y yo en mi pantalla de pronto surge Nicola Pinord. Una desconocida de París a la que una vez quise conocer, pero no pudo ser... Por tantos motivos, como errores que componen una vida. Me cuenta que está enganchada a la misma escena, pero desde el reverso que yo no veo; que se alegra de haberme encontrado, porque una vez quiso conocerme pero no pudo ser... Por tantos motivos, como los errores que componen una vida. Claro que esta frase, en ese momento la escribe ella; la anterior es cosa mía. Mi sorpresa revienta la emoción. 

Se llama Lorraine Glover y es la mujer del trompetista de jazz Donald Byrd, y quien aprieta el botón para secuestrar el momento para siempre es el fotógrafo William Claxton. Desde ese momento, en el que ya tengo resuelto el pie de foto de mi preciosa  trompetista (que no es), se abre otro margen... Al margen, el de Nicola. Seguimos hablando, con Chet de fondo y Lorraine entre nosotros. Encontramos la foto de Claxton a la vez, nos enganchamos a ella en diferentes momentos y después empieza una rítmica partida, sin competencia pero con mucho juego. Preguntas, respuestas (unas más directas y otras con todo tipo de filtros) y la intención de romper el plano en el horizonte... Y sabiendo que en cualquier momento todo puede desaparecer. Dependemos de una conexión.

Lorraine, por un momento, deja la trompeta, se sale de contexto y saca del bolso un pequeño espejo. Se acerca y me sugiere que mire por él. No es el futuro lo que veo, sino una parte de mí mismo tirando relojes sin pilas a un charco urbano. Nicola me mira. La miro. Chet interpreta Almost Blue... Tengo pilas, escribe Nicola. Pero yo me miro las manos y veo que me he quedado sin relojes. Lorraine vuelve a la foto. Lo más extraño y peliculero del asunto es que da la sensación (compartida) de que Nicola y yo nos conocemos de siempre. Estoy imaginando, me digo... No te emociones. Ella pregunta, yo pregunto. Respondemos como podemos. 

De prono algo pasa. Perdemos la conexión y desaparece.

Me pregunto por ella años después. Es raro que ya no esté en mi vida. Nunca estuvo, pero su presencia es total. Imaginación, ¡Puta imaginación! Me reprocho. Lorraine y su trompeta ocupan una pared de mi piso. Es lo que queda de ese todo al que llegamos por una parte. He cambiado de profesión, incluso, para borrarme de mi contexto anterior y devolver a Nicola al margen del que surgió. Me he especializado en análisis de escenarios sin escena. Esos que están, pero que nadie ve u olvida y que ocupan demasiado espacio. Me encargo de gestionarlos, situarlos y optimizar las historias que no arrancan dentro de ellos.

Y termino... Miro por la ventana y una mujer me hace señales. Es Piedad, la portera. Bajo y me pide que la ayude a limpiar un escenario que alguien ha dejado olvidado en un rincón de su portal. Encantado la ayudo. Es un escenario curioso. No es muy grande, un par de metros con volumen voluntario. Tiene aroma a madera y a tugurio de jazz. Me gusta ¿Me lo puedo llevar? Claro, contesta Piedada. Lo subo a mi piso y cuando lo encajo en mi escena aparece Nicola con un reloj y una trompeta. Es para ti, me dice y mientras me come a besos me susurra ¿Lo ves, todo tiene su contexto?  La escena es cuestión de pensarla.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Donald Byrd fue un gran trompetista. Tocó en Madrid en el Whisky Jazz de Marqués de Villamagna en los primeros años sesenta. Me lo presentaron y hablé con él y nos dimos la mano, la derecha con la que pulsaba los tres pistones de su trompeta.
Patata
Daniel Seseña ha dicho que…
Éste es uno de esos comentarios que emocionan.
grp ha dicho que…

Leído y releído me paso a leerlo una vez más, ya de paso, y a dejar constancia de la emoción que me ha dejado este post. Toda la semana al son de una trompeta que curiosamente no suena y una sonrisa que sorprendentemente me resulta familiar.

Es bonito eso de imaginar escenarios, pero subírtelos a casa es sencillamente a lo que yo aspiro, porque una vez allí (aquí), no te queda más remedio que contarlo. La escena es cuestión de escribirla, me parece.
Daniel Seseña ha dicho que…
Grp,

Me alegra conseguir ese efecto, porque ese mismo efecto fue el que me llevó a constuir esta historia con la mujer de la trompeta. La clave debe de estar en el sonido mudo de esos pistones que inhabilitan a la trompeta como solista y nos dejan vía libre a algunos para ponerle las notas que necesitamos llevar con nosotros. Gracias!!
Yawara ha dicho que…
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Yawara ha dicho que…
Precioso cuento. Llevaba tiempo deambulando por los márgenes. Los versos hipnagógicos acudían como siempre puntuales, pero mi desidia inabarcable terminó por ahuyentarlos.
Dos eventos persistentes, a modo de señales, indicaban sin duda el limbo que habitaba: Mi reloj, de pila aparente, marcando siempre, por mucho que lo ajustara, la fecha del día anterior, y la lectura inacabada por más de dos años de una novela de Murakami, que me hacía las veces de cilicio.
Creo que he vuelto a escena.
Gracias

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